Año 1975. Desierto del Sáhara Occidental. Un veterano reportero español realiza unas fotos a un legionario cuando escucha tras de sí la voz de una joven que le habla con decisión: «¿Qué tengo que hacer para ser fotógrafa como tú?». El reportero la observa, entre divertido y estupefacto. «Ir a París y vender tus fotos a alguna agencia». La francesita de melena carbón interioriza la lección. Años después, el reportero repara en las imágenes de la guerra de Vietnam que ilustran la portada de la revista Paris Match. Las firma la niña del desierto.
Este es el prólogo de la historia de Christine Spengler narrado por el que le dio el sabio consejo. El resto del relato está ilustrado en los libros de la historia de la fotografía: el paisaje de cenizas fúnebres que dejó el invierno de Pol Pot, el velo negro de las mujeres en el Irán de la revolución islámica…. La niña que quería ser fotoreportera cubrió la guerra de Camboya, la de Afganistán, Kosovo, Líbano, Chad o Vietnam. Hoy es un referente del fotoperiodismo bélico.
Marzo de 2010. Christine guarda bien la digital en su bolso-maleta, entre abanicos rojiblancos, estampas de trajes de luces y pesadillas infantiles. Todo cabe en su valija de belicismo galo y costumbrismo español. Su cofre de riqueza vital. Fuera del saco se deja la pasión. La necesita para disparar. La conserva intacta, casi virgen tras una vida de balazos y verbena, telegramas de pérdida y vueltas al ruedo, ocasos y crepúsculos.
«Es mejor llegar pronto al rastro, luego se llena de gente y es imposible trabajar», dice con una ilusión que aún huele a polvo del Sáhara. Son las siete de la mañana, se atusa su melena a lo Juana de Arco (la que se cortó para parecerse lo menos posible a su madre) y se cuela en el agujero suburbano. La energía corre por las venas de esta francesa de nacimiento y española de corazón. No tiene patria Christine Spengler, salvo la guerra y el objetivo. «Para hacer fotos solo hay dos reglas: saber mirar y tener sensibilidad», resume.
Es metódica y apasionada. En cada foto que hace vuelca la pasión del primer día, la que la empujó a los lugares más lúgubres de la tierra. Aunque ahora dispara en digital. Atrás quedó también el blanco y negro de la guerra. España filtró color en su cuarto oscuro. Spengler habla con los retratados primero y después encuadra. Siempre regresa para regalarles el momento de inmortalidad que le han dado. «Nunca te olvides de volver, esa es la tercera regla para ser buen fotógrafo», instruye.
Se desenvuelve entre el gentío del zoco madrileño como si aún llevara velo de trinchera y uniforme en 35 milímetros. Han pasado cuatro décadas de su encuentro con el fotógrafo español. Ha cambiado sin problemas el carrete por la tarjeta, igual que cambió la pólvora gris por los abanicos de colores. Comenzó a disparar cuando apenas había mujeres en los campos de batalla. Presume de historia y de callo. En Líbano la retuvieron unos combatientes palestinos, que la creían una espía. Lo cuenta de manera divertida en sus memorias Entre la luz y la sombra.
«Es que Sigma no tiene fotógrafos masculinos que te envía a ti, una mujer, aquí», le inquirieron sus captores sin creer su versión. «Déjala beber, no ves que tiene miedo». «Yo no tengo miedo, solo tengo sed», les respondió la francesa. «Le di una patada a la botella. Mi juez estaba visiblemente impresionado».
Su objetivo atrevido ganó el pulso y al final los palestinos la liberaron diciéndole «es usted una gran mujer». «Esa noche salí indemne como un torero y volví a soñar en colores». Dice que fue el día que más cerca estuvo de la muerte. Entonces decidió que por cada foto de duelo que tomara, haría otra para mostrar la belleza del mundo.
En el frente la llamaban Moonface, cara de luna, un apodo cariñoso que ella ha perpetuado. En Irán su sobrenombre era Sheitoon: diablilla. Cuenta Spengler que la primera foto que hizo en el país fue la de «una niñita que posaba, hundida en un chador, con una muñeca rubia made in France». Dice también que bastaba con colocarse el velo negro para que todas las mujeres vieran en ella a una hermana. Una de sus retratadas hasta le pidió que le enviara cosméticos desde París. La fotógrafa siempre jugó con la cercanía como arma para colarse en los sumideros de la guerra, para hacer emerger un atisbo de humanidad de cada rincón oscuro donde estuvo, para meterse en el bolsillo a combatientes y viudas negras. Quizá por ello fue la única fotógrafa extranjera que consiguió tomar imágenes en la casa del imán Jomeini.
Su foto más célebre la tomó durante la guerra en Camboya en febrero de 1974, tras el bombardeo a la ciudad de Phnom Penh. Dos niños vagan en medio de la bruma de destrucción iluminada por el sol. La estampa exhibe la poética de la guerra. Phnom Penh convertida en cenizas. Otro icono: la instantánea de los niños de Londonderry en plena ofensiva del IRA. Dice que hizo esas fotos porque no aceptó volver al hotel como los demás.
Cubrió muchos conflictos pero el más duro se llamó Eric. El hermano que la guerra le arrebató. El golpe la cubrió de luto durante años, como a aquellas mujeres iraníes que fotografió. Aquel 24 de marzo de 1973 recibió un telegrama azul mientras documentaba la guerra de Vietnam. «En la puerta de mi habitación, resuenan golpes terribles. Verdaderos golpes de mortero seguidos de imprecaciones en vietnamita que me conminan a abrir (…) Otro telegrama de Sipa-Press. Sé bien lo que quieren, siempre más fotos de muertos y de horror. Estoy harta. Lo leeré más tarde. Instintivamente abro el sobre», describe en Entre la luz y la sombra.
«Después de haber fotografiado durante meses la muerte de los demás hoy soy yo la que está en duelo. Mientras hago la maleta desfilan ante mí las escenas dramáticas de Vietnam y recuerdo la última imagen, tomada en el cementerio: la de una joven vietnamita que, arrodillada ante la tumba de su hermano, abanicaba su retrato».
París siempre fue su refugio, allí donde se cobijaba cuando volvía del campo de batalla. «Cada vez que vuelvo de un reportaje las flores y las plantas se han marchitado por falta de agua», decía. Ya a salvo, desde su ventana admiraba los crepúsculos de la ciudad, el rojo anaranjado cayendo sobre los tejados. Su objetivo captaba esa belleza en peligro, construía ramos con flores vivas y flores secas. La cara y la cruz de su existencia.
En el París del lujo y la abundancia se limpiaba la sangre la niña de la guerra. Pero Madrid fue su casa. Su infancia en España, sus veranos en Ibiza y en casa de su tía Marcelita inspiraron su obra de postguerra, la que tiene que ver más con la vida y menos con el fusil. Ha vivido durante décadas en la calle Válgame Dios, en la casa donde vivió Manolete, en pleno barrio de Chueca. Come en El comunista, taberna que le evoca su pasado de rebelde. Su casa parece un estudio fotográfico. Suenan acordes de chanson parisina, las mesas están llenas de copias y carretes y las paredes, decoradas con bodegones de flores y peinetas, toreros y folclóricas, abanicos y pétalos de rosa. Su particular «naturaleza muerta de cristales rotos, arena, conchas y plumas de pavo real». Ahora fotografía el rojo de la vida, para exorcizarse del pasado de púrpura sangre. Una manera, dice ella, «de devolver a los muertos a la vida».
Hace tres años dejó Madrid y emprendió una nueva aventura en Buenos Aires, esta vez para sumergirse en un vals de tango. De nuevo el carmín como terapia. Aunque vivió en la oscuridad durante décadas, a sus casi setenta años Spengler es pura vida: hace fiestas en casa, es generosa, alegre y tierna como una niña. Porque la muerte y la guerra le hicieron descubrir la belleza de la vida. Tiene la cabeza llena de proyectos, como si acaba de empezar de cero. Como si se viera de nuevo en medio del Sáhara tratando de crecer.


























