
During the hyperinflation that followed World War I in the Weimar Republic, a 5,000-mark cup of coffee could cost 8,000 marks by the time it was drunk. Newspapers published the stupefying multipliers by which prices had risen each day:
Tramway fare: 50,000
Tramway monthly season ticket:
– For one line: 4 million
– For all lines: 12 million
Taxi-autos: multiply ordinary fare by: 600,000
Horse cabs: multiply ordinary fare by: 400,000
Bookshops: multiply ordinary price by: 300,000
Public baths: multiply ordinary price by: 115,000
Medical attendance: multiply ordinary price by: 80,000
By the end of 1923 there were 92,844,720,742,927,000,000 marks circulating in the German economy, nearly 93 quintillion (note the logarithmic scale in the chart above).
This had a curious psychological effect. In December Time reported, “With the price of bread running into billions a loaf the German people have had to get used to counting in thousands of billions. This, according to some German physicians, brought on a new nervous disease known as ‘zero stroke,’ or ‘cipher stroke,’” a “desire to write endless rows of [zeros] and engage in computations more involved than the most difficult problems in logarithms.”
Human minds are not made to comprehend such large numbers. Foreign minister Walther Rathenau called it the “delirium of milliards”: “What is a milliard? Does a wood contain a milliard leaves? Are there a milliard blades of grass in a meadow? Who knows? If the Tiergarten were to be cleared and wheat sown upon its surface, how many stalks would grow?”
Fortunately the madness was stemmed with the introduction of a new currency — in 1924 one could exchange a trillion of the old marks for a single new Rentenmark, and the economy was finally stabilized.
Lo único que sabía de La vida de Adèle antes de que la exhibieran en el último festival de Cannes no suponía un cebo infalible para mis ortodoxas apetencias. Era una película francesa de tres horas de duración (reconozco que la cuestión del metraje es relativa; por ejemplo, me hubiera hecho feliz que la saga de El padrino hubiera durado 100 horas en vez de nueve, o que David Simon hubiera concebido la serie The wire para veinte temporadas), dirigida por el francotunecino Abdellatif Kechiche, señor del que desconocía su obra anterior —tal vez por estar fervientemente recomendada por gente cuyos gustos no coinciden con los míos—, y cuya trama narraba la historia de amor entre dos mujeres a lo largo de un tiempo indefinido, aunque echando cuentas deduzco que transcurren entre siete y ocho años.
Pero no tuve que hacer ningun esfuerzo para entrar en ella y mantenerme allí en estado de hipnosis hasta su doloroso final. Kechiche cuenta de forma admirable la educación sentimental de una cría de 17 años que se siente tan desconcertada como perdida. Vive en los suburbios de Lille con una familia a la que le costaría demasiado entender y aceptar las heterodoxas inclinaciones sexuales de su hija, intenta ocultar sus apetencias y su mundo interior ante las compañeras y amigas de la clase, vive en la incertidumbre y en el miedo, seduce y se siente inicialmente seducida por un chaval, pero su cuerpo, su cabeza y su corazón le aseguran dolorosamente que no es lo que prefiere. Una noche Adèle deambulará por discotecas pobladas de lobas con ansias de carne fresca, encontrará el deseo, la comunicación, el amor, la pasión y la plenitud con una mujer sofisticada, intensa, culta, con mucho mundo, que le abrirá liberadoras puertas físicas y mentales a esa cría inquietante y torturada, sin modales en la mesa, en posesión de una sensualidad tan exuberante como inexplorada.
La vida de Adèle habla con lenguaje profundo, sensible, duro, sutil y veraz de los temblores de la iniciación y del gozoso esplendor en la hierba, las dudas y los celos, la factura anímica que debe pagar la infidelidad y la transformación de la armonía en odio, el dolor incurable de la pérdida y el desgarro que provoca en el alma el abandono, las roturas sentimentales que marcan a perpetuidad y la temible convivencia con una soledad que no ha sido elegida, la inaplazable necesidad del reencuentro y la lacerante constatación de que las antiguas y apasionadas sensaciones ya no son compartidas.
Para describir el ardor de la piel y la autenticidad de los sentimientos, el director les exige a sus actrices una extenuante intensidad. También arriesgadas y largas secuencias eróticas en las que nada parece simulado, con capacidad para turbar a las actrices que deben interpretarlas y a los receptores. No existe ánimo pornográfico, ni gratuidad, ni morbo para excitar a los mirones. Kechiche reproduce con el mejor realismo las cosas que le ocurren al cuerpo y al espíritu cuando la entrega es absoluta, antes de que el tiempo, el desgaste o la circunstancias machaquen el amor.
Hay fuego cruzado e infinitos reproches entre el director y la actriz Léa Seydoux. Y parece ser que Kechiche arremete contra demasiados frentes imaginarios o reales. Esas tempestades no afectan a la gran calidad de la película, a su complejidad, a su verdad, al extraordinario trabajo de Adèle Exarchopoulos y de Léa Seydoux. La secuencia del reencuentro en el bar está más allá del elogio. Su fuerza trágica, su humanidad, su desesperación, sus matices, lo que expresan, sugieren y callan los personajes me remiten a la despedida entre Romy Schneider y Dutronc en Lo importante es amar.
Vivencias y reflexiones que surgen cuando desaparecen las actividades de la vida cotidiana.
1. Monza
Monza es un sitio mágico. Hace magia. De verdad. El que llega allí sin gustarle las carreras, se vuelve adicto compulsivo, y el lugar le inocula un veneno que le transforma para siempre. No se sabe muy bien si es algo en el aire, en las plantas o el agua, pero ocurre de manera inevitable. Il Autodromo va para centenario porque se construyó en 1922, y aunque desde entonces ha cambiado su fisonomía, quedan vestigios de su historia. El más evidente es «el peralte», un vestigio de cuando la vida de los pilotos no tenía mucho más valor que una pieza cualquiera del coche. Inicialmente el trazado era como un donut gigantesco cuyas dos únicas curvas estaban separadas por dos largas rectas paralelas. Estas curvas tenían un altísimo peralte por el que los coches pasaban a toda velocidad desafiando la ley de la gravedad con una única pega: el que perdía el control de su bólido necesitaría alas o un paracaídas, porque salía volando. Ante la continua sangría de participantes se dejó de usar en 1969, pero si vas a Monza, no puedes volver sin tu foto paseando por él; los coches no pueden pasar pero si vas a pie, sí que podrás. La pista está dentro de los jardines vallados más grandes del mundo, pertenecientes a los jardines de la Villa Reale, palacete que mandó construir María Teresa de Austria en 1777. Dentro del «jardincito» hay un campo de golf, un hipódromo, y la Catedral de la Velocidad, Il Autodromo. Este parque es público y como es de libre acceso al visitante, cuando hay carreras, mientras corres de curva a curva —si eres fotógrafo acreditado—, en lugar de cruzarte con ingenieros o mecánicos te topas con familias, chicas paseando a perritos o gente en bicicleta. Lo que está vallado es la visión de la pista, tanto por fuera como por dentro de ella. El Gran Premio de Italia es un clásico en el calendario de festejos local y la norma no escrita ordena saltar la tapia la noche antes para dormir dentro sin pasar por taquilla. La gente cumple con la tradición muy a pesar de los responsables de la seguridad que poco o nada pueden hacer. En el año 1999 calcularon que de ciento ochenta mil personas presentes en la prueba, una de cada tres se les había colado. Por la noche, los gorrones montan barbacoas, duermen en tiendas de campaña o tirados por el suelo y se despiertan con el ruido de los motores. ¿Habrá una manera mejor de despertarse para un aficionado a las carreras que con el bramido de un F1? Pues pasan a escasos metros si te colocas bien.
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2. El hotel Fossati
El albergo Fossati es un clásico entre pilotos y equipos. Situado en la población de Canonica, a unos diez minutos en coche del circuito de Monza y a escasos 500 metros de Villa San Martino, el picadero oficial de Silvio Berlusconi. Se trata de un hotel discreto (el Fossati, no lo del político) con aire decadente, y detalles ornamentales que parecen estar allí desde que se construyó a finales de los años sesenta. Su forma cilíndrica lo hace especialmente singular; ascensor y escalera te llevan a cada planta donde las puertas de las habitaciones triangulares, al modo de porciones de un queso El Caserío, dan a un distribuidor central. Su mobiliario, grifería, lámparas y teléfonos parecen estar allí desde el primer día. Pero el verdadero encanto reside en la planta baja, donde el comedor comparte espacio con la sala de televisión y recepción. Cientos de fotografías dedicadas al establecimiento, cascos de pilotos que por allí han pasado, trofeos cedidos, o el ascensor, completamente tapizado de adhesivos de escuderías y patrocinadores hacen del lugar un museo de la velocidad de los últimos cincuenta años que los propios pilotos alimentan con recuerdos. Astros del fútbol, del motociclismo y del golf también comparten espacio en este verdadero museo viviente. Atendido por la familia Fossati desde sus inicios, no cumple con los altos estándares de calidad a los que están acostumbrados en la Fórmula 1, pero ello no parece importar especialmente a los pilotos, que acuden al establecimiento transalpino con tal de convivir en este pedazo de historia. Para su comodidad se construyó al lado un helipuerto que apenas se usa. Es una verdadera suerte coincidir con el siempre ocupado Vittorio, hijo del propietario, y que te cuente la historia de cómo muchas fotografías y recuerdos llegaron hasta allí.
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3. Mónaco
Hay quien dice que el último coche que ruede sobre la tierra será un coche de carreras. De ser así, sus últimos metros los recorrerá en Mónaco. Truco publicitario de principios del siglo XX para atraer turismo al Principado, alberga una prueba peligrosa, acarrerística, sin apenas adelantamientos, cara, y que va en contra de la lógica en casi todos los aspectos que se quiera analizar, pero maravillosamente única. Y no solo por el plano deportivo, sino también por el crematístico: se dice que dos de cada tres contratos de patrocinio en la F1 se firman allí. Si no tienes un barco como el Blue Force de Flavio Briatore, o el Indian Empress de Vijay Mallya, amo del equipo Force India, siempre puedes irte a alguno de los muchos hoteles que hay en Montecarlo. Te los alquilan para un mínimo de cinco días, incluido el domingo; «Es que nos vamos el domingo por la mañana, señor recepcionista» dices, tímidamente. «Pues tendrán que pagar también esa noche, son normas de la casa». Si quieres ver las carreras desde tu habitación, píllate el Fairmont o el Hermitage, pero vete preparando del orden de los seis o siete mil euros. En Niza cuesta diez veces menos pero tendrás que ver los coches por la tele. Si lo que quieres es verlo aún desde más cerca, habla con los del restaurante La Rascasse. A cambio de unos tres mil te ponen de comer en la curva anterior a la recta de meta, pero si quieres brindar con champán Mumm, como si hubieras ganado, te lo tendrás que pagar aparte. Probablemente te cueste más barato inscribirte y ganar la carrera.
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4. Restaurante Montana
No hay piloto de Ferrari que no tenga su foto colgada en el mítico restaurante Montana, el más cercano a la factoría de Ferrari en Fiorano, y comedor no oficial de la Scuderia. El establecimiento abrió sus puertas el dos de abril de 1967 pero empezó a hacerse popular a partir de mediados de los ochenta, cuando Gilles Villeneuve empezó a pernoctar allí cuando acudía a la factoría, justo enfrente. Desde entonces la mamma Rosella pone de comer una pasta excelente a cualquiera que entre vestido de rojo. Cascos, monos, guantes, escapes, alerones, botellas de champán procedentes de pódiums, frenos, ruedas y cientos de fotografías firmadas por décadas de pilotos se pueden ver en el Montana, un lugar donde parece que se va más a ver que a zampar. Puedes bajar la comida si te pega un empacho de macarrones dándote una vuelta por Maranello. Si tu paseo coincide con el cambio de turno en la factoría, puedes ser testigo de una escena alucinante: tipos vestidos de rojo de los pies a la cabeza, como si fueran miembros de la Scuderia, pasearán a tu alrededor. Son trabajadores de la fábrica. Todo el pueblo vive gracias los deportivos encarnados. Cada vez que Ferrari gana un título, las campanas de la parroquia de San Biagio repican a gloria.
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5. Woking
Solo un equipo tan pijo y estiloso como McLaren podía tener una sede como el MTC (McLaren Technology Center) en Woking. Diseñado por sir Norman Foster, encargado por Ron Dennis, inaugurado por la reina de Inglaterra y del que salen monoplazas cromados que rivalizan en tecnología con los cohetes de la Nasa. Con miras a un futuro que parecen conocer acaban de comprar tierras alrededor con la idea de desarrollar una industria tecnológica que parte de la F1 y que tiene utilidad en la vida del resto de los mortales. ¿Lo chungo? Se dice que las primeras veces que arrancaron el túnel de viento, el consumo de energía era tan alto que dejaron a oscuras a varios pueblos de los alrededores. McLaren organiza visitas a las partes que se pueden ver de las instalaciones. A las que no se pueden ver… pues no, pero que no te creas que serías el único. Como hay ciertas piezas comunes en todos los monoplazas de F1 de las que McLaren Electronic Systems es proveedor exclusivo, sus jefes tienen que pedirse a sí mismos permisos por escrito para acceder a ciertas zonas del edificio del que incluso tienen las llaves; gente seria, evidentemente. Dentro del edificio la sensación es como darse un garbeo por los pasillos de Star Trek. Luces blancas, paredes de cristal, y ni un solo elemento decorativo, tan solo el morro de algún modelo antiguo pegado en alguna pared gris. Un lugar frío aunque fascinante en el que se podría comer directamente del suelo de puro limpio.
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6. Fiorano
Si uno vive en un piso, su patio de recreo suele ser una terraza a la que con suerte le da el sol. Si tiene un chalet, lo normal es que se tenga a mano algo de césped. Pero si eres un equipo de Fórmula 1, lo ideal es tener pista de carreras en tu patio, y lo que le ocurre a Ferrari es que la tiene, y es el único. Fiorano ya no alberga la frenética actividad de cuando las pruebas de monoplazas eran libres, y los mecánicos rojos tan solo tenían que empujar sus monoplazas fuera de la factoría para probar sus evoluciones. A pesar de que ver rodar un F1 es casi una rareza, el lugar es tan mítico que la Scuderia no solo invita a circular por él a sus clientes vip con sus propios coches, o con tipos como Fernando Alonso como taxista, sino que además tienen un autobús con el que puedes darte un garbeo por el trazado. Eh… no sueñes, lo conducirá otro, tú no. Paso obligado por la tienda, la primera de un reino dentro del imperio rojo, con años en los que ha facturado cerca de seiscientos millones de euros a base de gorritas y camisetas… bueno, y piezas originales de coches de carreras, ropa de lujo, y los objetos más raros que puedas echarte a la cara y que sean susceptibles de llevar un caballo serigrafiado. Lo más barato: unos tapones de goma amarillos para los oídos a razón de un euro el par. Por lo más caro es mejor que ni preguntes.
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7. Suzuka
El sushigepé no es solo mítico por el increíble diseño de su trazado que pasa por debajo de sí mismo a través de un túnel, porque no haya sido diseñado por el malquerido Herman Tilke o porque sea la pista de pruebas del gigante Honda, sino por su atmósfera. Dentro de cada japonés vive un fanático del deporte y por eso su carrera se celebra como si el mundo se acabase al lunes siguiente. Se disfrazan de coches, de latas de Red Bull, de Tranformers, de Godzillas con los colores de un coche o de samuráis con la librea de su equipo favorito… pero lo hacen todos. Es un poco como los carnavales de Cádiz de la velocidad, donde la gente te putea por la calle como no lleves puesto algún elemento carnavalero. Son fans profesionales, de otro planeta y esperan esta cita con calendarios regresivos, igual que en Nochevieja. Lástima que casi ninguno hable inglés, porque irse de copas con ellos tras la carrera tendría que ser de traca. Al igual que en el fútbol, los japos no suelen ser de un equipo, sino de un piloto y se visten como él, se compran su ropa e imitan sus peinados. A las chicas les dan soponcios al verles como a las fans de Justin Bieber. Todo es maravilloso y colorista, pero muy raro. Bueno… es que es japonés.
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8. Donington Park
A pesar de que a tiro de piedra esté el idílico bosque de Sherwood donde Robin Hood despachaba su justicia, el triángulo formado por la pista de carreras de Donington Park, el aeropuerto de East Midlands y la cantera de Cloud Wood desanimarían a la inmobiliaria más sedienta de suelo edificable. El Circuito con mayúsculas de Inglaterra es el vecino Silverstone, a poco más de cien kilómetros, pero el de Donington todavía conserva el sabor añejo y hogareño que los británicos saben dar a lo vetusto Made in England. Con origen en un aeródromo militar de las Segunda Guerra Mundial, su torre de control sirvió más tarde para fiscalizar las carreras que allí se disputaban. Ahora es un encantador pub de los de moqueta floreada y chimenea, donde pilotos y mecánicos trasiegan cerveza al finalizar cada jornada. De otro planeta es su museo. Por diez libras puedes ver la colección de coches de carreras más grande del mundo, con más de ciento treinta piezas de todas las épocas. Cuenta con coches que pertenecieron a Nuvolari, Mansell, Prost, Stewart, Coulthard, Senna o Fangio, entre otros. La puerta la vigilan dos estatuas de tamaño —casi— natural de estos dos últimos. Ah, ¿quieres casarte en el circuito? Pues es posible, ellos te lo organizan. Si vas, no te vuelvas sin una foto al lado del Spitfire que hay frente a «la Bajada», y que fue el avión con el que luchó en la batalla de Inglaterra el que fuera propietario del trazado. Hizo fortuna tras la contienda y se lo compró a la RAF. Cosas de ser rico.
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9. Sede de la FIA París
Cuando uno, turista curiosón, se planta en la ciudad egipcia de Luxor, se sorprende por el calibre de su obelisco, pero más aún del hueco dejado por el que ejercía de pareja. ¿Dónde está? Pues justo en la puerta de las oficinas de la Fédération Internationale de l’Automobile, que tiene sede en la plaza de la Concordia de París. Eso es lo que ve cada mañana Jean Todt, presidente de la entidad que rige los destinos del automovilismo mundial. El edificio tiene cierto aire a embajada de país pequeño, y a todas luces resulta insuficiente en cuestiones de espacio para las funciones que atiende. El lugar que ocupa es uno de los mejores de París, y esto quiere decir de todo el mundo, por eso sigue allí. Si sus responsables se estresan, tan solo tienen que darle la vuelta a la manzana y podrán tomarse una copa en el afamado establecimiento chill out Hotel Costes. Un DJ les rebajará los humos tras una trifulca deportiva. La música amansa a las fieras federativas.
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10. La tumba de Senna
El uno de mayo de 1994 fue el día más triste de todos los que conforman los más de sesenta años que tiene la Fórmula 1. Ayrton Senna se encontró con la muerte en la curva de Tamburello y la estrella se convirtió en mito. A día de hoy vende casi tantas camisetas en Japón como lo hizo en vida. El de São Paulo era, más que un piloto, una deidad corpórea para sus seguidores. Cuando corría en Brasil y su coche le dejaba varado, la grada se quedaba vacía sin el más mínimo interés por el resto de la carrera, y eso que la «torcida» es la afición más entusiasta y ruidosa de todas. No en vano los pilotos afirman que uno de los pocos sitios donde oyen el griterío dentro de sus cascos, ahogando el rugido de sus motores, es… en Brasil.
El cadáver de Senna fue recibido en su tierra a los pocos días de su muerte y se dio tratamiento a sus exequias de funeral de Estado. El país entero se congeló inundado en lágrimas y las televisiones retransmitieron en directo el cortejo fúnebre, al que se dice acudieron dos millones de personas. Cuando en medio de una rueda de prensa le dijeron a Michael Schumacher que había alcanzado los registros del brasileño, le recordó y se echó a llorar. Pasó la palabra a Mika Hakkinen ¡que hizo lo mismo! Nadie le puede olvidar.
Senna decía que hablaba con Dios antes de salir a pista; ahora se le reza a él. Está enterrado en el cementerio de Morumbi, lugar de peregrinación para aficionados de todo el planeta, que comprueban que cada día alguien le pone flores frescas. Si vas, lleva las tuyas. Te lo agradeceremos todos.