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Music Video: Digitalism feat. Youngblood Hawke “Wolves”

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This video for Digitalism’s “Wolves”, directed by Nelson de Castro, has a similar look to those stereoscopic animated gifs you see all over Tumblr; only these zoom in and out. Nice effect. Watch below.

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Once upon a time in the west, Bradley Hankey


Bradley Hankey | bradleyhankey.com


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Once upon a time in the west, Bradley Hankey

Happy Birthday, Marcel Proust: David Bowie Answers the Proust...



Happy Birthday, Marcel Proust: David Bowie Answers the Proust Questionnaire
Q: What do you regard as the lowest depth of misery?
A: Living in fear.

The camera is as subjective as we are - but does it float

The camera is as subjective as we are - but does it float

Every reform movement has a lunatic fringe

120 minutos, 5 fotos

Ayer fue una tarde inolvidable. No sé cómo la pasaron ustedes, pero me imagino. Yo, lo sufro más que lo disfruto. Pero como ARgentina se destapó con una gran defensa :) , mis nervios recién explotaron a la hora de los penales.

Recién estaba mirando la edición de The New York Times on line. Sisisisi es mi Biblia! Y me quedé con la boca abierta con la edición de fotos. Pasen y miren: son 5 fotos. Abren con Romerito y su festejo (abajo). Dos fotos espectaculares del arquero holandés. Una cenital cuando Cillesen se agarra la cabeza, derrotado. La otra cuando se da vuelta para ver cómo entra el pelotazo de Maxi que no pudo desviar del todo (arriba).

Termina con un festejo de Messi y otra toma aerea de Garay cabeceando la cabeza de Robin van Persie.

5 fotos para contar la historia de 120 minutos! Para mi faltó la entrada electizante de Robben que contuvo Masche. Para ustedes, ¿Cuál es la edición ideal de este partido? Juguemos con 5 fotos. Nada más que 5. Y me las suben acá abajo. ¿Quién empieza?

Never quit, Wolfcub chronicles


PHOTOGRAPHER / HENRIK PURIENNE This guy. Nails it every time. The perfect mix of Summer nostalgia & salty skin, paired with a suitcase of Zulu + Zephyr.


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Never quit, Wolfcub chronicles

Fútbol para calvos

Semifinal entre Argentina y Holanda en el Mundial 2014. Foto: Cordon Press.

Semifinal entre Argentina y Holanda en el Mundial 2014. Foto: Cordon Press.

El fútbol a veces es tan impensado e indescifrable que en el minuto uno intuyes que el partido cruzará un largo y triste desierto, sin goles, habrá prórroga, penaltis, mientras das dos cabezadas de escándalo, y pasará tal vez el equipo que tú no querías. Esta podría ser la crónica del Argentina-Holanda, aunque escrita así, alguien pensaría que ocurrieron un montón de cosas. «Ganó Argentina. Fin», sí sería una buena crónica. Te ayuda a hacerte una idea de todo lo que pasó, y sobre todo no pasó, durante el partido. Pero continuaría siendo larga. No fue una semifinal célebre. Tristemente célebre, quizá. Pero en fútbol hay que saber jugar con el aburrimiento. El mundo está lleno de cosas que van mal, pero que funcionan. Se trata de una variante más de este deporte. Por un momento —somos humanos todos soñamos que volveríamos a los años setenta, de donde proceden los pleitos entre estas selecciones. Entonces, dos equipos formados por melenudos buscaban la portería rival con sed de mal, sin miedo a despeinarse o dejar los pelos en un alambre. Las greñas de Neeskens, Rensenbrink, Van de Kerkhof, Kempes, René Orlando, Luque o Valencia se desbocaban. Pero ayer holandeses y argentinos practicaron un fútbol digno de calvos, tactista, de culto, que no asumía el menor riesgo. En caso de duda se reculaba, retrasando el balón hasta volver al partido inaugural.

Era imposible no mirar atrás y recordar el vértigo del martes, con Alemania jugando a un fútbol en llamas. Si te escuchabas, por dentro te ibas diciendo, «Alemania sí que jugaba a vida o muerte», «Alemania sí que tocaba rápido», «Alemania sí que trenzaba», «Alemania sí que marcaba goles». Parecías aquella suegra que tuviste, que todo el tiempo añoraba al joven majísimo que había salido con su hija antes que tú. «Ignacio sí que sabía colocar una bombilla», «Ignacio sí que nos traía el cruasán por la mañana», «Ignacio sí que era simpático, no como otros», decía refiriéndose a ti.

Para animarnos, buscábamos a Messi con la mirada, por si al fin explotaba y se derramaba su genio a borbotones. Pero en este mundial Leo se parece demasiado a esos artistas de los que hay que esperar solo un detalle, como arreglarse el nudo de la corbata, llevar el reloj en hora o habilitar un gol con un pase corto, que evoque los goles de antes. Ni un gesto más. Me hizo pensar en el escritor egipcio Albert Cossery, que vivió durante cincuenta y seis años en el hotel La Louisiane de París, y cada mañana se levantaba a la misma hora, se tomaba dos horas para acicalarse y se sentaba a escribir en traje, corbata y pañuelo. Cuando al fin todo estaba en su sitio, escribía durante cinco minutos, y se iba a conquistar mujeres. El resultado eran dos frases a la semana.

No hay nada a lo que el individuo no se acostumbre, y enseguida los espectadores aprendimos a vibrar con la posibilidad de que se produjese un córner, o un saque de banda, incluso una falta bronca, a varios kilómetros de la portería, que condujese a una tarjeta amarilla. ¿Y si de ahí brotaba petróleo? Desde el banquillo no llegaban sino consignas medrosas, del tipo «no salgáis a la calle sin abrigo, muchachos». Versiones muy aguadas de aquel «si se mueven, mátalos» que entonaba William Holden en Grupo salvaje. En esta semifinal nadie iba a morir violentamente. Si acaso de tristeza. De pronto, añorabas el delirio de aquel marine que, en plena noche de Vietnam, le recordó a su oficial que «yo no he venido a la guerra a que me maten, sino a follar y pasármelo bien». Eso obligaba a pases cómodos, combinaciones elementales y amargas, que tenían su instante centelleante cuando Mascherano el mejor cedía el balón a su portero, por si fallaba. Los corazones se encogieron por primera vez en la prórroga cuando el portero holandés, Cillessen, recortó en seco a Agüero, como en aquellas noches que vaciábamos el vaso de tequila con un golpe de cuello electrizante.

El tiempo pasaba lentamente, mientras los espectadores vivían con el temor a que en cualquier lance pudiese llegar el empate a cero. Todo se reducía a aguardar un error, para que a los jugadores no se le enfriasen los pies yendo al ataque con remordimientos. Si por Val Gaal y Sabella fuese, sus selecciones habrían jugado en bata y doble calcetín. ¿Qué fue de aquellas expediciones suicidas al área rival que retaban a las gélidas noches de verano? En el 74, los melenudos holandeses no descansaron hasta ganar 4-0, mientras gritaban «¡banzai!»; cuatro después, los argentinos solo se quedaron tranquilos cuando le devolvieron la afrenta con un 3-1 en la final del Monumental de Buenos Aires. No había sitio para la alopecia en aquellos futbolistas. Pertenecían a esa estirpe que buscaba Ernest Shackleton en 1914 para una expedición a la Antártida, y que lo llevó a publicar en la prensa británica un inolvidable anuncio: «Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de oscuridad absoluta. Peligro constante. No es seguro volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito». Pero todo cambia, y después de una tanda de penaltis, la Argentina de Messi se plantó en la final sin un estornudo.

Juan Tallón es autor del libro Manual de fútbol, editado por Edhasa.

Alfredo Di Stéfano, el fútbol que queremos

Alfredo Di Stéfano en el vestuario tras disputar las semifinales de la Copa de Europa de 1960 entre el Barcelona y el Real Madrid. Foto: Cordon Press.

Alfredo Di Stéfano en el vestuario tras disputar un partido en 1960 entre el Barcelona y el Real Madrid. Foto: Cordon Press.

En 2011 a Alfredo Di Stéfano le dio por coger el teléfono y aceptó una entrevista con Jot Down. De un día para otro. «Vengan mañana a primera hora». Hubo que meterse una noche toledana para preparar el tercer grado y, a las siete de la mañana, llegó la mala noticia. Su hija había muerto esa misma noche. De todos los accidentes que podíamos esperar, una desgracia de esa magnitud no figuraba en nuestra agenda.

Más adelante volvió a citarnos, pero no apareció. Deambulamos alrededor del club de veteranos del Real Madrid una fría mañana esperándole sin que se presentara. Alguien nos contó que te podía decir que sí y luego olvidarse. Pero al menos cogía le teléfono y preguntaba en persona quién eras tú y qué querías. No era como pedir audiencia con el Vaticano. Y eso que un estudio serio de la influencia del Real Madrid en la piel de toro comparada con la del pontífice podría arrojar datos interesantes.

La verdad es que fue una verdadera pena porque un encuentro con don Alfredo prometía. El repertorio de anécdotas y situaciones inverosímiles de los tiempos en los que jugaba no tiene nada que ver con lo que pueda ocurrir ahora, con un fútbol tan profesionalizado y envasado al vacío para que los medios lleguen hasta donde tienen que llegar. Porque de otra cosa tampoco se podría hablar con él. Yo no le vi jugar, y como yo, tres cuartas partes de españoles. Para mí Di Stéfano fue siempre una leyenda en sentido estricto. Con el Madrid de la primera mitad de los noventa combinando en horizontal con mueca de «el fútbol no es para reír», lo que te contaban de Di Stéfano cobraba categoría de mito.

A mí mi padre me hablaba de él recordando a su propio padre; explicándome el tinglado que tenía mi abuelo montado en casa, con un alambre por el techo de su habitación de lado a lado para captar onda corta, donde escuchaba los partidos del Madrid y otro tipo de emisiones. Un Real Madrid que era la única ilusión de su vida de currante.

Ahora tendemos a pensar que en tiempos de crisis se informa demasiado sobre fútbol, está asumido como opio del pueblo, y bien es cierto que tres de cada cuatro futboleros que conozco me parecen enfermos mentales, pero al Madrid de Di Stéfano siempre lo he percibido como lo único que daba alegrías a mi abuelo, a quien el franquismo no se le hizo tan plácido y confortable como a otros. Sería injusto negarle ese valor al deporte por muchos excesos y desmanes que se cometan en su nombre.

Luego solo había que mirar los números y los títulos sobre el papel para pensar que aquellos años del Madrid de los cincuenta y sesenta tuvieron que ser una merienda. Tanto es así que cuando Di Stéfano se hizo cargo del equipo en 1990 en sustitución de Toshack la noticia fue tan maravillosa para un niño como yo como que al Madrid lo cogía Gandalf.

No en vano, se estrenó con una victoria en la Supercopa de España contra el Barcelona de Cruyff coronada con el 4-1 y gol de Santi Aragón desde el centro del campo. La magia existía. Las Copas de Europa por fin iban a caer como churros, pero no. Don Alfredo cogió al equipo a seis puntos del I Año Triunfal del Barça de Cruyff y lo dejó a dieciséis. Radomir Antic lo sustituyó hasta que llegasen Maturana o Sacchi, no vino nadie, y luego se cargaron al serbio con el equipo líder. En fin, el día a día de la casa Usher que fue el club entonces.

Di Stéfano conoció bien esta versión del club. En enero del 91 tuvo que suspender un entrenamiento, más bien lo hizo su segundo, José Antonio Camacho, por la apatía de los jugadores. En el partidillo, Sanchís, Chendo y Villarroya se pusieron a dar pelotazos que salían fuera del campo. Triste final para un entrenador que pudo ser el padre y mentor de la Quinta. Con él debutaron casi todos ellos en la 83-84. ¿Y se reconoció? No, todo esto le generó problemas. Cuando pedía a los jugadores jóvenes para el primer equipo chocó con la directiva, que le decía que si subían se iban a «agrandar» ellos y sus padres y que «pedirían mucha plata». Así al menos lo explicó él.

De todos estos sinsentidos habló sin pelos en la lengua en una jugosa entrevista en El País en 1984. Sentenció a la directiva con frases lapidarias: «Al éxito se llega volando como las águilas o arrastrándose como las serpientes. Pero con esta gente no se puede ir ni a heredar». Se quejó de que le habían fichado como «cebo electoral». Criticaba que Del Bosque le ponía «a parir» ante la indiferencia del club, que no lo sancionaba; un club que, como buena empresa española, era un nido de cotilleos y pasillitos donde el que se dedicaba exclusivamente a trabajar salía muy mal parado.

Hay que tener en cuenta de dónde venía Di Stéfano. En 1981 se había proclamado campeón con River Plate en Argentina. Pero en 1969 lo hizo con Boca, precisamente contra River, y las dos hinchadas le ovacionaron. ¿Quién ha conseguido eso? Además, un par de años después hizo campeón al Valencia en España, pasó cuarenta y tres días en el Sporting de Lisboa —la pretemporada y ¿cuál fue su siguiente destino? ¿Real Madrid? ¿Bayern de Munich? No, el Rayo Vallecano en Segunda División. De nuevo ¿quién ha hecho algo así?

Al fútbol moderno también lo describió con un par de declaraciones contundentes. Sobre el periodismo deportivo dijo que dejó de ir a una tertulia porque solo se hablaba de si había sido penalti o no. Y siguiendo esta línea de argumentación y empleando a su propio club para mantener su intachable elegancia, sentenció: «Ahora veo a los jugadores del Madrid, que van a tener un accidente de cómo celebran los penaltis que marcan. Es para lo único que ahora corren». Aunque la mejor es su opinión sobre las camisetas actuales. Una vez se preguntó si las compraban en la tienda: «Me cago en la elegancia».

No era demagogia, nada de esa actitud era gratuito. En la biografía que publicó ayudado por Alfredo Relaño y Enrique Ortego, Gracias vieja, contaba que a los quince años dejó el colegio para trabajar en el campo con su padre. Tenía ochenta cosechadores a su cargo, pero su padre le inculcó que el que más tenía que trabajar era él, porque «el hijo del patrón tenía que ser el mejor de todos, tenía que demostrar que era el más humilde». Así fue también en el otro campo.

Encima, cuando el negocio de su padre empezó a marchar, se encontraron con el hampa. Los mafiosos que tenían que huir de Chicago o Nueva York se instalaban en Argentina. Su padre, en Rosario, tuvo que lidiar con la banda del Chicho Grande, de apellido Galiffi. Le pidieron la mordida, el viejo se negó a pagar y desde entonces tuvo que salir siempre de casa con una pistola en el bolsillo. Hasta dormía con el arma en la mesita de noche. Cada vez que iba al mercado, disparaban cerca de él para asustarlo, pero no bajó nunca la cabeza. Así era el hombre que educó a don Alfredo, mientras el pobre crío tenía que lidiar con intentos de secuestro.

Por cierto, que el rapto se produjo finalmente en agosto de 1963. El Frente de Liberación Nacional de Venezuela le secuestró. Dos supuestos policías se lo llevaron detenido acusándole de tráfico de drogas y le tuvieron setenta y dos horas retenido. Nunca habló mal de sus captores. Durante el cautiverio jugó al ajedrez, vio la televisión y apostó a los caballos. Realmente, el único día que temió por su vida siendo futbolista fue cuando le tiraron un botijo al autobús del equipo en Granada.

Cuando vino a España Madrid le pareció una ciudad «tristona». Cuentan que al menos el fútbol lo alegró trayendo, junto a Kubala, todo un repertorio de tacones y paredes que no se habían visto por estas latitudes. Sobre el campo se ha dicho que jugaba en todas las posiciones. Cruyff confesó que de niño soñaba con convertirse en un jugador como él. Era de iniciar la jugada y rematar el gol.

De su influencia sobre los compañeros daba cuenta una anécdota que contó Puskas. En una ocasión en un partido regateó al portero y antes de marcar se detuvo: «Pensé para mí mismo, si marco aquí, Di Stéfano nunca me volverá a hablar. Lo mejor era que él fuese el máximo goleador y yo el segundo. Así es que lo esperé y le di el pase para que lo metiera él». Al mismo tiempo, cuando Bernabéu quiso deshacerse de Gento, Di Stéfano fue su mayor defensor. Y cuando luego Bernabéu pretendió retirarle a él, con treinta y ocho años, no volvió a dirigirle la palabra.

Por supuesto, el que tendría razón siempre seguro que fue Bernabéu, pero la actitud del futbolista, un psicópata del balón, es la que queda. Y de su naturaleza honesta han dado testimonio los aludidos enemigos que fue cosechando después. Pero esa es la gente de fútbol que queremos: piraos por este deporte. Porque para dedicar tu vida a golpear en calzoncillos la tripa de una vaca hay que estar un poco tocado del ala.

Pese a todo, dejó claro que nunca quiso ser idolatrado. Y lo más extraño es que, dada su condición de dios en la tierra, una de sus mejores frases nunca pasara a la historia de este deporte. Es la que finiquita todas las discusiones posibles entre tiquitaca y otros estilos más prosaicos, cuando dijo: «Al fútbol se juega bien o no, nada más». Y nada más hay que añadir.

Di Stéfano marcando un gol durante el partido de futbol disputado entre el Real Madrid y Francfort en 1960. Foto: Cordon Press.

Di Stéfano marcando un gol durante el partido de futbol disputado entre el Real Madrid y Francfort en 1960. Foto: Cordon Press.

 

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