< G N Z S N Z >

Sprinkles


thomas-lavelle.com


thomas-lavelle.com

Sprinkles

theycallmedaniela: On the road.



theycallmedaniela:

On the road.

La historia de Led Zeppelin en 40 canciones

Led Zeppelin & Jones, John Paul & Bonham, John & Page, Jimmy & P

Tras Pink Floyd, Queen o The Who, esta vez repasaremos la discografía de otra de las más grandes bandas de rock: Led Zeppelin. Según las certificaciones oficiales, son los quintos en la lista de artistas más vendedores de todos los tiempos, únicamente por detrás de Beatles, Elvis, Michael Jackson y Madonna. De hecho fueron la franquicia musical más exitosa de los años 70. Pero sobre todo se convirtieron en una influencia fundamental para incontables bandas posteriores, aunque no siempre su recuerdo gozó del prestigio del que goza hoy.

______________________________________________________________________________________________

Led Zeppelin (1969)

Led Zeppelin

Tras su etapa como músico de sesión y guitarrista en The Yardbirds, el guitarrista Jimmy Page forma una banda con la intención de interpretar un rock duro basado en las estructuras del blues. Fue bautizada como «zepelín de plomo», nombre nacido de una ocurrencia de Keith Moon, batería de The Who (quien por cierto era el ídolo de John Bonham, batería de los propios Zeppelin). En realidad, puede decirse que Page copió el concepto de grupo de su antiguo amigo Jeff Beck, quien ya había puesto a funcionar un proyecto similar. Hasta una de las versiones incluidas en este primer disco de Zeppelin, You shook me, es una canción que también Jeff Beck Group solían tocar en directo por entonces. Además de esto, es sabido que Page robó o tomó prestados numerosos riffs a lo largo de aquellos años, aunque esto no puede nunca desmerecer la calidad intrínseca de la banda ni de los arreglos con los que Page vestía esos riffs ajenos. Pero bueno, polémicas aparte, el disco es buenísimo: un blues-rock bastante heavy para la época, adornado con pasajes psicodélicos aquí y allá, especialmente reforzado por la batería de John Bonham, cuya labor rítmica será siempre importantísima en la banda, pero que en aquellos primeros tiempos —sobre todo en directo— destacaba por encima de sus compañeros. Por lo demás, también es muy importante el trabajo del propio Jimmy Page como productor: podrá haber sido un gran guitarrista, que lo fue, pero creo que entre lo más valioso de su aportación a la banda están los arreglos, ambientes y sonidos que creaba en el estudio. También estaban los arreglos aportados por el bajista y teclista John Paul Jones, no siempre reconocidos en los créditos. Otro rasgo característico era la aguda voz de Robert Plant, quien algo más adelante adoptaría una estética similar a la que Roger Daltrey había mostrado en Woodstock, ayudando a crear una iconografía característica. El álbum obtuvo un respetable éxito y los dio a conocer en numerosos países, preparando el terreno para la explosión comercial del segundo disco.

Good times, bad times: El primer tema del primer disco. Lo que el oyente se encontraba al poner la aguja sobre el vinilo era un grupo que basaba su rock guitarrero en los riffs propios del blues, aunque de manera menos libertina y anárquica que por ejemplo un Jimi Hendrix. La batería era menos jazzy y más orientada a la potencia (aunque justamente en este tema Bonham juega bastante con los redobles), los riffs de guitarra y bajo estaban más encorsetados para conseguir una sensación de solidez… esta era la penúltima relectura del rhythm & blues potente que los británicos llevaban un tiempo cultivando, desde la aparición de Cream y bandas similares. El mismo estilo que Jeff Beck Group habían destilado y que Led Zeppelin terminarían haciendo suyo, influyendo de paso a grupos como Queen, Aerosmith y un largo etcétera:

Baby I’m gonna leave you: La faceta acústica tendría siempre una cuota en los primeros álbumes de la banda. En esta ocasión toman una canción que había popularizado Joan Baez y aprovechan para mostrar su faceta más melódica… eso sí, salpicada por repentinas explosiones que levuelan los sesos al oyente a base de altibajos épicos, una de las grandes especialidades del grupo:

Your time is gonna come: Un pacífico tema de reminiscencias hippies —aunque la letra habla con rencor de una mujer a la que «le llegará su hora»— que abre con una improvisación de órgano interpretada por John Paul Jones, el miembro con una formación musical más completa en Led Zeppelin. Es una canción tranquila, de estructura sencilla y con una muy bella melodía:

Communication breakdown: Uno de los pocos temas veloces que Led Zeppelin grabaron por aquella época, basado en un riff de guitarra cortante como un hachazo y acompañado por los berridos de Robert Plant. La velocidad casi nunca sería la marca de fábrica de esta banda, más acostumbrada a apoyarse en el groove cadencioso característico de Bonham, pero aquí se dejan llevar por un rock más desenfadado en el que podemos reconocer varios de los elementos del futuro heavy metal:

Dazed and confused: La ración de psicodelia del álbum, un tema largo, atmosférico y oscuro dividido en varias partes, incluidos los típicos arrebatos tormentosos que aparecían repentinamente en mitad de la calma. Se convertiría en una pieza indispensable en sus directos, donde dejaba espacio para que experimentasen con aquellos sonidos extraños que tanto le gustaban a Jimmy Page (como el theremin o la guitarra eléctrica tocada con un arco de violín). Aunque, como de costumbre, es la batería de Bonham el auténtico corazón de todo lo que suena.

______________________________________________________________________________________________

Led Zeppelin II (1969)

Led Zeppelin II

El álbum que los hizo grandes. Grabado en diferentes estudios durante la gira de presentación del primer disco y publicado a finales de aquel mismo año, fue impulsado hacia la parte alta de las listas de éxitos por la enorme repercusión del single Whole lotta love, que hizo empuñar una guitarra a miles de chavales para intentar reproducir el riff principal. Aunque el primer disco ya había estado muy elaborado, aquí daba la sensación de que el grupo seguía refinando su estilo, puliendo aquellos riffs que se estaban convirtiendo en su marca de fábrica. Con este disco consiguieron el número uno en muchos países, incluidos los Estados Unidos: a partir de aquí se convertirían en la banda más exitosa de los años 70, ya que cada uno de sus posteriores discos iba a ser número uno en el Reino Unido y —exceptuando solamente uno— también serían número uno en América. Aquello no solo les serviría para iniciar un tren de vida propio de príncipes medievales, sino también para que su mánager Peter Grant empezase a reclamar unas condiciones económicas inéditas a la hora de salir de gira: los promotores interesados en contratar al grupo debían someterse a unas condiciones que ni los Beatles se habían atrevido a pedir. De hecho habría que estudiar la influencia que Grant tuvo en la evolución del negocio del espectáculo en vivo, potenciando la sensación de que los Zeppelin se estaban transformando en unos gigantes. Pero bueno, volviendo a lo estrictamente musical, este disco seguía completamente la senda del primer álbum. Eso sí, se nota que el grupo está de gira y todo suena más compenetrado. Lo cierto es que el disco roza la perfección en su género y no hay ningún tema de relleno. No tiene desperdicio, no sobra nada. El hard blues va perdiendo —muy lentamente— su peso específico, mientras se refuerza la vertiente más hard rock.

Whole lotta love: Mucha gente asocia a Led Zeppelin con Stairway to heaven, pero fue Whole lotta love la primera canción que los hizo realmente grandes y sobre todo la que mejor resume la esencia de la banda. Un riff de guitarra —prestado— donde el grupo apoya su cadencia casi sexual, con la batería de Bonham siempre tirando ligeramente hacia atrás pero también aportando contundencia. Y un solo de guitarra sencillo pero memorable, probablemente uno de los más distintivos de Page. En su día, muchas emisoras de radio tuvieron la ocurrencia de recortar el tema para eliminar la parte central donde el grupo se abandonaba a una improvisación psicodélica. Aquello enfurecía al grupo, que no había planeado la canción como un single de tres minutos. Hoy, naturalmente, ya no concebimos Whole lotta love sin los gemidos orgásmicos y los extraños sonidos del interludio. Con permiso de la mencionada Stairway to heaven, cabría decir que a la hora de hablar de Led Zeppelin, esta es la canción:

Ramble on: Para mi gusto, la gran joya del álbum junto a Whole lotta love, una maravilla de canción donde se combinan a la perfección las dos facetas del grupo —acústica y eléctrica— y que presenta una melodía inolvidable, un estribillo aún más inolvidable y todo un festival de arreglos a cargo de un Jimmy Page en estado de gracia como guitarrista, como compositor y como productor. La letra de Robert Plant, por cierto, gira en torno a las aventuras de Frodo, el protagonista de El señor de los anillos.

Thank you: Un tema relajado en la onda de aquella Your time is gonna come del primer disco, que demuestra que a los Zeppelin también se les daba maravillosamente bien este tipo de melodías más relajadas y llenas de matices. Pese a ser una banda británica, su sonido era muy americano y no hubiera resultado sorprendente si esto lo hubiese grabado algún grupo californiano de la época.

Living loving maid: Otro ejemplo del sonido característico del grupo, con un riff tenso y enérgico, y con esa sección rítmica que nunca pierde el pulso. Destacar el sucinto pero delicioso solo de guitarra de Page, quien muy a menudo seguía una regla sagrada que le funcionaba a la perfección: menos es más.

______________________________________________________________________________________________

Led Zeppelin III (1970)

Led Zeppelin III

Después de una increíblemente exitosa gira por Estados Unidos y habiendo vendido cantidades ingentes de su segundo álbum, la banda disponía ahora de dinero para comprarse o alquilar mansiones a su antojo. Así que, a la hora de componer y grabar su tercer trabajo, el grupo se retira a Bron-Yr-Aur, una dieciochesca casa de campo en el arbolado corazón de Gales. Allí, inspirados por la tranquilidad de los bosques circundantes, graban su disco más reposado hasta la fecha (sobre todo en la segunda cara, porque la primera sigue los patrones más o menos habituales). El predominio de la faceta acústica en aquella cara B sorprendió e incluso molestó a algunos fans, y especialmente a los críticos, que en muchos casos no supieron encajar bien el cambio. Pero eso no impidió que Led Zeppelin III se convirtiese en un nuevo gran éxito de ventas. En mi opinión es un fantástico disco donde el grupo añade nuevos clásicos a su repertorio, aunque me consta que hay quien lo suele considerar un escalón por debajo de su antecesor y predecesor. A mí, en cambio, la mitad acústica me parece casi tan buena como la eléctrica. Pero bueno, matices aparte, la banda sigue estando en una fantástica forma y este disco es también absolutamente imprescindible.

Immigrant song: El disco se abre con guitarrazos marca de la casa. Se trata de un contundente obstinato con temática vikinga que en su momento cierta parte de la crítica se empeñó en comparar desfavorablemente con Whole lotta love (¡como si hubiera necesidad de comparar!). Lo cierto es que sirve como potente obertura al disco y pone de manifiesto el inimitable timbre de voz de Robert Plant. No en vano este tema, con el que en una ocasión Queen juguetearon relajadamente durante un concierto, es una de las poquísimas cosas en las que he escuchado a Freddie Mercury teniendo problemas para cantar:

Celebration day: Un alegre tema que mucha gente suele pasar por alto, o que al menos no es una de las canciones más celebres de su repertorio, pese a que tiene un contagioso estribillo, un interesante entrelazado de guitarras y uno de esos solos simples de Jimmy Page en donde se vale de unas pocas notas para crear un punto álgido. Esos solos sencillos y melódicos son, a mi parecer, casi siempre más efectivos que sus solos más rápidos y rockeros (aunque veremos que en este mismo disco hay una excepción a esa regla). Lo dicho, una pequeña y agradable gema de su repertorio:

Since I’ve loving you: Otro de los grandes momentos del disco, en especial para lucimiento de la guitarra de Page, quien hace aquí una de sus más brillantes e inspiradas demostraciones como instrumentista. Un blues en acordes menores modulado mediante varias subidas y bajadas en intensidad, con el órgano de Jones aportando matices envolventes, la batería de Bonham tirando para atrás —para variar— y la voz de Plant sonando particularmente afilada y efectiva. El grupo cultiva un dramatismo épico que es otra de las herramientas de su cada vez más amplio arsenal de sonoridades.

Gallows Pole: Decíamos que la cara B de este álbum, más acústica, no fue especialmente apreciada por parte de los fans del grupo, y ni siquiera hoy es especialmente recordada. Posiblemente la excepción sea este tema folk que los exmiembros de la banda han recuperado en diversas ocasiones posteriores, y que para mí es la auténtica cumbre de la parte acústica del disco:

Bron-y-Aur Stomp: Otro tema acústico que bien sirve para revindicar la faceta más folk del grupo. Aunque en el futuro el grupo casi no volvió a explorar estos derroteros, a mí no me hubiese disgustado que los Zeppelin de esta misma época hubiesen grabado un álbum totalmente acústico, porque es un terreno donde se mueven como peces en el agua:

______________________________________________________________________________________________

Led Zeppelin IV (1971)

Led Zeppelin IV

Zeppelin ya eran una banda tremendamente popular cuando editaron este disco, probablemente en grupo de rock más de moda. Pero con Led Zeppelin IV llegó la consagración absoluta entre todo tipo de público. Baste decir que ha llegado a vender más que cualquier álbum de los Beatles. Varios de los temas más famosos del grupo están aquí, aunque buena culpa de la descomunal magnitud comercial de este trabajo la tiene sobre todo el mítico single Stairway to heaven. El LP se publicó con una portada que no tenía título (lo de Led Zeppelin IV es una mera convención, ya que no existe un título oficial) y que simplemente mostraba un cuadro representando a un hombre con un hato de leña a las espaldas. También dentro de la carpeta podía verse una figura del tarot y varios símbolos rúnicos que representaban a los cuatro miembros del grupo (por eso a veces se conoce este disco como «Zoso», a causa de la similitud de estas letras con el símbolo elegido por Page). De repente, Led Zeppelin se revestían con aires de simbolismo y misterio que dispararon toda clase de habladurías —a veces ciertas— sobre los contactos del grupo con la magia negra: Jimmy Page, especialmente, estaba interesado por asuntos de ocultismo. Eso y los rumores —también ciertos en algunos casos— sobre sus perversiones sexuales hicieron que Led Zeppelin empezase a cultivar una imagen de grupo «peligroso». El público terminaría empeñándose en buscar significados ocultos e incluso mensajes grabados al revés en algunas canciones, como la citada Stairway to heaven. Toda esta nueva aureola de enigma malévolo favoreció mucho a la popularidad del grupo y a su transformación en iconos culturales: eran los años 70, no lo olvidemos. Sea como fuere, musicalmente era quizá su disco más conseguido hasta la fecha (por lo menos en cuestión de sonido, porque los tres primeros también son impecables cada uno a su manera). En todo caso, el retorno a un concepto de rock más compacto y la reducción de la faceta folk sirvió para paliar la fría acogida de la crítica hacia su álbum anterior, volviéndolos a situar a ojos del mundo como la punta de lanza del nuevo hard rock que estaba arrasando en las listas.

Stairway to heaven: La gran joya del repertorio de la banda, en cuyos arreglos y estructura Jimmy Page estuvo trabajando obsesivamente hasta obtener el resultado que tenía en mente. Es una canción perfecta, fascinante y absorbente, probablemente la más inspirada de su discografía. Esta canción les abrió las puertas de un público más amplio, inicialmente ajeno a la música rock, ayudando a cimentar un estatus comercial que amenazaba con dejar pequeño al de cualquier otro artista de cualquier estilo que existiese en aquellos años (Pete Townshend, líder de The Who, ha comentado medio en broma, medio en serio que llegó a detestar a los Zeppelin por convertirse «más grande en muchos aspectos»). Pero bueno, la verdad es que esta es la típica canción que casi todo el mundo ha escuchado en recopilatorios y emisoras nostálgicas, cuyas primeras notas podrían reconocer al instante oyentes ajenos al rock incluso sin saber que se trata de un tema de Led Zeppelin. Expresado de otro modo: hablamos de un clásico universal. De hecho es tan universal que mucha gente exclama «¡oh no, esa canción otra vez no!» en cuanto suena el arpegio inicial e incluso hay películas donde se ha llegado a hacer chistes al respecto (como aquella, creo que era Wayne’s world, donde una tienda de guitarras lucía un cartel que decía «prohibido tocar Stairway to Heaven»). Pero por muy típica y tópica que parezca, por muchas veces que la hayan emitido por radio y por mucho que se haya abusado de ella poniéndola en todas partes, su grandeza no disminuye un ápice. Merece la pena cerrar los ojos e intentar volver a escucharla como si nunca la hubiésemos oído, porque evidentemente nos hallamos ante un trabajo descomunal:

Black dog: El tema que abría el disco se convertiría en uno de los grandes caballos de batalla de sus conciertos y en una de sus canciones más conocidas, instantáneamente reconocible por ese riff de guitarra que debieron de imitar miles de adolescentes por todo el mundo, aquellos aprendices de Jimmy Page que usaban la música de Zeppelin para intentar dominar las seis cuerdas. El grupo retorna a las estructuras de Led Zeppelin II, que era lo que mucha gente demandaba de ellos:

Rock and roll: Otro de los himnos universalmente conocidos de los Zeppelin, nacido sobre la marcha en el estudio cuando John Bonham empezó a tocar la batería inicial de un clásico de Little Richard, Keep a knockin’. Prácticamente cualquier persona que haya pisado un local donde el DJ ponga música rock habrá escuchado alguna vez a la gente coreando aquel estribillo memorable de «lonely lonely lonely lonely lonely time». Un tema sencillo y directo que solían emplear para abrir sus conciertos, con el que homenajeaban al rock and roll, la música de los años 50 con la que ellos —como tantos otros compañeros de generación— habían crecido y de la que bebían directamente:

The battle of Evermore: Plant sigue poniendo de manifiesto su obsesión con El señor de los anillos en esta melodía con aires medievales. Jimmy Page se empeñó en componer con una mandolina pese a que apenas sabía tocarla, encaprichado después de verla por el local de ensayo (el instrumento pertenecía a John Paul Jones). Lo más interesante es escuchar el dueto de voces entre Plant y Sandy Denny, cantante de Fairport Convention, algo realmente insólito en un disco de Zeppelin, ya que casi nunca aparece ninguna voz que no sea la de Plant:

Misty mountain hop: Una canción vitalista y luminosa que parte de un sencillísimo riff repetitivo y que, aun así, produce una impresión caleidoscópica y multicolor. La producción de Page se las arregla para, con poca cosa, llenar de matices lo que es una estructura muy simple. Robert Plant hace otra referencia más a la obra de Tolkien y a las «montañas nubladas» de El señor de los anillos:

______________________________________________________________________________________________

The houses of the holy (1973)

The houses of the holy

Sumidos ya en una espiral de excesos pero también en plena vorágine de conciertos y grabaciones —lo cual les mantenía en forma— Led Zeppelin se las arreglaron para seguir produciendo música de gran calidad. En este disco comenzaron a adentrarse en otros terrenos que, cabe decir, no siempre dominaban del todo. Caso del funk de The Crunge, un tema con el que rendían homenaje a James Brown, pero que suena infinitamente menos convincente que verdaderas bandas de funk de la época. O el reggae, con esa D’yer Maker que es una canción simpática pero que no me parece especialmente brillante, aunque sé que a mucha gente sí le gusta mucho. Pero bueno, el disco era una vez más prácticamente impecable. Aunque seguía habiendo evolución: todo sonaba menos áspero, con más hincapié en las melodías y armonías (sin embargo, curiosamente, la faceta acústica irá quedando cada vez más aparcada). Una vez más, la portada del disco carecía de título y referencias al grupo, mostrando únicamente a unos niños en una imagen inspirada por el relato El fin de la infancia de Arthur C. Clarke (no sería la última referencia al escritor en una de sus portadas). El álbum no decepcionó a sus seguidores, algo difícil después de haber editado algo como Led Zeppelin IV, y fue número uno en ambos lados del Atlántico, confirmando al grupo en el trono de la industria musical. Sus conciertos eran multitudinarios —durante esta gira de presentación batieron el record de recaudación que hasta entonces mantenían los Beatles— y todo lo relacionado con ellos se estaba tornando monumental: las cantidades de dinero que manejaban, los escándalos y un estatus auténticamente bigger than life.

The song remains the same: El disco se abría con los aires de grandilocuencia marcial, pero The song remains the same pronto cambiaba de registro. Aquella tendencia a los cambios por momentos los acercaba tímidamente a terrenos más propios del rock progresivo (por aquel entonces, en sus directos, Led Zeppelin alargaban los temas y experimentaban bastante). Una tendencia a un sonido más monumental que será ampliamente explorada en el futuro:

Over the hills and far away: Canción que perfectamente podría haber estado incluida en el Led Zeppelin III. Comienza con aires folk —excepción en este álbum— y termina sonando a los Zeppelin eléctricos de costumbre. Una vez más, destacar la habilidad de Page para revestir las canciones con arreglos de guitarra que parecen ser mejores y más bellos cuanto más simples (¡ese magnífico break que da paso al solo!). Otra muestra del sonido Zeppelin en todo su esplendor

The rain song: Esta bellísima The rain song es una canción atmosférica y sutil que contiene bastantes guiños beatleianos. Era el segundo tema del disco, justo después de The song remains the same, mostrando que Zeppelin ya no abrían los álbumes con sus singles más directos:

Dancing days: Un tema sencillo y poco pretencioso que por algún motivo siempre me ha fascinado particularmente, con ese riff inicial de aires orientales, esos curiosos arreglos de teclado y la vivaz pero al mismo tiempo melancólica melodía:

The ocean: Otra canción que podría haber encajado perfectamente en la primera cara, la más eléctrica, de Led Zeppelin III. En un principio puede sonar a ejercicio rutinario, la «típica canción Zeppelin»… hasta que empiezan a entrar los «uh-uhhh» de los coros (increíble cómo el detalle más nimio le da nueva vida a una canción), los breaks instrumentales de mitad de canción, los «la la la» de Robert Plant, y sobre todo ese épico final casi en plan boogie… una canción que de verdad merece varias escuchas:

______________________________________________________________________________________________

Physical Graffiti (1975)

Physical Graffiti

El grupo, que ya nada en millones, abandona Atlantic Records y crea su propia compañía discográfica para poder grabar lo que les venga en gana. Con el control total en sus manos, Jimmy Page se enfrasca en la composición de su primer álbum doble en estudio, decidido a levantar la obra más ambiciosa y grandilocuente de Zeppelin. Grabado en dos sesiones en mitad de ciertas tensiones —por aquel entonces John Paul Jones había amenazado con dejar el grupo—, el resultado mostraba a unos Zeppelin más solemnes que de costumbre. La voz de Robert Plant era menos chillona y el sonido era, por lo general, más oscuro (una tendencia que conservarían durante la segunda mitad de su carrera). Casi todas las canciones son menos distintivas desde el punto de vista melódico, pero en cambio contienen muchos más matices instrumentales que las de discos anteriores, con estructuras más elaboradas y complejas. Ya casi no hay himnos en plan Whole lotta love, pero los detalles interesantes están por todas partes y este doble álbum es como un retablo barroco donde siempre nos quedarán rincones que observar. Physical Graffiti fue otro enorme éxito y las críticas fueron entusiastas, hasta el punto de que algunos lo consideran la obra maestra de la banda. El estatus del grupo era tan grande a esas alturas que todos sus anteriores discos reentraron en las listas de éxitos coincidiendo con su publicación, con lo que tenían seis LP a la vez entre los 200 discos más vendidos, marca que superarían más adelante.

Kashmir: El momento álgido del álbum, la nueva joya en la que Page había estado trabajando obsesivamente y seguramente la canción más «monumental» en la historia de Led Zeppelin, con permiso de Stairway to heaven. Es un tema largo y dividido en varias partes, donde predominan las influencias orientales, los arreglos orquestales y una exótica aureola onírica cuya letra está inspirada por los viajes de Plant al desierto marroquí. Sus ocho minutos y medio son verdaderamente fascinantes:

Houses of the holy: Canción que, como puede deducirse por el título, fue elaborada durante las sesiones del disco anterior, aunque al final habían decidido no incluirla. La recuperan para este disco usando exactamente la misma grabación de dos años antes, y de hecho su sonido vibrante encajaría mucho más en el álbum del mismo título. Su alegre melodía, sus contagiosos coros («uh! uh! uh!») y un sonido bastante más luminoso son como un oasis de luz en la oscuridad predominante en Physical Graffiti:

In the light: Un tema sorprendente, que se abre con sintetizadores y unas voces más bien siniestras para que después entren unos hipnóticos riffs de guitarra que abiertamente emparientan a la banda con estilos posteriores como el heavy metal o incluso el stoner rock. Hay un breve y magnífico interludio central con el clavicordio de Jones y los sencillos fraseos-fanfarria de la guitarra de Page. Una canción muy larga y extraña, que probablemente necesite varias escuchas por parte de algunos oyentes para terminar de apreciarla, pero que es una auténtica delicia cuando uno consigue sumergirse en ella:

The rover: Hard rock a la americana, donde —como casi siempre en este álbum— la melodía vocal principal cede el protagonismo a la sólida base instrumental, al contrario de lo que sucedía en anteriores discos de la banda.

Trampled underfoot: Un tema seudofunk basado en un ritmo de teclado que John Paul Jones tocó durante una improvisación, inspirándose directamente en Superstition de Stevie Wonder. Eso sí, la batería de Bonham es bastante poco funky. Con todo, un tema rítmico y (casi) bailable, bastante más logrado que aquel The Crunge de Houses of the Holy. Los mejores momentos, y los más soul, provienen por cierto de ese teclado de Jones.

______________________________________________________________________________________________

BSO de la película The song remains the same (1976)

The song remains the same

Aunque estrenada en 1976, esta filmación recoge un concierto grabado en 1973 en el Madison Square Garden de Nueva York. Es decir, cuando la banda estaba en su momento álgido en vivo y únicamente interpretaba temas de los cuatro primeros discos. La película no fue demasiado bien recibida más que nada por su caótica estructura: imágenes narrativas añadidas sin demasiado tino y por los evidentes parches en playback (en lo visual, no en lo musical) destinados a tapar huecos en el metraje, ya que las cámaras no habían podido filmarlo todo. Con todo, la parte musical era fantástica y el álbum de la banda sonora sí que fue tuvo una entusiasta bienvenida. Led Zeppelin, muy acordes con la época, se enfrascaban ocasionalmente en largos desarrollos instrumentales y pasajes con aire de jam en los que combinaban diversas canciones. Esta película fue durante muchos años la gran (y única) referencia para quienes nunca habían podido ver a la banda en vivo.

Rock and roll: Enérgica interpretación en vivo del tema que abría su cuarto álbum y que como decíamos también utilizaban para comenzar sus actuaciones. Probablemente una gran muestra del poder de seducción de Led Zeppelin para su público: sonido duro pero insinuante y, no menos importante, una imagen llamativa e icónica:

Boogie mama (shake it one time for Elvis): El grupo homenajea una vez más al rock and roll de los 50 con esta especie de improvisación que comienza con la voz de Plant dialogando con la guitarra, pero que realmente explota cuando todo el grupo se lanza al unísono a interpretar un rock directo y aplastante. Jimmy Page se luce recreando los sonidos de algunos de sus ídolos de infancia, como Scotty Moore, guitarrista de la primera banda de Elvis Presley o algunos bluesmen estilo B.B. King. Todo cimentado, como siempre, en la apabullante batería de Bonham.

Since I’ve loving you: Más de lo mismo; Led Zeppelin en vivo rodeados de aquel aura especial que parecía encubrir sus posibles defectos como banda. Aquí los tenemos en una fantástica interpretación de su blues lento más estelar, en el que Jimmy Page se muestra en sus plenas facultades como instrumentista y la banda en un momento álgido de compenetración.

______________________________________________________________________________________________

Presence (1976)

Presence

Después de un breve descanso forzado por el accidente de automóvil sufrido por Robert Plant en Grecia, donde tuvo que ser hospitalizado y donde su mujer sufrió heridas graves, regresan al estudio. Quizá apremiados por el tiempo, graban un disco mucho más sencillo y directo, sin la experimentación de Physical Graffiti, ni siquiera la versatilidad de Houses of the Holy o Led Zeppelin IV. El resultado empieza a dividir a los críticos; para algunos será un disco brillante, pero para otros han empezado a perder la inspiración. A mí personalmente me parece un buen disco, aunque en cierto modo resulta comprensible que fuese visto como un bajón en su día: melodías menos vivas, un sonido más homogéneo y sin un ápice de la naturaleza caleidoscópica de aquellos otros discos. Suenan más desvaídos y rutinarios, sin el brillo y la vibración de otros tiempos. Aquí hay buenos temas pero no hay una Whole lotta love, por ejemplo, ni una Kashmir ni ninguno de aquellos himnos que resultaban tan característicos.

Nobody’s Fault But Mine: Uno de las mejores canciones de Presence. Comienza con un riff de guitarra evocador (a su manera, claro) del antiguo blues del delta, pero rápidamente se transforma en un tema contundente típicamente «zeppeliniano». El sonido, como todo en este álbum, es muy seco, directo y grave —de hecho esta canción fue grabada con los instrumentos afinados un tono por debajo de lo normal— y como decíamos con bastantes menos matices que en los discos anteriores. Lo mejor, el impresionante momento en que entra la armónica, aunque todo el minutaje de la canción muestra a unos Zeppelin todavía en bastante buena forma.

Royal Orleans: Un muy buen riff principal y como de costumbre un fantástico trabajo de Bonham a la batería. Probablemente otro de los temas más inspirados del álbum, reincidiendo en un ritmo contundente que acentúa la impresión de que en este disco han buscado más la solidez que la variedad:

Hots on for nowhere: Una canción en la misma onda que Royal Orleans, aunque con una mayor —eso sí, sutil— influencia del funk que se hacía por aquellos años. Apoyada en el groove de John Bonham, es el tema más vitalista de un disco que por lo demás tiende un tanto a la oscuridad.

______________________________________________________________________________________________

In through the out door (1979)

In through the out door

Led Zeppelin eran por entonces la banda más grande sobre la faz de la Tierra. Sus conciertos reunían a multitudes nunca vistas y el gobierno británico los había incluido en la lista de mayores exportaciones de la nación: vendían tantos discos que tenían un efecto sobre la balanza de pagos de la nación. Pero internamente la banda estaba plagada por problemas de todo tipo: Robert Plant, tras el accidente que casi mata a su mujer, perdió a su hijo de cinco años en 1977 a causa de una infección de estómago y su estado de ánimo era comprensiblemente bajo, incluso revolviéndose contra Page (todas aquellas desgracias mezcladas, cómo no, con la creciente leyenda de que Led Zeppelin se habían vendido al diablo para obtener su descomunal éxito). John Bonham estaba sumido en una espiral de alcoholismo creciente; pese a su carácter afable cuando estaba sobrio, tenía tendencia a ponerse violento durante las borracheras y eso le pudo causar más de un serio problema a él y a quienes lo rodeaban (en una ocasión, al parecer, su mánager —el corpulento Peter Grant— logró evitar que asaltase sexualmente a una azafata de su avión privado). Jimmy Page se había embarcado en una adicción a la heroína que, unida al alcohol, arruinaba algunos de sus conciertos en vivo y que hacía que Zeppelin tan pronto podían ser una banda brillante sobre el escenario como, no pocas veces, un auténtico desastre. El guitarrista ni siquiera se mostraba interesado o preparado para componer nuevo material  y estaba más ocupado drogándose y pasando el rato con chicas adolescentes, así que John Paul Jones —que era el único miembro que parecía más o menos en sus cabales— tomó las riendas musicales en este nuevo trabajo. El resultado, In through the out door, es un disco cuyo sonido seco y oscuro recuerda a Presence, aunque las canciones parecen ir en otra onda, con una mayor presencia de los teclados y con un nivel de composición —al menos en mi opinión— notablemente por debajo, con alguna que otra canción que verdaderamente sobra (esa mediocre Fool in the rain, por ejemplo) o que se alarga bastante más de la cuenta (como Carouselambra).  Los sintetizadores, aquí, no le sientan nada bien al sonido Zeppelin. La crítica recibió este irregular disco con mucha frialdad, aunque como de costumbre vendió una barbaridad y fue número uno en Europa y en el Reino Unido. Esta vez, todos sus álbumes volvían a venderse y Led Zeppelin lograron la rara hazaña de tener sus ocho primeros discos dentro del Billboard 200, ¡al mismo tiempo!

In the evening: Vuelven a iniciar un disco con una canción larga y épica. In the evening se abre con una intro atmosférica que da paso a un riff bastante bueno, sobre el que sin embargo no hay una melodía vocal demasiado reconocible ni cambios que eleven el tema o lo articulen a la manera característica del grupo. Led Zeppelin están sonando cada vez menos como ellos mismos, y el resultado no es necesariamente malo, pero tampoco resulta arrebatador.

Hot dog: A algunos les podrá parecer una broma, pero a mí es un tema que me gusta bastante; una combinación entre country y rockabilly que es la canción más orgánica y menos forzada del disco. Eso sí, la guitarra de Page suena flagrantemente torpe y eso que estamos en un disco de estudio, con lo que cabe suponer que esta fue su mejor toma de entre otras varias: esto da una idea del estado en que se encontraba el líder de Led Zeppelin por entonces. Con todo, una canción divertida que al menos pone algo de vidilla y buen humor en un álbum por lo demás bastante desangelado.

I’m gonna crawl: Tras una inesperada intro melódica, un tema lento y melancólico con subidas y bajadas que también está entre lo mejor del disco. Por una vez, la tendencia de Jones a inundar todo con sintetizadores no termina chirriando aunque como en el resto del álbum, queda un tanto artificial, como a modo de parche. El tema está muy influido por el soul de los años 70 y funciona bien de principio a fin.

______________________________________________________________________________________________

Coda (1982)

Coda

En septiembre de 1980, termina la historia de Led Zeppelin: el alcoholismo de John Bonham se lo lleva por delante a los treinta y dos años, después de haberse bebido cuarenta vodkas en veinticuatro horas. El batería se quedó dormido cuando estaba tan ebrio que vomitó sin despertarse, quedando sus vías respiratorias obstruidas y produciéndole la muerte por asfixia. Sin Bonham y con el resto de miembros sin demasiado interés por permanecer juntos, la «banda más grande sobre la faz de la Tierra» se disolvió. Un par de años después, salió a la venta un álbum póstumo con parte del escaso material de estudio no publicado aún y algunas tomas en directo, con especial énfasis en resaltar la batería del difunto Bonham. El disco —publicado más que nada para saldar el contrato con Atlantic Records— fue un regalo del cielo para los fans, ya que Zeppelin nunca habían publicado rarezas, no existía más material que sus álbumes oficiales y algunos piratas que circulaban con mucho éxito. Aquí había varios temas que traían a la memoria mejores tiempos. No todas las canciones son de la misma magnitud  —de hecho varias pueden ser consideradas obras menores— pero era una buena forma de echar el cierre a su discografía clásica y despedir una historia de poco más de una década.

We’re gonna groove: Quizá el tema inédito más destacado del Coda, grabado en directo durante los primeros y gloriosos años del grupo, recordándonos cuando todavía sonaban frescos. Lo más destacado de la canción es la extraordinaria batería de Bonham. Las guitarras originales del concierto —bastante caóticas— fueron retiradas y sustituidas por pistas de estudio añadidas, aunque la posterior edición de la filmación del concierto en Londres de aquella época nos permitiría contemplar el tema tal y como lo tocaban por entonces:

Wearing and tearing: Una curiosidad, un tema potente y muy rápido para lo acostumbrado en ellos. La oportunidad de escuchar a la banda en un registro mucho más feroz y agresivo, bastante sorprendente en su día.

Travelling riverside blues: No estaba en el disco original de Coda, pero apareció durante los años 90 en la versión en CD y recopilatorios, era una de las últimas joyas rescatadas los primeros años de la banda. Se trata de una versión de la canción de Robert Johnson, aunque como de costumbre Led Zeppelin se la llevan a su terreno:

Como sabemos, el legado de Led Zeppelin ha pasado por bastantes altibajos después de su separación. Durante los 80, muchos críticos —particularmente en la prensa más orientada al pop— despreciaban a la banda considerándola un «dinosaurio» del pasado. No ayudó la desastrosa reunión de los miembros supervivientes en el concierto benéfico Live Aid, con un Plant con la voz cascada, un Page que de repente parecía un amateur y a duras penas podía tocar sus propios solos como era debido, un mal sonido general y un Phil Collins a la batería que admitió después haber sentido deseos de marcharse del escenario ante la debacle. Mucho más digna fue la reunión para el Unplugged (o UnLedded) de MTV, con buenos momentos como la fantástica recreación de Kashmir con una auténtica sección de cuerda y músicos marroquíes… ¡una pena que no hicieran algo así cuando Bonham estaba vivo! Ni siquiera me atrevo a imaginar cómo podría haber sonado:

En fin, una banda con una historia relativamente breve, de la que «quedaba mal» hablar con entusiasmo en los 80, pero que hoy nadie en su sano juicio se atreve a menospreciar y cuyo recuerdo se ha convertido en lo que siempre tenía que haber sido: el de una institución legendaria. Sí, me hubiese gustado incluir más canciones… de hecho, ¡hubiese incluido discos enteros!

Led Zeppelin 2

¿Cuánto debemos temer a los asteroides?

Meteoro Rusia

Todos recordamos lo sucedido en febrero de este mismo año 2013, cuando nos llegó una buena advertencia desde arriba en forma de improbable casualidad. La prensa de medio mundo estaba pendiente del vuelo rasante del asteroide DA14, que iba a transitar por debajo de la órbita de nuestros satélites de comunicaciones —esto es: ¡iba a pasar muy cerca de la Tierra!— aunque su trayectoria estaba controlada y sabíamos no suponía una amenaza directa. Pues bien, justo el mismo día otro asteroide de cuya existencia ni siquiera nos habíamos percatado emergió repentinamente del cielo de Rusia y aunque afortunadamente estalló antes de impactar en el suelo —aunque esa explosión aérea bastase para herir a más de mil personas— sí venía con una trayectoria de colisión directa con la Tierra… mientras mirábamos hacia el otro asteroide. Hablamos de un pedrusco no mayor de unos veinte metros que sin embargo pudo generar casi treinta veces más energía que la bomba de Hiroshima, aunque por suerte casi toda esa energía se dispersara en la atmósfera.

Evidentemente, la explosión del meteoro ruso supuso una cura de humildad exactamente en las mismas horas en que presumíamos de lo bien controlado que teníamos al DA14. Y generaba preguntas inquietantes: si a este no lo habíamos visto llegar, ¿qué probabilidades existen de que nos sorprenda otro meteorito incluso más grande y peligroso?

Lo cierto es que la vecindad de la órbita terrestre recibe bastantes visitas. Este mismo año 2013 también pasó relativamente cerca de la Tierra el asteroide 1998 QE2, de más de dos kilómetros y medio de diámetro, que está incluso dotado de una minúscula lunita propia. Otro visitante fue el asteroide 2013 LR6, que no era demasiado grande pero que fue descubierto apenas unos días antes de «rozar» la tierra, y eso que iba a transitar a menos de cien mil kilómetros de nuestra superficie. Y todavía hay más: si en mayo de este mismo año estaba usted mirando a la luna perdido en sus ensoñaciones y se encontraba en un lugar con poca contaminación luminosa, quizá pudo ver a simple vista el breve destello producido por el choque de un asteroide contra nuestro satélite.

Todo esto en un plazo de meses, así que la amenaza del impacto de un asteroide o de un cometa no es para ser tomada a broma. El espacio interplanetario no está tan vacío como podríamos suponer y el tránsito de material es constante. Creo que cualquiera está familiarizado con esta terminología:

—Polvo cósmico: pese a su posible doble lectura jocosa, hablamos simplemente de grandes cantidades de partículas de tamaño inferior a un milímetro.
—Asteroides: objetos rocosos que, aunque son muy pequeños en comparación con los planetas, en ocasiones pueden alcanzar varios kilómetros de diámetro.
—Cometas: objetos que contienen hielo o gases, cuya evaporación produce la coma, esa cola luminosa que en ocasiones excepcionales es claramente visible desde la Tierra incluso en pleno día y a simple vista. Como los asteroides, sus núcleos también pueden medir varios kilómetros de diámetro.
—Meteoroides: asteroides de pequeño tamaño, generalmente se los considera como tales si tienen menos de 50 metros de diámetro, como el que estalló este año sobre Rusia.
—Meteorito: cualquiera de los objetos anteriores que sobreviva al choque con la atmósfera terrestre e impacta directamente en la superficie.
—Meteoro: fenómeno luminoso producido por la entrada de un objeto en la atmósfera terrestre, pero que no llega a impactar sobre la superficie.

Reciente impacto de asteroide en la luna.

Reciente impacto de asteroide en la luna, en mayo de 2013.

Hay muchas cosas ahí fuera. De hecho, unas cien toneladas de material espacial caen a la Tierra cada veinticuatro horas, atraídas por la gravedad de nuestro planeta. Eso sí, en su inmensa mayoría se trata de minúsculas partículas de polvo procedentes de la desintegración de los cometas o del choque entre asteroides. A menudo estas diminutas partículas bastan para crear en el cielo nocturno una fugaz pero vistosa estela luminosa, esa «estrella fugaz» ante cuya visión sonreímos o incluso pedimos un deseo. Como sabemos por esta romántica estampa, la Tierra está siendo diariamente bombardeada por meteoros minúsculos que jamás podrían atravesar la atmósfera sin deshacerse y cuya capacidad de hacernos daño es completamente nula. Pero entre todo ese polvo cósmico hay también unos cuantos objetos de tamaño apreciable cuya colisión con la Tierra podría tener muy serias consecuencias y ciertamente es cuestión de tiempo (tal vez mucho, tal vez poco) que uno de esos objetos grandes impacte contra nuestro planeta.

Si prefiere usted quedarse con la parte tranquilizadora del asunto, puede refugiarse en las estadísticas: para el enorme tamaño del sistema solar, podemos decir que la cantidad de objetos amenazantes es reducida. De hecho, se estima que la probabilidad de impacto directo de un gran asteroide es casi inapreciable en términos temporales de una vida humana. O dicho de otro modo: hay pocas probabilidades de que usted o yo lo veamos en persona. Un asteroide de un kilómetro de diámetro impactaría en la Tierra, como mucho, una vez cada doscientos mil años. Un asteroide de cinco kilómetros caería apenas una vez cada diez millones de años. Y otro de cien kilómetros, nada menos que una vez cada cien millones de años. Es posible que usted diga: «ah, bueno, entonces no hay nada de lo que preocuparse». El problema es que esa estadística nos habla de la probabilidad global de ocurrencia de un impacto durante un determinado periodo de tiempo, sí, pero realmente no nos dice en qué momento de ese periodo va a suceder. Si un mastodonte espacial de cien kilómetros cae cada cien millones de años, ¿lo hace al principio o al final de ese periodo? Por improbable que parezca, podría ocurrir mañana mismo. Incluso podría suceder dos veces seguidas. Es lo que tiene la estadística: nos ofrece un retrato general de la situación, pero en realidad no sirve para entrar en detalles del estilo «cuándo va a suceder». Eso ya resulta completamente imprevisible.

Más allá de lo que parecen decir las siempre inexactas estadísticas, la única forma de tener una información fiable acerca del momento preciso en que podría impactar un objeto contra la Tierra consiste en localizarlos mediante instrumentos astronómicos. Saber dónde están los NEO, «objetos cercanos a la Tierra», objetos que en algún momento pasarán cerca de nuestro planeta. De entre estos interesa muy particularmente localizar los «asteroides potencialmente peligrosos» o PHA, objetos NEO de los que se piensa tienen una trayectoria que podría indicar alto riesgo de impacto. Actualmente, la llegada de un PHA preocupa a científicos e instituciones relacionadas con el estudio del cosmos lo suficiente como para poner en marcha programas de localización. Cuando decimos que les preocupa no nos referimos a que les provoque una alarma inmediata: piensan que un impacto de gran envergadura no va a ocurrir próximamente porque tienen localizada la mayor parte de NEOs y PHAs que pululan por ahí fuera. Pero sí creen que resulta necesario no descuidar el asunto por si acaso, porque como decimos están localizados muchos de ellos… pero no todos. La NASA ya creó su primer mecanismo de detección en 1998 y la Agencia Espacial Europea organizó no hace mucho otro programa de vigilancia. A día de hoy, septiembre de 2013, la NASA cifra en más de diez mil la cantidad total de NEOs localizados, de los cuales más de ochocientos son asteroides con más de un kilómetro de diámetro. Es decir, por ahí flotan miles de objetos espaciales cuya órbita pasará tarde o temprano muy cerca de nuestro planeta. De todos ellos, unos mil cuatrocientos son considerados PHAs, esto es, objetos con relativamente alto riesgo de impacto. No podemos saber con seguridad si esos PHA chocarán con nosotros o no, pero el margen de error que siempre hay sobre el cálculo de sus trayectorias podría encerrar la posibilidad de dicho impacto.

Interior del cráter Barringer, creado por un impacto hace 50.000 años (fotografía de New Mexico State University)

Interior del cráter Barringer, creado por un impacto hace 50.000 años (fotografía de New Mexico State University)

Pero, ¿cuáles serían las consecuencias de un impacto? Obviamente, la respuesta depende del tamaño del asteroide, del ángulo con el que choque y del lugar preciso de nuestra geografía donde caiga. Las estimaciones sobre la capacidad de destrucción de estos objetos siempre son aproximadas, ya que dependen de muchos factores y contienen necesariamente un margen de error. Pero intentemos hacernos una idea, recopilando datos geológicos sobre impactos ocurridos con anterioridad, por ejemplo. U observando fenómeno recientes como el comentado asteroide de febrero de 2013. O los efectos de la explosión aérea de Tunguska en 1908, que liberó unos diez megatones de energía: esto es, la quinta parte de la mayor bomba nuclear jamás detonada —la «bomba Zar»— y mil veces más que la bomba de Hiroshima. El episodio de Tunguska se atribuye a un asteroide o más probablemente un pedazo de cometa de tamaño mediano, y es el único registro histórico de semejante suceso en la era de la civilización humana. Aunque sucesos como el de Tunguska podrían ser relativamente frecuentes, si bien no siempre observados por población humana, que recordemos ha sido muy escasa hasta hace pocos siglos. La caída de meteoritos pequeños, los cuales no siempre se desintegran en la atmósfera, es bastante más habitual. En 1994, un meteorito cayó sobre un automóvil en marcha en Madrid y el conductor, un español residente en EE.UU., sufrió la fractura de un dedo: se sabe que no era una piedra corriente, entre otras cosas, porque fundió el cristal del parabrisas durante el impacto. Pero si rebuscamos en las hemerotecas aparecen numerosas anécdotas al respecto: en 2003, una lluvia de meteoritos —fragmentos de un objeto mayor que se había deshecho— sorprendió a los habitantes de un barrio de Chicago, causando daños materiales en algunos tejados, automóviles, etc. En la última década han caído meteoritos sobre viviendas o edificios en Cali, Colombia, o en la localidad china de Zunhua. Se sabe que un meteorito hirió a una mujer en los EE. UU. durante los años cincuenta y que uno mató a una vaca en Venezuela durante los 70. Evidentemente, la recuperación de estos meteoritos permite su identificación como de procedencia extraterrestre.

Pero pongámonos en lo peor e imaginemos una roca bastante más grande que la que estalló hace unos meses sobre Rusia e incluso que el célebre y misterioso objeto de Tunguska. Imaginemos que impacta en la Tierra un asteroide de un kilómetro, por ejemplo. Pues bien, produciría el equivalente de un terremoto de magnitud 9’5 en la escala Richter en toda la región circundante: más o menos la intensidad del terremoto más fuerte que hayamos registrado con sistemas de medición modernos (el terremoto de 1960 en Chile). Además produciría un cráter de veinticuatro kilómetros de diámetro, más que suficiente para tragarse la mayor de nuestras ciudades. La onda expansiva aérea podría extenderse unos ciento cincuenta kilómetros a su alrededor, causando diferentes tipos de destrozos. A trescientos kilómetros de distancia quizá fuese todavía capaz de derribar algunos árboles y hacer saltar los cristales de las ventanas. Esto es: si un asteroide de un kilómetro cayese sobre Madrid, cabe la posibilidad de que incluso en Valencia, Zaragoza o Córdoba hubiese heridos por astillas de vidrio al reventar las ventanas de sus propias casas, y viceversa (sobre el papel, claro está, y sin tener en cuenta el posible efecto de los relieves del terreno en la onda expansiva).

Pero seamos todavía más pesimistas e imaginemos una roca diez veces mayor, de diez kilómetros de diámetro, que cayese sobre nuestro planeta. Llamémosla Malasombra. Ese asteroide de diez kilómetros produciría un seísmo de grado 12 en la escala Richter en la región del impacto —una intensidad que jamás hemos registrado en nuestros sismógrafos—, aunque de todos modos esa región quedaría completamente borrada del mapa al instante, convertida en un cráter de unos doscientos kilómetros de ancho. La onda expansiva de Malasombra barrería bosques y poblaciones en un millar de kilómetros de terreno a su alrededor, aunque se dejaría sentir de uno u otro modo tan lejos como a cuatro mil kilómetros de distancia. Ese asteroide podría caer en Varsovia o Atenas y el ruido del impacto lo despertaría a usted de la siesta en casi cualquier rincón de España, exceptuando quizá las Islas Canarias. En caso, claro está, de que no hubiese despertado ya al sentir un tremendo temblor de tierra.

Así pues, y ya en el momento del mismo impacto, Malasombra podría reducir a escombros todo un país de tamaño pequeño. Pero las consecuencias de ese impacto tendrían también un carácter global y dependerían de si se produce en tierra firme o en el mar. De caer en el océano, se produciría un tremebundo tsunami. Nuestro hipotético Malasombra levantaría olas de tamaño inimaginable; algunos llegan a estimar que, dadas las condiciones precisas, podrían alcanzar mil metros en su punto más alto. Incluso tras haber recorrido varios miles de kilómetros desde el punto de impacto, estas olas podrían seguir midiendo unos cien metros de altura en regiones costeras muy, muy alejadas del epicentro. Estas regiones serían arrasadas por las aguas con efectos incluso peores que los de recientes tsunamis que todos tenemos en memoria. Así pues, la energía cinética liberada por el choque del asteroide provocaría un cataclismo acuático en zonas costeras de medio mundo. Obviamente habría regiones interiores alejadas del epicentro que no serían barridas por el tsunami o que no sufrirían demasiado a causa del seísmo inicial en caso de un impacto en suelo firme, pero ¿qué pasaría a nivel atmosférico global? Si estaba usted pensando en celebrar el impacto del meteorito sobre ese país que a usted le gusta tan poco, sepa que en cuestiones atmosféricas y astronómicas no existen fronteras, banderas, ni posibilidad de presentar documentación alguna para librarse del cataclismo.

Ese impacto en el océano evaporaría al instante cantidades ingentes de agua que se acumularían sobre nuestras cabezas. De caer en tierra firme, Malasombra podría levantar nada menos que diez billones de toneladas de residuos a capas altas de la atmósfera. Toda esta ingente cantidad de material volátil llegaría tan arriba como cien kilómetros y después no tardaría en extenderse horizontalmente hasta cubrir todo el planeta. Naturalmente, buena parte de ese material estaría en plena incandescencia a causa de la energía liberada en el choque, así que cuando volviese a caer provocaría grandes incendios aquí y allá, los cuales emitirían todavía más cantidad de humo y cenizas. La atmósfera quedaría cargada de elementos tóxicos producidos por las combustiones a altas temperaturas, como por ejemplo el ácido nítrico que ayudaría a volatilizar la capa de ozono. El agua repentinamente evaporada también volvería a caer transformada en lluvia ácida, cargada con esos elementos tóxicos e incluso con metales pesados. Esto tendría un efecto devastador sobre la vegetación —como nuestras cosechas— y sobre la fauna, incluyendo aquella fauna oceánica que resida cerca de la superficie.

Suponiendo que el aire continuase siendo respirable y una vez extinguida la pléyade de incendios que habríamos tenido que sufrir en todo el planeta independientemente del punto de impacto inicial, nos las veríamos haciendo frente a un repentino invierno que podría durar años, haciendo bueno el lema de la famosa serie de televisión Juego de Tronos: «Winter is coming». Todos esos residuos atmosféricos o la alta concentración de vapor de agua bloquearían casi completamente la luz solar.

Los célebres efectos de la onda expansiva del meteoro de Tunguska: diez megatones de potencia.

Los célebres efectos de la onda expansiva del meteoro de Tunguska: diez megatones de potencia.

Como primera consecuencia vendrían la oscuridad y el frío. La Tierra, no lo olvidemos, es un planeta que está muy lejos del sol. Aunque cuando nos quemamos en la playa nos da la sensación de que el calor que recibimos de nuestra cercana estrella es implacable, lo cierto es que sin el efecto invernadero y la consiguiente la retención de parte de esa radiación solar en nuestra atmósfera, la Tierra estaría permanentemente congelada como una inmensa Antártida. Así que al quedar bloqueada la entrada de radiación solar por esa capa de polvo, humo, restos  y vapor que habría causado Malasombra, las temperaturas superficiales descenderían drásticamente. Todo quedaría a oscuras durante bastantes meses o incluso años; muchas plantas que viven de la fotosíntesis morirían y los efectos sobre la cadena alimentaria serían devastadores. Por descontado, tendríamos además un tremendo problema energético, porque de repente viviríamos en un planeta permanentemente oscuro y helado. Los supervivientes difícilmente se sentirían afortunados: frío, hambre, un más que previsible caos social y el brusco retroceso de la civilización a estadios más primitivos.

Sin embargo, ese mismo fenómeno de «telón» atmosférico que enfriaría la Tierra durante la primera etapa, terminaría causando a la larga un fenómeno completamente opuesto: el calentamiento global. El interior de nuestro planeta, geológicamente activo, seguiría liberando calor. Y la atmósfera turbia que primero impidió que nos llegase el calor del sol ahora impediría que escapase el calor acumulado en nuestra superficie, así que las temperaturas volverían a ascender, y mucho, por el efecto invernadero. Esto quizá provocaría una breve primavera —aunque todavía oscura— que los hipotéticos supervivientes recibirían con alivio («¡por fin acaba el invierno!») solo para comprobar que se trata de la antesala del peor verano imaginable. Gradualmente, el calor ambiental se iría tornando insoportable. Esto continuaría acentuando el proceso de pérdida de masa vegetal, incluyendo grandes cantidades de plancton oceánico. Por tanto, la producción de oxígeno disminuiría hasta el punto de que el aire podría tornarse definitivamente irrespirable para nosotros, si es que todavía lo era. Quienes hubiesen podido sobrevivir al frío, la oscuridad y el hambre, podrían perecer ahora a causa del calor y la asfixia.

¿Acabaría esto con la vida sobre la faz de la Tierra? Seguramente no. La historia de nuestro planeta nos enseña que siempre hay especies capaces de hacer frente a estas largas temporadas catastróficas. Ahora bien, ¿sobreviviría la civilización humana? No, al menos no como la entendemos ahora. Es más, resulta incluso posible que, dependiendo de la magnitud del impacto, desapareciese nuestra especie como tal, incapaz de hacer frente a las nuevas circunstancias. Así pues, un asteroide de gran tamaño como Malasombra podría muy bien causar la extinción de la humanidad. Un asteroide más pequeño quizá no matase a todos los seres humanos, pero también amargaría la existencia de los supervivientes durante una larga temporada y provocaría al menos la desaparición repentina de todo nuestro progreso y de la mayor parte de la población.

Queda pues preguntarse: ¿hay algo que podamos hacer para prevenir semejante desastre? Teóricamente, sí, podríamos. Siempre que detectemos a tiempo, con años de antelación, al Malasombra de turno. Ahora mismo existen diversas ideas para desviar un asteroide amenazante. Olviden ustedes las aventuras de Bruce Willis en la película Armageddon: intentar volar en pedazos un gran asteroide sería una mala idea, porque nos encontraríamos con una imprevisible lluvia de fragmentos —varios de los cuales serían todavía de un alto poder destructivo— que provocaría consecuencias similares solo que localizadas en varios posibles epicentros. Sí, la explosión desviaría muchos fragmentos que no llegarían a tocar la Tierra, pero casi con toda seguridad habría otros fragmentos, entre ellos varios de los más grandes, que seguirían su camino. Resulta imposible prever el caótico devenir de esa lluvia de fragmentos así que no, destruir el asteroide no es la más inteligente ocurrencia.

Más razonable es intentar desviarlo en su camino. La NASA sugiere utilizar la energía de artefactos de fusión nuclear, produciendo explosiones cerca del asteroide que lo desvíen de su rumbo actual. Aunque debido a su masa y la energía cinética acumulada un gran asteroide en movimiento no resulte nada fácil de conmover, sí cabe decir que el intento merecería la pena: bastaría una pequeñísima desviación en su largo camino para que el asteroide terminase no chocando contra nuestro planeta. El organismo espacial estadounidense incluso contempla el acople de velas solares sobre dicho asteroide para ayudar a producir esa pequeña desviación. Eso sí, de un modo u otro necesitaríamos haberlo localizado años antes del impacto. En un plazo de meses casi con toda seguridad no nos daría tiempo a defendernos.

¿Hemos localizado ya todos los NEOs de gran tamaño? La NASA estima que el 90% de objetos con un diámetro superior a un kilómetro ya han sido localizados —entre ellos, se supone, casi todos los asteroides más grandes— y que queda aproximadamente un 10% que permanece oculto entre las sombras, con el consiguiente riesgo potencial de que alguno de ellos siga una trayectoria de impacto. Según esa estimación, también existe un gran número de asteroides medianos —de entre cien y mil metros de diámetro— que tampoco han sido localizados todavía. Haciendo una extrapolación numérica muy a vuelapluma, podríamos pensar que existen unos 150 objetos potencialmente peligrosos que pasarán amenazadoramente cerca de la Tierra pero de los que todavía no tenemos noticias ni sabemos dónde están… y que esperemos no nos toque descubrirlo como en el 15 de febrero de este 2013.

Eso sí, hablamos de términos astronómicos, lo cual significa que los plazos estimados hasta un posible impacto o aproximación preocupante son raramente de décadas en algunos casos muy concretos de asteroides que se sabe nos visitarán próximamente, pero con más frecuencia de siglos y milenios cuando no directamente de millones de años. Es decir, sobre el papel puede usted dormir tranquilo sin temer —como Astérix y Obélix— que el cielo caiga sobre su cabeza. Como en la propia NASA nos recuerdan, lo más probable es que la causa de nuestra muerte no vaya a ser un meteorito, sino una enfermedad, un accidente de tráfico o sencillamente la propia vejez. Eso sí, lo sucedido durante este año nos da bastante en qué pensar. Aunque la estadística esté a nuestro favor, ¿cuáles eran las probabilidades de que cayese un pequeño asteroide en el mismo día en que estábamos vigilando el vuelo rasante de otro? Muy pocas. Y sin embargo sucedió.

Así pues, aunque sería más propio de neuróticos andar mirando al cielo con aprensión cuando hay tantas cosas que pueden matarnos aquí abajo, en la Tierra, a poco que nos descuidemos (a diario camina usted por calles repletas de esos meteoritos con ruedas llamados automóviles) también sería de insensatos que los gobiernos no dedicasen parte de sus recursos a intentar averiguar dónde se encuentran y qué dirección llevan esos pedruscos espaciales cuya presencia, como hemos visto, no es tan rara ni tan excepcional. Astérix y Obélix seguramente los temían porque eran lo único contra lo que no podía nada su poción mágica, pero nosotros, al menos, tenemos la oportunidad de intentar evitar el desastre… siempre que dispongamos de varios años para prepararnos. De lo contrario, más nos vale caminar sosteniendo el escudo de metal sobre nuestras cabezas.

meteoro

El último recurso: minería en la Antártida

Hemos hablado un poco de Ocean Curiosities, o de lo que nos empuja a investigar a los científicos de todo tipo los mares del planeta (en especial algunos avances en la Antártida). Sin embargo, por el momento no nos hemos metido con la otra parte, la de Commitment, la de compromiso, basada en la parte más polémica del uso que estamos haciendo de nuestros océanos. No me quiero mover, por el momento, del continente blanco, y quiero plantear aquí una pequeña reflexión de lo que creo puede ser el futuro del lugar más poco explorado, hostil y despoblado del planeta. Creo que puede servir para enfocar un problema mucho más amplio, que es la carrera hacia el abismo que nos empeñamos en correr explotando nuestros recursos finitos en un planeta finito.

En el año 2010 Toni Polo y yo publicamos una novela futurista sobre un problema poco conocido pero que intentaba recoger la codicia y desesperación humana por mantener un estatus conseguido a través de la erosión ambiental sistemática de nuestro entorno. La idea era ubicar en la remota Antártida a un grupo de mercenarios que prospectaban una veta de tántalo en las profundidades marinas. En El cementerio de icebergs, un grupo de científicos embarcados en el Polarstern (ese buque rompehielos del que hablo en mi primer mensaje) se encuentra en el fuego cruzado entre chinos (la potencia emergente) y un consorcio internacional minero dirigido desde Sudáfrica. Aunque posiblemente el tántalo no se encuentre en los fondos marinos del continente antártico por cuestiones orogénicas (o sí, es muy difícil decirlo) el problema de la minería en el continente blanco dista mucho de ser ciencia ficción, y la novela dejaba claro que tardaremos más o menos, pero acabaremos asaltando también este último bastión remoto y poco accesible del planeta por la necesidad de materia prima que tanto nos apremia.

FOTO 1

Buque de abastecimiento en la península Antártica.

Cuando te pones serio y te informas sobre el tema te das cuenta de que hay muy poca información fiable. Sin embargo, una idea te queda muy clara: nada impide, de facto, la explotación minera en ese lugar del planeta. En los años 70 se decía que en una década existiría la tecnología necesaria para prospectar y explotar determinados minerales y recursos petrolíferos o bolsas de gas en el extremo austral del planeta. Se hicieron una serie de estudios centrados sobre todo en vetas de hierro y minerales como el níquel, plata, oro, cobre o cobalto. También se hicieron unas primeras prospecciones en la plataforma continental de petróleo. Un par de décadas antes, en los 50, nadie daba credibilidad a una explotación a gran escala del petróleo en el mar del Norte, pero la necesidad empujó al autoabastecimiento de una parte de Europa y empezaron a crecer como hongos las concesiones sobre todo en Gran Bretaña y Noruega. Con la crisis de la OPEC a principios de la década de los 70, lo que parecía una inversión demasiado grande para extraer un elemento esencial para el funcionamiento del transporte, industria y energía urbana y agrícola hizo que una gran cantidad de ingenieros se devanasen los sesos para superar el problema y sacar la ingente cantidad de petróleo y gas que había en una de las plataformas continentales más ricas del planeta.

¿Podríamos superar las dificultades técnicas en un lugar como la Antártida? No me cabe la menor duda. Aunque hay que reconocer (en la novela se explica con gran detalle) que son mucho más complicadas que extraer del océano mineral a 1500 metros (ya se hace en Papúa Nueva Guinea) o petróleo a 4000 metros de profundidad (ya se hace en Brasil). Para mí está claro que a la fuerza ahorcan, y en el momento en el que nos demos cuenta de que no somos capaces de encontrar determinados elementos no reciclables y que nuestra sociedad no ha logrado dar el gran cambio que de hecho nos permitirá sobrevivir (optimización energética y de materiales, modelo de consumo radicalmente diferente, energías renovables, funcionamiento a gran escala de la energía de fusión nuclear, etc.) nos tiraremos de cabeza a explotar lo que sea. Pero el continente blanco no nos lo va a dejar, afortunadamente, fácil. Para empezar, menos de un 2% de la superficie está libre de grandes glaciares. El resto es una capa que oscila entre los 1000 y 4000 metros de espesor de hielo. El problema no es solo el hielo en sí, que también (perforarlo es complejo y requiere una tecnología sofisticada), sino el hecho de que se mueve a una velocidad de un metro diario o más, lo que hace imposible mantener una estructura de túneles estable. Pero lo podemos volar. Si está cerca de la costa, podemos destruir el glaciar sin más. Sin embargo viene entonces el segundo problema, el frío extremo. Este es uno de los problemas, a mi entender, menores, porque ya hay una serie de protocolos para minería extrema, como la de Alaska, Siberia y el norte de Canadá. En este último país hay minas de diamantes de inmensa riqueza conectadas por autopistas de hielo solo transitables por los grandes camiones en pleno invierno (se deshacen en verano) y son rentables, como lo son las arenas bituminosas de las que se extrae petróleo (infligiendo una devastación paisajística y ecológica brutal).

FOTO 2

Trabajadores a la intemperie en un buque polar.

Por tanto, vamos superando barreras. La Antártida es un continente muy aislado, o sea que la logística sería compleja en este sentido, pero ya hay lugares donde los seres humanos están acostumbrados a prolongados aislamientos. No queda tanto para ver ciudades mineras submarinas, donde se extraerán los últimos recursos no renovables que nos quedan a gran escala. Esa gente también estará aislada durante largos periodos de tiempo. Pero tanto para los puertos necesarios para extraer y mover el mineral como para las plataformas petrolíferas ubicadas en medio del mar, el problema quizás más grave serán los icebergs. En el Ártico también los hay, pero son mucho más pequeños. Con el cambio climático también habrá más rondando por ahí, en especial en la Antártida. No es lo mismo un iceberg de unos 100 metros que uno de 100 kilómetros. Al segundo no hay fuerza humana que lo pare, y si estás en su trayectoria, poco puedes hacer. Pero en ese punto seguro que habrá zonas más protegidas de las corrientes que suelen transportar a estos colosos. Impedimentos hay, pero, en mi opinión, distan mucho de ser insalvables.

FOTO 3

Iceberg tabular en la Antártida de más de medio kilómetro de longitud.

¿Por qué no se explota entonces? La respuesta directa y realista, en mi opinión, es que es todavía demasiado caro. Se calcula que un barril de petróleo (por lo bajo habría unos 45.000 millones de barriles según las someras prospecciones hechas hasta ahora) costaría entre 100 y 200 dólares, muy por encima del precio al que estamos acostumbrados. Las vetas de hierro no son muy puras, de un 35% de mineral, y la enorme cantidad de carbón que hay (se calcula que hay un 11% del carbón del planeta) es de baja calidad. Pero sigo pensando en que esto es pura palabrería. China ha vuelto al carbón, porque es más barato, y explota vetas de este recurso (muy abundantes en su país) de una calidad infecta. Y da igual, porque siguen quemándolo. Los barriles de petróleo siguen siendo baratos en un mercado artificial que poco a poco llega a su fin. La pureza del mineral dependerá de lo que busquemos, porque si se trata de un superconductor o de un mineral estratégico difícil de reciclar, siempre habrá gente dispuesta a hacer números. En el momento en el que nos quedemos sin nada, muchos ojos se dirigirán al continente blanco. Y no será, en mi opinión, solo codicia. Será desesperación. Y esa desesperación hace que algo que veías como repugnante lo veas atractivo si los políticos y economistas de turno saben envolverlo bien y crear una píldora adecuada. Existen protocolos, hay un tratado y nada de todo esto sería tan lineal, pero como dice Ana Pallesen de la Universidad de Canterbury (Nueva Zelanda) «La verdad es que, bajo la actual legislación, no es para nada imposible empezar a explotar la Antártida desde un punto de vista minero». (1)

FOTO 4

Mapa muy aproximado de recursos en la Antártida, a partir de prospecciones mineralógicas de varias campañas; fuente www.coolantarctica.com.

Es un problema similar al de la Luna, pero en la Tierra. Japoneses, chinos e indios han enviado sondas para prospectar la Luna como posible fuente de minerales estratégicos. Por supuesto que en estos momentos es un acto de cara a la galería, sería inviable traer mineral de allí hasta aquí. Pero ese es nuestro problema, nos cuesta ver las cosas a largo plazo. Hay elementos, minerales, tierras raras, sobre todo para la alta tecnología, que son en extremo difíciles de reciclar (algunos imposibles una vez que se han utilizado). Es cierto que en un futuro a lo mejor lo podamos hacer, pero por el momento es más fácil pensar de dónde lo podemos sacar si se acaba en África, China o Sudamérica.

Desde el protocolo de Madrid de 1991 cualquier tipo de minería está prohibida en la Antártida. Pero es un tratado internacional con pies de barro, nada sólido desde un punto de vista estrictamente jurídico. El CRAMRA (Convention on the Regulation of Antarctic Mineral Resources Activities) gestiona las posibles demandas en este sentido, pero no puede obligar a nadie a no prospectar porque el territorio es de todos (y de nadie), como el mar abierto (fuera de la jurisdicción de las 200 famosas millas náuticas). Un senador australiano en el año 2006 comentó: «¿Tengo que girar la cara para otro lado mientras los demás hacen prospecciones en la Antártida? Sabemos que hay gente que explota krill, caza ballenas o pesca peces en caladeros en teoría prohibidos o con especies protegidas». Ya en ese momento se intuyó un serio cambio en la actitud hacia el continente blanco.

FOTO 5

Glaciar en la península antártica, la zona más prospectada y vulnerable del continente.

Durante los últimos 50 años la demanda energética y de materiales estratégicos ha crecido más de un 50% en todo el planeta hasta el 2007, y se calcula que crecerá otro 50% hacia el 2030 al ritmo de crecimiento que llevamos ¿De dónde pensamos sacar lo que nos falta si ya ahora vamos cortos de gran cantidad de elementos? Hemos transformado gran parte de la tierra, fragmentado sus ecosistemas y disminuido de forma alarmante su diversidad biológica en parte por la extracción de recursos no renovables (petróleo, gas, minerales, etc.). La esperanza que nos queda en la Antártida es darnos cuenta de que es el único territorio en el que nos hemos puesto de acuerdo sobre su futuro. Es un lugar donde por el tratado Antártico los únicos que pueden colaborar para explotar algo son los científicos: los resultados de sus observaciones y experimentos. Siendo el único bastión virgen y teniendo la experiencia que tenemos en los daños reales que promueve la minería, sería una verdadera lástima comprobar que no hemos entendido, una vez más, nada de nada.

¿De quién es la Antártida?

Llegamos entonces a la pregunta crucial. El único lugar del planeta en el que no ha habido guerras ha sido la Antártida. No se han disputado batallas, no ha habido conquistas o reconquistas, no se ha desembarcado para ocupar o liberar nada. ¿Seremos capaces de mantener esta actitud durante mucho tiempo?

En 1972 ya hubo un cambio en la actitud respecto a la Antártida. No fue nada importante, en realidad, pero dejó un cierto estado de inquietud en aquellos (pocos) que seguían el estado de salud del tratado y de sus componentes. En realidad, el Tratado Antártico, tal y como se lee, deja claro que el territorio es de todos y de nadie, o sea que si alguien decidiese hacer una explotación minera, ¿quién iba a impedírselo de facto? Un país en concreto había enviado un globo sonda respecto a la explotación de oro negro en la zona de la península en esa época: Brasil. No había ninguna reclamación territorial específica, solo un vago deseo de hacer prospecciones y cuantificar los costes y beneficios de la extracción de petróleo. No llegó a ninguna parte tal intención, pero se reforzaron algunas tensiones de la llamada «partición» de la Antártida, un mapa virtual en el que diferentes países hacen sectores en los que reclaman una parte del territorio en caso de que algún día se sienten los gobernantes a tratar el tema de propiedades en ese lugar.

Los científicos siempre han sido, queriéndolo o no, siendo o no conscientes, la punta de la espada de una potencial reclamación territorial en el continente blanco. No me cabe ninguna duda de que el altruismo se acabará en el momento en que alguien ponga algo más que una vaga intención de poseer una parte de la Antártida. La existencia de bases está para indicar «estamos aquí, hemos invertido mucho dinero y ahora me toca una parte de la explotación».

Seguimos considerando la Antártida como un pedazo de planeta neutral desde el punto de vista político, pero las reclamaciones territoriales siempre han estado ahí, incluso en el momento en que personas como Admunsen o Scott tenían como objetivo conquistar la gloria del descubrimiento. Chile, Argentina y Gran Bretaña solapan sus reclamaciones en la zona cercana al continente sudamericano, ampliando incluso sus potenciales posesiones a la zona de la plataforma continental (Gran Bretaña reclamó otros 100.000 kilómetros cuadrados a mediados del 2000) por si en un futuro se encuentra petróleo y es explotable. Otros países como Rusia y Estados Unidos no han hecho reclamación alguna. No les hace falta. En el momento en que decidamos abrir la compuerta a la explotación, ellos serán los que presidan la mesa con otros como China o la India. Sin duda. De hecho, estos cuatro países no reconocen ningún tipo de reclamación territorial, a pesar de que otros países como Australia o Nueva Zelanda (por proximidad), Noruega (por historia y legado) o Francia (todavía no he entendido muy bien por qué) sienten que una parte del continente ha de ser suya por derecho propio.

FOTO 6

Reclamaciones territoriales del continente blanco. Fuente de la imagen geohis2010.blogspot.com.

Las reparticiones se han hecho más por temas estratégicos de geografía que por auténticas prospecciones de recursos. De hecho, entre los 90º y los 150º oeste nadie reclama nada, quizás por ser la parte más alejada de cualquier punto, incluida Sudáfrica (que no reclaman nada y pueden perder la base por falta de fondos para mantenerla). En este sentido, Greenpeace y Malasia han hecho una reflexión que considero muy acertada: el Tratado Antártico es, en realidad, un preámbulo a la futura explotación del continente blanco. Toda la belleza que encierra podría ser papel mojado en unas pocas décadas si nuestra hambrienta sociedad capitalista necesita más recursos que empiezan sin duda a escasear en muchas partes del planeta. Seguro que habrá otra bolsa de petróleo o gas, una buena veta de uranio o níquel, oro y diamantes o en todo caso pescado en caladeros todavía no explotados.

Un colega mío fue testigo en 1998 en la base de Rothera (propiedad de Gran Bretaña) de cómo habían armado los helicópteros de reconocimiento en un lugar donde se supone están prohibidas todo tipo de armas. Se suponía que era un «legado» de las Falkland o Malvinas, de una de tantas guerras absurdas. A mí me inquieta que muchos de los habitantes de la Antártida sean militares. Los niños nacidos en bases antárticas argentinas y chilenas (fruto de una pueril estratagema política de «legitimidad» por ser «ciudadanos antárticos») entre los 70 y los 80 son ya adultos, y puede que vean con tristeza cómo el sueño de conciliación único en todo el planeta se desvanece por nuestra sempiterna imbecilidad.

FOTO 7

Base argentina de Jubany, helipuerto.

Fármacos de las profundidades de la Antártida

Quería aprovechar para hacer un comentario sobre un tema muy relacionado, la minería biológica. Es un tipo de «minería» poco conocido, relacionado con los fármacos marinos en organismos que viven fijos al sustrato, al fondo del mar. Esponjas, tunicados, brizoos o gorgonias tienen en muchos casos una serie de sustancias llamadas metabolitos secundarios que les pueden servir para no ser colonizados por otros organismos, para competir por el espacio en el que viven o para evitar ser comidos por otros organismos. Estas sustancias, llamados productos naturales, han sido el foco de una nutrida escuela, la de la química ecológica, que estudia la extensa variedad de moléculas complejas que componen un universo de defensas y ataques y cómo estas moléculas les sirven a los diferentes organismos para sobrevivir en el entorno hostil que es el ecosistema, lleno de enemigos, competidores, depredadores… Esta escuela ha tenido varias vertientes, unas muy interesantes y que han permitido interpretar muchas de las interacciones que hay en el reino animal y vegetal en la compleja dinámica de los ecosistemas, y otras, en mi opinión, más discutibles y que se han convertido en una fuente un tanto perversa de explotación de la naturaleza.

FOTO 8

Esponjas antárticas, pueden tardar cientos de años en adquirir determinados tamaños; fuente. Julian Gutt-AWI.

En 1951 Bergmann & Feeney inauguran a través de un artículo científico la explotación potencial de estos productos naturales como elementos que en el futuro puedan aplicarse a la ciencia médica. Describen varias moléculas en organismos del Caribe que en potencia pueden considerarse precursoras de fármacos que tendrán una aplicación directa o indirecta en la industria. Se da el pistoletazo de salida a la esperanza, el mar como fuente de salvación para enfermedades como el cáncer, infecciones, disfunciones renales o analgésicos. La idea es excelente, pero a medida que pasan las décadas se empieza a ver el problema real de esta nueva esperanza: las concentraciones de este tipo de metabolitos son muy bajas, se necesitan toneladas de esponjas o gorgonias para conseguir algo mínimamente rentable, y lo peor es que pueden describirse con gran precisión, pero «emularlas» (sintetizarlas) es de una gran complejidad (por no decir imposible). En más de un 95% de las ocasiones, no puede crearse la molécula a partir de síntesis artificial, lo que implica un gran fracaso a nivel industrial. A finales de los años 90 las empresas farmacéuticas empiezan a perder el entusiasmo. Es lógico, el coste de recolectar los organismos (a veces muy dispersos por ser raros o encontrarse solo en determinados lugares) no compensa el gasto.

Como en el caso de los corales preciosos (a los cuales me dedico, entre otras cosas), la tasa de renovación de la mayoría de estas especies es muy baja: crecen muy lentamente. Se han hecho intentos (algunos bien consolidados) de acuicultura con especies determinadas, pero la falta de conocimientos sobre su biología y ecología ha hecho que la mayoría de estos experimentos hayan sido baldíos. Por eso, como en el caso de esos corales preciosos, la explotación de este tipo de moléculas a partir de las especies marinas es simplemente un acto de minería. Se llega, se descubre, se recolecta y se expolia, haciendo desaparecer la especie a nivel local. Es otro tipo de minería, mucho menos conocido, pero también más extendido de lo que parece.

¿Qué tiene que ver esto con la Antártida? En 1997 James McClintock de la Universidad de Alabama publica un interesante artículo que recopila lo que hasta el momento se sabía sobre la ciencia de la ecología química en zonas polares: muy poco. Una de las creencias más extendidas hasta entonces era que los organismos que habitaban en el fondo en zonas tan frías no poseerían una gran cantidad de estos metabolitos secundarios. Pero al descubrir la enorme cantidad de especies que poblaban estos fondos (solo se han descrito un 25% aproximadamente, siendo el número descrito de unas 18.000-20.000 en la actualidad) alguien empezó a sospechar que parte de la biodiversidad sería en debida a una serie de interacciones muy complejas basadas en la química. Era muy probable que al haber tantos organismos diferentes, las moléculas complejas que les ayudaban a sobrevivir fuesen también un rol común entre ellas. Además, al no tener que gastar tanta energía en respirar como en ambientes más cálidos, el esfuerzo energético puede ser dirigido a crecer, reproducirse y, por qué no, a crear moléculas sofisticadas de defensa y ataque. Los trabajos demostraban una gran cantidad de moléculas de este tipo y algunos científicos empezaron a estudiarlas de forma sistemática.

Katrin Iken, del Alfred Wegener Institute, describió solo en una gorgonia (Ainigmaptilon antarcticus) varios compuestos que podían haber desarrollado para defenderse de la depredación (son organismos blandos recubiertos de un mucus espeso). La investigadora describió con entusiasmo una serie de moléculas que sirven a la vez para evitar que bacterias y otros organismos la colonicen (sustancias antifouling), o para evitar ser comidas por ser venenosas, tener mal sabor o despistar al depredador. En el final de su artículo, como en muchos otros, se abre la posibilidad, con una simple frase, de que estas sustancias quizás sean útiles para su explotación farmacéutica. Más adelante, otros investigadores van más allá y describen sustancias de nada menos que 290 especies diferentes recolectadas de diferentes puntos de la Antártida, desde la península antártica al mar de Weddell este o la remota isla de Bouvet. Encuentran a los tunicados especialmente ricos en sustancias anticancerígenas, así como varias esponjas (recordemos que son organismos dominantes en cuanto a biomasa) y gorgonias. Los autores de los trabajos crean más y más literatura describiendo cientos, miles de moléculas (hasta la fecha se han descrito más de 22.000) que no pueden ser sintetizadas en los laboratorios pero que pueden ayudar como antitumorales o antiinflamatorios. En la franja entre los 250 y 500 metros se encuentran las especies más interesantes. La pregunta que yo tengo es: ¿cómo vamos a explotar estas sustancias que hasta ahora han creado una serie infinita de aburridísimos artículos descriptivos que tienen más de protocolos técnicos que de ciencia pura y dura con interpretación incluida? La única manera que se me ocurre ahora mismo es, simplemente, recolectándolos.

FOTO 9

Draga con televisión para seleccionar organismos, un método selectivo y poco agresivo con los organismos utilizado por los equipos científicos del Polarstern.

Y a esa profundidad, la única forma de hacerlo es devastando la zona con pesca de arrastre. Hace algo menos de una década una empresa hizo números acerca de un antitumoral descubierto en Nueva Zelanda. Se dio cuenta de que para crear suficiente producto tenían que arrasar todas las esponjas de esa especie de Nueva Zelanda. Todas. Porque la concentración del metabolito era tan baja que se necesitaban cientos de toneladas para poder hacer el producto rentable. Es obvio que en estos momentos nadie va a tirar la red de arrastre en los fondos de la Antártida, pero, ¿y dentro de 20 o 30 años? Este tipo de minería sería la forma ideal de acabar con mayor celeridad que los icebergs (que lo hacen de forma rutinaria) con una de las comunidades más fascinantes y complejas del planeta. Se podría aducir que en ese tiempo sea posible sintetizar gran parte de los productos, pero yo creo que seguirá siendo más fácil pescarlos. Pocos son los que intentan comprender de veras para qué sirven en la naturaleza, es más fácil describirlos y, si se puede, patentarlos. Siempre he tenido fe en que el mar nos iba a salvar de muchas cosas, y el hecho de que se hayan hecho extensos estudios sobre las potenciales virtudes de determinadas moléculas en pos de una vida mejor ha sido siempre una de esas posibilidades. Pero siempre dentro del margen de lo razonable: o se logran cultivar de forma rentable las especies que las producen o se emulan en el laboratorio sus moléculas a nivel industrial. Sacarlas del fondo promoviendo un boom and bust, o minería submarina de organismos vivos, es una auténtica barbaridad.

(1) Pallesen A., (2004) The Legality of Marine Mining in the Antarctic Treaty Area. PhD Thesis, University of New Zeland.

La importancia de llamarse Makhmalbaf

Close up

«El rencor es un velo que tapa el arte». Esta es una de las frases que Abbas Kiarostami dice a través de Hossein Sbazian, el protagonista de su falso documental Close up. ¿Qué nos quiere decir con eso? Hossein es un hombre apasionado, un amante del arte en general y del cine en particular, es también un actor, es sobre todo una persona sin recursos económicos pero con mucha imaginación. El rencor es un velo que tapa el arte, su arte, porque ha sido acusado de estafa y de intento de estafa, casi de robo, de inmoral… y lo suyo es solamente arte aunque los demás crean que es un sinvergüenza. Por eso el rencor es un velo que lo tapa, porque las personas a las que ha engañado con su papel no tienen en cuenta tantas cosas que quiere contar, tanta vida interior: no les importa nada, solo el tiempo y las ilusiones que Sbazian les ha hecho perder. Empiezo así, por el final, porque Kiarostami también lo hace.

Hossein Sbazian va en un autobús leyendo un libro del también director Mohsen Makhmalbaf, El ciclista, y la mujer de al lado le pregunta dónde lo ha comprado. Ahí, en ese preciso instante, empieza el arte de Hossein: dice que es el autor. La mujer le cree, intercambian teléfonos, precisamente hace unos días vio con sus hijos su última película, son sus admiradores, al pequeño también le interesa el cine y la literatura, el arte. Hossein, haciéndose pasar por Makhmalbaf, le dedica el libro y se lo regala. Ya está, ya tenemos todos los ingredientes, pero todavía falta lo mejor. A partir de ese momento, el vínculo entre esa familia y Hossein se estrecha cada vez más: se estrecha tanto porque creen que es el hombre que a Sbazian le gustaría ser. El falso director no puede evitar meterse de lleno en el papel, se siente cómodo siendo una persona respetada, admirada. Le encanta ser Makhmalbaf todo el día, y fingir que va a rodar una película en casa de los Ahankhah, y decirles que los árboles del jardín oscurecen la casa y que el padre corte los árboles. Le gusta porque cuando se aleja de la familia y vuelve a ser Hossein es un hombre sin trabajo, divorciado, con un hijo al que no puede dar de comer, con otro hijo que vive con su madre. Un hombre pobre, desgraciado: pero un hombre que ama el arte y que asegura que, de haber tenido los medios para rodar la película que les había prometido, lo habría hecho.

El rencor y el arte

Pero el rencor es un velo que tapa el arte, y cuando la familia Ahankhah empieza a sospechar que se trata de un impostor, decide llamar para que lo arresten y poner una denuncia. Todos aman el arte, pero no a cualquier precio. Ah, no. La familia Ahankhah está dispuesta a tratar bien a Hossein solo si es Makhmalbaf. Si se trata de un pobre hombre jugando al arte, engañando a su propia pobreza, entonces no, mejor en la cárcel. Abbas Kiarostami, entonces, decide meterse en la película, formar parte de este arte sobre el arte. Como personaje, va a ver a Hossein y le dice que va a adelantar el juicio. Se trata de hacer cine del cine, varias capas de arte mezcladas en un falso documental. Se trata, sobre todo, de defender al pobre Hossein, el amante del arte, que consigue enternecernos a todos.

El falso Makhmalbaf, entonces, responde a los porqués de su aventura. Y en esa explicación está la esencia de lo que es el arte, y lo que empuja la imaginación, hasta dónde nos hace llegar las ganas de comunicar algo al resto: tener algo que contar y querer contarlo. Hossein tiene un discurso lúcido e impecable de lo que es el arte, del misterio y lo que encierra, ese poder de seducción. Habla de cómo el verdadero director de cine se dirige a él y le cuenta cosas y, lo más importante, le cuenta la vida que ya está viviendo, la convierte en material de película. En cómo eso despierta algo en él y quiere desarrollarlo. Se equivoca en las formas —la mentira— pero la intención es la misma. Si obviamos que Hossein es una persona pobre que vive como puede, si dejamos a un lado el hecho de que ha mentido a una familia, incluso si apartamos del propio Sbazian su ego y el placer que le provoca ser el centro de atención, lo que dice es lo único que vale: que el arte está justificado en sí mismo, que no necesita el dinero para rodar la película porque en su mente, donde no hace falta dinero para proyectar, todo está ocurriendo. Hay un punto de no retorno en el que Hossein ya no puede detenerse porque la historia que tiene en su cabeza es más poderosa que el riesgo que está corriendo estafando a esa familia. Sabe que sus actos tendrán una repercusión en la justicia y por eso está en la cárcel, pero lo acepta. De lo único que se arrepiente es de haber ofendido a los Ahankhah.

Close Up 2

El arte y la falta de escrúpulos

En Como en un espejo, de Ingmar Bergman, un hombre se siente profundamente atraído por la enfermedad mental de su hija, heredada de su madre, y no puede evitar querer describirla en sus libros: dejar constancia de su indefensión y del deterioro. Esa falta de escrúpulos a la hora de afrontar un drama familiar repugna al marido de la enferma, que no piensa en otra cosa que cuidarla y no en dejar constancia, en avanzar en el arte, dar un paso definitivo. Cuando mantienen una conversación a solas, el escritor dice: tú no lo entiendes. No puede entender su necesidad de fijar el horror y de describirlo, de escribir unas páginas vivas. De la misma manera que Woody Allen en sus películas, de forma mucho más cómica, utiliza a todas sus mujeres —como personaje— para nutrir sus relatos y novelas, incluso cuando eso las va a comprometer. Todas, absolutamente todas, se lo acaban reprochando. Exactamente igual que cuando la verdadera Maga (Edith Arton), de Julio Cortázar, defiende su independencia del personaje. ¿Qué es lo que no se entiende, por qué el artista usa a la gente en nombre del arte y es lícito? En la película de Kiarostami se ponen en juicio, literalmente, todos estos valores, o falta de valores, del artista. Hossein no es Woody ni Cortázar ni Bergman, ni siquiera, como así le gustaría, Makhmalbaf, pero se esconde en su amor por el arte para engañar a una familia. ¿Por qué? Porque cuando está tras su máscara de director de cine es una persona admirada, respetada, capaz de mostrarle al mundo el sufrimiento de la gente, la vida, eso que pasa imperceptible en el día a día. Tiene una responsabilidad con el mundo. ¿Y de qué se nutre el arte sino, precisamente, de todo eso? ¿Debería el artista obviar todo lo que tiene alrededor para no herir a la hija enferma, a la amante despechada o a la familia con aspiraciones? Hossein sabe que no es un sinvergüenza, que no pretendía robarle a nadie, que miraba las habitaciones y la distribución porque es lo que haría un director de cine. No pretendía robar, aunque sea lo que se espera de un hombre pobre.

Los alrededores del arte

Pero hay algo más que aparece en la película, aunque no se lleve el foco central. La familia se interesa por Hossein porque cree que es un famoso director de cine, y se sienten halagados. ¿Qué tiene, entonces, el arte, el artista, para que todos quieran estar cerca de él? ¿Qué imán nos empuja a ennoblecer a alguien que compone, crea, dibuja y juega con las emociones? En cuanto reconocemos en el otro la habilidad de convertir en arte algo cotidiano, lo ascendemos en la escala social. La familia Ahankhah se siente la elegida mientras Hossein es un director de cine, están agradecidos porque son ellos y no otros, porque es su casa en la que se va a rodar una película y no en la del vecino; se distinguen del resto. Es otra forma de ego, del yo que acompaña siempre al mundo del arte: estés dentro o fuera, es un orgullo personal. Les gusta ser el objeto, el material, lo que hay alrededor del arte: son polillas de artista, se le pegan por donde quiera que vaya: mírame a mí, fíjate en lo que hago. Todo son atenciones y delicadeza para el hombre que va a utilizarlos, que va a moldearlos para quedar inmóviles en la historia, inmortalizados para siempre. Porque aunque después se acabe por renegar, aunque finalmente todos acaben hartos de la falta de intimidad, del poco pudor que tiene el escritor de Bergman o el torpe cuentista de Allen, aunque Edith Arton se queje de lo poco real que había de ella en los rasgos de la Maga, en el fondo todos han sido tocados por una varita mágica. Son la inspiración, el centro, el motor de una película o un cuento, el pulmón por el que está respirando un personaje, una situación. ¿A quién no le gusta? ¿Cómo no vamos a perdonar a Hossein que nos haya engañado a todos, si es en nombre del arte? Desde luego, y como decía Charles Baudelaire, el arte es prostitución.

Fórmula 1, un negocio en el que la banca siempre gana

Simon Fuller y Bernie Ecclestone p

Los casinos de Las Vegas son casi todos temáticos y aunque al pie de una de las torres del Sahara hay un bar dedicado a la Nascar, no hay ninguno mimetizado al modo de la Fórmula 1 a pesar de su enorme paralelismo. Cada año millones de turistas de todo el planeta acuden a la «Ciudad del Pecado» en un intento vano de reventar las ruletas, pero a pesar de que muchos lo consiguen, los casinos siguen allí… porque siempre ganan. Esa misma ecuación es aplicable a la empresa que gestiona la F1; no solo es inmune a la crisis sino que crece a razón de un 10% anual. Se duplica aproximadamente cada década.

La competición más rápida del orbe no se creó por generación espontánea sino que es el resultado de una concatenación de acertadas jugadas en diversos planos de la realidad (contable). Nacida en los años 50 del siglo pasado, fue —empresarialmente hablando— poco más que unas reuniones de colegas que se juntaban para correr; no era aún una industria. A finales de los 70 Bernie Ecclestone, un agudo director-propietario de escudería, empezó a crear lo que es esto hoy al aceptar hacerse cargo de los viajes y el transporte internacional, un verdadero coñazo del que el resto de directores de equipo no querían ni oír hablar con tal de concentrarse en sus bólidos. Desde entonces Mr. E se ha ido haciendo con parcelas de poder hasta manejarlo absolutamente todo. Es como el Felipe II de la velocidad, en su imperio no solo no se pone el sol, sino que si en el circuito de Malasia se cambian a unas bombillas de bajo consumo, o en Interlagos se varía el césped de la entrada… él lo sabe.

El más rico de todos no corre cada domingo, ni tiene pilotos en plantilla. Ni siquiera fabrica nada que se pueda tocar con las manos. Sencillamente pone los mimbres para que todo funcione como un reloj suizo. Todo en la organización de cada prueba sigue un guión implacable, está previsto, o tiene una solución eficaz, original y que responde a una máxima que da lustre al conjunto: poco, pero bueno. Le acusan de haber llegado al Top 5 de las fortunas británicas, y él a cambio, con razón, aduce que cuando los pilló eran unos desarrapados que llevaban sus monoplazas en carromatos y ahora se desplazan en flamantes Gulfstream para 12 pasajeros.

A través de un entramado de compañías —abonadas a una fiscalidad tremendamente favorable— maneja Formula One Management, FOM para los amigos. El negocio se basa en cuatro patas: lo que pagan los circuitos por albergar cada carrera, lo que sueltan las teles por ofrecer las imágenes, la publicidad estática y esponsorización de carreras, y el Paddock Club, una especie de restaurante para millonarios y vips.

¿Quieres organizar una carrera? Es muy fácil. Necesitas pocas cosas: unos 40 millones de euros para abonar el canon, una pista, una infraestructura hotelera digna alrededor y convencer a Bernie de que eres de fiar. Si cumples estos requisitos, podrás montar el Gran Premio de Matalaguarra del Botijo. El inglés solo te preguntará dónde está el enchufe de la corriente y él se encarga del resto a excepción de la promoción del evento. Eso corre de tu cuenta y sin ello el graderío estará tan pelado como la testa de Mr. Proper. No olvides que lo que saques en taquilla sí será tuyo, y con ello pagarás la factura final. La ecuación es sencilla: a más gente, más entradas vendidas, y haces más caja. Fácil, ¿eh?

Hay lugares míticos, como Mónaco, que no paga nada por acoger la F1, o Monza, cuya factura no llega a los 10 millones de euros, pero a las pistas llegadas recientemente se les pasa la gorra en cifras que rondan esos 40 millones con un incremento anual que suele ser del 10%. Debido a lo abultado de las cuantías, es muy raro que empresas privadas se hagan cargo de montar un circo de estos, así que esta responsabilidad suele caer directamente sobre gobiernos, de ahí que Ecclestone tenga línea directa con reyes, presidentes de gobierno o primeros ministros. Ese es su mercado potencial, los que mandan de verdad. Su destino: países emergentes (Rusia, México), otros que tienen pasta pero son perfectos desconocidos en el resto del mundo (Abu Dhabi, Bahréin) o los que quieren revitalizar zonas y áreas sin demasiado valor que de golpe lo adquieren (India, Corea). Esta parte del negocio supone aproximadamente un tercio de los 1200 millones de euros que facturó FOM en 2012.

Bernie Ecclestone 0

La segunda fuente de ingresos, otro tercio, proviene de las diversas televisiones que retransmiten las carreras. Si eres el propietario de una cadena y quieres ofrecer a tu público las carreras, pagas un canon que varía dependiendo de tu mercado potencial, el número de culos que se sienten ante tu pantalla, y curiosamente, tienes algún incremento si algún piloto es de tu país y le va bien. Eso es señal de que a ti te irá mejor. En España los que pegaron el pelotazo fueron los de Telecinco. Las hazañas de Alonso reventaban los audímetros, los anunciantes tenían que colocarse en listas de espera y movían los hilos para aparecer el siguiente fin de semana, y la burbuja inmobiliaria engrasaba las cuentas de todo. En 2013 todo esto es más complicado. Hay menos anunciantes, los spots se cobran más baratos y el dinero no fluye igual. Pero Bernie pasa su gorra igualmente, su espectáculo nunca se para… ni su caja registradora. Las teles que no pagan apenas reciben un pequeño resumen de minuto y medio que solo pueden utilizar en programas informativos, pero si abres la cartera puedes hacer prácticamente lo que quieras. Entrenamientos libres, cronometrados, programas en directo, diferido, puedes añadir señal de tus propias cámaras enviadas que sumas a la señal genérica proporcionada por FOM, Internet. ¿Internet? De manera limitada. Bernie teme a lo digital porque el grifo de dinero televisivo se cerraría. No cree en un iTunes de la velocidad. De esta alcancía sale lo que se embolsa cada escudería en función de sus resultados cada año.

La tercera ventanilla del negociado es la publicidad, y no las del eco mediático que proporciona un evento de calibre planetario, sino la de los letreros visibles en cada pista. En el momento en que FOM pone sus pies en un circuito, todo es suyo, desde las oficinas hasta la publicidad permanente del recinto que queda tapada, cubierta, eliminada. Si no pasas por su caja, olvídate de asomar en su jardín. Durante el Gran Premio del Mediterráneo disputado en Valencia en 2012 un avispado empresario se la metió doblá cuando en un plano de cámara vital durante la retransmisión le calzó un enorme cartelón con su publicidad por la patilla colgada de una grúa de varias toneladas. Esa misma tarde los chicos de la organización colocaron otra publicidad de Pirelli por delante y el incendio quedó sofocado. El fabricante de gomas quedó encantado; el espabilao no tanto, pero fue una pequeña victoria de su ingenio. Todo está muy medido y en lugar de desparramar todo tipo de anuncios de manera anárquica por donde pasan los coches, lo que se hace es que se tematizan zonas de la pista de manera que cuando una cámara apunta a una curva, solo se ve a un anunciante, desde abajo y hasta la parte alta de tu pantalla. Para ello, las teles tienen prohibido poner faldones, textos que se mueven por abajo o nada que no sea exclusivamente lo que Bernievisión retransmite; pa poner tus anuncios, tienes que cortar. Y no te pienses que los operarios sencillamente amarran los letreros a lo primero que pillan, no. El realizador del evento, empleado de FOM, llega unos días antes y les dirige desde los puestos donde planta sus ojos electrónicos para optimizar el visionado de cada patrocinador. Al que afloja la mosca hay que dejarlo contento.

Otra forma de patrocinio es la de poner tu nombre a un Gran Premio. A cambio de 2,5 millones de euros —precio negociable si compras en lote— puedes convertir a Vettel en un perfecto trípode de tu logo en el pódium. Entrarás en la historia gráfica del deporte de manera inevitable.

La cuarta fuente de ingresos de la F1 es esa especie de garito VIP que suele estar colocado en la azotea del edificio de boxes. A cambio de una media de 3500 leuros, tienes acceso pata negra a la mejor de las visiones de la salida de un gepé. El precio varía según la demanda del lugar, y los más caros son los de Abu Dhabi, que rondan los 4500 euracos. En Mónaco no están a la venta, pero allí tienes una opción aún más cara: alquilar un megayate-dormitorio o pillarte una plaza de parking acuático para tu buque. Los precios superan cualquier expectativa y varían en la medida del calibre de tu chalupa.

Volviendo al ComederoF1, caviar, langosta y el champán oficial Mumm son moneda común en tan ilustre establecimiento temporal. El camarero más desaliñado parece sacado de la barra del Hotel Overlook, el de El Resplandor. Pajarita y zapatos relucientes, trato exquisito y atenciones únicas. Por allí pasan invitados de los patrocineitors, tíos verdaderamente importantes, tías despampanantes y… comerciales de alto caché. La cuenta es sencilla; si vendes productos megapremium como jets privados, yates de más de 100 metros o islas caribeñas este es tu coto de caza. Asistir a todo trapo a todo un Mundial te puede salir por 100-120 mil euros, pero basta con que coloques un cuadro de Picasso para que con la comisión te pagues diez temporadas viendo las carreras a cuerpo de rey. Piénsatelo, es una inversión y tu beneficio colateral no te lo podrá quitar nadie. Pero no olvides que Bernie, el Gran Hermano de la Velocidad, te estará observando. Podrás hacer tu negocio, pero si verdaderamente quieres colocar lo tuyo, habla con él, dale su parte y te llevará a darle la mano a aquellos árabes del fondo a los que al caminar les ponen billetes de 500 para que no toquen el impuro suelo. Esos te comprarán y Ecclestone sonreirá de medio lado mientras agita unas monedas en el bolsillo de sus pantalones negros y da instrucciones a través de su walkie-talkie. Al final, como en los casinos de Las Vegas, la banca nunca pierde.

Bernie Ecclestone

Estética del desapego

 Y si la palabra tendencia, ya plenamente abducida por el lenguaje de la moda, pudiera utilizarse con el mismo sentido en el de la literatura? Al fin y al cabo los periódicos, cada vez más inseguros, y confiando cada vez menos justo en aquello que los hace necesarios —contar y explicar el mundo con claridad y con un grado máximo de rigor— huyen como de la peste de las palabras que suenen a serio, y mezclan cada vez más la literatura con la moda, con la gastronomía, con el chisme social. Podría así decirse con soltura, y sin remordimiento, por ejemplo, que la novela histórica es tendencia, igual que, según me informan, son tendencia esta temporada los cueros y los brillos. En tiempos más severos o más sosegados los estilos artísticos y literarios se distinguían de eso que los periódicos llaman ahora estilo porque cuajaban mucho más lentamente y duraban más que un ancho de pernera de pantalón o un largo de falda. También porque eran menos unánimes. Proust, tan atento a la moda, decía que todo lo de la misma época se parece, pero esa familiaridad inevitable de lo contemporáneo tenía siempre el contrapunto de lo singular, lo raro y único de cada talento. Proust, Beethoven, Virginia Woolf, son plenamente de su tiempo, pero hay en ellos un punto de inflexión en el que ya no se parecen a nadie. Quizás por el recelo o por la evidencia de una cercanía excesiva, un escritor rara vez está en condiciones de aprender de sus estrictos coetáneos. Cuando pasan quince o veinte años uno descubre viendo fotos que iba vestido de época y no se daba cuenta, y además que muchas de las ideas y las actitudes y hasta los rasgos de estilo que le parecían más radicalmente suyos eran tan comunes como las hombreras —y tan ridículos, vistos a distancia—. Un estudioso me preguntó una vez con una mirada muy intensa cuál creía yo que era el motivo de que hubiera tantos espejos en mis primeras novelas. “Pues porque los espejos sonaban a Borges y estaban de moda”, le contesté, en un rapto de sinceridad que me dejó aliviado. Ahora le habría dicho que los espejos eran tendencia, como si en vez de para una tesis me estuvieran entrevistando para una revista de decoración.

El paso de la novedad chocante a la fatiga desdeñosa de lo muy sabido es cada vez más rápido. Pero también sucede, de manera enigmática, que algunos lugares comunes siguen pareciendo nuevos durante mucho tiempo, igual que hay artistas que acrecientan su prestigio de heterodoxia cuantos más reconocimientos oficiales reciben, cuantos más museos internacionales les consagran retrospectivas y catálogos. Un siglo largo después de que todas las normas académicas se derrumbaran aún se les sigue celebrando por subvertir normas que habían dejado de existir mucho antes de que ellos nacieran, como si se declararan valientemente en rebeldía contra el imperio austro-húngaro.

A veces uno observa cómo lo original se generaliza, y entonces cae en la cuenta de que quizás no lo era tanto como parecía. Hace unos años yo leí The Road, de Cormac McCarthy, y me impresionó vivamente. Ahora he terminado de leer The Childhood of Jesus, de J. M. Coetzee, que ha salido en español al mismo tiempo que en inglés, y casi desde las primeras páginas he tenido la sensación de reconocer no tanto un estilo individual como una tendencia. Basta un paso, un quiebro, para que lo excepcional desemboque en lo amanerado, para que el estilo se convierta en automatismo, en parodia. En The Road, Cormac McCarthy, que había cultivado hasta entonces con mucho empeño las densidades y las proliferaciones faulknerianas, saltó de la novela barroca a la fábula, de lo preciso y terrenal a lo abstracto, de la crónica a la alegoría. Los nombres propios de personas y lugares quedaban sustituidos por sustantivos genéricos, que dan enseguida un aire de profundidad, con o sin mayúsculas: El padre, el hijo, el camino, el mar. McCarthy cultivaba a conciencia la estética del desapego, que llevó a su extremo en No Country for Old Men: contar los hechos más atroces con perfecta frialdad, con una distancia clínica y cínica que es uno de esos rasgos que parecen máximamente originales a las personas entendidas a pesar de que llevan largos años repitiéndose en la literatura y en el cine.

El desapego de McCarthy, su inclinación nueva a lo visiblemente simbólico, tenía algo de contagio de la poética de J. M. Coetzee: limitar al máximo tanto las palabras como la información que transmiten; jugar con la fuerza de lo no dicho y los espacios en blanco; reducir o eliminar los anclajes de la narración en lo concreto para limpiarla del peligro de lo accesorio o lo prolijo; elegir una voz neutra, situada en una media distancia de observación penetrante y extrañeza emocional. En sus libros mejores, Coetzee ha logrado una escritura límpida que retrataba como una lente de precisión la fragilidad de los seres humanos y la hostilidad del mundo, lo mezquino y lo puro que hay dentro de cada uno, la indiferencia que cerca y agravia el dolor. Cuando era muy seco estaba a un paso de ser árido. En su despojamiento estaba el peligro de la monotonía. Su propensión a lo filosófico y a lo especulativo nos impacientaba a los lectores poco atraídos por las abstracciones. Uno sentía que el escritor estaba tanteando los límites de su propia herramienta expresiva, probando hasta dónde se puede llegar en la frugalidad sin caer en la inanición, en qué punto menos deja de ser más y ya es simplemente menos.

Puede haber autoparodia en el laconismo, igual que en la sobreabundancia. Por el camino de la sobriedad alegórica se llega al kitsch tan fácilmente como por el del desmelenamiento sentimental o el puntillismo costumbrista. En los medios internacionales The Childhood of Jesus está siendo recibida con una perplejidad educada, quizás porque nadie se atreve a poner abiertamente en duda el mérito de un nuevo libro de J. M. Coetzee. Dwight Gardner, en The New York Times, dice que en la novela tal vez se esconde un chiste muy profundo.

A mí, que la busqué con impaciencia en cuanto supe que había salido, me ha producido un tedio difícil de traspasar, y sobre todo la confirmación ya cansina de una tendencia, en el sentido contemporáneo y mediático de la palabra: un hombre, un niño, un tiempo que no se sabe cuál es, un pasado del que no se da ninguna información, una posible calamidad apocalíptica que ha dejado sin memoria a los supervivientes, una ciudad o un país de toponimias abstractas, hombres y mujeres que se relacionan con frialdad robótica, que habitan en lugares llamados El Centro o La Residencia o El Bloque Sur. Como en ese mundo parece que reina un vago igualitarismo burocrático y hay nombres como Fidel y Bolívar —aunque uno es un niño, y otro un perro— críticos ansiosos han buscado ecos de Orwell. De lo que yo me he acordado es de la ciencia-ficción barata y filosófica que leía en mi adolescencia y me hacía sentirme muy profundo y hasta algunas veces intentaba imitar.  


La infancia de Jesús. J. M. Coetzee. Traducción de Miguel Temprano. Mondadori. Barcelona, 2013. 272 páginas. 17,90 euros.

www.antoniomuñozmolina.es

De Libia a Siria: la Primavera Árabe ahora es el caos, por Jon Lee Anderson

El derrocamiento y la muerte de Muammar Gadafi no trajeron paz y estabilidad a su país, dice el autor, sino ataques, enfrentamientos, terrorismo y muerte. Y lo mismo ocurre con los otros países en que unos levantamientos sociales por la libertad estallaron en 2011...

Siria: sólo estamos aquí por los premios, y algunas otras verdades del periodismo de guerra, por Francesca Borri

Amargo relato --o descarga-- de una reportera que cubre el conflicto sirio: la paga miserable, la falta de respaldo o seguridad, los prejuicios, el miedo, la competencia despiadada de los colegas. "Como Beatriz, quien hoy me mandó en la dirección errada, para que ella fuera la única que cubriera la manifestación, y, por su engaño, terminé en medio de francotiradores. Sólo por cubrir una manifestación --una de cientos".

< G N Z S N Z >