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Los Reyes Magos no son los padres

Los púberes y otros niños mayorcitos dirán lo que quieran, pero a usted que no le engañen. Los Reyes Magos no son los padres. Los Reyes Magos existen. Y si piensa que no, entonces díganos quién yace dentro de este armatoste:

Fotografía: Daniel Farrell (CC)

Es el Dreikönigsschrein, por su nombre en alemán. Tiene la forma de un sarcófago triple, mide dos metros y veinte centímetros de largo y no es una tumba, sino un relicario de oro, el más grande de la cristiandad. Está tras el altar mayor de la catedral de Colonia y en él reposan los cuerpos de los tres reyes que, según la Biblia, adoraron a Jesús en Belén hace dos milenios. Los cuerpos de Melchor, Gaspar y Baltasar.

Y antes de que lo piense ya se lo adelantamos: el relicario no está vacío. Al menos, no lo estaba una de las últimas veces que se abrió, el 20 de julio de 1864, cuando uno de los allí presentes confirmó haber visto en su interior lo siguiente:

En un compartimento especial del relicario aparecieron —junto a restos de viejas vendas mohosas y podridas, probablemente de lino, entre pedazos de resinas aromáticas y sustancias similares numerosos huesos de tres personas, que con la ayuda de varios expertos allí presentes se atribuyeron a tres cuerpos completos: el primero en su juventud, el segundo en su madurez y el tercero de edad avanzada. A su lado yacían dos monedas de plata acuñadas solo por una cara: una se remonta probablemente a los días de Philipps von Heinsberg y muestra una iglesia, mientras que la otra cuenta con una cruz guardada a ambos lados por una espada de jurisdicción y un báculo.

Así se lo explicó este testigo al teólogo e historiador alemán Heinrich Joseph Floss, que a su vez lo cita en un libro de ese mismo año, Dreikönigenbuch: die Übertragung der hh. Dreikönige von Mailand nach Köln, sobre la historia del relicario y sus inquilinos.

Detalle del Dreikönigsschrein. Fotografía: Anteeru (CC)

Es más: el Dreikönigsschrein de la catedral de Colonia se ha abierto en varias ocasiones desde entonces —la última durante una ambiciosa restauración acometida entre 1961 y 1973— solo para corroborar que, en efecto, contiene los huesos de tres hombres y que, como prueban las suturas coronales de sus cráneos, uno murió siendo joven, el otro en su madurez y el otro siendo anciano. También que conservan aún las coronas de oro y piedras preciosas que el rey Otón IV ciñó personalmente en sus calaveras en el año 1199 —apreciables desde fuera del relicario y cuya imagen aún figura en el escudo de Colonia, por cierto— y restos de ropa, muy deteriorada pero manejable. Y lo que es mejor: a finales de los años ochenta se sometió estos restos al análisis de un laboratorio y los resultados no pudieron ser, según se mire, más concluyentes o inconcluyentes. Los vestidos de aquellos hombres son de tafetán de seda y de damasco, fueron creados entre los siglos II y IV después de Cristo y proceden, atención, de Oriente. Tanto la composición química de su tinte como su confección apuntan a la antigua Persia.

Si no pertenecieron en puridad a los magi que cita la Biblia, los tres cuerpos de Colonia sí podrían ser aquellos que recuperó en Oriente Medio Santa Helena cuando aún era Flavia Julia Helena o —como la acabaría conociendo la historia— Helena de Constantinopla. A la madre del emperador romano Constantino I no la hicieron santa de la Iglesia y patrona de la arqueología por nada, ya que la casa le atribuye a ella el descubrimiento de la Vera Cruz, de los clavos con los que fue crucificado Jesús y de los cuerpos de los tres Reyes Magos, entre otros tesoros de las iglesias católica y ortodoxa. Entre los años 326 y 328, cuando contaba cerca de ochenta años, Helena fue investida emperatriz augusta de Roma y emprendió una célebre peregrinación a Tierra Santa que se saldó con el hallazgo de la mayor y mejor colección de reliquias de la historia del cristianismo, entre ellas los cuerpos —incorruptos, en principio— de los magos. No se sabe muy bien dónde estaban pero la tradición dice con frecuencia que en Saba, en el Yemen actual.

La ciudad yemení de Ma’rib es considerada por muchos expertos la antigua capital de Saba. Fotografía: Bernard Gagnon (CC).

La tradición, en efecto, ya que la historia dice otra cosa o, siendo puristas, no dice nada. El principal cronista de la vida de Helena de Constantinopla, Eusebio de Cesarea, no habló de que la emperatriz hiciera estos descubrimientos en sus famosos peregrinajes a Tierra Santa, sino que fueron mencionados por primera vez en un discurso de San Ambrosio —Sobre la muerte de Teodosio, de finales del siglo IV— y ni siquiera en esta ocasión se citan más que las reliquias relacionadas directamente con la Pasión de Cristo, en modo alguno los cuerpos de los tres Reyes Magos. Como propone la teoría más consensuada entre los historiadores de hoy, es probable que durante ese mismo siglo IV se propagaran tres diferentes leyendas en torno a los descubrimientos de Helena no del todo contrarias entre sí –denominadas respectivamente «de Helena», «de Protonike» y «de Judas Ciriaco»–, de las que acabaron bebiendo Ambrosio —doctor y de la Iglesia y uno de sus cuatro Padres, recordemos— y los demás autores y exégetas que trataron originalmente el asunto, entre ellos Rufino de Aquilea, Sozomeno y Sócrates de Constantinopla. En los siglos posteriores textos como la Legenda aurea —quizá el libro de vidas de santos más importante de la Edad Media, compilado por Jacobo de la Vorágine en el siglo XIII— siguieron consagrando esta visión de los hallazgos de Helena, en la que la emperatriz solo encontró las reliquias relacionadas directamente con la muerte de Jesús. De los Reyes Magos, ni el rastro.

Quien sí dijo encontrar el rastro de los tres magi bíblicos fue, atención, Marco Polo. Al dictar sus Viajes de 1299 —un volumen más conocido como El libro de las maravillas—, el mercader veneciano explicó que a su paso por Persia –«antiguamente una inmensa provincia, noble e importante, pero en el presente los tártaros la han destruido y diezmado»–, contempló personalmente las tumbas de los Reyes Magos en «la ciudad de Saba», donde nadie supo explicarle nada sobre ellos «exceptuando que eran reyes y que fueron sepultados ahí en la antigüedad». Estaban enterrados «en tres grandes y magníficos sepulcros», especificó, coronados con «un templete cuadrado, muy bien labrado. Estos sepulcros se hallan el uno junto al otro. Los cuerpos de los reyes están intactos, con sus barbas y sus cabellos. El uno se llamaba Baltasar, el otro Gaspar y el tercero Melchor».

El texto del veneciano relata también que «un poco más lejos, y a tres días de viaje, se halla un alcázar llamado Cala Atapereistan, que significa: castillo de los adoradores del fuego», habitado por un pueblo que, en efecto, adoraba a las llamas. La razón, según «averiguó más tarde» el viajero, era que «en la antigüedad tres reyes de esta región fueron a adorar a un profeta que acababa de nacer y llevarle tres presentes: el oro, el incienso y la mirra, para saber si ese profeta era dios, rey terrenal o médico, pues dijeron que si tomaba el oro, era rey terrenal; si el incienso, era un dios; si la mirra, entonces era un médico». Siempre según Marco Polo —que aquí refiere a su vez lo que cuentan los habitantes del lugar—, Jesús les entregó a cambio una piedra que al ser arrojada después al suelo por los magos provocó un fuego de carácter sobrenatural, que cada uno de ellos prendió y se llevó a su lugar de origen para que fuera adorado sin que jamás se extinguiera, dando lugar así a un culto en la persona de los tres monarcas cuya liturgia tenía por protagonista a las llamas. «Todo esto le contaron a mi señor Marco Polo y también que los tresReyes Magos el uno era de Saba, el otro de Ava y el tercero de Cashan», concluye.

La Adoración de los Magos, de Girolano da Santacroce, c. 1525.

¿Hay que creérselo? No demasiado. Aun cuando fuese cierto que así se predicaba en Oriente Medio en el siglo XIII, la historia sobre los Reyes Magos que refiere Marco Polo recuerda inevitablemente a una leyenda de origen armenio popularizada en la Europa cristiana a partir del siglo IX, aquella en la que los magi recibieron por primera vez la condición de reyes y los nombres con los que los conocemos hoy en día. En ella visitaban al mesías confundiéndolo con un médico —de ahí la mirra— y eran agasajados también con presentes entregados por el propio Jesús, como imponía su estatus de monarcas. Es una versión de los hechos que resuena en el Evangelio Armenio de la Infancia5, 10—, un texto apócrifo según el cual «un ángel se apresuró a ir al país de los persas» en el momento mismo de la Inmaculada Concepción «para prevenir a los Reyes Magos y para ordenarles que fuesen a adorar al niño recién nacido». Según este mismo evangelio, «los Reyes Magos eran tres hermanos: el primero, Melkon, que imperaba sobre los persas; el segundo, Baltasar, que prevalecía sobre los indios; y el tercero, Gaspar, que poseía el país de los árabes».

¿Cómo es que la versión oriental del mito acabó imponiéndose en Occidente? La primera pista está donde empezamos, en Colonia, y es inmensa. Su catedral, el templo gótico más grande de Europa septentrional, comenzó a erigirse en el año 1248 para constituirse en tumba de los Reyes Magos, tardó seis siglos en construirse y cuando se completó en 1880 era el edificio más alto del mundo. Y sin embargo la Biblia no cuenta nada sobre sus inquilinos. Al presentarse ante Jesús en el Nuevo Testamento no se especifica su nombre, ni su número ni que fueran reyes y solo posiblemente podrían aparecer mencionados en el Antiguo, aunque de pasada y muy por los pelos. Al profetizarse la venida del mesías en los Salmos72, 9—, el texto reza «que se inclinen ante él las tribus del desierto, y sus enemigos muerdan el polvo; que los reyes de Tarsis y de las costas lejanas le paguen tributo. Que los reyes de Arabia y de Sebá le traigan regalos; que todos los reyes le rindan homenaje y lo sirvan todas las naciones». Al aludirse reyes y tres naciones, hay quien ha querido ver con mucha imaginación una mención a los tres hombres que visitaron a Jesús. Y al mencionarse Tarsis, por cierto, hay quien le ha puesto todavía más entusiasmo y ha propuesto que los Reyes Magos eran andaluces.

Sea como fuese, lo cierto es que las reliquias de los magi bíblicos atrajeron gran tráfico de peregrinos y constituyeron una de las grandes sensaciones de la Europa medieval, como ilustró —y solo ilustró— Umberto Eco en Baudolino. La magnitud artística del gran Dreikönigsschrein, el relicario que alberga sus cuerpos, es prueba también de la dimensión política y económica que los cuerpos de los Reyes Magos llegaron a tener en el Sacro Imperio Romano Germánico, espiritualidad aparte. Aunque pasaron brevemente por Constantinopla y después reposaron más de ocho siglos en la Basilica di Sant’Eustorgio de Milán, el emperador del Sacro Imperio Federico I Barbarroja saqueó la ciudad en el año 1164 y robó los cuerpos de Melchor, Gaspar y Baltasar, que legó seguidamente al poderoso arzobispado de Colonia en una hábil maniobra política. Incluso antes de verse finalizado el ambicioso relicario que les daría sepultura, ya jugaba un papel fundamental en las guerras de poder del imperio, una dimensión que conservaría durante siglos. Cuando Otón IV coronó sus cráneos, por ejemplo, no era siquiera el monarca legítimo y se disputaba el título aún con Felipe de Suabia. Se estaba coronando a sí mismo, en otras palabras.

Así que niegue, lo dicho, cuando oiga aquello de que los Reyes Magos no existen o, como poco, relativice. Existen, o al menos llamamos así a las tres mismas personas desde hace más de mil ochocientos años, lo que constituye un acto existencial importante. Otra cosa es lo que hagamos cada cual la noche del 5 de enero o que señores pintados con un corcho quemado se den baños de masas en las cabalgatas. O por supuesto que hicieran magia, que uno fuese negro y el otro tuviese la barba cana o que llegasen acaso a entrevistarse hace dos milenios con un niño llamado Jesús. A estas alturas, eso es lo que menos importa.

Fotografía:  Iberia Airlines (CC).

Aplaudamos a los intransigentes y matemos a los sensatos

Trasladando a detinidos tras la revolución de Asturias, 1934 (DP)

Trasladando a detinidos tras la revolución de Asturias, 1934 (DP)

¿Exagerado? Veamos lo que dice Gabriel Jackson en su libro La República española y la Guerra Civil:

Gil Robles hizo caer al gobierno en marzo por su negativa a aceptar la conmutación de las sentencias de muerte contra los dirigentes asturianos, la prensa monárquica lo alabó por su intransigencia. A principios de mayo la CEDA volvió a formar parte del gobierno, esta vez con el propio Gil Robles como ministro de Guerra, mientras los monárquicos le acusaban de traición por haber «aceptado» la república.

Bien. Vamos por partes… ¿Quiénes eran los dirigentes cuyas condenas Gil Robles no quería conmutar? ¿Peligrosos revolucionarios, asesinos despiadados de curas indefensos? No. Eran dos diputados socialistas que si se habían destacado en los sucesos de Asturias era por todo lo contrario, por su humanidad, por su moderación, por su prudencia. González Peña, como miembro del comité revolucionario que se formó cuando los mineros y obreros sublevados tomaron Oviedo, se encargó, con grave riesgo personal, de evitar las ejecuciones de detenidos, de tratar de convencer a sus camaradas de la necesidad de una rendición pactada (por lo que fue acusado de cobardía y casi condenado a muerte por sus propios compañeros) y de impedir que los mineros volaran la catedral con la dinamita que habían traído de las minas. Él mismo dijo en su defensa que «Había salvado la vida a cien guardias de asalto y guardias civiles» y era cierto, si bien pese a todo hubo algunos fusilamientos de curas y policías, pero muchos menos de los que la propaganda de derechas hizo creer. Teodomiro Menéndez había tenido un papel más reducido: su único delito había sido intervenir en la defensa y protección de los detenidos por los revolucionarios, logrando que algunos de ellos fueran trasferidos a casas particulares «en calidad de detenidos», pues pensó que allí estarían más seguros, como de hecho así era. Por todo esto el gobierno de Lerroux y Gil Robles (y sobre todo el tribunal militar que los juzgó) los consideraba tan peligrosos y culpables como el más peligroso y culpable de los revolucionarios. Para las derechas españolas no había ninguna diferencia entre intentar salvar a un cura o un policía, evitar incendios, destrucciones, violaciones y saqueos y hacer todo lo contrario. Ambos delitos merecían la misma pena.

Manuel Azaña (DP)

Manuel Azaña (DP)

¿Tan extraño es esto? No si consideramos que hasta quisieron meter a Azaña en el mismo saco, no si tenemos en cuenta la feroz campaña que se instigó contra él, no si tenemos en cuenta que el mismo director general de Seguridad anunció a los periodistas que «Azaña y su banda» habían huido a través de una alcantarilla que había en los sótanos de la Generalitat cuando, como bien dice Jackson, «Si el director hubiera comprobado con el policía que él mismo había designado para vigilar a Azaña, se habría enterado de que este no había ido a la Generalitat, y de haber consultado con la policía de Barcelona, se habría enterado de que tal alcantarilla no existía». Pese a todo Azaña fue detenido y acusado como colaborador en el fallido intento secesionista catalán, y también se le quiso acusar, sin ninguna prueba, de ser uno de los iniciadores de la revuelta asturiana y pasó varios meses en la cárcel. Y pese a todo, al núcleo duro de los monárquicos y la extrema derecha le pareció que en gobierno se había quedado corto en la represión de los mineros asturianos y que tenía que haber sido mucho más duro con socialistas, comunistas y catalanistas. Para ellos 1934 fue una oportunidad perdida de solucionar los problemas del país.

Los miles de mineros detenidos les parecían poco. Los cientos de fusilados les parecían poco. Los asesinatos, torturas y violaciones cometidas por los soldados de la Legión, por las tropas moras y por los guardias civiles les parecía una buena política, algo absolutamente necesario y justificable; y por eso el único acusado de torturas, un comandante de la guardia civil que era muy conocido por sus métodos sádicos de interrogatorio, fue trasladado por «insubordinación», pero no condenado por torturador; y por eso, también, el gobierno hizo la vista gorda cuando Luis Sirval, un periodista liberal de Oviedo, fue muerto a tiros en plena calle por un oficial del Tercio al que le habían molestado sus artículos. Durante todo el año siguiente, el gobierno aplicó la censura de prensa y amparándose en el estado de alarma los ayuntamientos de izquierdas, los jurados mixtos, la Generalitat de Cataluña y el Estatuto de Autonomía estuvieron suspendidos; pero a los que clamaban contra la república desde el ABC o desde los púlpitos de las iglesias esto les parecía poco. Y pedían a Gil Robles y a los diputados de derechas más contundencia contra los enemigos de la religión y de la patria. Y pedían más aún: pedían que se anularan todas las acciones del gobierno de Azaña, pedían (y conseguían) que no se llevara a término ninguna reforma agraria, que se paralizara la construcción de escuelas públicas, que no se realizara reforma fiscal alguna… Pedían que se volviera al estado anterior a la república, que se volviera a la monarquía y al poder omnipresente de la Iglesia, y cuando esto iba más lento de lo que esperaban o no se podía cumplir, entonces no tenían el menor reparo en acusar de traidores a sus propios dirigentes, que, dicho sea de paso, se desvivían por complacerles.

¿Todos eran igual de intransigentes en la derecha española? ¿Y en la izquierda, no había intransigentes en la izquierda?

José María Gil Robles (DP)

José María Gil Robles (DP)

Lo primero que hay que decir es que dentro del gobierno conservador, durante los años 1934-1935, hubo verdaderos intentos de mejorar la situación social y económica del país. Tenemos a tres ministros de derechas, Manuel Giménez Fernández, ministro de Agricultura, a Filiberto Villalobos, ministro de Instrucción Pública y a Joaquín Chapaprieta, ministro de Hacienda, que, cada uno en su campo, intentaron hacer reformas para sanear la economía (incluyendo mayores impuestos para los ricos, como por ejemplo Chapaprieta con los impuestos de herencia y transferencia), para aumentar el nivel cultural del país (con la continuación de la construcción de escuelas laicas municipales, en un país donde el analfabetismo aún era muy alto: el caso de Villalobos), y sobre todo para mejorar la calidad de vida de los campesinos españoles (el caso de Manuel Giménez, cuya ley de arrendamientos le valió el apelativo de «el bolchevique blanco»), pero estos tres intentos fracasaron muy pronto porque se tropezaron con el mismo muro: la hostilidad de los sectores más reaccionarios de sus propios partidos. ¿Resultado? No se hizo nada. O se hizo todo lo contrario… Los terratenientes obtuvieron más poder. La Iglesia continuó monopolizando la enseñanza. Los ricos siguieron sin aportar casi nada al erario público, y dejando que otros cargaran con el peso de un Estado que les beneficiaba enormemente. Luego, para matar dos pájaros de un tiro, utilizaron la excusa de la falta de recursos económicos para lastrar a las instituciones educativas que consideraban sospechosas, sobre todo las que tenían que ver con la Institución Libre de Enseñanza, como la Universidad de Madrid en Santander, las misiones pedagógicas o la facultad de Medicina de Madrid. Y cuando los campesinos andaluces se morían literalmente de hambre no tenía el menor reparo en gritarles «Comed república».

Pero dejemos que Jackson conteste a una de las preguntas fundamentales que cualquiera que investigue esta época tiene que hacerse:

Exceptuando ciertos matices, el gobierno de 1935 era descaradamente reaccionario. Se negó a la reforma agraria y dotaba miserablemente la educación pública. Devolvió sus propiedades a los jesuitas, favoreció al sector antirrepublicano del ejército, y se negó a aprobar impuestos que de alguna manera perjudicaran a los ricos. Su impopularidad y su carencia de programa le forzó a depender constantemente de poderes de excepción.

Y merece la pena detenerse un momento en las palabras que he remarcado…

Descaradamente. No es lo mismo hacer cambios, si bien demasiado ambiciosos y ingenuos, como los que pretendía Azaña en el primer gobierno republicano, pero al mismo tiempo muy respetuosos, tratando de ser lo menos ofensivo posible y de cumplir con la más estricta legalidad, que hacer una política violenta, hipócrita, ofensiva, cruel, insensible, y basada siempre en una posición de fuerza. Cuando Azaña quiso reducir el número de oficiales del ejército los jubiló con toda la paga, cuando quiso expropiar las propiedades de los jesuitas y las fincas agrarias de los terratenientes, lo hizo pagando indemnización, aceptando recursos legales de las partes contrarias y soportando por eso largos juicios, etcétera. En cambio, el gobierno de Lerroux y Gil Robles no anuló directamente la ley de Arrendamientos de su ministro de agricultura, sino que la enredó y retorció de tal forma, añadiendo cláusulas y términos legales confusos y utilizando toda clase de trucos y obstáculos ocultos, que al final la ley lejos de beneficiar a los campesinos llegó incluso a perjudicarlos. ¿No hubiera sido mejor anularla y en paz? Bien que actuaban directamente y sin máscaras en otros asuntos. Bien que destituyeron rápidamente a su autor, como también se quitaron rápido de en medio al responsable de la educación del país. ¿Qué pensaban, que con confundir a pobres campesinos analfabetos solucionaban el gravísimo problema del campo español?

De alguna manera. Al igual que ya le pasó a Martín de Garay, que intentó una reforma fiscal en tiempos de Fernando VII, las clases privilegiadas españolas no toleraban ninguna actuación que pudiera ir, aunque fuera levemente, contra ellos y su poderío económico. Por muy desesperada que fuera la situación económica del país…

Constantemente. Un gobierno que en todo momento se tiene que mantener con la fuerza es un gobierno débil. Tal vez aguante por un tiempo, pero si no resuelve sus problemas internos, más pronto o más tarde caerá.

Cartel electoral con José María Gil Robles (DP)

Cartel electoral con José María Gil Robles (DP)

…Y es un mal asunto, porque mientras no haya amenaza de una alternativa será muy difícil obtener concesiones Ni siquiera se logrará que los que han ceder se avengan a negociar. No tienen por qué. Hoy, el nivel de protesta es controlable: basta la policía. No hacen falta concesiones.

Decía Josep Fontana en una reciente entrevista en El País. Así que si es suficiente con la violencia el gobierno no hace nada, y si el gobierno no hace nada el problema no se soluciona, solo se alarga. La República, a la altura de 1935, tenía la cabeza en la guillotina, y todos contenían la respiración. Cada vez había más gente desencantada, cada vez habían más discursos incendiarios, provocadores, intransigentes con la boca llena de insultos y mentiras y público aplaudiendo y pidiendo más a gritos (y esto en los dos bandos, recordemos el caso de Indalecio Prieto y el contrabando de armas en Asturias). Y ya se sabe. Si el público pide la cabeza del gladiador, el gladiador pierde su cabeza. Y al final todos perdieron, los que tanto temían la revolución la acabaron provocando, los que esperaban impacientes la revolución perdieron su oportunidad, su única oportunidad (otra cosa es si a largo plazo era viable una revolución en España) y lo pagaron amargamente, y los que querían beneficiarse de todo este revuelo, los que querían pescar en aguas revueltas, acabaron perdiendo el pez, la caña y el permiso de pesca. ¿Para qué le sirvió a Alfonso XIII el dinero que le mandó a Franco al principio de la guerra? ¿Pensaba que Franco iba a hacer el trabajo sucio por él, como antes había sucedido con Primo de Rivera, con el almirante Aznar, con el general Berenguer, o como los legionarios de Yagüe en el 34? Si es así poco conocía a Franco.

¿Era ya inevitable la guerra en el 35, en el 34, en el 31 incluso? No lo sé. Lo que sé es que algo se convierte en inevitable cuando los que lo pueden evitar no lo evitan. Y luego no vale lo de Fuenteovejuna, porque los habitantes de Fuenteovejuna, como todo el mundo, tienen nombre y apellidos. Y como dice el gran Orwell, «algunos animales son más iguales que otros». Quizá ya es hora de ir desgranando nombres…

La historia de Thin Lizzy en cuarenta canciones

Thin Lizzy. Foto: Harry Potts (CC)

Thin Lizzy. Foto: Harry Potts (CC)

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Supongo que habrá muchas personas a quienes no les diga nada este nombre. Hoy en día no demasiada gente tiene presente a Thin Lizzy y a su líder Phil Lynott, aunque un numeroso puñado de adoradores lo situemos sin ningún tapujo entre los más grandes (por si les sirve de presentación el dato, el mismísimo Bob Dylan lo calificó como «un genio»). Pero el gran público, por desgracia, ha olvidado en gran medida su figura, de cuya trágica desaparición se han cumplido veinticinco años cuando escribimos estas líneas.

La historia de Thin Lizzy comenzó en 1970. Dos amigos que llevaban tocando juntos desde el colegio, el cantante y bajista Phil Lynott y el batería Brian Downey, actuaban en un pub de Dublín cuando un guitarrista pelirrojo llamado Eric Bell se acercó para proponerles la formación de una banda. El nuevo trío fue bautizado por Bell con un juego de palabras en referencia a un cómic llamado Tin Lizzie, que hablaba de una mujer robot; aunque a los otros dos el nombre les pareció horrible, así se quedó. Comenzaba una andadura de trece intensos años y doce álbumes en estudio durante los cuales Thin Lizzy sufriría infinidad de cambios —únicamente los dos viejos colegas de la infancia, Lynott y Downey, estarían de principio a fin—, siendo uno de los grupos con una vida más convulsa en toda la historia del rock. Y sin exagerar: a partir de determinado momento, prácticamente no hubo una gira de presentación de un disco en la que no perdiesen a un miembro por un motivo u otro.

Con todo, desde unos inicios interesantes pero relativamente carentes de personalidad propia y pese a los numerosos tropiezos en su carrera, fueron mejorando disco a disco hasta desarrollar un sonido único, alcanzando niveles de auténtica magia que en algunas canciones llegan a poner los pelos de punta. Su evolución a lo largo de aquellos trece años fue muy intensa, y los Thin Lizzy de 1983 en nada se parecen a los de 1971, aunque ambos son igualmente interesantes (la mayoría de los fans, yo incluido, destacarían sobre todo el periodo 1976-1979). Quien todavía no los tenga presentes, ha de saber que hay pocos momentos en la vida musical de una persona como el descubrimiento de las joyas «ocultas» de Thin Lizzy. En fin, sirva este artículo para reivindicar a la banda irlandesa más grande de todos los tiempos, a un grupo que no obstante su relativa menor fama bien merece figurar junto a otros grandes nombres cuyo repertorio hemos repasado en otras ocasiones. Y decir a aquellos lectores a quienes no les llamen la atención las primeras canciones, que lo intenten con las posteriores: la discografía de Thin Lizzy es tan rica y tan variada en estilos que resulta imposible que alguien no encuentre finalmente su canción.

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The Farmer (single, 1970)

La primera grabación publicada por los dublineses es una canción de corte típicamente americano, que pese a su sonido crudo —evidentemente fue registrada con pocos medios— ya muestra que Phil Lynott, principal compositor de la banda, tiene una gran facilidad para crear líneas vocales de corte melódico, una tendencia que irá cultivando más y más conforme pasen los años. Es desde luego una bonita canción, aunque se queda en mera anécdota en comparación con algunas de las joyas del futuro.

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Thin Lizzy (1971)
Thin_Lizzy_1971

El trío comienza a llamar la atención en Dublín gracias a sus directos, pero saben que en Irlanda no hay salida porque apenas existe una industria musical. Quienes han conseguido el éxito, como los Them de Van Morrison o los Taste de Rory Gallagher, lo han hecho partiendo hacia Inglaterra. Así que cuando la compañía discográfica Decca les hace una oferta, los Thin Lizzy no dudan en mudarse a Londres para grabar su álbum de debut. Aunque aún están bastante lejos de su madurez musical, este es un buen disco que contiene muchos guiños a The Jimi Hendrix Experience, su modelo a imitar en aquella etapa primeriza. Eso sí, los Lizzy parecen más preocupados en ejecutar un rock progresivo donde poder lucirse como instrumentistas que en crear melodías memorables, así que como otros álbumes de su primera etapa, este debut quedará «sepultado» en la memoria. Hay veces en que discos muy correctos como el presente palidecen cuando sufren la inevitable comparación con trabajos mucho más redondos grabados por la misma banda más adelante. Con todo, es un debut interesante, donde quizá lo más flojo no es la música del grupo en sí, sino la producción. Apenas hay un intervalo de seis años entre este debut y sus mejores discos, pero en lo que respecta al sonido parece que hubiesen transcurrido veinte.

«Ray-Gun»: Una imitación muy lograda de lo que Jimi Hendrix, fallecido el año anterior, hizo en sus últimas grabaciones. Los tres miembros de Thin Lizzy eran grandes fans de Hendrix y la influencia del guitarrista estadounidense es prácticamente omnipresente en esta canción: guitarras wah-wah, riffs muy rítmicos… una muestra perfecta de la etapa hendrixiana de los irlandeses.

«Look what the wind blew in»: Más riffs progresivos y más guiños a Hendrix e incluso a Deep Purple. Seguramente es el tema más memorable de este primer disco, gracias a sus originales estructuras rítmicas y a sus constantes pero nunca gratuitos cambios. Aunque también adolece de una relativa cortedad de medios de grabación y de unas mezclas algo anticuadas, se intuye perfectamente que Thin Lizzy son una banda con una base instrumental perfectamente engrasada.

«Eire»: Phil Lynott desarrolló un intenso amor hacia la historia y mitología irlandesas, asuntos que estudiaba fervientemente. Al contrario que los citados Van Morrison o Rory Gallagher, quienes no hacían exagerada profesión pública de nacionalismo y que en Inglaterra eran casi considerados artistas británicos más que solamente irlandeses, Phil Lynott siempre llevó a Irlanda por bandera. Irlanda será la musa de no pocas de sus canciones y Lynott siempre procurará que en Inglaterra recuerden constantemente que él es, primero y ante todo, irlandés.

El disco de debut de Thin Lizzy no obtuvo ningún éxito, pero esto no significa que no diesen que hablar en el competitivo mundillo musical londinense como habían dado que hablar en Dublín. La mejor muestra: el guitarrista de Deep Purple, Ritchie Blackmore, quedó completamente fascinado con la voz de Phil Lynott e intentó ficharlo para formar un nuevo trío llamado Baby Face, que iba a estar integrado por Blackmore, Phil Lynott y por el batería de los Purple, Ian Paice. El proyecto era tan serio que llegaron a ensayar en alguna ocasión, y aunque los tres «sonaban muy bien juntos», Lynott todavía no había alcanzado un gran nivel como bajista —su primera vocación era la de cantante y había empezado a tocar el bajo bastante tardíamente—, así que el usualmente expeditivo Blackmore, tras resistirse a abandonar para no perder la voz de Lynott («nunca le he visto dudar tanto en torno a algo», diría más tarde Ian Paice) decidió finalmente aparcar el proyecto mientras Phil no mejorase como bajista. Por desgracia, y aunque Lynott efectivamente mejoró con el tiempo, este hipotético supergrupo nunca llegaría a materializarse y ahora solo podemos imaginar cómo hubiese sonado.

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Shades of a Blue Orphanage (1972)
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El segundo álbum da la impresión de haber sido compuesto con cierta precipitación: aunque es otro disco correcto, es irregular y hay canciones bastante destacables junto a otras más flojas. Phil Lynott sigue haciéndose cargo de casi toda la composición, pero todavía está intentando encontrar una forma de expresión propia y salvo excepciones —que las hay— no se lo ve particularmente inspirado. Quizá influyeron los muy serios problemas económicos que estaban afrontando en Londres. Thin Lizzy ya son un buen grupo, nadie lo duda a estas alturas, pero en 1972 siguen sonando a derivación de otras bandas ya existentes. Y aún está por llegar el momento en que una grabación capte la auténtica energía que podían llegar a desplegar. El estilo sigue siendo bastante similar al del primer disco: hard rock con tintes progresivos, muy centrado en la faceta instrumental. De nuevo es un fracaso de ventas.

«Call the police»: En mi opinión, la mejor canción del álbum. Un fantástico tema muy en la línea de «Look what the wind blew in» del anterior disco y que hará las delicias de cualquier fan de Hendrix o de Deep Purple.

«Sarah» (1972): Una de las diversas baladas dedicadas a las mujeres de su familia que Lynott escribirá durante su carrera, esta vez dirigida a su abuela, que ayudó a criarlo cuando era pequeño mientras su madre —una proletaria soltera— tenía que trabajar en Inglaterra dejando al pequeño Phil en Dublín. Cabe distinguir esta canción de otra titulada exactamente igual (y musicalmente mucho, mucho mejor) que grabarán seis años más adelante con ocasión del nacimiento de la primera hija de Lynott. Comparando ambas canciones veremos cómo creció la capacidad de Phil Lynott como compositor en ese periodo de tiempo. Aquí, en 1972, escribe bonita música… pero ya está, eso es todo. En 1978, sin embargo, sabrá cómo encogernos el corazón. Pero vayamos paso a paso:

«The rise and dear demise of the funky nomadic tribes»: Con semejante título y con siete minutos de duración podríamos pensar que nos hallamos ante el típico desvarío progresivo más bien intragable y típico de los años setenta, pero nada más lejos. Se trata al contrario de un tema muy movido, con un sonido a medio camino entre Led Zeppelin y el funk bailable de James Brown, lo cual hace que sea una canción muy divertida, de lo mejor del disco.

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Funky Junction Play a Tribute to Deep Purple (proyecto paralelo, 1972)

Después de dos álbumes publicados y una total falta de éxito, la bancarrota tiene al trío irlandés contra las cuerdas. Es decir: pasan hambre. Hasta el punto de que Lynott y compañía piden copias promocionales de su propio álbum a la discográfica, ¡para revenderlas ellos mismos y poder comprar comida! Sumidos en la pobreza, se ven obligados a aceptar encargos de lo más extraño. El más célebre es la grabación —junto a un cantante y un teclista invitados— de un disco de tributo a Deep Purple en el que no podrán firmar con sus propios nombres, sino con seudónimos. Phil Lynott, recordemos, había estado a punto de formar una banda con el mismísimo Ritchie Blackmore, pero ahora se ve relegado al papel de tributario anónimo para poder llenar la nevera. El resultado, no obstante, es musicalmente muy bueno. Thin Lizzy se hacen cargo de la base rítmica sin ningún tipo de problema, aunque como nunca figuraron en los créditos mucha gente ha escuchado este álbum sin saber que Phil Lynott, Eric Bell y Brian Downey estaban detrás. Y la verdad es que es su presencia lo que explica que lleguen a sonar casi tan bien como los propios Purple. Y eso es mucho decir, teniendo en cuenta que grabaron el disco ¡en un solo día!, después de haber ensayado juntos ¡durante dos o tres horas!

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Whiskey in the jar (single, 1972)

 A finales de 1972 Thin Lizzy están francamente desanimados por lo mal que les están yendo las cosas en Inglaterra: hacen buenos conciertos y se ganan la admiración de los músicos locales, pero sus discos crían telarañas en las tiendas sin que nadie se los lleve a casa. Para mayor ironía, vende mucho más el tributo a Deep Purple que han grabado como mercenarios a sueldo pero del que no reciben cheques como autores y del que por contrato no pueden revelar que son los protagonistas, así que ni siquiera tienen ocasión de aprovechar el tirón de Funky Junction. Necesitan algún estímulo, alguna recompensa… y dicha recompensa llegará por casualidad.

Mientras trabajaban en el estudio para dar forma a su tercer álbum, los tres irlandeses decidieron relajarse tocando canciones del folclore de su país. Considerándolo un mero divertimento para desconectar un poco, no tenían la más mínima intención de grabarlas y mucho menos de comercializarlas. Sin embargo, el productor los había estado escuchando muy atentamente y emocionado por la particular interpretación que hacen del tema tradicional Whiskey in the jar, insiste en que la graben para lanzarla como single. Los dublineses le miran incrédulos, pero hacen caso y la graban con total escepticismo, considerando que una pieza del folclore irlandés nunca interesará a los británicos. Pues bien: los Lizzy no acertaron y por una vez fue una discográfica la que tuvo razón en algo. Para sorpresa de Lynott, Bell y Downey, «Whiskey in the jar» se convierte repentinamente en su primer éxito en las listas de singles.  Les costó creerlo cuando un empleado de las compañía les telefoneó para decirles que la canción estaba vendiendo, y mucho. Aquello significaba que finalmente iban a salir de pobres, que la gente iba a oír hablar de ellos, que iban a  participar en giras más rentables teloneando a artistas más conocidos como Slade y Suzi Quatro. Su suerte parecía haber cambiado. Aunque como ya veremos, en Thin Lizzy la buena suerte jamás duraba demasiado.

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Vagabonds of the Western World (1973)
Vagabonds_of_the_Western_World

Quizá espoleados por el éxito de Whiskey in the Jar, terminan de grabar su tercer LP y este resultará ser el mejor hasta la fecha. El grupo está empezando a encontrar una voz propia que va más allá de la reelaboración del estilo de otros. La producción consigue captar, si quiera por momentos, la verdadera energía del trío. Eric Bell se convierte en un guitarrista todavía más efectivo. Brian Downey empieza a creerse lo bien que toca la batería, y Phil Lynott está aprendiendo a cantar con más soltura y a escribir letras que empiezan a llamar la atención. Thin Lizzy se encuentran finalmente en el buen camino. Solamente faltan las melodías verdaderamente memorables que abundarán en discos posteriores. Sea como fuere, tampoco este álbum tendrá ningún éxito. Lo de Whiskey in the jar se antoja un espejismo y las escasas ventas de Vagabonds of the Western World parecen indicar que los Lizzy están condenados a retornar a las cloacas de la industria, pese a que nunca han dejado de ser una muy buena banda.

«The Rocker»: Antes de esto quizá tenían buenas canciones, pero salvando «Whiskey in the jar» que era una composición ajena, nunca habían grabado nada tan poderoso. «The Rocker» será su canción más impactante hasta la fecha y el primer tema con vocación de himno inmortal de su repertorio. Musicalmente es mucho más sencilla, directa y con más pegada que el hard rock progresivo que los había caracterizado hasta entonces. Eric Bell aporta el riff asesino que da forma al tema y también un largo e impresionante solo de guitarra (¡no sobra ni una nota!) que nunca baja de intensidad, al contrario: sube y sube y sigue subiendo. Por su parte, Phil Lynott nos cuenta con total naturalidad su vida como macarra: chicas, peleas, bebida, etc. Sus letras han seguido mejorando y empiezan a parecer películas, con una sorprendente capacidad para evocar imágenes y escenas de una extraordinaria viveza, como si estuviésemos viéndolas en una pantalla. Además está perdiendo el miedo a cantar con más desparpajo y agresividad. Su bagaje callejero (como Lynott decía recordando su infancia: «crecí en una calle donde la única manera de hacerte una reputación era ser un tipo duro… y yo me hice una reputación») empieza a notarse en su música. Lo de Brian Downey a la batería merece mención aparte, como de costumbre. Uno de los singles más demoledores de los años setenta que incomprensiblemente —como sucede con tantos otros temas de Thin Lizzy— no está en el subconsciente colectivo ni siquiera de muchos aficionados al rock, pero que para algunos de nosotros puede competir con lo más fiero que haya grabado cualquier otra banda en aquella década. Son como Motörhead antes de que hubiera unos Motörhead. Esta es una canción mucho menos melódica que sus joyas del futuro, pero para mí merece contarse entre sus mejores temas. Impresionante.

«Mama nature said»: Cuanto más se van ajustando Thin Lizzy al formato de canción sencilla y directa, más ganan sus composiciones en efectividad. En este disco siguen sin estar en su punto más álgido (con la mencionada excepción de la apabullante «The Rocker») pero sus temas suenan más vivos, menos «intelectuales», menos centrados en complicar las estructuras o en hacer alardes instrumentales. Esto es otra fantástica muestra de su lenta pero segura evolución.

Sin embargo, Thin Lizzy están condenados a no conocer jamás una existencia apacible. En plena gira de presentación de este su tercer disco, el guitarrista Eric Bell abandona repentinamente el barco, cansado de dar tumbos sin que el grupo despegue comercialmente y sobre todo preocupado por los efectos que en su salud está teniendo el salvaje estilo de vida al que ya han empezado a entregarse gracias a las ventas del single Whiskey in the jar. Lynott y Downey, pues, se quedan compuestos y sin guitarrista. En pleno tour. Un desastre. Se ven obligados a recurrir a un viejo amigo irlandés para terminar la gira: un joven Gary Moore al que conocían de la escena musical de Dublín (Lynott y él habían tocado juntos). Con Gary Moore a las seis cuerdas finalizarán las fechas contratadas. Moore también les ayudará a grabar algún videoclip promocional e incluso participará en algún tema de su siguiente álbum, pero tiene sus propios proyectos y no puede ejercer más que como parche temporal. Así que habrá que buscar nuevo guitarrista.

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Nightlife (1974)
Nightlife

Para grabar el cuarto LP, Lynott y Downey toman una decisión sorprendente: abandonar el formato de trío y reclutar no a uno, sino a dos nuevos guitarristas. Uno es Scott Gorham, el primer estadounidense que pasó por la banda. Californiano, de carácter apacible y desenfadado, había llegado a Europa huyendo de su vida como drogadicto en los EE. UU. y Lynott decidió ficharlo porque le interesaba mucho tener la influencia musical de un estadounidense en la banda (no en vano los dos grandes ídolos de Lynott eran americanos: Jimi Hendrix y Elvis Presley). El otro fichaje es un adolescente escocés de diecisiete años, Brian Robertson, cuyo carácter será más bien fogoso e incluso descontrolado por momentos, pero cuya guitarra parece encajar muy bien en el grupo y que se complementa con el estilo de Gorham. Los cuatro graban este nuevo disco con cierta precipitación y lo cierto es que, sin ser un mal disco, no hace justicia al potencial que la banda atesoraba. Resultó ser demasiado inconexo, con algunas canciones buenas pero también con bastante material de relleno. Al igual que los tres álbumes anteriores, tampoco tuvo ningún éxito y en el grupo no quedaron muy contentos con él.

«Still in love with you»: El tema más conocido y casi con seguridad el mejor del álbum, una melancólica balada en la que Lynott comparte voces con Frankie Miller y donde Gary Moore, pese a no estar ya en la banda, aparece tocando la guitarra solista. «Still in love with you» es la típica canción que se ajusta perfectamente a la «maldición Thin Lizzy»: la gente no le prestó ninguna atención en su momento y solamente más tarde descubrió el público lo buena que realmente era, convirtiéndose incluso en uno de los temas básicos de su repertorio en directo.

«Sha-la-la»: Quizá un tema menor en su discografía, pero donde podemos escuchar ya lo que se convertirá en marca de fábrica del nuevo cuarteto y que tantos grupos —especialmente de rock duro— imitarán en el futuro. Hablo, cómo no, del twin guitar sound. Las «guitarras gemelas» de Gorham y Robertson. Algo que ya habían hecho por ejemplo Allman Brothers Band, pero que Thin Lizzy se llevarán a su terreno y adaptarán al rock más enérgico de manera muy particular y reconocible. Gorham y Robertson hacen melodías al unísono como si estuviesen interpretando pequeñas canciones independientes dentro de la canción principal. El invento aún está por perfeccionar, pero ya contiene la semilla de lo que será uno de los puntos fuertes de su estilo.

«Philomena»: Lynott había crecido sin conocer a su padre y esta canción —que adapta melodías típicamente irlandesas— habla sobre su madre, la entrañable Philomena Lynott, quien todavía hoy es la máxima responsable de que el tremebundo legado de su hijo no se pierda en el olvido y haya sido reconocido en Irlanda incluso con una escultura en las calles de Dublín.

Pese a las flojas ventas de Nightlife, el poderío de los nuevos Thin Lizzy en directo hace que reciban el apoyo de algunas bandas importantes. El estadounidense Bob Seger se los lleva como teloneros a América. Allí giran también con los Bachman Turner Overdrive —entonces de moda gracias a su canción «You ain’t seen nothing yet»— y de quienes aprenderán una lección de profesionalidad: los Lizzy, acostumbrados a un caótico modo de vida, llegaron media hora tarde al primero de los conciertos de la gira. Al manager de los Bachman no le gustó nada el detalle y agarró del cuello al manager de Thin Lizzy, poniéndolo contra la pared y advirtiéndole de que a la siguiente estarían fuera del tour sin cobrar un dólar. Thin Lizzy no volvieron a retrasarse —sabían que los Bachman llevaban consigo armas cargadas en los camerinos, ¡mala idea provocar su ira!— y aprendieron cómo se las gastaban en el mundillo musical estadounidense (recordemos por ejemplo que el tour manager de Allman Brothers Band estaba por entonces en la cárcel tras apuñalar hasta la muerte al dueño de una sala que se había negado a pagarles el concierto). Los Lizzy eran tipos duros, pero América no era Inglaterra.

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Fighting (1975)
fighting

A raíz del tour estadounidense, los Lizzy grabaron un nuevo álbum, en el que una vez más se acusa cierta precipitación, aunque supone una sensible mejora con respecto al flojo Nightlife y realmente es la antesala de cosas más grandes en un futuro ya inmediato. Los dos guitarristas siguen jugando con el twin guitar sound, aunque aún les falta un pequeño escalón para conseguir la excelencia. Eso sí: quinto LP de la banda ¡y quinto fracaso en ventas! Parecían condenados a no salir jamás del relativo anonimato.

«Rosalie»: La repentina inseguridad de Lynott y de la banda respecto a sus propias composiciones, debida a la casi total falta de éxito comercial, hace que recurran otra vez a una versión para intentar asomar cabeza en las listas, aunque esta vez sin conseguirlo. Eligen un tema de Bob Seger, con el que acababan de girar. La versión es netamente inferior a la original de Seger, al menos en mi opinión, aunque desde luego está bien ejecutada y sobre todo ganaba muchos enteros en sus directos.

«King’s Vengeance»: Las dos guitarras permiten introducir nuevos matices y el grupo juega con algunos de los elementos que explotarán mucho más acertadamente en el siguiente disco. Nuevamente oímos la semilla de la etapa clásica de la banda, que está a punto de comenzar, pero que de momento solo se intuye.

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Jailbreak (1976)
Jailbreak

Ahora sí. Por fin. Tras terminar una gira junto a Status Quo, Thin Lizzy publican el sexto LP en seis años. Y a la sexta va la vencida. Este álbum puede ser considerado ya sin ningún tipo de tapujos como una auténtica obra maestra. Repentinamente dan un salto cualitativo de gigantes y llegan casi al pináculo de lo que puede hacerse en su estilo. Combinan melodías y potencia mejor que nunca, y lo hacen tan bien o mejor que cualquier otra banda guitarrera de ese mismo momento. Las canciones de Lynott son ahora mucho más inspiradas y sus letras rayan la perfección. Todo suena en su sitio, y lo que es más importante, cuando escuchamos los cortes por separado son casi invariablemente memorables, todos ellos, uno por uno. La mini-ópera rock Jailbreak supone la explosión de la «era clásica» de Thin Lizzy, en la que grabaron una buena parte de sus mejores canciones. El talento de Phil Lynott estalla y deja atónitos incluso a quienes ya le conocían bien de la escena musical británica. No hay una sola canción de relleno. No hay un fragmento de música que no merezca la pena. Ya no suenan a lo que hacen otros, ahora suenan únicamente a ellos mismos y para colmo ese sonido es instantáneamente reconocible. Podría señalarse cualquier canción del álbum, que dejarse fuera cualquier otra es una injusticia. Con este disco, tras una intensa lucha, llega finalmente el triunfo. Obtuvieron disco de oro tanto en el Reino Unido como en los Estados Unidos. De hecho volverán a América para telonear a bandas como Aerosmith. Allí, por su talento como «contador de historias» constantemente comparan a Phil Lynott con Bruce Springsteen, lo cual cabrea mucho al irlandés (admite que respeta a Bruce, pero recuerda constantemente que «¡no soy el puto Springsteen!»). Por su lado, el propio Springsteen admitirá sin problemas que Lynott escribe mejores letras que él. Incluso Bob Dylan quedará impresionado, como sabremos después cuando Huey Lewis, amigo de Lynott, le pregunta al legendario cantautor por el trabajo del irlandés y Bob Dylan responderá sin vacilar «¡es un genio!».

«The boys are back in town»: La canción más conocida por el público en toda la discografía de Thin Lizzy. Ha aparecido en anuncios y películas, y a mucha gente le suena incluso sin saber exactamente quiénes son los autores. Buena parte de la culpa de esa repercusión se debe a que fue la única canción de Thin Lizzy que fue un gran hit en el mercado estadounidense. La melodía es perfecta, la estructura de acordes es perfecta, el estribillo es perfecto y las guitarras gemelas consiguen crear momentos álgidos una y otra vez. Después de seis años, Thin Lizzy están consiguiendo producir temas literalmente inmejorables.

«Cowboy song»: Una absoluta maravilla. Escalofriante, intensa, casi emocionalmente agotadora. Phil Lynott, como decimos, se encuentra en un momento mágico de inspiración y de repente tiene una asombrosa facilidad para producir de la nada himnos repletos de belleza. Su voz transmite como nunca, y los solos de guitarra de Robertson y Gorham, más rockeros y sencillos, van directos a la médula. Los cuatro músicos manejan la intensidad del tema a su antojo: suben, bajan, vuelven a subir, vuelven a bajar, y siempre arrastran al oyente con ellos. Otra de esas canciones que hacen que algunos coloquemos a Thin Lizzy entre los más grandes.

«Jailbreak»: El tema que abre el disco. Seco, directo, sencillo y sin pretensiones. Una sucesión de riffs potentes y reconocibles al instante, con la voz susurrante de Lynott narrando la fuga de una prisión en otra de sus pequeñas y fascinantes películas, y con ese break intermedio en que suenan sirenas de fondo —el escape de la prisión del que habla del título— que ya es un momento clásico e imitado en varias ocasiones por otras bandas. Aunque en mucha menor medida que «The boys are back in town», esta canción también sonó bastante en los Estados Unidos y por ende tuvo repercusión en muchos otros países.

«Angel from the coast»: Un tema que bien podrían haber grabado Led Zeppelin. La maquinaria sigue funcionando a todo tren, los elementos siguen encajando casi como por arte de magia, no hay nada que falte ni sobre. Una base rítmica demoledora sirve para que Lynott narre otra de sus mágicas historias casi en tono de conversación. Mención especial a los fabulosos entrelazados de guitarras y, como de costumbre, otra mención especial al trabajo de Brian Downey como corazón rítmico del grupo. Perfecta de principio a fin.

«Running Back»: Una extraordinaria canción melódica donde comprobamos de nuevo el enorme salto de calidad que han dado Thin Lizzy desde su transformación en cuarteto. Lynott está descubriendo que, aparte de la potencia de la banda, las melodías son realmente su punto fuerte como compositor.

«Warriors»: Una canción callejera y chulesca que ha calado menos entre el público pero que demuestra la enorme (y no siempre reconocida) influencia que Thin Lizzy tuvieron en la evolución del heavy metal. Nunca fueron exactamente una banda metálica —excepto en su último disco— pero casi no hay grupo heavy de los ochenta que no haya bebido directamente, sabiéndolo o no, de la fuente de Thin Lizzy.

«Emerald»: La nueva especialidad de Lynott —junto a las canciones melódicas— va a ser el hard rock épico. Un tema demoledor que se volvía todavía más demoledor en directo. Combina un sonido grandilocuente con las queridas lreferencias irlandesas de Lynott, así que aquí tenemos una especie de embrión de lo que será el futuro álbum Black Rose. Impecable. Como todo el resto del LP.

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Johnny the Fox (1977)
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Jailbreak ha sido un gran éxito y parece que finalmente todo le va bien a Thin Lizzy. ¿O no? Pues bien: no. La mala suerte sigue cebándose con ellos y se ven obligados a interrumpir la campaña promocional debido a una hepatitis contraída por Phil Lynott, que les obliga a suspender toda una prometedora gira como acompañantes de Rainbow, el nuevo y exitoso grupo de Ritchie Blackmore. No obstante, fiel a su intención de publicar un álbum por año, Phil escribe nuevas canciones durante su convalecencia. El resultado será un buen disco, aunque bastante menos impactante que Jailbreak. Resulta obvio que los Lizzy ya han encontrado su fórmula química perfecta, pero también que carecen de la tranquilidad suficiente como para intentar repetir la hazaña, ya que cada vez que parecen estar en un buen momento sucede algo malo que detiene su progresión. Además de la enfermedad de Lynott, la tensión creciente entre su fuerte personalidad y la no menos fuert personalidad de Brian Robertson empezará a hacer difícil la convivencia en el seno de la banda. Con todo, gracias a este nuevo disco volverán a obtener un gran éxito en el Reino Unido, aunque como contrapartida el fogonazo que habían dado en América comienza a apagarse lentamente, lo que probablemente impidió que Thin Lizzy terminasen estableciéndose en el inconsciente colectivo como sí lo harían Led Zeppelin, Deep Purple, Black Sabbath, AC/DC, Judas Priest y otras grandes bandas de hard rock británico o australiano.

«Don’t believe a word»: Sin duda alguna el tema estrella del disco y tal vez el único que por su enorme calidad no hubiese desentonado en Jailbreak. Lynott encuentar una vez más el perfecto equilibrio entre la melodía y la fuerza guitarrera. Esta canción terminaría convirtiéndose en uno de los puntos fuertes de sus directos. Curiosamente, a Lynott también le apetecía interpretarla en un formato mucho más lento y suave… pero a Brian Robertson no le gustaban demasiado las baladas, así que en el disco quedó registrada la versión más movida (y para mi gusto la mejor).

«Johnny the Fox meets Jimmy the Weed»: Otra de las eternas historias callejeras de Lynott, narrada sobre un ritmo funky y bailable que ofrece un lado muy distinto al hard rock potente o a las baladas melódicas que componen casi todo el resto del repertorio de la banda en aquellos años.

«Massacre»: Una canción oscura en la que Lynott reflexionaba sobre la intolerancia religiosa. De formación católica, se había sorprendido por su propia reacción tensa e incómoda ante la visita de un pastor protestante durante su convalecencia en el hospital. Evidentemente, en aquellos años el tema religioso era muy candente para un irlandés por todas las connotaciones políticas que había detrás, así que en este tema Lynott hacía examen de conciencia sobre la estupidez que supone utilizar la religión para separar a la gente.

Tras la publicación de Johnny the Fox, cómo no, se producen más problemas. Por enésima vez la gira de presentación de un nuevo disco de Thin Lizzy se sumirá en el más completo caos. Brian Robertson estaba verdaderamente fuera de control. La nueva gira les dio la oportunidad de recorrer Estados Unidos nada menos que teloneando a Queen, pero Robertson quedó incapacitado para tocar porque se hirió la mano durante una de sus constantes peleas (eso sí, a cambio de hacer estragos entre sus contrincantes: le rompió la pierna a uno, la clavícula a otro, tumbó de un cabezazo a un tercero… en fin). Thin Lizzy, pues, se quedan otra vez sin un guitarrista en plena gira. Una vez más, recurren al viejo amigo Gary Moore para poder terminar el tour.

Phil Lynott también se metía en muchas peleas —es bien sabido que pelear era una de sus aficiones favoritas— pero al contrario que a Robertson eso no le incapacitaba para seguir tocando. Así que, cansado de las incontrolables explosiones del escocés, decide que va a expulsarlo definitivamente del grupo. Aquella gira, además, cambió la actitud de Phil Lynott frente al negocio. Hasta entonces Thin Lizzy habían sido tipos de la calle que conocían poco más allá de su microcosmos proletario. Pero Lynott quedó deslumbrado por los lujos de los que se rodeaban Queen y por la personalidad de Freddie Mercury. Phil procedía de los barrios más duros de Dublin, pero se dio cuenta de que ahora era una estrella del rock y los aires de divo de Mercury le parecieron la actitud correcta que debía mostrar el líder de una banda. A partir de aquel momento empezó a comportarse también como un divo, imitando el férreo control que Mercury ejercía sobre Queen, lo cual provocaría nuevas tensiones internas en Thin Lizzy. Hasta entonces los Lizzy habían sido más bien una pandilla callejera (Gorham recordaría más tarde que «si alguien se metía con uno de nosotros cuatro, iba a tener serios problemas con el resto»), pero Lynott decidirá que, al igual que Mercury hacía con Queen, él quiere convertir a los Lizzy en su grupo.

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Bad Reputation (1978)
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Con Robertson fuera de la banda, Lynott, Downey y Gorham comienzan a grabar un nuevo álbum. Phil Lynott estaba dispuesto a sustituir definitivamente a Robertson por Gary Moore, pero una vez más Moore tenía sus propios proyectos y declinó la oferta. Esto hará que Phil cambie de idea. Brian Robertson retornará —en principio con la cabeza gacha— y participará en varias canciones del disco (únicamente tres, si atendemos a los créditos). Además, será «castigado» por Lynott cuando la fotografía de portada del disco muestre a Thin Lizzy como trío, sin rastro alguno del escocés. En cuanto al LP en sí, está en la línea de Johnny the Fox: es bueno, pero tampoco llega al nivel apabullante de Jailbreak… con la excepción de dos buenísimos temas que ayudarán a catapultar el álbum al cuarto puesto de las listas británicas, además de abrirles camino en el mercado europeo.

«Dancing in the moonlight»: Una de las dos grandes joyas del álbum. Aunque bastante alejada del rock duro que generalmente caracteriza a la banda, pone de manifiesto que la inspiración de Lynott sigue alcanzando sus más altas cotas también en los temas más tranquilos. Esta canción fue un gran éxito en las islas británicas y todavía hoy es una de sus composiciones más inolvidables. Maravillosa.

«Bad Reputation»: El tema que da título al disco se transformó en un nuevo éxito, pero muy especialmente sirvió para que Brian Downey se luciese detrás de su batería con una sucesión de espectaculares redobles que lo convierten en el protagonista absoluto de la canción, incluso por encima de la voz de Lynott y de las características guitarras gemelas de Gorham y Downey.

 

El éxito europeo de Bad Reputation fue seguido por el todavía más resonante éxito del directo Live and Dangerous, testimonio de la triunfal gira que Thin Lizzy realizaron por el continente. En su día Live and Dangerous fue considerado un directo modélico, un ejemplo a seguir en la industria, aunque hoy existen muchas dudas de cuánto tiene de directo y cuánto de retoque posterior en estudio (mejor aparcamos el tema porque nos llevaría a una larga discusión). Con todo, y como ya es casi una maldición inevitable, la nueva gira de los Lizzy vuelve a degenerar en caos. Las habituales tensiones entre Lynott y Robertson siguen creciendo y explotan definitivamente: el guitarrista abandonará el grupo repentinamente justo después de acabar un concierto en España… y esta vez no habrá retorno. Por tercera vez en su corta historia, Thin Lizzy se verán obligados a recurrir a Gary Moore para poder finalizar un tour. Esta vez, sin embargo, Moore accederá a quedarse también para grabar un nuevo álbum, quizá como compensación al hecho de que Phil Lynott colaboró intensamente en su disco de debut en solitario, Back on the streets. El disco de Moore alcanzó gran éxito gracias a algunas canciones escritas y cantadas a medias con Lynott, como «Parisienne Walkaways». Durante esta época, la simbiosis entre los dos viejos colegas irlandeses será muy intensa. Incluso podemos ver a Lynott y Gorham tocando algún tema del disco en solitario de Gary Moore —con el espectacular Cozy Powell a la batería— en alguna aplastante aparición televisiva.

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Black Rose: A Rock Legend (1979)
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Y con Gary Moore en la banda, llega la segunda obra maestra absoluta de Thin Lizzy. Con este disco vuelven a rayar en los niveles de grandeza de Jailbreak, si acaso no más; de hecho resulta difícil decidirse entre un disco y otro. El nivel de composición de Lynott vuelve a ser apabullante en prácticamente todos los cortes del álbum. La llegada de Moore añade un extra de feeling a las guitarras —Robertson era bueno, pero Moore es mucho mejor— y por si fuera poco ayuda a complementar a Lynott en los coros, ya que las voces de ambos empastan a la perfección. Black Rose destila vitalidad, fuerza, energía, talento… es un trabajo prácticamente perfecto de principio a fin y que contiene algunos de los momentos más espectaculares en toda la trayectoria del grupo. Por otra parte, las letras de Lynott continúan estando entre las más brillantes del negocio musical y por aquel entonces su capacidad lírica estaba llamando la atención de muchos grandes nombres del negocio. En el Reino Unido e Irlanda, Thin Lizzy alcanzaron el momento de mayor popularidad y el mayor índice de ventas de toda su carrera, estando a punto de colocarse en el número uno de las listas británicas (se quedaron en el número dos, porque entonces estaban arrasando bandas como ABBA). También creció su repercusión en el resto de Europa, España incluida —aunque hoy casi nadie los recuerde, llegaron a hacerse notar bastante en nuestro país— y hasta fueron populares en lugares tan lejanos como Australia y Japón, algo muy meritorio teniendo en cuenta que en los Estados Unidos, incomprensiblemente, el público se estaba olvidando de ellos. Es difícil entender que en la América de 1978-79 no triunfase un disco como este, pero así fue. Aunque su influencia está ahí y, sirva como ejemplo esta curiosidad, Axl Rose lleva tatuada la portada de Black Rose en un brazo.

«Do anything you want to»: Primer tema del álbum. Se inicia con una impactante percusión tras lo cual arranca una canción cien por cien Lizzy, con sus guitarras gemelas, con otra de esas inimitables melodías típicamente Lynott y con la sensación general de que el grupo está volviendo a disfrutar con su música como en los tiempos de Jailbreak. En resumen: una canción impresionante que gusta más cuanto uno más la escucha. Hasta podemos oír a Lynott imitando (bastante bien) el tono de voz de su ídolo Elvis Presley en algunas frases habladas. Y qué decir del videoclip: es uno de los más entrañables grabados por el grupo, gracias sobre todo a la factura más bien casera de las caóticas escenas intercaladas.

«Sarah»: Con este tema se produce algo bastante inusual en la historia de una banda y es el haber publicado dos temas completamente diferentes con un mismo título. Lynott vuelve a escribir una canción llamada Sarah, aunque esta vez no se la dedica a su abuela sino a su primera hija. La verdad, no hay comparación entre ambas canciones: la de este disco es probablemente la mejor balada jamás grabada por Thin Lizzy, una auténtica maravilla. En el videoclip tenemos a Lynott bailando románticamente con su mujer (aunque ninguna de las niñas que aparecen es su hija, que aún era muy pequeña) y también tenemos una impagable aparición final del cachondo de Scott Gorham dándole su particular toque americano al asunto (¡lo mejor de todo el video!). Por desgracia, Sarah Lynott tuvo que crecer sin su padre, pero esta canción es uno de los regalos más memorables que un hombre podría haberle hecho a su pequeña. Además, como curiosidad, este tema provocó que una oleada de niñas fuesen bautizadas con el nombre de Sarah en el Reino Unido e Irlanda. Una joya inmortal que jamás he entendido por qué no tiene mucha más repercusión entre todos los públicos. Para mí, personalmente, es una de las canciones más bellas del siglo XX. Así como suena.

«Toughest street of town»: Lynott, con esa pasmosa facilidad para crear poesía de la nada con un lenguaje cotidiano, vuelve a hablarnos de los ambientes que tan bien ha conocido desde la infancia —la «calle más dura de la ciudad»— y lo acompaña con una melodía vitalista en la línea de «Do anything you want to». Mención aparte para el solo de guitarra de Gary Moore, quien como de costumbre parece a punto de prenderle fuego a su instrumento a base de intensidad.

«Get out of here»: Por lo general, las canciones sobre rupturas amorosas suelen ser melancólicas, pero Lynott le da un giro al asunto y escribe un tema repleto de sarcástico desenfado, que canta con desparpajo y chulería. La base musical es igual de vitalista que casi todo el resto del álbum. El tema está coescrito por Midge Ure, más tarde conocido como líder de Ultravox.

«Roisin Dubh (Black Rose), A Rock Legend»: Palabras mayores. Lo de esta canción no tiene nombre, ya lo aviso. Lynott siempre se había caracterizado por su amor a la tradición de su país, pero aquí compone el que será su gran himno irlandés. Las guitarras gemelas de los Lizzy llegan aquí a su punto culminante, especialmente en el largo intermedio instrumental, uno de los momentos más álgidos que haya alcanzado un dueto de guitarras en toda la historia del rock: interpretan varias melodías tradicionales irlandesas en un crescendo continuo que llega a momentos de auténtico paroxismo (y una vez más, ojo también a la batería de Downey). Siempre envidio a quien vaya a escuchar esta canción por primera vez, porque descubrir todo ese interludio instrumental es una experiencia verdaderamente única. Esos minutos, por sí solos, ya bastarían para justificar el estatus de Thin Lizzy como una de las más grandes bandas de rock de todos los tiempos. Y aunque su fantástica versión de «Whiskey in the jar» goza de más fama, incluso ella palidece al lado de lo que hacen en «Roisin Dubh». De hecho, creo que no hay ninguna otra banda que haya conseguido grabar algo parecido, adaptando la música irlandesa al rock con semejante pureza sin renunciar a la potencia y la electricidad. Absolutamente increíble. Si lo va a escuchar usted por primera vez, hágame caso y asegúrese de desconectar el teléfono y que nadie le interrumpa en los próximos minutos. Va a merecer la pena, se lo garantizo.

Pero, como de costumbre, la calidad y éxito del disco tienen que venir acompañados por nuevos problemas. Por enésima vez, la formación se viene abajo durante una gira. En mitad del tour promocional por los Estados Unidos, las tensiones internas vuelven a hervir hasta que Gary Moore termina marchándose súbitamente tras una furiosa discusión con Lynott. Fue una ruptura amarga, que hizo que no se hablaran durante varios años pese a haber sido muy amigos desde mucho tiempo atrás. De nuevo, Lynott se ve obligado a terminar una gira en cuadro, y recurre a Midge Ure como guitarrista de urgencia. Una y otra vez, los tropiezos inesperados sabotean el ascenso del grupo.

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Chinatown (1980)
Thin_Lizzy_-_Chinatown

Con la relación entre Lynoltt y Moore temporalmente rota, se ven obligados a fichar un nuevo guitarrista y recurren a Snowy White, a quien habían visto tocando con Pink Floyd durante la gira de Animals. Pero la presencia de Snowy White será, cómo no, problemática. No por su carácter, menos fuerte que el de Gary Moore y desde luego mucho más civilizado que el del cafre de Brian Robertson. El problema de White será verse obligado a compatibilizar Thin Lizzy con las exigencias que tiene su lucrativo trabajo como mercenario en Pink Floyd. Además, su estilo a la guitarra —muy técnico pero menos arrollador que el de sus predecesores— será considerado inapropiado por no pocos fans y críticos. De todos modos, dejando aparte este hecho, Thin Lizzy estaban empezando a vivir momentos delicados: los coqueteos de Phil Lynott con las drogas se estaban transformando en un muy serio problema. Scott Gorham, que había abandonado Estados Unidos para huir de sus adicciones, ha recaído en ellas. La banda ya no siempre suena bien en directo (hay algunas interpretaciones de temas durante esa época que es mejor olvidar) y si tenemos en cuenta que además Lynott había estado también escribiendo su debut en solitario, Solo in Soho, resulta comprensible que el nivel de las composiciones baje sensiblemente. Aunque hay que resaltar que el disco recibió críticas quizá demasiado negativas en su día, incluso diría que ha sido siempre maltratado más de la cuenta por la prensa musical y por muchos fans. Quizá se debe a la muy desfavorable comparación con la obra maestra que fue el inmediatamente anterior Black Rose. Sí, la comparación entre ambos es sangrante. Pero Chinatown no es un mal disco. Irregular sí, y no se puede negar que hay algunos temas de relleno y que musicalmente es mucho menos interesante, pero hay algunos cortes que merecen la pena. Eso sí, tuvo bastante éxito en Europa, quizá como consecuencia de la popularidad acumulada durante los años anteriores.

«Chinatown»: La canción que da título al disco es un fantástico tema repleto de efectivos riffs de guitarra. Aunque las típicas historias callejeras de Lynott no tienen aquí la brillantez de otras ocasiones y no pocos críticos hicieron notar que la letra era bastante pobre en comparación con lo que el irlandés era capaz de hacer, no se puede negar que en conjunto es una muy buena canción.

«Sugar Blues»: Otro de los temas más destacados del álbum, también caracterizado por riffs de guitarra muy efectivos y por un ritmo trepidante. Quizá falta la carga melódica del Black Rose, pero es otra de las canciones de Chinatown que fueron injustamente despreciadas por la crítica. Quizá porque seguían un estilo más lineal y directo, menos barroco, que el del trabajo predecesor.

«Killer on the loose»: Seguramente la canción más popular del álbum, otro fantástico hard rock en el que Lynott rememora a Jack el Destripador, y al menos la letra vuelve a tener la viveza casi cinematográfica de los mejores tiempos —no como la sucesión de tópicos de otros temas del disco— y donde además toda la banda cabalga a la perfección. Como curiosidad, la canción fue bastante polémica porque pese a que hablaba de un criminal del siglo XIX, su publicación coincidió con la aparición de un terrorífico asesino en serie en el Reino Unido.

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Renegade (1981)
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El peor disco de Thin Lizzy según la opinión prácticamente unánime de sus fans. Lo cual no significa que sea un disco absolutamente horrible, pero sí que carece por completo de la magia que habían llegado a alcanzar en el pasado. Este disco es una muestra del momento de confusión que atraviesa el grupo, que está muy cercano a su separación. De hecho, habían empezado a trabajar en esta grabación con la idea de que fuese el segundo disco en solitario de Phil Lynott, quien parece cada vez menos interesado en Thin Lizzy. Al final, ese desinterés se traduce en que ni siquiera se molesta en componer tanto material como antes, por lo que finalmente accederá a que lo grabado se publique bajo el nombre de Thin Lizzy. Todo esto se traduce en un álbum que no tiene mal sonido pero al que le faltan temas memorables, ni siquiera tiene esos tres o cuatro temas con pegada que sí había en Chinatown. Com oconsecuencia, este disco venderá mucho menos que los anteriores. A estas alturas Thin Lizzy ya no significaban nada en los Estados Unidos y buena parte de su fugaz popularidad americana se había desvanecido por completo, aunque en Europa todavía fuesen un nombre a tener en cuenta. Pero el descenso de ventas y el cansancio de sus miembros parece anticipar una pronta separación.

«Hollywood (Down on your luck)»: Un buen ejemplo de la falta de pegada de este disco es que el principal single elegido para su lanzamiento suena correcto —tiene algún buen momento a mitad de tema— pero no desprende un ápice de la magia de las grandes composiciones del pasado. Thin Lizzy suenan ahora a banda del montón, lo que nunca habían sido, ni siquiera en sus comienzos. Quizá el síntoma más evidente del mal momento que atraviesan es que incluso la letra suena a cliché barato, cuando no mucho antes Lynott había sido capaz de convertir casi cada canción en una pequeña y fascinante novela.

A estas alturas, Thin Lizzy sencillamente ya no funcionaban a nivel interno. Snowy White decide finalmente que su estilo no se ajusta a la banda y obtiene una salida amistosa. Una vez más, Thin Lizzy se quedan sin un guitarrista, pero la diferencia con ocasiones anteriores es que ahora a nadie en el seno de la banda le preocupa demasiado. Todos los miembros están cansados de soportar la continua tensión y están más que dispuestos a disolver el grupo. Phil Lynott ya está pensando en formar una nueva banda, Grand Slam, donde le acompañará Brian Downey junto a nuevos músicos. Scott Gorham está sencillamente harto. Thin Lizzy tienen las horas contadas. Eso sí, acuerdan que —con el único fin de recaudar dinero y exprimir un poco más la marca— grabarán un último disco y anunciarán una gran gira de despedida. Pero algo sucederá. Contra todo lo previsto, Thin Lizzy no se despedirán exactamente en horas bajas.

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Thunder & Lightning (1983)
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Para grabar su último disco reclutan a un nuevo guitarrista, el joven inglés John Sykes, conocido principalmente por su breve trayectoria en la banda de heavy metal Tygers of Pan Tang (no es un grupo que yo escuche a menudo, aunque por algún motivo siempre he sido fan de su tema «Euthanasia»). En principio, como decíamos, la excusa era grabar un disco para explotar el recurso publicitario de que la gira de presentación serviría como despedida definitiva de Thin Lizzy. Nadie tenía ganas de continuar con el invento. Y Lynott menos que nadie, más preocupado como estaba por intentar edificar una carrera en solitario y seriamente afectado por el desmoronamiento de su matrimonio —por entonces ya tenía dos hijas— a causa de sus continuas infidelidades y de los cambios de carácter producidos por las drogas.

Sin embargo, y por una vez, las cosas salen mejor de lo previsto. La entrada de Sykes, completamente entusiasmado por formar parte de Thin Lizzy, aporta un plus de energía que rejuvenece al grupo, que renueva el ambiente interno de la banda y que incluso cambia la química musical. También el teclista Darren Wharton, que había tenido un papel más discreto desde su entrada en el grupo, empieza a colaborar más intensamente para darle forma al nuevo sonido. Todos los demás se contagian del ímpetu de Sykes y Wharton. Phil LYnott recupera el interés y vuelve a preocuparse por escribir buena música y buenas letras. Aunque el grupo empieza a sonar más heavy metal, curiosamente es un cambio que no parece nada forzado. Así, en el mismo año en que por ejemplo Metallica publicaban su debut, Thin Lizzy produjeron un disco que podía perfectamente competir en energía y frescura con las bandas mucho más jóvenes que estaban llevando el heavy metal a lo más alto. Thunder & Lightning es un disco más que interesante y parecía ser la primera piedra de una nueva etapa de brillantez para Thin Lizzy. El éxito vuelve a sonreírles, y aunque no están en los niveles de popularidad de la etapa de Jailbreak, probablemente solo hubiesen necesitado otro disco más de semejante calidad para terminar de demostrar que los maestros eran muy capaces de plantarles cara a los alumnos metaleros del momento.

«Thunder & Lightning»: Por decirlo en una palabra: tremebunda. Los Lizzy ya no suenan melódicos, pero poco importa porque el resultado es absolutamente fantástico. Cualquiera diría que esto es el debut repleto de energía explosiva de una nueva banda dispuesta a comerse el mundo. Pero no, son los viejos Thin Lizzy entrando de lleno en el metal de los ochenta como una locomotora desbocada. A las voces, Phil Lynott se desgañita como un poseso, más que en ningún otro tema grabado antes por él. Downey le pega a las baquetas como un veinteañero. Gorham vuelve a sonar con fuerza y John Sykes pone de manifiesto su hambre de gloria. Wharton, por su parte, demuestra lo bien que puede encajar un solo de teclados en un tema de heavy metal veloz. Incluso la letra es fascinante: si muchos años atrás Lynott había descrito su vida de macarra en «The Rocker», aquí vuelve a retratar sus andanzas en las calles con esa facilidad suya para elaborar escenas dignas de una película de Scorsese, hablándonos una vez más de su afición a las peleas. Sí, cuesta creer que «Sarah» y «Thunder & Lightning» hayan sido producidas por la misma banda y escritas con tanta sinceridad por un mismo individuo, pero así es. Impresionante.

«Cold Sweat»: El single más exitoso del disco y otra muestra de la perfecta adaptación de Thin Lizzy al heavy metal de la época. No es tan salvaje como «Thunder & Ligthting» (¡un disco con nueve canciones como esa hubiese matado a cualquiera!) pero obtendrá incluso mayor repercusión en las radios del momento.

Tras la publicación del álbum, gozando un éxito de ventas en el Reino Unido y Europa que apuntaba un futuro renovado y brillante, Thin Lizzy vuelven a sonar poderosos en escena tras una etapa de muchos titubeos y de malas actuaciones a causa de las sustancias que consumían a toneladas. En la exitosa gira de despedida invitan ocasionalmente al escenario a antiguos miembros como Eric Bell y Gary Moore, para seguir celebrando la historia del grupo ante los fans que acuden a darles el adiós. Cierto es que conforme avanzaba el tour, Lynott no siempre estará en la mejor forma vocal y que la heroína seguirá circulando generosamente por los camerinos, pero la respuesta del público es muy buena. De repente, el grupo que todos sus miembros querían abandonar vuelve a tener vida. El único que todavía está decidido a retirarse es Scott Gorham, que había huido de América para no continuar en las drogas y que estando en Thin Lizzy se había metido en un atolladero incluso peor, del que ahora tenía que volver a salir. Pero el resto quiere continuar y grabar otro disco. Phil Lynott y Brian Downey recuperan la ilusión por Thin Lizzy. John Sykes está simple y llanamente emocionado de estar allí y trata de conseguir que la banda no se disuelva.

Pero será demasiado tarde. Como ya habían anunciado que aquella gira era la de su despedida, se consideró que continuar en ese momento hubiese significado una especie de estafa al público que había pagado por tener la última oportunidad de ver a los Lizzy en directo. Así, a causa de una jugarreta publicitaria que se les volvió en contra, Thin Lizzy tuvieron que disolverse.

Aquello supuso el inicio del fin para Phil Lynott. Con su matrimonio roto y viendo mucho menos a sus hijas —lo cual, según su entorno, le destrozaba— ya solo le faltaba perder a la banda de su vida justo después de haber recuperado la ilusión por continuar en ella. Para colmo, en su nueva banda Grand Slam no pudo contar ni con su amigo de la infancia Brian Downey (que había decidido echarse atrás, cansado de las giras) ni con John Sykes, que ante las dudas sobre el futuro de Thin Lizzy no pudo declinar la posibilidad de fichar por Whitesnake (con los que viviría una etapa de inmenso éxito mundial poco más adelante). Con una carrera en solitario sumida en la incertidumbre y con su vida personal hecha añicos, el abismo se abrió bajo los pies de Phil Lynott y cayó definitivamente en el más oscuro agujero de su existencia. Murió tres años después, en 1986, tras una imparable decadencia marcada por su incapacidad para abandonar un creciente consumo de drogas y un estilo de vida cada vez más autodestructivo. Pero esta es otra historia.

En cuanto a Thin Lizzy, el grupo fue revivido más adelante por John Sykes, quien arrastró consigo a Brian Downey y Scott Gorham (y a algunos otros antiguos miembros) para reformar la banda o lo que quedaba de ella y retornar a los escenarios. Cada cual opinará lo que quiera de este «retorno»; en opinión de quien suscribe no existen Thin Lizzy sin Phil Lynott, así de simple, por lo que la cosa no pasa de ser una cualificada banda de tributo que haría mejor llamándose de otra manera. Por lo que a mí respecta, Thin Lizzy murieron con Phil y no han resucitado jamás. Lo que sí prometo es escribir un artículo biográfico dedicado exclusivamente a Phil Lynott, porque verdaderamente su historia lo merece y en el presente artículo apenas hemos dado alguna pincelada de todo lo que se puede contar respecto a su novelesca biografía. Pero espero que, de momento, haya sido suficiente con rescatar una parte de toda la maravillosa música que Thin Lizzy grabaron en su día.

La chispa de la vida: El experimento de Miller, sesenta años después

La chispa de la vida_Fig1Durante 2013 estamos celebrando el sexagésimo aniversario del annus mirabilis en el que se produjeron tres hitos científicos con los cuales se inició la era de la biología molecular. Como es ampliamente conocido, en 1953 J.D. Watson y F.H.C. Crick publicaron la estructura en doble hélice del ADN, en base a los datos experimentales que habían obtenido otros investigadores entre los que destaca la gran química y cristalógrafa R.E. Franklin. Además, ese mismo año se publicó por F. Sanger y E.O.P Thompson la primera secuencia de aminoácidos de una proteína, en concreto la insulina bovina. Y el tercer fruto de la excelente cosecha del 53, a pesar de no haber sido galardonado con el Premio Nobel como los dos anteriores, fue un experimento que pronto se convertiría en uno de los más famosos y revolucionarios de la historia: el “experimento de Miller”.

Pero, ¿quién fue ese científico al que todos asociamos con el dibujo de un extraño conjunto de matraces y tubos de vidrio que aparecía en nuestros libros de texto? La respuesta rápida sería: uno de los químicos más relevantes del siglo XX. Stanley L. Miller nació en 1930 en Oakland, California, y tras manifestar una vocación temprana por la ciencia se licenció en Química por la Universidad de Berkekey en 1951. En septiembre de ese mismo año comenzó su doctorado en la Universidad de Chicago, y durante varios meses estuvo buscando un director de tesis para iniciar su carrera investigadora.

Dado que en principio la ciencia experimental le parecía demasiado laboriosa, comenzó trabajando con el prestigioso físico teórico Edward Teller sobre los modelos de síntesis de elementos en las estrellas. Pero durante ese tiempo asistió a un seminario sobre el origen de la Tierra y la atmósfera primitiva de nuestro planeta, impartido por el Premio Nobel Harold C. Urey, y lo que escuchó le llevó a dar un giro a su vida profesional. Así, en septiembre de 1952 Miller decidió cambiar su tema de tesis, y tuvo la osadía de proponer a Urey la realización en su laboratorio de un experimento radicalmente distinto a todos los que se habían llevado a cabo hasta entonces.

Como el joven licenciado dijo al eminente geoquímico, si tal experimento era exitoso serviría para corroborar las hipótesis del propio Urey, que a su vez estaban basadas en la ideas de Aleksandr I. Oparin sobre el origen de la vida en una atmósfera compuesta por gases fuertemente reductores derivados del vulcanismo. El experimento propuesto consistía en mezclar los gases que se consideraban presentes en la atmósfera terrestre primitiva –metano, amoníaco, hidrógeno y vapor de agua–, y comprobar si al reaccionar entre sí podrían producir compuestos orgánicos fundamentales para la vida. Para ello se debía trabajar en ausencia de oxígeno, y lógicamente el experimento tenía que llevarse a cabo en condiciones abióticas, excluyendo la participación de cualquier agente o actividad biológica durante el proceso. Por tanto, era necesario esterilizar todo el material que se iba a utilizar. Además, se requería una fuente de energía que simulara los aportes energéticos que existieron en nuestro convulso planeta antes de la aparición de la vida. Pero el estudiante al que meses antes no parecían interesarle los experimentos estaba dispuesto incluso a fabricar todos los aparatos necesarios para probar su hipótesis.

Representación esquemática del Experimento de Miller
Representación esquemática del Experimento de Miller

Llevado por su intuición y agudeza intelectual –y también por su insistencia, como él mismo reconocería después– Miller logró convencer al reticente Urey y logró un espacio en el sótano de la facultad para realizar el experimento que proponía. Diseñó un dispositivo cerrado de vidrio que incluía un matraz en el que se pondría a hervir agua, un tubo por el que entrarían los otros tres gases y otro matraz de reacción más grande en el que estaban instalados dos electrodos de tungsteno. Bajo este matraz, un condensador permitiría enfriar y licuar las sustancias producidas, formando con ellas un pequeño “océano primitivo” en equilibrio con su “atmósfera”.

Para sorpresa y satisfacción del director de tesis, pocos días después de comenzar las descargas eléctricas ya se había formado materia orgánica que teñía de color marrón las paredes internas del matraz de reacción. Al analizar esa sustancia se comprobó que no contenía una mezcla aleatoria de compuestos, sino un conjunto limitado de moléculas que están presentes en todos los seres vivos: glicina y otros aminoácidos de los que constituyen las proteínas, algunos hidroxiácidos, urea y otras biomoléculas. Los resultados de ese revolucionario experimento fueron publicados en la revista Science el 15 de mayo de 1953, en un breve artículo que Urey –en un gesto de honestidad y generosidad no muy frecuente en el ámbito científico– prefirió no firmar para no restar mérito a su joven estudiante.

El éxito del experimento hizo que el propio Miller realizara diversas variantes del mismo en las que modificó la composición gaseosa de la mezcla de reacción, la fuente de energía y otros parámetros experimentales. Uno de los cambios más fructíferos consistió en sustituir el hidrógeno por nitrógeno, con lo que además de otras biomoléculas consiguió producir 13 de los 20 aminoácidos presentes en las proteínas, formando una “sopa prebiótica” –acertada metáfora que había sido acuñada por Oparin– cada vez más rica en ingredientes.

En cuanto a la fuente de energía, aunque se sospechaba que en la Tierra primitiva los principales aportes energéticos habrían provenido de la radiación ultravioleta y los impactos meteoríticos, Miller utilizó fundamentalmente descargas eléctricas. El motivo era la relativa facilidad de producción de chispas en el laboratorio –inicialmente, mediante un generador de 60.000 V–, y también porque a diferencia de la radiación UV o del calentamiento de la mezcla de reacción, las descargas eléctricas son muy eficientes en la síntesis de cianuro de hidrógeno, una molécula que actúa como intermediario central en la síntesis de distintas moléculas. En efecto, el HCN –curiosamente, un veneno para nosotros– se requiere para sintetizar los aminoácidos y también las bases nitrogenadas de los nucleótidos que forman el ADN y el ARN, como demostraría en 1961 el bioquímico español Joan Oró. Así, la rápida fama que alcanzó Miller a nivel mundial se asoció con ese sugerente concepto de “la chispa de la vida”. Además, en el imaginario colectivo la relación entre la electricidad y la vida recordaba al Frankenstein de Mary W. Shelley, sobrecogedora novela de 1818 que había sido llevada al cine por primera vez en 1931. A todo ello contribuyeron, por cierto, muchas de las fotografías que diversos medios de comunicación hicieron a Miller junto a su matraz, con ese inquietante rostro y esas grandes gafas iluminados por los destellos del arco voltaico.

En el ámbito científico, el experimento de Miller sirvió para fundar una nueva disciplina experimental: la química prebiótica. A sus aportaciones se fueron sumando las de otros investigadores –como el mencionado Oró y varios más–, gracias a los cuales se demostró que los monómeros de los polímeros biológicos –proteínas, ácidos nucleicos, azúcares y lípidos complejos– pueden formarse por procesos puramente químicos a partir de moléculas sencillas, siempre que se disponga de una fuente de energía adecuada. En cualquier caso, la principal prueba a favor de los resultados de Miller no se produjo en ningún laboratorio: en esa época estaba llegando a nuestro planeta desde el espacio.

 

Fragmento del meteorito Murchison, una condrita carbonácea caída en Australia en 1969
Fragmento del meteorito Murchison, una condrita carbonácea caída en Australia en 1969

El 28 de septiembre de 1969 cayó cerca de Murchison, en Victoria, Australia, un meteorito formado hace 4.600 millones de años –durante el colapso de la nube molecular que originó el Sistema Solar– y perteneciente a la familia de las “contritas carbonáceas”. Cuando se analizó en detalle el meteorito Murchison se descubrió que su materia orgánica contenía, además de una matriz insoluble e hidrocarburos, una variada colección de biomoléculas. Entre ellas se encontraban, sorprendentemente, los aminoácidos y otros monómeros que Miller había sintetizado en sus experimentos en aquel sótano de la universidad de Chicago. Dado que las leyes de la física y la química son universales, parecía evidente que la evolución química que lleva de la materia inanimada a la viva es un fenómeno que se puede producir en distintos lugares del universo cuando las condiciones son propicias. Por tanto, hoy pensamos que las semillas de la vida pueden estar ampliamente distribuidas en torno a las aproximadamente 1022 estrellas que tal vez existan en el cosmos.

Con ello, la pregunta que surge es trascendental: en el caso de la única vida que hasta ahora conocemos, la que comenzó a colonizar nuestro planeta hace aproximadamente 3.800 millones de años, ¿se originó aquí o llegó desde el espacio? Para ello hay que volver la vista a la composición de la atmósfera terrestre primitiva, una cuestión aún abierta que ha planeado sobre los hallazgos de los investigadores en química prebiótica durante más de medio siglo. Ya desde los primeros experimentos se comprobó que una atmósfera menos reductora que la supuesta por Urey –en concreto, con presencia de monóxido o dióxido de carbono– disminuía notablemente la cantidad y también el repertorio de biomoléculas producidas.

Precisamente tal atmósfera primitiva relativamente oxidante ha sido considerada más verosímil durante las últimas décadas, aunque recientemente los especialistas parecen inclinarse de nuevo por una atmósfera primitiva reductora, más favorable a los resultados de Miller, asociada a las zonas con erupciones volcánicas. Así, hoy en día se acepta que si la atmósfera de nuestro planeta era reductora hace unos 4.000 millones de años, lo más probable es que los aminoácidos y otros monómeros imprescindibles para la vida pudieron sintetizarse en la Tierra, mientras que si nuestra atmósfera era oxidante tal vez los principales ingredientes de la sopa tendrían “sabores exóticos” aportados por meteoritos y núcleos de cometas.

Investigaciones actualmente en curso en el ámbito de la química prebiótica han seguido probando diferentes composiciones gaseosas en “experimentos tipo Miller”. Parte de esas líneas de trabajo fueron desarrolladas por el propio Miller hasta su muerte en 2007, y de hecho hace tres años varios de sus colaboradores encontraron en su laboratorio unos viales “olvidados” que contenían la sustancia producida en uno de sus experimentos. El análisis de esa muestra mostró que se habían formado 22 aminoácidos, la mayor parte de los cuales no habían sido identificados en los experimentos originales. También se han probado distintos grados de acidez del agua utilizado en la reacción, o el aumento de rendimiento que se produce al introducir en el sistema tanto aerosoles como superficies minerales que favorecen la cinética de las reacciones biosintéticas.

Así, cada día es más evidente que los bloques o monómeros para la formación de los biopolímeros pudieron aparecer como resultado de reacciones químicas relativamente sencillas dentro o fuera de nuestro planeta. Además, claro está, durante las últimas décadas se han desarrollado otras líneas de investigación en el campo del origen de la vida sin relación directa con los planteamientos o la metodología de Miller, permitiendo explorar vías alternativas en la síntesis de monómeros –y también de polímeros– en condiciones prebióticas. A pesar de todo ello, desde tales biomoléculas hasta la vida, entendida como un sistema químico autorreplicativo que evoluciona al interaccionar con el ambiente, hay un largo y complejo camino que trasciende a los experimentos de química prebiótica convencionales. Hablaremos sobre ello en otra ocasión, y el lector interesado puede consultar un reciente artículo de revisión sobre el tema.

En cualquier caso, sesenta años después de su famoso experimento, la herencia de Miller va mucho más allá de sus resultados concretos. Así como en 1859 C.R. Darwin comenzó a preguntarse por el origen de la vida en el último párrafo de “El origen de las especies”, y en la década de 1920 A.I. Oparin y J.B.S. Haldane exploraron este tema desde el punto de vista teórico en sus libros y artículos, fue Miller quien demostró que el paso de la química a la biología es un problema abordable por la ciencia experimental.

Stanley L. Miller, en el último Congreso sobre el origen de la vida al que asistió (ISSOL’05 - 14th International Conference on the Origin of Life, Beijing, China, 2005). Fotografía de Carlos Briones
Stanley L. Miller, en el último Congreso sobre el origen de la vida al que asistió (ISSOL’05 – 14th International Conference on the Origin of Life, Beijing, China, 2005). Fotografía de Carlos Briones

Todos los que actualmente investigamos en nuestros laboratorios sobre distintos aspectos relacionados con el origen de la vida, todos los que nos hemos preguntado alguna vez por las raíces inorgánicas de la biodiversidad que nos rodea, somos herederos de la obra de este químico revolucionario. El legado de Miller, como el de todos los grandes científicos, no consiste sólo en las respuestas que en su día encontró sino en las extraordinarias preguntas que fue capaz de plantear.

Este artículo nos lo envía Carlos Briones, gran amigo y colaborador de Naukas. Carlos es  investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Centro de Astrobiología (CAB), centro mixto del CSIC y  del Instituto Nacional de Tecnología Aeroespacial (INTA), asociado al  NASA Astrobiology Institute (NAI).

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La portada de 2013

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Dicen los teóricos del periodismo —categoría que abarca a varios millones de personas solo en nuestro país— que la portada de un periódico es la ventana por la que cada día el lector/ciudadano se asoma al mundo. La manera en que los periodistas delimitan y valoran los acontecimientos que según su criterio profesional tienen más relevancia para el discurso público que vertebra nuestras democracias. Es, en definitiva, la práctica cotidiana de resumir, jerarquizar y aprehender la Realidad. Pura ontología, señora.

Vale, muy bien, pero esto es España —léase con el vozarrón del rey Leónidas— y hay días en los que nuestra prensa, eh… Digamos que no parece atender fielmente a tan nobles propósitos. Así que ahora que acaba el año vamos a decidir y celebrar como merece «La portada de 2013». En dura competencia proponemos como nominadas las siguientes:

«El secreto de la enfermedad de Chávez»

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El pasado 24 de enero El País cometió «uno de los mayores errores de su historia». Palabras suyas, ojo, no nuestras. Ese día el periódico abrió su edición de papel con una fotografía del presidente de Venezuela inconsciente, intubado y hecho una pena, en resumen, «durante el tratamiento médico recibido en Cuba». La portada también prometía desvelar «el secreto de la enfermedad de Chávez» y aseguraba que la fotografía era auténtica «según las fuentes consultadas por este diario». No lo era. De hecho, era absolutamente falsa y el hombre que aparecía en ella ni siquiera era Hugo Chávez. A El País le dio tiempo a retirar de los quioscos parte de sus ejemplares, pero no todos. Más tarde publicó una extensa crónica en la que pedía disculpas pero, eso sí, se preocupaba de mencionar expresamente el nombre de la agencia responsable del error hasta en seis ocasiones.

La ingle de Jaime Ostos

LA GACETA

Mostrar la verdad en toda su crudeza, por incómoda e incluso desagradable que pueda resultar, es la labor del periodista. Y vive Dios que en La Gaceta se aplicaron a fondo en este principio el 17 de julio de este año, cuando decidieron publicar esta portada en la que Jaime Ostos le muestra a España su ingle y de paso un sneak peak de todo lo demás, por más que se lo recoja modosamente y a mano llena.

La hernia de Gareth Bale

X BALE HERNIA

Y si Ostos tiene la ingle fatal, Bale tiene una hernia. Así se lo anunciaba el diario Marca a la nación el 12 de octubre con gran profusión de colores y letras en Impact, a falta de que la tecnología permita a los titulares incorporar sonidos y luces o parpadear, como los GIF. Es lo que merecía la hernia de Bale y es lo que la hernia de Bale tuvo, además de una foto del propio Bale frunciendo el ceño como diciendo: «En efecto, tengo una hernia».

Conquistando bloques en Gibraltar

ABC BANDERA

Al alba y con tiempo duro de levante, este verano un señor decidió agarrar la Zodiac, sumergirse en aguas de Gibraltar vestido de buzo y conquistar él solo unos bloques de hormigón. Lo que hubiéramos dado por ver a Isabel II, al premier y a la Royal Navy en pleno atragantándose aquella mañana con los huevos con bacon del desayuno –cada uno los suyos–, después de que el diario ABC decidiese abrir el 24 de agosto con la imagen del héroe triunfal en su particular Occupy los bloques. La portada marca un antes y un después fundamental en el contencioso que mantienen los reinos a propósito del Peñón, que tantas sensibilidades hiere y que tantos periódicos vende. Hará falta, eso sí, que la reina y el primer ministro británico lean el ABC o que lo hagan, a lo sumo, quienes leen cosas por ellos. Con este tipo de portadas, la cabecera española está cada día más cerca de conseguirlo.

«Rajoy vence a Rubalbárcenas»

LA RAZON RAJOY VENCE A RUBALBÁRCENAS

Es un hecho ampliamente documentado que frente a la apuesta de otras portadas por la cantidad, la de la La Razón abunda en la calidad. «Rajoy vence a Rubalbárcenas», tituló a todo trapo el periódico el 2 de agosto de este año hibridando en simpático neologismo al extesorero del Partido Popular, Luis Bárcenas, y al secretario general del Partido Socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba. El motivo era que el presidente del Gobierno había comparecido el día anterior en el Parlamento para dar explicaciones sobre el caso Bárcenas y que aquello fue, según el medio, una cosa apoteósica. Hasta dejó «en evidencia a un Rubalcaba que ha hecho suyo el discurso de Bárcenas», apunta el rotativo en portada como queriendo decir que no te digo nada y te lo digo todo.

«Tongo olímpico»

LA RAZON TONGO OLIMPICO

No ha sido ni el primero ni seguramente el último juego de palabras al que recurre la casa que dirige Francisco Marhuenda, y para muestra un botón. En cada edición, los Juegos Olímpicos reivindican la nobleza en la competición, el juego limpio, el honor tanto en la victoria como en la derrota y, en fin, un montón más de bellos ideales en torno al «espíritu olímpico» que desde luego no encontraremos en esta portada de La Razón del 8 de septiembre. Un joven llora que el COI pasara olímpicamente de Madrid —juegos de palabras malos sabemos hacer todos— y se enjuga las lágrimas, alegórico, con una bandera de España. «Tongo olímpico», tituló el periódico fiel a su afición a jugar con el lenguaje, que por cierto no debería extrañar. A fin de cuentas, La Razón se llama «la razón».

«Matar vuelve a ser delito en España»

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Si fuera por La Gaceta cualquiera diría que en España se asesinan bebés de teta, ya que la diferencia entre esto y el aborto legal son tecnicismos sin importancia cuando se trata de Intereconomía. Tanto que para jalear la reciente reforma de la norma que regula la interrupción del embarazo el rotativo eligió una fotografía de lo primero en lugar de lo segundo, y a nadie se le escapa por qué. Siempre contrasta mejor con el verbo «matar» escrito en mayúsculas la imagen de un niño simpático y sonriente en colores cálidos que la estampa inexpresiva y aburrida de una ecografía. De no haber anunciado ya el cierre de su edición en papel, no descartamos que La Gaceta hubiera seguido ilustrando la cuestión con fotos de bebés disfrazados de repollos por Anne Geddes. Cuando se trata de contribuir al debate de forma honesta y edificante y sin buscar en absoluto vender más ejemplares, no hay que reparar en gastos. Ni en deontologías.

«El Mundo cambia de piel»

EL MUNDO GRÚA

El pasado 8 de noviembre Pedro J. Ramírez sorprendió a propios y extraños, cibernautas todos, al deleitarnos con su presencia en la portada de la edición digital de El Mundo. Y por partida doble. Primero descorría un banner que rezaba que «El Mundo cambia de piel» y después aparecía montado en una grúa, nada menos, para alcanzar el globo terráqueo del logotipo del periódico y ponerlo a girar, todo esto sin perder ni la sonrisa ni los tirantes. Entretanto otras firmas de la redacción, como Casimiro García-Abadillo, Victoria Prego o Eduardo Inda aparecían también ante los ojos de los lectores para subir y bajar por escaleras, subir y bajar cuerdas, subir y bajar palancas y recomponer figuradamente la portada web del periódico, que de esta forma publicitó el rediseño de su web.

¿Qué portada añadirían?

Los 10 mejores libros del año

56 críticos y periodistas de Cultura de El País han participado en la votación para elegir los mejores libros del año. De la burbuja inmobiliaria a las redes sociales, de la Rusia de Putin a la tensión nacionalista en España, el resultado es el siguiente:


1- En la orilla. Rafael Chirbes. Anagrama.

El escritor Luis García Montero recrea la obra ganadora. Considera al autor valenciano como uno de los novelistas españoles que mejor cuenta la realidad porque lleva muchos años persiguiendo su sentido. La intimidad de los personajes, el decorado de las vidas privadas y las historias públicas se tejen en un universo narrativo que ordena e interpreta ese argumento llamado España. La dimensión ética perfila la mirada y el vocabulario de Chirbes. Su poder es inseparable de la búsqueda de sentido, de la lucidez.

 



2- Limónov. Emmanuel Carrère.Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama

Limónov: he aquí un hombre que acumula, como los escritores malditos, experiencias (mayordomo, mercenario, político, poeta, mendigo, preso en campos de concentración, cabeza rapada) en distintos lugares (Ucrania, Nueva York, París, los Balcanes, Rusia) con una idea clara: no colaborar con las verdades oficiales. Es por eso por lo que podría ser el héroe que a él le gustaría, un Rimbaud possoviético, o el héroe que necesitamos nosotros, uno que dinamite este Sistema represor, pero gracias a Emmanuel Carrère, que le sigue la pista, le entrevista y se documenta exhaustivamente para construir este fascinante reportaje novelístico, nos damos cuenta de que, en realidad, Limónov es un pobre tipo carcomido por unas contradicciones que le superan. Y salvaje como un cable de acero suelto dando latigazos al azar, no como una fiera dueña de su musculatura y su energía. Pura fuerza impura que Carrère sabe domar con una prosa y un ritmo geniales.

3. Obra completa. Blas de Otero.Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores

Como su paisano Unamuno, Blas de Otero ha pasado por escritor bronco y de traza casi metalúrgica, siendo heredero de Juan Ramón, virtuoso del verso y, quizá junto a Ory, el sonetista más dotado de su generación. Como Antonio Machado, ha sufrido el mohín desdeñoso de los exquisitos, desconfiados de sus jaleadores antifranquistas, cantautores incluidos. Pero no se puede tapar el sol con el dedo de los prejuicios: Obra completa es fruto de un poeta excepcional. En sus primeros libros dislocó ritmo y sintaxis para poner música al estertor existencial. Antes de quedar fosilizado en el traje retórico para funcionarios de la desesperación, rebajó el patetismo en aras de la poesía coral, pidió la paz y la palabra y escribió En castellano (que publicó en francés para sortear la censura: Parler clair). Nunca desertó de la luz del lenguaje: sus últimos libros, varios de ellos inéditos, muestran al vivo la almendra de la conciencia personal y la fraternidad humana.

4. Todo lo que era sólido. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral

Entre las novedades bibliográficas sobre la crisis publicadas durante este último año, que casi están a punto de crear una nueva burbuja como la inmobiliaria, destaca el exitoso ensayo de Antonio Muñoz Molina en el que se realiza una reflexión —en clave de denuncia— de lo que no vimos o no quisimos ver antes de 2007. Es decir, y a modo de ejemplo, negocios fáciles al amparo del poder político y derroche del dinero público en infraestructuras superfluas y en exaltación de la fiesta y el ocio. La excelente prosa de este ensayo pone por escrito la situación traumática a la que hemos tenido que enfrentarnos el común de los mortales en los últimos seis años e incita a examinar los factores que han ido mermando el impulso que ha permitido a España, a pesar de la actual crisis, vivir el periodo más largo de prosperidad y democracia de su historia. Luis Perdices de Blas

5. Canadá. Richard Ford. Anagrama


El potente comienzo de Canadá —“primero comentaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después”— me hizo creer que leería sobre hechos, la intriga descifrándose y la letra deslumbrante de Richard Ford contándomelo. Me equivoqué, no en el brillo de la letra que seguía intacto, sino en la sencillez resolutiva que de antemano le atribuí a la novela y que se desvanecía según hablaba Dell Parsons, un sexagenario profesor regresando a la primavera de 1960, cuando comenzaron a fraguarse los sucesos, y él y su melliza Berner tenían 15 años. “No siempre vamos a sitios. A veces acabamos en ellos”. Great Falls, Montana. El atraco. Meses después, Fort Royal, Canadá: los asesinatos. Canadá en su intriga intimista y turbadora contiene una carga de profundidad imposible de esquivar. Está el desarraigo, la conversión de hechos decisivos en secundarios, los herrumbrosos paisajes que incluye casas y espacios interiores. Y duele el desvalimiento del presente. Sí, tomemos nota: “Hay que vivir como si cada día encerrara en sí mismo una pequeña existencia” o: “Asegúrate de tener siempre algo que no te importe perder”. Un Ford imprescindible. María José Obiols

 

6.Mi vida querida. Alice Munro. Lumen

El noviazgo cruelmente abortado de una virginal profesora; el fugaz encuentro amoroso en un tren de una joven madre que huye de su matrimonio; ser poeta de provincias y asistir sola a una fiesta de intelectuales; celos mortales de una esposa setentona al aparecer en casa un ligue de juventud del marido octogenario: en cada uno de los 10 relatos de Mi vida querida Alice Munro asombra con la vertiginosidad con la que resume una existencia y la puntería con la que enfoca y amplía como con zum sus momentos clave. Sin preocuparse por la linealidad o la cronología, con artísticos saltos hacia delante o atrás, Munro llega al hueso del alma humana, y descubre con delicadeza el punto de inflexión de cada vida, su quebradura. La premio Nobel canadiense retrata personajes del montón, mujeres sometidas por familia, prejuicios de género o religión (estos últimos en una variante canadiense que pone los pelos de punta) y las salidas poco convencionales que encuentran. Lo extraordinario de su arte narrativo —el de una incontestada maestra de la elipsis— es su luminosa dimensión humana, con todas las aparentes pérdidas y dolores que contiene. Cecilia Dreimüler

 7. 14. Jean Echenoz. Anagrama

Elegante y poderosa es la nouvelle con la que Echenoz nos abisma en la Gran Guerra a las puertas de su centenario. Un cataclismo que el autor francés desgrana a lo largo de 15 capítulos con la eficacia narrativa y la ironía a las que nos tiene acostumbrados. Con la lupa sobre un puñado de personajes —cinco jóvenes de la Vendée francesa movilizados para la contienda y una mujer importante en la vida amorosa de dos de ellos— plasma con breves pinceladas esa catástrofe desencadenada por el hombre, sin el afán de elucidar las estrategias militares o los motivos por los que estalló la violencia. Muerte, devastación, mutilaciones: el horror bélico cabe en apenas un centenar de páginas cuya nítida prosa libre de hipérboles, ampulosidad o redundancias incide en el lector con la exactitud de un escalpelo. 14 es una pieza concentrada, sobria y delicada acerca del zarandeado destino de los individuos en tiempos de calamidades que deja el eco distintivo de la buena literatura. Marta Rebón

 8.Sociofobia. César Rendueles.Capitán Swing

Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital, de César Rendueles, es una rara avis. Es una aportación de nuestro pensamiento a un debate actual dominado por autores anglosajones. La obra ha tenido una difusión sorprendente, para tratarse de un libro de ensayo, que aunque sea accesible exige atención y discernimiento de sus lectores, y ya va por su tercera edición. Por otra parte, ha recibido reseñas críticas extensas y razonadas, aunque no necesariamente de acuerdo con sus postulados. Sociofobia analiza y critica la ideología tecnófila que impregna nuestra sociedad, y muy concretamente sectores de ella empeñados en su cambio. Así, afirma que la tecnología no conduce automáticamente a transformaciones sociales liberadoras. En un contexto de relaciones sociales fragilizadas, los vínculos que crean las redes parecen insuficientes para hacer aquello que se espera de una sociedad: que sea un sistema de ayuda mutua entre sus miembros. José Antonio Millán

9.Intemperie. Jesús Carrasco.Seix Barral

Todo es furtivo y sin embargo todo sucede en la inmensidad de una llanura, en larguísimas travesías desérticas, en poblados abandonados como si la geografía de la desesperanza hubiese encontrado una nueva patria. Las figuras del cabrero y el niño huido se ligan con una inverosímil fibra emocional, pero el acoso al que esta novela somete al lector es frío y metódico, como si contar la rapiña humana y el desvalimiento solo pudiese hacerse contra el patetismo sentimental. Es novela de espacios sin metáfora, es fulgurante y precisa en su paisaje yerto, de vitalidad tan mineralizada que no queda rastro de ella y si existe se agosta hasta desaparecer. La violencia acecha con una pureza que equipara paisaje humano y moral a través de la mirada fríamente arrebatadora de un narrador que cuenta con un lector cobijado y protegido, e incomprensiblemente culpable de la vida calcinada.Jordi Gracia

 10. Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad. José Álvarez Junco (coordinador). Crítica / Marcial Pons

 A veces,las medicinas llegan cuando los enfermos más las necesitan. En los últimos meses los trabajos de autores como los que firman este libro, pero también Andrés de Blas, Juan Pablo Fusi, Antonio Morales, Javier Moreno Luzón o Xosé Manoel Núñez Seixas, han visto la luz para iluminar un páramo aparentemente oscuro. Había importantes lagunas para asentar un conocimiento serio sobre los discursos y los mitos que han fundamentado el nacionalismo español y la construcción de las distintas historias de España, pese a los esfuerzos de clásicos como Vicens Vives, o los más recientes de Santos Juliá, Ricardo García Cárcel y Sisinio Pérez Garzón. En este libro hay rigor, exhaustividad, buena escritura, orden y hasta humor. Y habla de España sin olvidar sus “partes”. Hoy, más que casi nunca, un libro como este. Jorge Martínez Reverte

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2013-11-29 05:18:00

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