< G N Z S N Z >

¿Y si todo lo que va mal fuese a peor?

Spartana
Juan José Gómez Cadenas
Espasa

portada spartanaEs una consigna muy vieja, Diego me ha contado que la repetían los milicianos que defendían Madrid de las tropas que lo asediaban, en la guerra que hubo aquí hace siglo y medio. Y está destellando en todos los monitores que rodean la plaza:

NO PASARÁN

A la vez, se escucha una música que también lleva semanas en las redes, es la banda sonora de un viejo film titulado Novecento, el himno oficioso del movimiento ciudadano que se opone a la Ley de Sectores.

Quizá hayan leído últimamente una propuesta del Gobierno que insta a la implantación en España de modelos de gestión público-privada de ciertas áreas urbanas, en las que los comerciantes y habitantes de las mismas pagarían impuestos adicionales a cambio de recibir más y mejores servicios. En la práctica, significaría la creación de barrios Premium en detrimento de otros barrios de la ciudad cuyos servicios serían menos cuidadosos. En realidad, atendiendo a la limpieza general o al número de comisarías y unidades policiales, cabe pensar que esta división urbana entre barrios privilegiados y barrios deprimidos tiene la misma edad que la propia civilización. Sin embargo, la nueva ley posiblemente lo único que haría sería abrir aún más la brecha entre los ciudadanos de primera y de segunda categoría. Empeorar las cosas.

Pues eso, exactamente eso es lo que nos cuenta Juan José Gómez Cadenas en su nueva novela, Spartana: «¿Qué pasará dentro de cincuenta años si todo lo que va mal ha ido mucho peor?».

La novela bebe de dos tradiciones más o menos clásicas. Por un lado, la de la distopía. El futuro que plantea Gómez Cadenas se desarrolla en un mundo injusto y en descomposición en el que los países se han unificado en tres grandes federaciones pancontinentales —la Federación Rusa, la Angloamericana y la Republica China que, de alguna manera, nos recuerdan a las meganaciones de 1984, la gran fábula distópica de George Orwell. Sin embargo, el mundo de Spartana no es el resultado de una gran guerra ni de una destrucción masiva; lo verdaderamente aterrador es que el mundo que se nos muestra es el producto de un apocalipsis lento, una degradación a combustión pausada, casi imperceptible, como consecuencia de los desajustes económicos paulatinos que nos hacen tragar día tras día, pero que aceptamos con una sonrisa, anestesiados mientras vemos el fútbol, vamos al cine o miramos la televisión.

Como todos los veteranos de este negocio, el viejo no acaba de acostumbrarse a las dimensiones, cada vez más gigantescas del espectáculo.

¿Tú lo entiendes niña? A la gente no le llega para pagar el alquiler, pero los shows están a reventar.

Panem et circenses, Alfredo. No me cuesta nada imaginarme la respuesta de mi abuelo. Panem et circenses.

Esa es probablemente la otra influencia distópica sobre la que navega Spartana; la de El fugitivo de Stephen King o incluso Un Mundo Feliz de Aldous Huxley. Si queremos mantener a los ciudadanos en un estado de opresiva pobreza sin que se rebelen, necesitamos algo que nos permita tranquilizarlos, calmarlos y, en definitiva, alienarlos de la terrible realidad que les rodea a diario. Huxley creó el soma, la droga de la felicidad. Gómez Cadenas, como King y, en realidad, como la propia realidad, elige la televisión. Y es que la competición que da nombre a la novela, la spartana, y que enfrenta a equipos de distintos países en cruentas pruebas de inspiración greco-latina se parece peligrosamente a la celebración de una Copa Mundial de Fútbol en unas ciudades cuya mitad de su población vive en favelas. Al fin y al cabo, lo importante es que el público se divierta y que el mundo entero se divierta. Y que lo vea a través de la televisión.

El mundo que nos presenta el autor está construido con elegancia y precisión, dejando detalles de divertida elucubración científica como la lanza de neutrinos, un artefacto capaz tanto de hacer una tomografía de la Tierra como de desactivar una bomba atómica a distancia. No en vano, Juan José Gómez Cadenas es profesor de investigación del CSIC y director del experimento NEXT en el Laboratorio Subterráneo de Canfranc. Vamos, que de neutrinos sabe un rato.

Con todo, y pese a la oscuridad que rodea la narración, Spartana es una entretenidísima novela de acción y aventuras. Escrita con un estilo narrativo sencillo y enormemente ágil, es la primera incursión de Gómez Cadenas en el territorio de la narrativa juvenil, un género en pleno auge, sobre todo en el mundo anglosajón, donde se denomina Young Adult Fantasy, Urban Fantasy o sencillamente Young Adult Fiction. Sin embargo, en cierto modo, este género destinado supuestamente al lector joven adulto no deja de ser la adaptación y la actualización de la novela clásica de aventuras.

Y esta es la segunda tradición de la que bebe nuestra novela. Porque Spartana está tan emparentada con Los juegos del hambre de Suzanne Collins o El dador de Lois Lowry, como con la Isla del tesoro de Robert Louis Stevenson o La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne.

Así que entren en sus páginas y acompañen a Vega, nuestra atlética protagonista, en un viaje que les llevará desde los suburbios más deprimidos del Madrid del futuro hasta la luminosa ciudad antártica de Alberta, y desde el centro del Moscú más privilegiado hasta la arena de competición de las afueras de Atenas. Pero sobre todo, acompáñenla en el viaje interno que la transformará de ser una mera receptora de la realidad a convertirse en partícipe activa del cambio del mundo.

Un cambio tan imperioso, tan inevitable y tan necesario como casi imposible. Una empresa en la que tendrá que renunciar a todo: a su estatus, a la fama y casi a su propia vida.

Durante un tiempo creí que ese mecanismo degenerativo era un error de diseño. Ahora estoy convencido de que se trata de obsolescencia programada. Un niño es fácil de manipular, pero ¿cuánto tiempo tardaría un adulto con un IQ de doscientos en rebelarse contra los que le esclavizan?

Suave es la prórroga

Kevin Mirallas de Belgica y Tim Howard de Estados Unidos, durante el juego de los octavos de final de la Copa del Mundo de Brasil 2014 el 1 de Julio de 2014. Foto: Cordon Press.

Kevin Mirallas de Belgica y Tim Howard de Estados Unidos, durante el juego de los octavos de final de la Copa del Mundo de Brasil 2014 el 1 de Julio de 2014. Foto: Cordon Press.

«¿Tú viste la prórroga?», le preguntará un niño a otro en 2021, y este no responderá «¿qué prórroga?», como si hubiese muchas prórrogas. Sabrá, aunque no sepa nada, ni siquiera cuántas son dos y dos, o si Winston Churchill bebía, que su amigo se refiere a la prórroga de los octavos de final de Brasil 2014 entre Estados Unidos y Bélgica. Hay muchas prórrogas, cierto. La prórroga es el hecho más salvaje y reconocible de un mundial, si descontamos el tirón muscular en el gemelo. Algunas selecciones la juegan con miedo, rezando, y con el abrigo Chesterfield puesto, por si hay que ir a los penaltis. Muy pocas se disputan con la toalla en la cintura, a punto de desprenderse. ¿Faltó orden? Sí. ¿Faltaron las fuerzas? Sí. Faltó lo que tenía faltar. Pero, ¿y qué? «No sabe actuar, no sabe hablar», decía Louis B. Mayer sobre Ava Gadner, «pero es impresionante». Ganó Bélgica 2-1, pero en el ambiente quedará no el resultado, sino el olor a prórroga, mezcla de mucha pólvora y mucha colonia.

Con empate a cero, el partido se encaminó hacia la media hora extra de esa manera delirante y algo feliz que todos los años llega la cena de Nochevieja, inevitablemente, tal vez después de haber estado bebiendo algo por ahí. Y de pronto sopló el aire, los sombreros salieron volando y todo se despeinó. Lukaku abofeteaba a Howard, en respuesta Jones atizaba a Courtois, Lukaku de nuevo a Howard y así sucesivamente. El Mundial vivía en peligro, pendiente de que Frank Sinatra y el resto de la Rat Pack irrumpiesen directamente desde el bar para defender a los suyos. Era el caos. Pero apresurémonos despacio y volvamos al principio.

En el tiempo reglamentario Bélgica se impuso con cierta evidencia, como si guardase debajo de la mesa un pequeño artilugio para fabricar ocasiones clarísimas, aunque no lo bastante perfecto que las jugadas acabasen en gol. Oscuramente sospechabas que los ataques de Hazard, Origi, Martens y De Bruyne eran copias de gol fabricadas en China y por eso, en el último instante, nunca subían al marcador. Mientras el belga Courtois parecía sobrellevar los minutos leyendo novelas de John Steinbeck o Foster Wallace, para tomarle el pulso poco a poco a Norteamérica —con interrupciones puntuales en la lectura para atajar algún disparo envenenado, Tim Howard escribía en la portería de enfrente, en tiempo real, Las uvas de la ira o La broma infinita. No sin sofoco. Cada «uyy» de la grada era un remate llano de los diablos rojos, made in China, al que el portero estadounidense llegaba con su capa y los calzoncillos por fuera, y lo aplastaba igual que a una cucaracha. «No me gustan los goles», parecía decir con la voz dura e implacable del sargento Hartmann. Pero en el último minuto el fútbol es esencialmente el último minuto Wondolowski tuvo la oportunidad de meter a EE.UU. en cuartos de final al grito de «¡Se acabaron las gilipolleces!». En mitad del área pequeña, solo como la una, igual que esos martes que sales a tomar una copa y todos los bares están vacíos, hizo lo más difícil: fallar estrepitosamente, colocando el balón en el cielo.

Después de esa ocasión irracional y atroz, ambos equipos se abocaron a la prórroga con la sensación de que habían perdido la guerra porque la pistola se había encasquillado en el peor momento. El drama estaba servido. Pero mezclado con comedia. Todo me recordó mucho al día que un amigo acudió a dar un pésame. Hablamos de un trámite engorroso. Solo deseas que pase rápido. Cuando ya se despedía de la familia del difunto, y todo iba bien, les deseó «pasadlo bien». Eso hicieron belgas y americanos en la prórroga, correr felices en torno al agujero en el que una de las dos selecciones sería enterrada. Todo indicaba que EE.UU. sería el muerto, pues en el minuto 92 marcó De Bruyne y en el 105 Lukaku, acercándole una pala a Howard para que cavase más fondo, con brío. Pero existe algo que se llama Estados Unidos de América. Una casta de tipos que habían llegado a la Luna, creado Los Simpsons o escrito Suave es la noche no iban a rendirse así como así. Bradley, de repente, empezó a columpiar al equipo de un lado a otro, con cambios de orientación y pases verticales que parecían rayas trazadas con un bolígrafo, desde el centro del campo al área pequeña. En una de esas, Green atrapó un balón con el cazamariposas, siguiendo las enseñanzas de Nabokov, y puso la emoción del 2-1. Era el minuto 107. Faltaba una eternidad. Quizá algún día se escriba la enciclopedia de los trece minutos restantes.

Bélgica se alejó del partido, aturdida por la medicación de sus dos goles, mientras los espectadores rezaban «que no se acabe nunca; prometo ir más a misa». Fue La Prórroga. América, definitivamente, había desembarcado en el área belga: Bestley, Jones, Bedoya, Dempsey. No paraban de llegar compañías preguntando por el gol desesperadamente, locas de amor por el fútbol. No pudo ser, pero todos nos enamoramos de EE.UU. durante los trece minutos que vivimos peligrosamente. Nos gustó cómo, aceptando la derrota, los americanos se acercaban al final del partido a los rivales y les susurraban aquello de Dean Martin: «Querida, si te he amado, perdóname».

Juan Tallón es autor del libro Manual de fútbol, editado por Edhasa.

Yo, el Pueblo

Cristina Fernández de Kirchner. Foto: Cordon Press.

Cristina Fernández de Kirchner. Foto: Cordon Press.

Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999 trajo consigo el fin de todo el sistema político de Venezuela, un país con una larga tradición democrática. La influencia que todavía tiene en América Latina de su idea del «socialismo del siglo XXI» como manera de hacer política es incontestable. Mientras, en Italia, Berlusconi ya había saboreado las mieles de ser el presidente del Consejo y apenas dos años después, en 2001, había de inaugurar una larga hegemonía en aquel país. Tras el huracán de Tangentópoli solo quedaban las ruinas de unos partidos moribundos. Todavía Il cavaliere sigue marcando un país que le reconoce por ser como el bolero de Ravel, que nunca parece acabar sino que siempre reaparece con más instrumentos. Ambos casos son distantes en el espacio pero cercanos en el tiempo y se refieren a líderes de ideologías diferentes. Quizá ejemplos distintos podrían enriquecer el mosaico, pero me valen para subrayar cómo ambos conjugan el mismo cóctel; el colapso de un sistema político y el auge de un movimiento populista que ocupa su espacio. Populismo, quiero aclarar, como un tipo de relación con la política y no como un adjetivo peyorativo. Populismo como la doctrina que apela a los «intereses» o sentimientos del pueblo, o de la mayoría, generalmente como contraposición a los de las consideradas élites.

Ninguno de los dos países, por seguir con la ilustración, eran precisamente democracias jóvenes. Con sus problemas, con sus más y sus menos, ambos países llevaban su medio siglo con sistemas políticos estables. Sin embargo, en un momento dado, la vieja partitocracia se quebró y llegaron los líderes providenciales. ¿Fue su advenimiento una causa o una consecuencia del fin de sistema? ¿Qué condiciones hicieron que el populismo cuajara mejor? Antes de discutir lo que ofrece el populismo y cómo se relaciona con la democracia, veamos qué facilita su surgimiento.

Por qué el populismo

Tradicionalmente se argumenta que tener unos partidos (relativamente) estables es positivo para el funcionamiento de la democracia. La idea no implica que los votantes y los partidos deban ser siempre los mismos o comportarse igual, sino que el comportamiento de ambos se mueva dentro de los parámetros de incertidumbre más o menos previsibles. Si no, se vuelve complicado participar y controlar a los gobernantes en las urnas. Por ejemplo, en las primeras elecciones en Europa del Este los partidos podían pasar de estar en el Gobierno con mayoría absoluta a desaparecer de una elección a la siguiente. Mientras, había continuas escisiones, con secretarios de Estado o destacados dirigentes que, si no se aceptaba pulpo como animal de compañía, concurrían por su cuenta y conseguían representación. ¿Quién es la oposición aquí? ¿Qué ideas hay más allá del candidato? Nos podemos ver con los mismos políticos de siempre en diferentes partidos, con coaliciones y escisiones incoherentes, es imposible saber si con tu voto castigas o premias al Gobierno y los contornos ideológicos desaparecen. Cosas que parecen poco sanas en democracia.

Cuando se intenta rastrear por qué los sistemas de partidos se sacuden en este sentido, es raro no mirar al impacto que tienen las crisis económicas y sociales como disolvente. Cualquier análisis apuntaría que el crecimiento económico, la inflación y el paro predicen relativamente bien el éxito electoral del partido en el poder. Por lo tanto, uno podría esperar que los partidos pierdan las elecciones cuando las cosas van mal y sean reemplazados por otros partidos. Por ejemplo, así fue durante muchas décadas en Venezuela entre Acción Democrática (AD) y Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI). Un bipartidismo de turno tranquilo. Sin embargo, para que el resultado sea un colapso del conjunto del sistema hay que considerar que el impacto de la economía tiene que ir más allá de una crisis ordinaria. Por ejemplo, las crisis económicas en América Latina durante los ochenta y los noventa, las cuales muchas veces implicaron la intervención del FMI y que fueron de una dureza importante.

Puede ser que la alternancia en el poder, si la economía sufre un bache profundo, no levante un cortafuegos para evitar que se deteriore la percepción de los agentes políticos. Una parte del apoyo a nuestras instituciones no está ligado a los valores que representan sino a los resultados que nos dan, de modo que cuando dejan de dar rendimientos positivos los ciudadanos pueden darles la espalda. Pero no necesariamente hay que pensar que la economía lo explica todo, ya que con frecuencia se liga y permea una crisis política de mayor entidad, la cual puede reforzarla. Los casos de la corrupción casi sistémica de Italia o Japón de los noventa prueban que cómo reaccionan los sistemas políticos a sus crisis es relevante. Es decir, que no basta con pensar en la economía sino también ver qué hacen los propios agentes políticos dentro del sistema político, si son más o menos corresponsables de ella.

Un elemento importante en este sentido es la percepción de alternativa política, donde la ideología se apunta como algo clave. Para el caso de América Latina, por ejemplo, diferentes autores han señalado que durante el periodo de 1973 a 1993 hubo un proceso de convergencia ideológica entre los grandes partidos. En Perú antes de Fujimori con la sensación de indiferencia entre el Partido Aprista, que salía de la presidencia de Alan García, y Acción Popular, que iría en el Frente Democrático de Vargas Llosa. Por su parte, en Venezuela COPEI y AD fueron percibidos como muy similares en sus políticas económicas y sociales, lo que daba a entender que representaban a los mismos intereses. Es decir, que la rigidez organizativa e ideológica de ambos partidos bloqueó su capacidad de adaptación programática, lo que hizo que importantes segmentos de electores de izquierda y centro-izquierda se sintieran huérfanos de un partido que representara sus intereses. Si uno vuelve la mirada a Europa y repasa las políticas de coalición en la I República Italiana, con la Democracia Cristiana como factótum del poder, no tardará en apreciar dinámicas semejantes. Es decir, que la convergencia no es patrimonio de sistemas bipartidistas.

Eso sí, lo que se abre es el debate sobre en qué medida el contexto económico o el rol de instituciones internacionales impidieron aplicar políticas más populares, un hecho que favoreció la percepción entre los votantes de que sus programas eran iguales. Sea por la razón que sea, este fallo en la oferta electoral favorecería el surgimiento de una alternativa populista que, para el caso del chavismo en Venezuela, bebió de la izquierda pero que en Italia lo haría entre sectores ideológicos de signo contrario. Pero insisto, no olvidemos el aderezo de la corrupción. En Italia la identificación partidista había quedado por los suelos desde Mani Pulite; nadie declaraba siquiera haber votado a los partidos que estaban saltando por los aires en los noventa. Los escándalos de corrupción a izquierda y derecha habían erosionado la identificación partidista de los votantes y los convirtió en más volátiles, más prestos a confiar en nuevas alternativas.

Hay otra derivada, además, que no debería perderse de vista. Las transformaciones estructurales de la economía en América Latina durante los ochenta favorecieron la eclosión de mucha economía paralela y sumergida, lo que minó la capacidad de los actores clásicos (sindicatos y partidos) para representar intereses. Es decir, que los intermediarios sociales no eran capaces de llegar a unos trabajadores desprotegidos, prácticamente en la absoluta miseria. Esto en cierta medida tuvo de positivo que erosionó las redes clientelares preexistentes, que se deterioraron con el empeoramiento de la crisis económica, y que favoreció que los votantes abandonaran a los partidos tradicionales. Pero también la cruz fue la desarticulación de amplias capas sociales que solo podían confiar en un revulsivo al sistema político. La organización en movimientos y la protesta violenta muchas veces eran el recurso frente a unos modelos políticos que parecían no dar de sí.

Así, parece que la emergencia de un movimiento populista puede ser más probable cuando se combina una crisis económica y social severa con una clara disfuncionalidad política, con escándalos transversales de corrupción, se aprecia convergencia ideológica entre los partidos tradicionales y/o una falta de oferta política, una baja identificación partidista, capas sociales desarticuladas y, por supuesto, un conjunto de situaciones azarosas que nos llevan a los brazos del hombre providencial. Pero ahora hablemos sobre el sustrato de su mensaje.

Silvio Berlusconi. Foto: Cordon Press.

Silvio Berlusconi. Foto: Cordon Press.

Populismo y democracia

Hasta ahora me he centrado en entender la emergencia del populismo como contrapunto casi siempre al desmoronamiento de un sistema político anterior. Es decir, como su subproducto. Al principio he ofrecido una definición provisional para poder ver cómo puede emerger, pero quizá sea interesante centrarse en las derivadas de su discurso y su relación con la democracia. Descomponer y discutir sus aderezos.

El populismo se basa en dos pilares esenciales. El primero es la distinción dual entre un «ellos» y un «nosotros», generalmente asociado a que mientras que nosotros somos la gente normal, el Pueblo o similares, ellos son unas élites corruptas, una clase política cerrada, una oligarquía. Planteado así, el enemigo político se presenta con una etiqueta indefinida para captar las máximas adhesiones posibles y el objetivo solo puede ser expulsarlo del poder para, se sobreentiende, ser reemplazado por servidores del Pueblo más virtuosos, por nosotros. Su segundo pilar es la idea de defender la soberanía popular a toda costa. Es decir, sabemos que una democracia moderna coexiste la tensión entre la voluntad de la mayoría expresada periódicamente en elecciones o referéndums y mecanismos de checks and balances contramayoritarios como, por ejemplo, tribunales de justicia independientes. Mecanismos que no siempre coexisten armónicamente y en los que el populismo tiene claro que se posiciona a favor de los primeros, del plebiscito.

La pregunta a responder son las implicaciones que este tipo de mensaje puede tener para la democracia. Algunos autores han defendido que, pese a que a priori todos los expertos lo rechazan de manera estridente, el populismo puede tener aspectos positivos. Por ejemplo, puede dar voz dentro del sistema a grupos que no se sienten representados por las élites gobernantes, gente que no ha tenido portavoces de sus intereses hasta ahora. Es más, pueden servir como acicate de políticas para sectores que antes estaban marginados. Muchos, cuando hablan de los procesos de América Latina, ponen en valor el esfuerzo que algunos de los países gobernados por movimientos calificados como populistas han hecho por integrar a sectores marginados. Además, no olvidemos que el populismo también puede servir como un mecanismo que permite integrar a más gente en el proceso político, donde personas que se sentían ajenas ahora participan de la vida institucional, véase Bolivia y el indigenismo.

Pero aún hay más. El populismo también podría incrementar la rendición de cuentas, obligando a los partidos tradicionales a tener un comportamiento más «virtuoso». Es decir, que puede servir para aumentar los estándares éticos en política haciendo que determinadas prácticas sean censuradas. Prácticas, por ejemplo, de austeridad voluntaria en el ejercicio de un cargo público. Finalmente, el populismo supone una amenaza electoral a los partidos tradicionales, lo que puede obligarles a cambiar su posición sobre diferentes temas o incluso impulsar cambios legales para recoger las demandas del electorado detrás del partido populista. Permite, pues, actuar como un partido «nicho» o monotema que obliga a los demás a reaccionar, por ejemplo, copiando algunas de sus propuestas en el programa electoral.

Pero el populismo tiene importantes oscuros.

El populismo, que insiste únicamente en el polo de la soberanía, ha tendido a erosionar los contrapesos independientes de las democracias liberales. En todos los lugares donde ha gobernado los sistemas judiciales, las cortes supremas o cualquier mecanismo constitucional ha sido yugulado frente al plebiscito como única manera de entender la política democrática. Ello además ha tendido a erosionar los derechos de minorías, a veces ligadas al régimen anterior, en favor de las mayorías políticas donde el poder del Estado pasa a ser total en amplias esferas sociales. Otro aspecto crítico es que el populismo puede erosionar el establecimiento de coaliciones clásicas de diferentes sectores sociales, algo que normalmente se hace bajo el paraguas de izquierda y derecha. Ante el nuevo punto de corte, el de los de abajo contra las élites, toda propuesta al margen de a quién beneficie queda camuflada en la lucha contra la oligarquía. Además, el populismo no ha podido escapar de la idea del caudillismo, a veces mesiánico, lo que hace que bajo cierta apariencia de inclusión se escondan muchas veces liderazgos muy verticales.

Finalmente, la moralización de la política e incrementar los estándares éticos también es un arma de doble filo. Igual que aumenta la rendición de cuentas puede hacer imposible otro principio fundamental de la democracia; el acuerdo. Cuando la argumentación gira en torno a la «pureza» o virtud de nuestros planteamientos, es imposible que se pueda transigir. Por lo tanto, el movimiento populista suele ser reacio a la participación en los mecanismos institucionales clásicos, por ejemplo, entrando en Gobiernos de coalición con otras fuerzas tradicionales o implicándose más allá del bloqueo a toda iniciativa.

Por lo tanto, el populismo puede ofrecer un juicio contradictorio porque emerge de un sistema político disfuncional, ya como amenaza o como correctivo, y a la vez atrae nuevos intereses y temas a la esfera pública con un mensaje de gran tracción. Es lo que se llaman marcos ganadores, donde todos somos el Pueblo frente a la oligarquía, que son siempre los otros. Sin embargo, este discurso en su fundamento también peca en la idea de que hay que buscar el reemplazo del corrupto por el puro, del cleptócrata por el representante del Pueblo. Esto supone pensar que el que no sea «puro» no puede ser artífice ni promotor de acciones virtuosas, que el líder es total. Esto implica que moral y política vuelven a fusionarse casi cinco siglos después de que Maquiavelo explicara lo que es el poder.

Este mensaje es, en cierto modo, lo contrario a la idea institucionalista. Es decir, a la idea de que los individuos son secundarios, y que lo importante son las instituciones y los incentivos sobre los que estas personas actúan. No existen pruebas del algodón para nuestros representantes, lo que existen son buenas o malas instituciones, buenas o malas reglas. Por lo tanto, si un político es corrupto, el tema no es (solo) reemplazarle por otro virtuoso sino cambiar unas instituciones que han hecho que el equilibrio ganador sea ser corrupto. Que hayan hecho que el tonto sea el que no mete la mano en la caja y no al revés. Es una idea que no prejuzga la moral de los individuos pero que entiende que hasta la persona más noble podría sucumbir ante el chalaneo corrupto cuando, por ejemplo, tiene amplio poder para contratar, despedir o no justificar sus decisiones en cualquier administración. Del mismo modo que si hay sectores sociales que están excluidos, las políticas sencillas no bastan sin pagar un precio, que al final siempre hay que redistribuir riqueza y poder también entre aquellos que somos parte del Pueblo.

Este es justamente el punto en el que el populismo genera un movimiento político encontrado. Los partidos tradicionales, véase Venezuela o Italia, se negaron sistemáticamente a dar el paso para la reforma y terminaron colapsando. Sin embargo en otros contextos, la amenaza del populismo puede ser una palanca para el cambio. Cuando ven que pueden perder, los partidos se mueven. Por ejemplo, cuando tantos hablan del reformismo de Renzi ¿Acaso no tiene que ver que siente en su nuca el aliento de Beppe Grillo? Y como antes se ha señalado que la disfuncionalidad del sistema político tiene mucho que ver con la emergencia de estos movimientos, puede ser un acicate positivo. Ahora bien, el populismo tiene como objetivo barrer a la clase política, pero el paso siguiente suele ofrecer un reemplazo poco mejor, con frecuencia perjudicial para tener una democracia plena. Porque es justo en el punto en el que hay que renunciar a la pureza para empezar a hacer política.

Por eso quiero cerrar dejando en el aire una cita de Weber, más para suspender el debate que para considerarlo cerrado, pero que merece la pena revisitar con frecuencia:

Cuando están surgiendo súbita y rápidamente políticos que actúan según una ética de las convicciones con los lemas de «el mundo es estúpido y bruto, no yo; a mí no me afecta el tener que ser responsable de las consecuencias, sino a los otros al servicio de los cuales yo trabajo y cuya estupidez o brutalidad yo voy a extirpar», yo les digo abiertamente que me pregunto, antes que nada, por el peso interior que pueda haber tras esta ética de las convicciones, y tengo la impresión de que, en nueve de cada diez casos, estoy ante fanfarrones que no sienten realmente lo que hacen sino que se emborrachan con sentimientos románticos. Esto no me interesa desde un punto de vista humano y no me conmueve en absoluto.

Por el contrario, es infinitamente conmovedor que una persona madura —lo mismo da que sea joven o vieja en años— que, actuando según la ética de la responsabilidad y sintiendo realmente y con toda su alma esa responsabilidad por las consecuencias, diga en algún momento: «no puedo hacerlo de otra manera; aquí estoy yo». Esto es algo auténtico desde un punto de vista humano y que conmueve.

Hugo Chávez. Foto: Cordon Press.

Hugo Chávez. Foto: Cordon Press.

La marca de una vieja bofetada

Neuer detiene un balón en el partido que enfrentó a Alemania y Francia en los cuartos de final. Foto: Cordon Press.

Neuer detiene un balón en el partido que enfrentó a Alemania y Francia en los cuartos de final. Foto: Cordon Press.

Todas las selecciones tienen en la cara la marca de una vieja bofetada de Alemania. No importa cuánto tiempo haya pasado. Si por alguna razón su rastro empieza a borrarse, viene otro alemán y se encarga de poner las cosas en su sitio. Ni te das cuenta. Es habitual que los defensas no vean venir nunca los goles germanos. De pronto, como en el tanto de Mats Hummels, notas en la boca sabor a sangre, y cuando te pasas una mano por los labios, descubres el gol, salado y ardiente. La falta tendida por Toni Kroos al área pequeña llegó tan planchada, por un lado y por otro, sin una triste arruga, que hasta Raphael Varane, que en ese momento marcaba a Hummels, sintió pena por que no acabase en la red. Estaba tan guapa, pensó el defensa de Francia.

Hasta el gol en el minuto 11, el partido parecía un seminario de filosofía, con Alemania hablando mucho, en alemán, y Francia asintiendo en silencio, en francés. En realidad, ese fue el gran error del equipo de Didier Deschamps. No aprendieron nada de Julio Ramón Ribeyro, el escritor peruano que tanto tiempo vivió en París, y que solía admitir que el mayor error que cometía en las discusiones era el de dejar hablar a sus contrincantes. Como buenos conversadores, de vez en cuando alemanes y franceses se interrumpían con una patada. Por ahí llegó el solitario gol. En realidad, un gol casi siempre empieza por una tontería: una pérdida absurda de balón, una entrada innecesaria en una zona desértica, que no sirve ni para deshacerte de un cadáver, un despiste en una cobertura. Incluso una miguita de pan. Sí, una miguita, qué pasa. En El Sur, de Borges, la violencia final del relato, cuando los protagonistas sacan los cuchillos, está precedida por «un leve roce en la cara» que siente Dahlmann mientras come. Junto «al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había un bolita de miga» lanzada por la persona con la que, instantes después, peleará a muerte. Así, con una miguita de nada, se fraguó también el gol alemán. A medida que el balón se tendía en un bostezo hacia el área, comenzó a insinuar su envergadura, como un león que se levanta de la siesta. Hummels remató casi sacándose el balón de encima, como si se le estuviese metiendo en un ojo.

Las miradas empezaron a dirigirse a Karim Benzema. El mundo, de Alemania para abajo, exigía el empate y la prórroga. Prórroga de la buena. Nos habíamos acostumbrado al caviar y a los trajes a medida en los partidos de octavos anteriores. Por momentos, con el número 10 a la espalda, creímos que el delantero francés incendiaría Berlín. A veces basta un buen dorsal para ser un genio. Otras, incluso mucho menos. John Lambie, entrenador del Partick Thistle escocés, en cierta ocasión obligó a seguir jugando a un delantero con pérdida de conocimiento, después de un violento choque con un defensa. Ante la insistencia de Lambie para que su jugador se incorporase al juego, el médico que atendía al futbolista le dijo: «Pero es que ni recuerda quién es». «Perfecto —señaló el entrenador desde la banda. Dile que es Pelé y mándalo al centro del campo».

En fútbol, lo bueno comienza cuando el partido empieza a temblar y a desatornillarse solo, por el efecto de la vibración. Sin tuercas, los goles se abren paso más fácilmente. Francia, de hecho, reclamaba del banquillo destornilladores, así que en la segunda parte Deschamps metió dos de estrella, para aflojar al rival, y después un plano. Sobraban defensas, como Sakho. Al menos en el sentido que en las noches calurosas de verano sobran las sábanas, incluso la compañía. Lo malo es que Alemania apenas usa tornillos y arandelas. Es una ermitaña y fría mole de hierro, sin piezas.

Francia buscó el despliegue desesperadamente. Es un equipo de pocas palabras al que le gusta desvestirse rápido en ataque, siguiendo el ejemplo de esos amantes que encuentras en el bar del hotel, al caer la medianoche, mientras el pianista mete en la maleta las últimas notas. Casi por educación lo invitas a tomar una copa en tu habitación, y cuando te das la vuelta, con los vasos en la mano, está desnudo debajo de las sábanas, diciéndote si «vas a tardar mucho». Eso es Francia, el amante que bulle. La segunda parte, de hecho, vivimos a la espera de que el equipo de Joachim Löw posase los vasos en el aparador y se dejase seducir por las artes de Valbuena o Griezmann.

El olor a prórroga que había infestado el mundial hasta entonces aún seguía en el aire. Piensas que va a llegar, aunque sea en un gesto postrero, agónico. En el minuto 93, temerosos de que finalmente no llegase, los aficionados al fútbol que no se jugaban la vida saltaron de la silla y gritaron, impotentes: «¡Árbitro, prórroga, joder!». A punto estuvo el argentino Néstor Pitana de concederla, cuando Karim Benzema saboreó la última ocasión del partido, cuando ya la vida prometía acabarse. De pronto, se encontraron a solas él y Neuer, cara a cara. El delantero golpeó la pelota a tres metros de portería. El chut sonó a oro macizo. No tenía otro camino más que el gol. Pero el portero sacó la mano del bolsillo e interceptó el destino. «¿De verdad que no fue gol?», se preguntaban los franceses, con sus miradas perdidas, cuando ya el colegiado había pitado el final. «¿En serio?», insistían. Esta vez no pudo ser. En ocasiones, la épica es precisamente la falta de épica. Y eso casi siempre significa que gana Alemania.

Juan Tallón es autor del libro Manual de fútbol, editado por Edhasa.

The puffy chair

The show must go on

Seyo Cizmic


© Copyright Seyo Cizmic 1995 - 2014


© Copyright Seyo Cizmic 1995 - 2014


© Copyright Seyo Cizmic 1995 - 2014


© Copyright Seyo Cizmic 1995 - 2014


© Copyright Seyo Cizmic 1995 - 2014


© Copyright Seyo Cizmic 1995 - 2014

Seyo Cizmic

Miss America

Thursdays is Thigh-Highs

Booooooom Submissions / July

JULYSUBMISSIONS-600

Here’s this month’s submission post. This is the best way to submit your work to be considered for a post on Booooooom. Thanks to everyone for up-voting work you like, it really encourages artists in this community and helps me see what work you like. I encourage you to share your work here because these posts get a lot of traffic and even if your work is not a fit for Booooooom it still gets seen, and definitely sends traffic to your own websites.

Please share your work here during the month of July. The comments allow images to be attached so make sure post an image along with a link to your website.


Submission guidelines:

1. Please don’t flood the comments with a dozen images, just post 1 image that represents your best work along with 1 link.

2. If you see good work posted by someone upvote it so it appears at the top. This is not just a nice thing to do, it helps me see what work you actually like.

3. You can/should also encourage people who are sharing good work here! Comment on their posts and let them know you like what they’re doing. I really want to foster a community here, and this is a simple way you can connect with other people making work.

4. Keep in mind your post may not show up right away because it has an image attached. It may need to be manually approved first so don’t freak out and post a million times, once is enough.

 

 

SUBMIT WORK / LEAVE A COMMENT

View the whole post: Vancouver-based Blog Booooooom Art Submissions / July over on BOOOOOOOM!.

< G N Z S N Z >