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David Gascón: «Para un ingeniero no hay nada más grande que enviar algo al espacio»

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Nos encontramos con David Gascón en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, a medio camino entre su Zaragoza natal y Malta, ciudad a la que se dirige para realizar una sesión como DJ de música techno, una de sus grandes pasiones. La otra, la principal, es su inquietud por los avances tecnológicos, principalmente los relacionados con la internet de las cosas, como se denomina a la conexión a internet de objetos cotidianos. De hecho David Gascón es el artífice de Waspmote, una de las plataformas con más presencia en el mercado. David y su equipo desarrollan tecnología que se usa en el mundo entero e incluso más allá, en satélites espaciales, y además la hacen accesible y utilizable para que todos podamos disfrutar con ella sin conocimientos técnicos. Nos adentramos con David en el mundo de los sensores y de las ciudades inteligentes, atisbando el futuro que nos espera.

Quiero empezar con una frase, para que nos la expliques: «La marabunta empieza a volar y se convierte en un enjambre».

Ahí hay varios conceptos. Marabunta es una red que creé cuando tenía veintiún años y estaba estudiando Ingeniería Informática. Me apasionaba la manera que tienen los animales de optimizar los caminos, los recursos. Marabunta es la manera que tienen las hormigas de conseguir comida de forma óptima, porque ellas no tienen  una visión espacial, e intentan aplicar una máxima —el camino óptimo es el más corto— y por ende son los caminos que más veces recorren. Las hormigas los marcan con feromonas al transitar, por lo que los más marcados son los que se consolidan como los óptimos. Esta idea me gustó para crear algoritmos de transferencia de información por internet, que encontraran las mejores rutas. Hacer caminos que se fueran enriqueciendo cada vez que pasara un paquete de datos. Luego pensé cómo aplicar eso mismo a las redes inalámbricas. Hace seis años, lo único inalámbrico que teníamos era el móvil y la WiFi, no había nada más. Ahora hay una amalgama increíble de tecnologías. En aquel momento pensé llevar esa misma idea de la marabunta cableada a una red inalámbrica. Fue lo que denominé enjambre: la adaptación a protocolos inalámbricos de esa optimización de los caminos por parte de las hormigas y sus feromonas.

Dices también que el principal objetivo de la marabunta es luchar contra la censura en la red y asegurar la libertad de expresión. ¿Cuánto queda de esa máxima en tus proyectos en la actualidad?

Creo que esa frase define claramente la rebeldía del estudiante de veintiún años. Cuando proyecté la marabunta tenía en mente un fin un tanto romántico, como cualquier joven. Trataba de cambiar el mundo dentro de mis conocimientos. Lo que quería era que dos personas en internet pudieran comunicarse de forma anónima sin dejar traza y si en el caso que los mensajes fueran detectados no tuvieran una validez legal. Todo esto pensando en el modelo de censura que se aplicaba en China, en Corea del Norte… No era tanto un componente político como rebelde.

¿Qué es Waspmote?

Es un dispositivo que nació como resultado de tres años de investigación basado en la idea del enjambre, una red de sensores inalámbricos (wireless sensor networks) hablando entre sí y enviando la información que captan a internet. Es decir, es importante no solo hablar de comunicación, no me interesaba solo la forma de comunicar cosas, sino darle un valor a la información transmitida, de ahí el hecho de interconectar sensores. Se trata de aprovechar la ubicuidad tan grande de los nodos de internet para volcar en tiempo real información local. A partir de la idea de interconexión global, los sensores inalámbricos que desarrollamos en Libelium monitorizan multitud de información local. Libelium es la empresa que creé para poder comercializar esta tecnología desarrollada y Waspmote es el dispositivo que nace como implementación de esta idea.

Llega un punto en el que casi de facto has creado un protocolo. Básicamente, no había antes algo así.

Claro. Una de las cosas clave, que más nos diferencian. Nosotros empezamos en esto hace seis años. El producto tiene tres. En Estados Unidos existían cosas, en la Universidad de Berkeley, en algunas empresas… cosas muy puntuales. Por supuesto, en España no se sabía nada y en Europa muy poco. Nuestro objetivo era interconectar cualquier sensor mediante cualquier protocolo inalámbrico a internet. Bajo esa premisa de horizontalidad nació Waspmote. Había plataformas muy verticales. Por ejemplo, una red para saber si había o no tráfico en la carretera. Lo que nos planteamos nosotros fue utilizar una misma base sobre la que construir servicios de forma que pudiéramos, por ejemplo, aprovechar los desarrollos de un aplicativo de control de seguridad para controlar un viñedo, simplemente cambiando el sensor de seguridad por uno de humedad de tierra. De esta forma el ingeniero solo programa una vez y además es tan fácil como programar una página web.

El problema que tenían los dispositivos en aplicativos verticales es que estaban programados de forma compleja en lenguajes de bajo nivel. Nosotros hicimos un entorno de programación que permitía programarlo en alto nivel. Y en alto nivel es como programar una web. Como con objetos. Algo muy intuitivo.

Una de las cosas que me ha sorprendido de los proyectos que habéis puesto en marcha es el dispositivo que incluía un detector geiger para Fukushima y que pusisteis en marcha en tan solo quince días tras el accidente. ¿Cómo fue la respuesta que tuvisteis a esto?

El detector geiger es uno de los proyectos de los que más orgullosos estamos por el tiempo de respuesta tan rápido que tuvimos. Tras el accidente de la central nuclear en Japón me reuní una mañana con mi equipo de ingenieros y les dije: dejad todo lo que tenéis entre manos y nos ponemos con esto. Era algo muy nuevo: buscar sensores geiger capaces de detectar radiación nuclear e integrarlos en un dispositivo del tamaño de una tarjeta de crédito. De hecho, curiosamente, los primeros tubos geiger que adquirimos en norteamérica se agotaron rápidamente. Tuvimos que buscar en almacenes rusos y chinos con manuales que no estaban ni si quiera traducidos al inglés. Fue  muy complicado: los descargas y lo único que ves es un montón de caracteres chinos y de repente algún parámetro inteligible. Fue un reto y a la vez una satisfacción increíble. Surge una idea una mañana y un mes después teníamos las unidades en la mesa. Eso para una empresa grande es impensable, es una de las ventajas competitivas que tiene una empresa pequeña. La flexibilidad.

¿Y la respuesta por parte de Japón? ¿Se llegó a comercializar e implantar allí?

Sí, sí. Las primeras cien unidades las regalamos para que la gente las probara en las cercanías de la central, ya que estos sensores podían «lanzase» desde un coche o un helicóptero y enviar los datos por 3G sin necesidad de que hubiera un operario humano manejándolos. La idea era proteger la vida de los equipos de rescate y control. Después vimos que tuvo una aceptación muy buena desde el punto de vista de particulares que querían también usarlos en su casa, en el jardín, en el supermercado… Era «el gobierno dice que no hay problema», bien, vamos a ver si eso es verdad.

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Vuestra evolución es de manual por lo bien que lo habéis hecho. Habéis crecido y el ochenta por ciento de vuestras ventas son exportación…

El noventa por ciento.

En España, fuera del ámbito universitario, los aplicativos que tenéis no se conocen como se conocen fuera de nuestro país.

Sí, y de hecho nuestra demanda y clientes objetivos están mayormente fuera de nuestro país. Esto a nivel empresarial es una de las cosas más difíciles que tenemos que afrontar. La internacionalización nos supone un desembolso económico muy grande. Ir a cada feria, a cada evento, son costes enormes. Hace poco estuvimos en Smart City Expo, la única feria en España en la que participamos. Las demás son todas fuera. Nuestra web está solo en inglés y es algo que tenemos que andar explicando continuamente aquí es España. Hemos tenido críticas por ello, pero, ¿para qué la voy a traducir? El cliente en España, el que compra una tecnología realmente disruptiva, ya sabe inglés. Esta tecnología no va dirigida para el cliente final —el agricultor de viñedos— por ejemplo, sino que se lo vendo a una consultora que le hace la instalación de los sensores en las vides a ese agricultor. Es una plataforma para ingenierías, por lo que el  cliente final no se tiene que preocupar de los sensores, se tiene que preocupar de los datos. La tecnología es solo el medio.

Explícanos que es Cooking-Hacks.

Es nuestra ventana a lo imposible. Es decir, cada vez que se nos ocurre una idea que empresarialmente es una locura, la comercializamos en Cooking-Hacks porque tiene cabida. Hemos hecho una plataforma de sensores biométricos que es una pasada. Es como un hospital. Algo similar en el mercado de salud vale cuarenta mil euros y nosotros la vendemos por cuatrocientos. ¿Cómo es posible? Pues porque no tiene las certificaciones burocráticas. Nosotros la sacamos como una plataforma de experimentación de empresas que quieren realizar prototipos para hacer productos, o artistas que quieren monitorizar el cuerpo y que cuando el corazón pase de determinadas pulsaciones se enciendan luces, o que un edificio cambie la temperatura ambiente si yo estoy nervioso… Sin embargo la respuesta es enorme en ámbitos para los que no está diseñado. Empezaron a comprarla gente de hospitales de África, de Sudamérica… Y les decíamos que no tenía certificación. Y ellos contestaban que la habían probado y funcionaba muy bien, que no tenían nada, tenían a la gente sin monitorizar. Les valía más tener algo con un margen de error del tres por ciento que no tener nada.

Esa absorción por parte del mercado está haciendo que las cosas cambien. Es decir, hasta hace dos días no podías sacar nada. Ahora lo haces, sacas un disclaimer y dices  que está en experimentación. Y a partir de ahí empieza a moverse y a buscar su nicho. El mercado es un ente vivo que regula de forma perfecta la oferta y la demanda. Hay una proactividad muy grande. Desarrollamos mucha tecnología que compartimos con esta filosofía.

En diciembre sacamos un artículo un tanto viral, que representa el extremo de esto que estamos hablando. Hemos metido en un sobre una carta a Papa Noel y la hemos echado a un buzón. Dentro va uno de nuestros dispositivos con sensores de geolocalización que nos dice dónde está la carta en tiempo real, así que ya sabemos dónde vive exactamente Papa Noel, aunque no os lo podemos contar.

Estáis empezando con las impresoras 3D.

El tema de las impresoras 3D no es especialmente nuestro nicho de mercado, pero pensamos que podíamos aplicar nuestra filosofía Cooking-Hacks a este tipo de productos. Nos basamos en un modelo que ya había y lo adaptamos  un poco. Y hemos vendido bastantes, pero no es algo en lo que nos centremos. La irrupción global de las impresoras 3D vendrá en un par de años, cuando las grandes empresas fabricantes de electrodomésticos entren en ello. Entonces el precio bajará y será tan sencillo como manejar una cafetera.

A nivel empresarial partís del modelo de transferencia tecnológica de la Universidad, ¿cómo ha sido la experiencia como parte de la comunidad universitaria a la hora de montar la empresa?

En la Universidad obviamente nadie te enseña nada. Tiene todo un halo de cierto misterio. Era algo desconocido. Esa falta de conocimiento, el ver que nadie lo hacía, fue el principal motivo de pensar «tiene que funcionar». Porque si de quinientos alumnos que estábamos en nuestra promoción de ingeniería solo dos estamos montando una empresa, algo tiene que salir. No íbamos a tener competencia. Además era el momento perfecto. Veintitrés años. Sin hijos, ni hipoteca. No había riesgo. Lo único que podíamos perder era el tiempo. Esa aversión al riesgo de mis compañeros no la llegué a entender jamás. Yo en realidad nunca he sido un empresario. Era un emprendedor. En mi familia nadie era empresario, no tenía un background, no tenía a nadie que me explicara cómo se hacía nada. Era todo ponerse manos a la obra.

Tu socia no te complementa tampoco en este sentido, ¿no? Los dos sois ingenieros.

Sí. Todo partió de mi proyecto fin de carrera, me explico. El último año de carrera me fui a Londres a hacer el proyecto y ahí intentaron que no hiciera lo que tenía pensado. Yo había propuesto una idea, que habían validado, y al llegar allí al catedrático le pareció que no, que mejor íbamos a hacer algo que le interesaba más de cara a publicar un paper en un congreso. Me negué. Llamé a la la Universidad de Zaragoza, donde cursaba la carrera, y propuse dirigir mi propio proyecto, les convencí, la idea era mía. Y lo llevé a cabo. No hace falta ser catedrático para llevar una investigación. A partir de ese momento, y ya de vuelta en España, tenía la idea madura y contacté con mi compañera —Alicia Asín—, habíamos hecho la carrera juntos, habíamos hecho prácticas y teníamos ese feeling. Ella tiene una visión muy analítica de los negocios y es un contrapunto muy bueno a mi impulsividad.

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¿Habéis tenido algún mentor en el ámbito administrativo? No me refiero a ayuda económica, sino a alguien que haya creído en vosotros y os haya echado una mano diciéndoos dónde llamar, etc.

Nos pasaron dos cosas. Primero, hace seis años nadie sabía qué era la internet de las cosas, ni los sensores inalámbricos. Les decía que íbamos a interconectar el mundo a internet y no tenían ni idea de lo que les estábamos hablando. En España los asesores de centros como las Cámaras de Comercio tienen unas limitaciones. Esto no es Sillicon Valley. Allá la gente está muy informada de todo lo que sale, hay mucho esfuerzo por estar continuamente actualizados sobre las tecnologías disruptivas, en España por desgracias la cosa no es así. El segundo hándicap fue cuando les comenté que íbamos a dejar los planos de muchos de nuestros productos accesibles mediante licencias de código abierto. Me dijeron que estaba loco, que cómo se me ocurría, que se me iban a comer. Ahora mismo facturamos tres millones de euros vendiendo tecnología punta y con muchos de los productos en código abierto. Estamos cambiando las reglas.

¿Basáis algunos diseños en Arduino y Raspberry PI?

Nuestros diseños están hechos desde cero pero algunos de ellos son compatibles con Arduino y Raspberry PI. Son dos plataformas que nos gustan mucho y comparten nuestra filosofía open hardware.

¿Y patentáis el hardware?

Respecto al software lo tenemos abierto todo. Respecto al hardware: todo lo que está directamente relacionado con Cooking-Hacks, es decir productos para el usuario final es hardware abierto. Respecto a Libelium sí tenemos patentes de hardware, pero damos información sobre los pines de interconexión para que otras empresas que hacen productos sobre nuestra tecnología puedan conectarse a ella. Es un modelo abierto, pero protegiendo la tecnología que vendemos a empresas.

El último proyecto, el satélite. ¿Cómo ha sido la experiencia?

El satélite es un proyecto derivado de lo de Fukushima. Se enteraron de que hicimos la placa de radiación nuclear y gustó mucho la idea a nivel global. El primer país que las compró fue Japón, y luego Estados Unidos, en la costa de California nos compraron muchísimos. Y hoy donde más vendemos es en Europa del este y en Corea del Sur.

Al enterarme de que se estaba proyectando un satélite open source me puse en contacto con la empresa que lideraba el proyecto, Nanosatisfi, en San Francisco, y les propuse incluir nuestro dispositivo para medir la radiación solar. Estuvimos tres meses estudiando, rehaciendo, probando… teníamos que reducir a la mitad nuestro dispositivo y prepararlo para trabajar en gravedad cero.

Muchas veces me han preguntado por qué he metido dinero en este proyecto sin esperar una retribución monetaria directa. Ocurre que desde el punto de vista de un ingeniero no hay nada más grande que enviar algo al espacio. Es algo con lo que profesionalmente me siento muy bien, una oportunidad única en la vida.

¿Cuál es el sensor que se te resiste o que quieres meter en la plataforma?

Tenemos un proyecto muy ambicioso con sensores de calidad del agua que sale en 2014 y que nos ha costado mucho esfuerzo. La idea es colocar estos sensores en determinados puntos del río, de lagos, y que te digan la calidad del agua. Cada cinco kilómetros aproximadamente. Así puedes saber dónde se hacen los vertidos, por ejemplo. El nivel de pH o de oxígeno en agua es algo muy complicado de medir, tienes que tener un punto de referencia… Llevamos casi tres años solo intentando hacer una plataforma que pueda funcionar de forma autónoma. Y por fin va a ver la luz, no hay nada igual en el mundo.

¿Habéis desarrollado el sensor o solamente el portasensor?

Más que portasensor la tecnología que desarrollamos lo que hace es controlar el sensor, que sea una aplicación sostenible. Es decir, los sensores consumen mucho, tecnología 3G, WiFi… Se trata de hacer algo escalable, que consuma muy poco y que pueda vivir diez años con solo una batería.

¿Tenéis peticiones por parte de la administración española?

Es lo que más lento va. Todo lo que es público ha de llevar un concurso, lo que es público y merece la pena. No hablamos de mil euros en material de oficina. A los concursos solo se presentan las grandes, que son las consultoras, INDRA, Telefónica, IBM, etc. Las entidades públicas se interesan mucho por lo que hacemos pero el camino a seguir es siempre de la mano de estas grandes empresas.

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Explica qué es la Smart City.

El concepto de Smart City es dar valor a la ciudad, mejorar la calidad de vida de los ciudadanos mediante la obtención de información en tiempo real y la implementación de metodologías y protocolos de actuación. Es decir, contar con información de la ciudad para optimizar procesos. Por ejemplo, en Santander ya se puede conocer qué sitios hay disponibles para aparcar simplemente mirando el teléfono móvil. Una aplicación te da el estado de los sitios de aparcamiento y se puede ver en tiempo real, de forma que puedes ir directamente a una calle que disponga de sitios libres.

En este proyecto de Santander hemos instalado mil nodos sensoriales. Cuatrocientos están bajo el asfalto —para el control de los espacios de aparcamiento—, y los otros sesicientos te dicen los niveles de ruido y de polución de la ciudad por calles, cómo se mueve el tráfico, cómo se condensan los humos, cómo se mueven las corrientes de aire, etc.

¿El servicio también lo dais vosotros?

No. La idea es que empresas de parking gestionen los cobros y pagos del nuevo servicio. Nosotros nos ocupamos de la tecnología.

¿Qué perspectivas tenéis? ¿Habéis pensado entrar en bolsa? Habéis crecido mucho en seis años…

Somos una empresa que tiene mucha tecnología, mucho valor. Una empresa pequeña con un gran potencial. Pero pequeña aún, no hay que perder el norte. Hemos crecido mucho, es cierto, y hacemos cosas que que están muy bien, que son un suma y sigue, no son productos que caduquen o que vayan a pasar de moda, pero tres millones de facturación, aunque suene muy bien, en el mundo en el que nos movemos, frente a nuestros competidores de Estados Unidos, no es nada.

Tenemos ofertas, claro. Lo que pasa es que no estamos en el momento adecuado. Solo admitiríamos una ampliación de capital si quien entrara nos permitiera crecer como socio tecnológico o comercial. Que fuera una empresa consolidada, muy tecnológica, que nos propusiera un plan de actuación, no una empresa que solo financie. Tendría que ser un socio estratégico en este sentido.

De hecho, una de las cosas que hemos hecho muy bien en 2013 es hacer un parnertship con IBM y que nos ha permitido poner IPv6, que es la nueva versión de IP, en los sensores. Es una de estas alianzas estratégicas que revalorizan la empresa.

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Has fichado a mucha gente para trabajar con vosotros de vuestra propia Universidad. No suele ser lo habitual.

Somos estudiantes de la Universidad de Zaragoza, tenemos relación con profesores, con los programas académicos y los alumnos con lo que la sinergia es obligada.

Tú has dado clase, ¿no?

Sí, he sido también profesor. Poco tiempo porque me volqué en seguida con la empresa. Tenemos buena relación con las oficinas que promueven las prácticas de alumnos y los proyectos fin de carrera en empresas. Pero, sobre todo, es que tenemos la Universidad a doscientos metros. Pagamos una localización que no es la más barata de Zaragoza, pero permite a cualquier estudiante que acaba las clases venir a hacer el proyecto o una beca. Tenemos una cantera que si hubiéramos estado en un polígono a las afueras de la ciudad no hubiera sido posible captar. Damos una formación muy especializada en un producto muy nuevo. Y ellos se forman como ingenieros y como profesionales.

¿Exigís que sean doctores?

Especialmente que no lo sean. Las tesis suponen una especialización muy grande. Y en mi empresa lo que busco y premio es tener una gran transversalidad. Los muevo mucho. Necesito a gente que no tenga ese nivel tan alto de especialización, prefiero gente que tenga una capacidad de adaptación rápida. Lo que más valoro es la proactividad y la capacidad de reacción ante un problema nuevo.

Os gusta seguir innovando.

La mayor discusión que hay ahora mismo dentro de la empresa es que desde el departamento comercial nos dicen que frenemos, que vamos muy rápido. La cosa es que tenemos un ritmo muy alto de salida de productos nuevos y muchas veces el mercado tarda en asimilarlos. Todo lleva tiempo. Es decir, no pueden hacer un plan de ventas de un año, cada tres meses sacamos algo nuevo.

Mi misión es siempre abrir brecha. Estoy en el rompehielos. Mucha gente del equipo trabaja en mejora de producto y luego hay un equipo de desarrollo e innovación, cuatro o cinco ingenieros con los que vamos abriendo camino.

¿Quién es tu modelo de empresario tecnológico, tu referencia?

A los que más estima tengo, que lo han hecho muy bien, es a Apple. Han conseguido por primera vez un producto tecnológico que es objeto de deseo. Tecnología punta y además atractivo. En la empresa nosotros hacemos hardware, y nos preocupamos mucho por el diseño visual. Les hemos intentado dar, dentro de que son dispositivos de silicio, un toque de exclusividad con la intención de acercarnos al modelo de Apple. De ahí que los PCB estén diseñados en negro, casi nadie lo hace así.

Apple saca un producto y tiene a la gente una noche antes haciendo cola en la calle. Tienen ese halo de estrellas de rock… Aunque no comparto algunas cuestiones relativas a los procesos y las condiciones en la fabricación de sus productos, la creación del producto como objeto de deseo me parece excepcional.

¿Tenéis pensado hacer algún tipo de gadget?

Sí, estamos en ello. Pero se nos plantea el problema de que este tipo de tecnología —la que es para el público final—, es la que más trabajo cuesta poner en marcha. No vale hacer cualquier cosa. Tiene que estar preparada incluso para gente que no tenga ni idea de tecnología. Así que tienes que hacer algo completamente a prueba de fallos.

Otra opción es venderlo a través de plataformas como dealeXtream.

Sí, de hecho estamos trabajando varias líneas. Pero aún nos va a costar al menos todo el año.  Es complicado.

Escribías un blog de ciencia en El Heraldo de Aragón. ¿Lo has dejado? Cuéntanos sobre el artículo acerca de cómo mantener la información a través del tiempo.

Mi trabajo consiste en leer mucho, entre otras cosas. Tengo que leer muchísima información y extraer valor de ella. De hecho, me he especializado en ser una esponja. Leo, subrayo… y de repente después de seis meses reviso mil hojas —literal— que he ido recopilando y saco una nueva idea de producto. Discernir lo que es interesante de lo que no, saber un poco de todo, estar al día. Es decir, nosotros tenemos dispositivos que monitorizan el cuerpo, el agua, el aire… De manera que no puedo decir que haya un tema que no me interesa. Lo más bonito de mi empresa es que me ha permitido crecer mucho culturalmente. Quiero decir que si tengo que monitorizar el sonido no me vale con medir los decibelios, tengo además que entender  los armónicos, qué ondas son, cómo se transmite. Se trata de discriminar, a la vista  de los valores, el continuo de lo finito. En las ondas tienes ese continuo de información que viaja, se trata de ver cómo puedes discretizar algo y digitalizarlo. Muchas veces es muy complicado.

El artículo por el que me preguntas tiene ese toque romántico que comentábamos al principio. La naturaleza lleva utilizando discos duros desde hace cientos de millones de años, el ADN es un disco duro con unas instrucciones que se mantienen. Me dije que ahora que sabemos escribir en las células, por qué no desarrollamos una tecnología que nos permita codificar un mensaje en el ADN, meterlo a través de un virus en una bacteria y hacer que esta se autorreplique para mantener ese nuevo mensaje eternamente. Este artículo y otros que he escrito los puedes encontrar aquí.

La revista del MIT Technology Review en español te concedió en 2012 el galardón al joven emprendedor más innovador. ¿Qué supuso este premio?

Este ha sido uno de los premios más importantes y de los que más orgulloso me siento. El MIT (Massachusetts Institute of Technology) es la universidad de ingeniería más importante del mundo y todos los años busca a las diez personas más innovadoras de cada país con menos de treinta y cinco años. Cuando me enteré de que me habían nominado fue una alegría enorme. Estuvimos en Boston los diez elegidos en unas jornadas de innovación junto con los diez innovadores de cada país del mundo. Una oportunidad única para conocer a gente muy brillante. Además tuve la suerte de que me eligieran como el más innovador de España; un reconocimiento muy importante porque al venir de una entidad americana venía a decir que estaba haciendo las cosas bien con los desarrollos en Libelium.

Para acabar, cuéntanos sobre esta faceta tuya de DJ…

Bueno, más que DJ soy productor de música electrónica. Es lo que me gusta, hacer música. Lo que hago es música techno, tiene un tinte muy experimental, muy oscuro, no es el tipo de música que puedes escuchar por ninguna radio, son sonidos fuera del circuito comercial. Me permite plasmar las dos partes que considero claves en mi vida: la parte más visceral y primitiva —el ritmo—, y la más futurista —los sonidos digitales—. Dicen que la música techno, los golpes de percusión repetitiva, nos gustan porque simulan el corazón de la madre cuando el feto está en el vientre. Creo que el techno engloba la música que ha venido y la música que vendrá. Es pasado y futuro. Siempre me han gustado las músicas puras que salen de dentro, como los cantos tribales o el cante jondo. Me he dado cuenta de que ellas tienen que ver con el techno mucho más de lo que tienen que ver otras como el pop.

Comencé pinchando cuando era un adolescente y desde hace unos años me monté mi propio estudio en casa para hacer música. Desde entonces he fichado por algunos sellos donde publico mi música en vinilo. Aunque lo mejor es que me llaman para pinchar en países de toda Europa. Mi madre siempre decía que no tengo hobbies, que todo lo que hago me lo tomo demasiado en serio. Va a tener razón al final.

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Fotografía: Guadalupe de la Vallina

¿Cuál fue la peor década para la moda?

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Le ha pasado a cualquiera al abrir el álbum de fotos familiar. Entre sus páginas amarillentas se agazapan faldas plisadas, jerséis de canalé, botas de plataforma y cardados que una vez compusieron nuestro look, incluso cuando no lo llamábamos de esta manera. Para espanto de nuestros yos del presente —unos yos que siempre sufren complejo de superioridad—, no hay moda que peor envejezca que la del vestir, aunque lo haga, claro, a diferentes ritmos. Hoy queremos preguntarles cuál de las últimas décadas ofende más a la retina y en cuál de ellas, en resumen, perdimos más el norte. Tenemos cinco para elegir.

Los sesenta

Fotografía: Fashion Pictures.

Poco hay que podamos reprocharle hoy al look sesentón, en particular porque quien no lo llevó en su día acabó haciéndolo por hache o por be en alguno de los revival por los que ha pasado después, y eso siempre hace callo. Supuso la gran ruptura con el régimen anterior y sacó la moda de un armario, el de la solemnidad, en el que llevaba guardado todo el siglo XX.

Los setenta

Fotografía: Fashion Pictures.

Fue la época de la verdadera revolución: en los setenta llegaron lo unisex, el brillo y la ropa deportiva, que de repente vestía cualquiera sin perder la condición de respetable. Fue también entonces cuando minifaldas y shorts consagraron que el muslo es bello, algo que en España tardamos en saber algo más que en el resto del mundo.

Los ochenta

Fotografía: Sheila Rock.

Fueron un brainstorming en el que no se desecha ninguna idea: tachuelas, leotardos, colores ácidos, cuero, mullets, cardados, pitillos, leopardo, diademas, chapas… Cuando miramos atrás es la década de la que más nos arrepentimos y con razón, porque parecíamos árboles de navidad.

Los noventa

Fotografía: Virgin.

Tras la bacanal ochentona de tecnofuror, colores ácidos y cosas ácidas en general, los noventa llegaron como el neoclasicismo irrumpió  en el rococó: de un portazo súbito y diciendo que ya está bien de hacer tanto la mamarracha. Los instrumentos de su represión fueron el color marengo y el beige —un color que quita las ganas de vivir—, las texturas lisas —para que se viera bien el color beige—, la pana, el diabólico canalé y los novísimos foulards, que por aquel entonces todavía se llamaban así.

Los 2000

Fotografía: Jack Newton (CC).

Los 2000 comenzaron con un revival —muy light y descafeinado, eso sí— de los sesenta, uno menos decidido de los setenta y finalmente otro de los ochenta. Si en aquella década ya remota la talla era un concepto relativo para el común de los mortales, en los 2000 lo fue llevar la prenda bien puesta y así nacieron los pantalones cagados o aquel espanto de las camisetas por encima de la camisa, por ejemplo. También «vintage» es un palabro que aprendimos en los 2000, cuando comenzó a estar de moda comprar ropa de muerto al peso, indistinguible de la que los vivos lucían por los mentideros más céntricos de Madrid, Barcelona y otros zoos de la vanguardia. Había llegado el hipster y lo había hecho del frío, con un aspecto entre holandés y canadiense la mar de trendy y socorrido para aplaudir el nacimiento de Instagram en 2010.

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La tertulia literaria estalla en la Red

Anobii. Shelfari. Lecturalia. Goodreads. Y ahora, un puente para el lector en castellano: Lectyo. Es el nuevo léxico de la red destinado a una de las experiencias y placeres de siempre: leer. Vivir la historia, sea en ebook o en el papel, sigue igual. Pero la tertulia en la que se discute, critica y se intercambian futuras lecturas ha cambiado para siempre con Internet. Las redes sociales pensadas como clubes de lectura han explotado. Van desde lo mainstream, con mastodontes como Goodreads, de Amazon, con sus 25 millones de usuarios registrados, a lo más alternativo, como los clubes de lectura online dedicados a un género, como theromancebookclub.com. Y se encuentran en todos los idiomas, con Lecturalia a la cabeza del mundo hispanohablante o la china Douban, que atrajo a los intelectuales para montar foros de disidencia en el enjambre de 68 millones de usuarios que posee y que está sometido a una férrea censura del régimen chino.

En este entorno en plena expansión, la fundación Germán Sánchez Ruipérez, que lleva 30 años dedicada a la difusión de la lectura en castellano sin ánimo de lucro, lanza su apuesta: Lectyo. Su creador, Luis González, que tuvo su idea feliz esperando un vuelo en Lisboa, cree que todavía hay mucho margen para innovar: “Las redes sociales son una herramienta muy potente y admiro lo que ha conseguido Goodreads, pero han estado en las manos de los agentes inadecuados. Es hora de que lectores, industria y autores dialoguen en un espacio sin intereses extraliterarios”.

Lectyo intentará ser un puente para todos los lectores hispanohablantes que quieran interactuar con autores y editores para descubrir propuestas literarias al margen de las tendencias más comerciales. Y lo hará sin lo más característico de webs como Goodreads, el sistema de puntuación para valorar los libros. “Lo hemos eliminado porque eso suele acabar en una tendencia mainstream”, aclara González. “Nos interesa crear un lugar de debate donde también se hable de los libros pequeños por su interés literario y no porque los avalen grandes promociones”.

Lectyo tendrá que competir con un modo de entender el debate literario que tiene un dominador absoluto: Goodreads. Esta red social cuenta con más de 25 millones de usuarios. Siete de cada 10 son mujeres y la mitad tienen menos de 30 años. Por países, casi la mitad (el 45%) son de fuera de Estados Unidos y, dentro de Europa, España ocupa el cuarto puesto. Su base de datos acumula más de 360 millones de reseñas y cuenta con miles de clubes de lectura que parcelan su web en todo género literario concebible.

“La epifanía de Goodreads la tuve en casa de un amigo, cuando miré su estantería y me di cuenta de que allí había una mina de oro”, afirma Otis Chandler, presidente y fundador de Goodreads. Pero ese sueño se nubló cuando Amazon compró la empresa por una cantidad que Bloomberg estimó en 780 millones de euros. Una de las primeras medidas de la nueva gestión fue eliminar las reseñas que, para Amazon, eran agresivas con los autores. Desde entonces han florecido las críticas de los usuarios y el temor a que una plataforma democrática acabe sometida a la industria.

Pero la competencia de Amazon, las editoriales de siempre, no han hecho mejor las cosas. Bookish, red social montada por Hachette Book Group, Penguin Group (USA) y Simon & Schuster, fue criticada con dureza por Peter Winkler en The Huffington Post por mentir a sus usuarios, ya que los únicos libros que se promocionaban eran de estas editoriales. James McQuivey escribía en Forbes la venta de Goodreads a Amazon como “una oportunidad perdida” de las editoriales. Bookish ha sido vendida hace dos semanas a la distribuidora Zola, confirmando su fracaso.

Las editoriales siguen este fenómeno con interés... y prudencia. “Por un lado es algo muy bueno, porque todo lugar que hable de libros nos beneficia”, afirma Blanca Rosa Roca, editora de Roca Editorial. “Pero también es verdad que en las redes sociales cualquiera puede dar su opinión y lo cierto es que los lectores se fían más unos de otros que de la crítica”. Blanca Roca asevera que han notado una considerable bajada de influencia de los medios de comunicación clásicos: “Antes sabías que si salías en los suplementos culturales, al día siguiente vendías libros. Eso ha cambiado”.

Carmen Amoraga, ganadora del último premio Nadal con La vida era eso(Destino), sobre las redes sociales, cree que las cosas han cambiado, pero para bien. “Sinceramente, me cuesta encontrarles una pega a estas redes sociales. Creo que ampliar espacio para que los lectores hablen de libros es un avance”. Amoraga admite que la crítica literaria es necesaria, pero entiende que los lectores prefieran fiarse de alguien de quien conocen los gustos que de la opinión de un experto.

Para Antonio Muñoz Molina la presencia de estos clubes online también son una buena noticia, aunque con una matización: ""El único peligro es que esas redes, por su propia naturaleza, favorezcan la endogamia de los que comparten gustos y posturas muy similares. Pero eso ha ocurrido siempre. El entusiasmo por la literatura de grupos fervorosos suele tener una contrapartida de sectarismo: un afirmar negando en el que la afirmación cuenta a veces menos que la negación. Nada empobrece más la literatura que el prejuicio".

La pregunta esencial es si estas redes benefician de verdad a los lectores. Joy Holt, investigador de la Universidad del Norte de Texas, que ha coescrito un estudio sobre las ventajas de estas comunidades online para fomentar la lectura en adolescentes, cree que hay que ser optimistas. “Lo que hace bien Goodreads es conectar gente, dar al estudiante un público al que escribirle. Luego se esfuerzan más en escribir críticas para el resto de la clase, y por tanto ponen más atención en lo que leen”. Para César Antonio Molina, exministro de Cultura y actual director de la Casa del Lector, pintarle rabo, cuernos y tridente a Internet no tiene sentido: “Puede que el malentendido venga de comparar la banalidad de buena parte de lo que se ve en la red. Debemos recordar que lo bueno o malo que haya en Internet depende de los contenidos que los usuarios publiquen”.

Para bien o para mal, el libro y las redes sociales están condenados a entenderse. “Sería una locura no darse cuenta de que este es el futuro”, afirma Luis González, padre de Lectyo. “Y creo que el usuario pedirá cada vez más una mayor independencia, porque los lectores, como las personas, son muy distintos. Y el mainstream nos hace a todos iguales”. Otis Chandler, padre de Goodreads, es lapidario: “En el mundo internauta de hoy en día, somos la evolución natural de lo que viene pasando desde hace siglos: a la gente le encanta compartir y discutir los libros que leen”.

Aronián exhibe su poderío

Blancas: L. Aronián (Armenia, 2.812). Negras: S. Kariakin (Rusia, 2.759).Defensa India de Dama (E15). LXXVI Festival Tata (Torneo A, Ronda 9). Eindhoven (Holanda), 23-1-2014.

Levon Aronián se perfila como ganador en Wijk aan Zee (quedan dos rondas), y se afianza como 2º del mundo, tras este repaso al 2º clasificado del torneo: 1 d4 Cf6 2 c4 e6 3 Cf3 b6 4 g3 Aa6 5 b3 Ab4+ 6 Ad2 Ae7 7 Cc3 0–0 8 Ag2 c6 9 e4 d5 10 exd5 cxd5 11 Ce5 Ab7 12 0–0 Cc6 13 Af4 Ca5 14 Tc1 Aa3 15 Tb1 Ab4 16 Ce2 Cc6 17 Ag5 Ae7 18 Cf4 Dd6 19 Axf6 Axf6 20 cxd5 exd5 21 Axd5 Axe5 22 dxe5 Dxe5 (las blancas tienen sólo una ventaja, la iniciativa, y Aronián se aferra a ella; cada una de sus jugadas siguientes será un mazazo) 23 Te1 Df6 24 Ch5 Dh6 25 Dg4 Dg6 26 Dh3 Tad8 27 Cf4 Df6 28 Ae4 g6 29 Cd5 Dg7?! (la partida indica que era más sensato sobredefender c6 con Dd6, y si 29 ..Dd6 30 Tbd1 Tfe8) 30 Tbc1 (amenaza Txc6, para Ce7+) 30 ..Rh8? (no se ve cómo pueden progresar las blancas tras 30 ..Tfe8; por ejemplo: 31 Dh4 g5!, y no basta la combinación 32 Dxh7+ Dxh7 33 Axh7+ por 33 ..Rg7! 34 Txe8 Txe8 35 Ad3 Cd4!, con la molesta amenaza Cf3+) 31 Cxb6 axb6 32 Axc6 Axc6 33 Txc6 Td2 34 Dh4! (mejor que 34 a4 Dd4, con iniciativa negra) 34 ..Txa2 35 Db4 h5 36 Dxb6 Ta1 37 Tcc1 Txc1 38 Txc1 Db2 39 Td1 Rh7 (con cuatro piezas de artillería en el tablero, la transformación de la ventaja requiere buena técnica) 40 Db5 Rg7 41 Dd3 Tb8 42 Tb1 De5 43 Dd2 h4 44 Db2 Dxb2 45 Txb2 Tb4 46 Rf1 Rf6 47 Re2 Rf5 48 Rd3 g5 49 Rc3 Tb7 50 b4 Rg4 51 b5 Rh3 52 gxh4 gxh4 53 f4 Rg4 54 b6 f5 55 Rd4 Rxf4 (diagrama) 56 Tb3! h3 57 Rd5 Rg4 58 Rc6 Tb8 59 Tg3+ Rh4 60 b7 f4 61 Tg7, y Kariakin abandonó en vista de 61 ..f3 62 Rc7 f2 63 Tf7, y se acabó. Correspondencia: ajedrez@elpais.es

El dopaje en España: una historia de amor y muerte

Carlo Petrini mira a la cámara, a un punto medio y perdido entre el objetivo y el periodista, es decir, a un punto medio y perdido entre el documental y el testimonio, y dice, muy serio: «Cuando yo jugaba, disputábamos unos cuarenta o cuarenta y cinco partidos y nuestro ritmo era el de un FIAT 500; hoy, estos muchachos juegan sesenta o setenta partidos a ritmo de un Ferrari de Fórmula Uno. ¿Cómo pueden resistirlo? Dímelo tú». Y ahí el «tú» deja de ser Gaby Ruiz, periodista de Informe Robinson y pasa a ser el aficionado que recibe la pregunta como un bofetón imprevisto. «¿Cómo lo hacen?», insiste Petrini, «juegan cada tres días y no son diferentes a mí, físicamente son como yo. No tienen dos corazones, dos hígados o seis pulmones…».

¿Cómo lo hacen?

Cuando hace esta confesión a Canal Plus, Petrini está ya enfermo de un tumor cerebral que le ha dejado prácticamente ciego. Es de los pocos que habla. Habla tanto que se le ha dejado de escuchar. Habla sobre enfermedades neurológicas y extraños tipos de cáncer que han alcanzado a determinados exfutbolistas como Bruno Beatrice o Gianluca Signorini. Habla sobre la maldición del Estadio de Como pero habla sobre todo de la esclerosis lateral amiatrófica, la enfermedad degenerativa que mantiene en aquel 2009 a Stefano Borgonovo, exdelantero de Fiorentina y Milan, postrado en una cama escribiendo con las pupilas.

El reportaje causa un gran impacto en España. Es lógico. La palabra doping sobrevuela nuestro vocabulario desde hace mucho tiempo pero especialmente desde el fatídico 1988, cuando se coló en julio, con el positivo a medias de Pedro Delgado en el Tour de Francia, y volvió a irrumpir en septiembre, durante los Juegos Olímpicos de Seúl, con Ben Johnson cargado de esteroides. Una palabra, doping, que Petrini pronuncia con naturalidad pero que prefiere esconderla en su alegato final para que aparezca en la mente del otro, el que está ahí, entre el periodista y la cámara. Las consecuencias del dopaje, lo que nunca se cuenta. Algo más que el escándalo y la trampa. La salud.

Petrini morirá tres años más tarde, en 2012, un año antes de que lo haga Borgonovo. Desde entonces, en Italia los rumores de nuevos casos se repiten constantemente, aunque no dejan de ser invenciones, buffala, que dice Gaia Piccardo, la periodista del Corriere della Sera que participó en el citado Informe Robinson. «En Italia no hay casos nuevos, se habló de Batistuta, con pasado en la Fiorentina, pero era un invento. El problema ahora mismo es que el Gobierno ha recortado las ayudas a los enfermos y estos han amenazado con dejarse morir frente a las puertas del Palazzo di Governo», afirma, mientras promete investigar que hay de cierto en el caso de Fernando Ricksen.

Ricksen, defensa holandés que triunfó en el Glasgow Rangers, anunció en octubre de 2013, a los treinta y seis años, que estaba afectado por la ELA, un desorden neuronal también conocido como enfermedad de Lou Gehrig por haber afectado al histórico jugador de béisbol de los años treinta. No es el primer caso que se conoce en Glasgow, donde el mito del Celtic, el otro gran equipo de la ciudad, Jimmy Johnstone, ya murió en 2006 por la misma enfermedad. En el historial de Ricksen, aparte de muchos años de fútbol, una larga lista de excesos con drogas y alcohol, incluyendo varias visitas a clínicas de rehabilitación.

¿Qué parte de estas consecuencias tiene que ver con el dopaje y qué parte tiene que ver con el abuso de sustancias legales? Recientemente, Rafael Nadal declaró que tuvo que tomar antiinflamatorios antes de todos y cada uno de sus ochenta y dos partidos de la temporada 2013. ¿Hasta qué punto el deporte profesional es algo completamente insalubre? Sergio, el nombre detrás del blog Ciclismo 2005, elogia a los italianos en ese sentido: «Allí al menos los deportistas se toman en serio las consecuencias. En España, ni eso». Algo de verdad hay, desde luego, incluso en un país donde Berlusconi, en plena campaña electoral de 2001, declaró: «El doping es un invento de la izquierda» y se quedó tan ancho.

El enfoque español

Eufemiano Fuentes. Foto Cordon Press

Eufemiano Fuentes. Foto: Cordon Press.

¿Es cierto que en España no hay conciencia de los riesgos del dopaje? El juicio de la Operación Puerto parece apuntar en esa dirección, si creemos el testimonio de Jesús Manzano y los informes de la Guardia Civil acerca de transfusiones en hoteles de carretera, hemoglobina de vaca o de perro utilizada en humanos, estancias sospechosas en hospitales al borde de la tiritona… Carlos Arribas, periodista del diario El País y reciente biógrafo de Luis Ocaña, apunta a la temeridad juvenil: «No hay conciencia del peligro porque son jóvenes y todo joven piensa que va a ser inmortal». La relación entre España y el dopaje viene de lejos y no es un orgullo para este país saber que buena parte de sus médicos deportivos están bajo sospecha o que cualquier candidatura va a tener que soportar preguntas incómodas por parte de tal o cual miembro del COI.

Quizá los deportistas españoles no teman las consecuencias porque no las ven. O si las ven no las comentan en público, desde luego. «En España no se conocen casos de exdeportistas con problemas serios de salud», dice José Andrés Ezquerro, el joven periodista del diario As que destapó el caso Badiola y la presunta relación de la Real Sociedad con Fuentes durante la temporada 2002/2003. «No se sabe nada de eso, nadie habla de consecuencias más allá de las que tienen que ver con la adicción a lo que se llaman drogas sociales». Aguja llama a aguja. Las adicciones son frecuentes entre exdeportistas y han estado detrás de la muerte o el suicidio de algunos de ellos, pero desgraciadamente no es algo exclusivo de futbolistas o ciclistas y el concepto de «juguete roto» no se acuñó pensando solo en José María Jiménez. ¿Cuáles son, entonces, las verdaderas consecuencias de un doping sistemático?

«Los anabolizantes invitan a la depresión y muchos la combaten con cocaína y Prozac, recetada incluso por los mismos médicos que organizan el dopaje», afirma Carlos Arribas. «En los noventa y en los dos mil era habitual la hemocromatosis, un exceso de hierro en la sangre provocado por el manejo excesivo de transfusiones, que creaba problemas hepáticos de todo tipo… pero ya en los sesenta y en los setenta era habitual que los deportistas tuvieran hepatitis por compartir jeringuillas». La lista de peligros para la salud aumenta cuando hablamos con Enrique Gómez Bastida, Victoria Ley y Jesús Muñoz Guerra, expertos de la Agencia Española de Protección de la Salud en el Deporte, centro clave en la lucha antidopaje en España: «Hay muchas sustancias que llegan a manos de deportistas o su entorno directamente del mercado negro, sin haber sido correctamente testadas por los laboratorios, como por ejemplo el GW1516, una sustancia endógena que engaña al organismo haciéndole creer que está ejercitándose, de manera que puedes hacer deporte sentado en el sofá y que se ha demostrado que es altamente cancerígeno. Lo mismo sucede con los factores de crecimiento muscular o los moduladores de receptores androgénicos».

Hablando con la Agencia, queda claro que el objetivo, por mucho que eso desespere a la prensa y a las autoridades extranjeras, no es solo encontrar positivos —«van por delante de nosotros, es muy complicado encontrar casos en laboratorio», afirma Jesús Muñoz Guerra— sino intentar que lo que tomen los deportistas sea lo más «sano» y controlado posible a través del concepto de «inteligencia» al que volveremos más tarde. El propio Jesús remite a un estudio del doctor José Viña según el cual un ciclista del Tour de Francia tiene una expectativa de vida más alta que la del ciudadano medio, aunque Enrique Gómez Bastida matiza: «Lo que habría que ver es en qué condiciones».

Precisamente, el nombramiento de Bastida como director de la Agencia ha sido el último sobresalto dentro de un organismo relativamente joven: fundado en 2009 como Agencia Estatal Antidopaje antes de cambiar significativamente de nombre, ha tenido en los últimos cinco meses hasta tres directores distintos: Ana Muñoz Merino, quien pasara en octubre de 2013 a ser directora general de Deportes en el CSD; Manuel Quintanar, fichado este mismo mes de enero por la Liga de Fútbol Profesional para hacerse cargo del departamento de «integridad» y el propio Bastida, exresponsable de inteligencia de la AEPSAD, cuyo conocimiento y experiencia en la lucha contra el dopaje parece mucho mayor que el de sus predecesores. A sus treinta y seis años, Bastida fue el encargado de instruir la Operación Puerto llevada a cabo por la Guardia Civil, cuerpo del que fue nombrado recientemente comandante.

La dudosa eficacia del pasaporte biológico

Marta Domínguez. Foto Reuters Cordon Press

Marta Domínguez. Foto: Reuters / Cordon Press.

Para detener a los tramposos pero sobre todo para controlar los excesos, la Unión Ciclista Internacional fue la primera en instaurar hace unos años el llamado «pasaporte biológico». La AEPSAD lo considera una buena herramienta de monitorización pero, a la vez, un arma de doble filo que desgraciadamente no combate la trampa todo lo bien que uno podría desear: por un lado, los valores que se registran en ese pasaporte son fácilmente manipulables, salvo que se aplique a muestras retroactivas, como la IAAF hizo con Marta Domínguez y el Mundial de atletismo de 2009, por ejemplo, caso que, una vez más, sigue en el limbo administrativo español.

Por otro lado, este control tan estricto ha hecho que cada vez aparezcan más «balas perdidas», tipos que quieren triunfar a toda costa y que son capaces de buscar cualquier sustancia indetectable en cualquier lado, sin importarles las consecuencias. «Gente como Riccardo Riccò», apunta Bastida, haciendo referencia al ciclista italiano que estuvo a punto de morir por hacerse sus propias autotransfusiones de sangre con derivados de EPO (Eritropoyetina) de dudosa procedencia. En ese sentido, la AEPSAD ve este problema como algo parecido al de la drogadicción: si se cortan los suministros «seguros» de sustancias dopantes y se analiza constantemente al deportista, la mayoría entenderá que ese no es un camino viable, pero siempre habrá una minoría que se eche a la calle y busque su droga en cualquier esquina.

«El problema, de todos modos, no está en el deporte profesional, que tiene buenos médicos y buenos controles. El problema de verdad es el mundo de las competiciones amateur, el que está debajo de la pirámide, que apenas podemos controlar. Se dice que hay verdaderas animaladas, que la gente toma unas cosas sin control en pruebas Master de ciclismo, por ejemplo, que son un verdadero riesgo para la salud y que muchas veces ni nosotros sabemos qué son ni dónde las han encontrado. La hormona del crecimiento y sus derivados, por ejemplo, tienen un amplio mercado clandestino», apunta Muñoz Guerra.

Obviamente, el pasaporte biológico tiene sus problemas y tienen que ver con la propia sofisticación del dopaje, que cuenta con excelentes médicos y excelentes farmacéuticos cobrando mucho dinero por su trabajo: muchas de las sustancias que se utilizan en la actualidad son endógenas, las genera el propio cuerpo, de ahí que se hable de «dopaje genético». En palabras de Jesús, «no son como el clembuterol, que o viene de fuera o no puede estar en el organismo. Hay muchas sustancias que, para detectar si esconden un caso de dopaje, exigen mucho tiempo, muchos voluntarios, la medición de metabolitos en distintas situaciones para ver si un aumento o un descenso es natural o no…».

Sin embargo, si el pasaporte, con sus peros, ha servido para limpiar en parte la imagen del ciclismo profesional, ¿por qué no se ha instaurado en otras disciplinas? A principios de 2013, la ITF y la ATP mostraron su intención de desarrollar un sistema parecido en el circuito de tenis profesional. Un año después, la intención probablemente siga ahí, pero avances no ha habido muchos. Arribas está convencido de que para jugar al tenis no hace falta EPO y los expertos de la AEPSAD no lo incluyen entre los llamados «deportes de esfuerzo» sino de técnica, lo que le haría estar fuera del mercado de las sustancias más habituales en ciclismo. Si eso es verdad o no, imposible saberlo: pese a las insistentes quejas de numerosos jugadores, encabezados por Roger Federer, en 2012 se hicieron 63 controles de sangre fuera de competición, por 5218 en el mundo del ciclismo, a pesar de contar con un número similar de deportistas profesionales y muchas más competiciones.

El dopaje en el fútbol: la sombra de Eufemiano Fuentes

Considerado también un deporte «técnico», el fútbol ha conseguido mantenerse al margen de las recientes polémicas sobre dopaje bajo la habitual excusa de que no hay sustancia que te haga meter el balón en la escuadra. Eso es cierto, pero también es cierto que puede haber una sustancia que te permita hacerlo en el minuto ochenta y nueve con la claridad del minuto uno o al menos eso insinuó varias veces el difunto Petrini. «Yo no debería estar hablando con usted», decía el exjugador de Torino, Milan y Roma, para ejemplificar la omertà o «ley del silencio» dentro de este deporte.

Con esa ley no escrita se topó José Andrés Ezquerro cuando desveló el citado caso Badiola a raíz de la investigación de la Operación Puerto. En el sumario de dicha investigación se encontraba un papel, entre muchos otros, con unas cuentas de dinero entregado bajo el nombre «RSOC» y otras tantas bajo el de «ASTI». Badiola confesó a Ezquerro —y aportó documentación bajo notario a la AEPSAD— que dichas cifras encajaban con gastos en negro de la Real Sociedad cuando su presidente era José Luis Astiazarán. Badiola creía que había motivos suficientes para pensar que esos gastos no justificados podrían haber sido pagos a Eufemiano Fuentes por servicios prestados en forma de sustancias dopantes.

El caso mereció un par de portadas en el As y una cierta agitación mediática durante una semana o así, lo que tardó Astiazarán en marcharse de la presidencia de la LFP, pero no se ha vuelto a saber y no hay constancia de que nadie esté investigando dicha relación. Sí se sabe que Eufemiano Fuentes ha colaborado con otros equipos de fútbol de Primera División. Oficialmente, fue médico de la Unión Deportiva Las Palmas durante la temporada 2001/2002 y el Universidad de Las Palmas anunció su contratación como asesor médico a finales de la temporada 2010/2011, cuando el caso de la Operación Puerto parecía haber sido archivado definitivamente.

Fuentes, quien ya aparece en las hemerotecas como referente médico de la preparación olímpica española en los Juegos Olímpicos de 1984, 1988 y 1992, y habitual colaborador de equipos ciclistas como Orbea, BH, Vitalicio y sobre todo ONCE y Kelme en sus distintas denominaciones, fue el primero en mostrarse sorprendido por el empeño en reducir la trama de la Operación Puerto al ciclismo. «He tratado a deportistas de alto nivel de todo tipo de disciplinas, incluidas fútbol y tenis», afirmó tras su detención sin que ninguna autoridad le haya pedido oficialmente que especificara qué deportistas eran y a qué nivel les elevaba. Movido por lo que parecía un intento de colaborar con la lucha antidopaje, el periodista Stephane Manard, del periódico francés Le Monde, fue a Gran Canaria para entrevistar al polémico ginecólogo reconvertido a médico de familia. Según Manard, y así lo publicó, Fuentes no solo confirmó su relación con el fútbol sino que mencionó concretamente a Real Madrid y Barcelona entre otros clubes de primera y segunda división, aportando supuestamente material documental al respecto.

En dicha entrevista, además, Fuentes afirmaba haber recibido dos ofertas del Barcelona, una de ellas en 1996, negándose a revelar la otra «porque ya me han amenazado de muerte si hablo». Manard contó la historia sin caer en un detalle decisivo para todo periodista: no tenía copias de los supuestos documentos ni evidencias suficientes en caso de demanda. Esa demanda cayó, por supuesto, y Le Monde la perdió, teniendo que pagar a los dos grandes del fútbol español una indemnización de trescientos mil euros.

El «café anisado» de Juanito

contra el barcelona. Foto Cordon Press.

Juanito en un partido contra el barcelona. Foto: Cordon Press.

Más comedido en sus palabras pero igual de directo es José Ramón de la Morena, un hombre que lleva más de treinta años en el mundo del ciclismo y del fútbol y que ha visto de todo. De entrada, se muestra tajante: «Yo, de dopaje en el fútbol, no sé nada, no conozco casos de dopaje organizado», pero luego va reconociendo informaciones que ya había hecho públicas en su momento en su programa El Larguero. En concreto, sobre Eufemiano Fuentes, afirma recordar una conversación con Javier Mínguez en la que el exdirector de BH y Vitalicio, y actual seleccionador nacional de ciclismo, le cuenta que, reunido con el doctor en su casa de Las Palmas, la casa que la Guardia Civil nunca registró durante la Operación Puerto, salió por fax todo tipo de informaciones sobre jugadores de «un equipo que quedó segundo de la liga ese año y no la ganó de casualidad». Hablaríamos de 2003, la época en la que Badiola afirma que hubo pagos sin justificar que coinciden con las cuentas de RSOC en el sumario judicial.

También nos habla de Sabino Padilla, íntimo amigo y posterior enemigo, quien fuera médico personal de Miguel Induráin y que después lo fue del Athletic de Bilbao. «Ten cuidado, Sabino, que el fútbol no es como el ciclismo», le dijo el locutor a Padilla, quien, pese a todo, tuvo que enfrentarse al positivo por nandrolona de un por entonces juvenil Carlos Gurpegui. Según De la Morena, «Fuentes rechazó una oferta del Barcelona de mucho dinero (probablemente se refiere a la de 1996 que mencionó el propio Fuentes a Le Monde) y tras la negativa, Núñez fue a por Padilla, pero José María Arrate, presidente del Athletic Club por entonces, le convenció con menos dinero pero mejores condiciones personales».

De la Morena refiere también un encuentro casual con el doctor Michele Ferrari en Málaga, aunque prefiere no precisar mucho más. En cualquier caso, aclara, no cree que el fútbol esté manchado por el dopaje —«siempre se ha hablado de cosas sueltas, como el café con sabor raro, como anisado, que decía Juanito que tomaban en el Burgos [N.del R. En entrevista al diario Marca del año 1979, Juanito reconocía haber tomado centramina de manera habitual durante su etapa en el club castellano], pero no se sabía bien qué era aquello ni si era ilegal»— y exonera al deporte español en general: «Estoy cansado de que se hable de España como un paraíso del dopaje. Era algo que en su momento, en los noventa, hacía todo el mundo, y los españoles simplemente tenían más dinero y más medios». Para el locutor de la SER, el verdadero caso grave de dopaje es el de Marta Domínguez, absuelta como traficante en la Operación Galgo, grabada por la Guardia Civil en unas cintas que el juez no considera válidas en conversación con Fuentes y que recientemente, como decíamos, ha tenido problemas con su pasaporte biológico. «¿Qué pasa con la senadora?», dice Joserra, mientras afirma que el verdadero problema del fútbol son las apuestas.

En la misma sintonía se mueve Javier Tebas, presidente de la LFP, quien, pocos días antes de que se anuncie el fichaje de Manuel Quintanar, nos asegura que el doping no es un gran problema en el fútbol y que nunca habrá algo parecido a un caso Armstrong, en referencia al siete veces exganador del Tour, aunque «no reconocer que existe sería absurdo. Donde hay dinero, siempre hay pillos… ahora bien, hemos pasado a ser bandera de la lucha contra el fraude deportivo y así lo percibo en el exterior». Algo más tibio se muestra con la comprensión del pasado: «Sí, algunos jugadores tomaban centramina pero no lo consideraban hacer trampa, eran valores de la época, como si nos ponemos a juzgar la esclavitud con los valores actuales: obviamente, nos repugna, pero en el siglo XVI era algo normal».

Extrañas comparaciones aparte, Tebas critica lo que él llama «trivialización del engaño» para referirse a años y años de trampas. «Cuesta mucho encontrar gente que nos hable de dopaje o de amaños, nadie quiere ser el chivato», afirma Tebas, «para eso hace falta mucho tiempo, aprendizaje, cambiar toda la mentalidad no ya del fútbol sino del país, que la gente deje de pensar que amañar un partido no es como robar un banco. Sí que lo es, es un delito. Además, nos gustaría que se pudiera sancionar deportivamente a quien conozca un caso de fraude y no lo denuncie, aunque no tenemos competencia para ello».

Los arrepentidos necesarios

Jesús Manzano. Foto Cordon Press.

Jesús Manzano. Foto: Cordon Press.

Cuando Manuel Quintanar se hizo cargo de la Agencia Nacional Antidopaje en sustitución de Ana Muñoz Merino pronto se filtró que su tesis doctoral en Italia tenía que ver con la figura penal del arrepentido en relación con la mafia. «Lo que no se explicó bien», advierte Carlos Arribas, «es que su conclusión era contraria a que tuvieran beneficios, algo que dificulta mucho su colaboración». En cualquier caso, los llamados «arrepentidos» han sido clave para conocer las prácticas de dopaje sistemático en las últimas décadas. Como dice Sergio, de Ciclismo 2005: «Son fundamentales. Ten en cuenta que estamos hablando de una sociedad secreta con sus propias leyes y castigos, por lo que cualquier desafecto ayuda a iluminar nuestro conocimiento. Hemos aprendido más con Manzano, Landis, Frei y Sinkewitz de lo que jamás podrán decir Muñoz Merino, la UCI, la AMA o el Espíritu Santo».

Efectivamente, si la propia AEPSAD reconoce que los controles van por detrás de las prácticas médicas y que incluso el pasaporte biológico puede ser manipulado con una cierta pericia, la única manera de detectar casos de dopaje y controlar sus efectos sobre la salud sería recurrir a la citada «inteligencia», es decir, la colaboración con Policía y Guardia Civil y aquellos que quieran confesar sus pecados pasados, que en España son más bien pocos por no decir que es solo uno: Jesús Manzano, exciclista de Kelme-Comunidad Valenciana, cuyas declaraciones al diario As sirvieron para cerrar un poco más el cerco en torno a Eufemiano Fuentes y sus auxiliares.

De ahí que la figura de Bastida al frente de la Agencia encaje mucho más que el perfil eminentemente político de Quintanar.

Y es que en los últimos ocho años, la Guardia Civil ha llevado a cabo, entre otras, las siguientes «Operaciones» más o menos publicitadas mediáticamente: en mayo de 2006, la famosa Operación Puerto, con varios detenidos, entre ellos Manolo Saiz, director deportivo del Liberty Seguros, y el propio Eufemiano Fuentes; en abril de 2010, la Operación Galgo, que acabó con la detención de la atleta Marta Domínguez, vigente campeona del mundo de los 3000 metros obstáculos, su entrenador, el mítico Manuel Pascua Piquera, y Alberto León, acusado como «correo» de Eufemiano Fuentes e imputado también por la Operación Puerto. León se sucidaría en enero de 2011. Su cuerpo apareció colgado de una soga en casa de su hermano. Tenía treinta y siete años.

En noviembre de 2009 ya había caído el exdoctor del equipo Comunidad Valenciana, Walter Virú, cuyo destino azaroso merecería un artículo individualizado, en la llamada Operación Grial, con el marchador Paquillo Fernández como principal cliente, y aproximadamente por esas fechas era investigado el médico Jesús Losa, como parte de la Operación Chinatown, a raíz de los positivos por EPO de Maribel Moreno, ciclista olímpica, y Moisés Dueñas, quien participara como testigo protegido en la operación y cuyo destino ejemplifica lo distinto que se trata el arrepentimiento en España comparado con, pongamos, Inglaterra, donde David Millar, quien también recurrió a Losa para doparse según su autobiografía, es poco menos que un héroe nacional desde que reconoció sus trampas.

Esa es la pata que le falta a la «inteligencia»: conseguir que los deportistas hablen y no se sientan amenazados. Si de verdad quieren ser considerados víctimas del negocio y la codicia ajena, lo normal sería abrir la boca y denunciar la situación antes de dar positivo… o al menos después. Todo lo contrario sucedió durante el juicio de la Operación Puerto, en el que, mientras ciclistas extranjeros como Jaksche o Hamilton daban detalles de sus planes de dopaje, todos y cada uno de los españoles subidos al estrado, con la citada excepción de Manzano, negaban siquiera conocer dichos planes y no asumían ni una sola responsabilidad.

Si tenemos en cuenta que los que han confesado, como Manzano o Dueñas, inmediatamente han sido apartados del mundo del ciclismo y los que no han confesado en muchos casos han podido seguir con sus carreras, son jaleados en cada cuneta y encuentran con facilidad puestos de responsabilidad en distintos equipos una vez retirados o en la propia organización de las distintas vueltas ciclistas, uno podría pensar que confesar que te has dopado en España sale muy caro. «No solo eso», apunta Gómez Bastida, «es que además de quedarse sin trabajo, se les humilla, se les machaca, lo pierden todo». Igual que apuntaba Tebas para referirse al fútbol y las apuestas, Bastida recalca: «Nadie quiere ser el chivato y quedar así» y Carlos Arribas coincide: «A lo mejor es una cuestión cultural, por ser España un país de tradición católica, pero aquí la confesión pública se ve muy mal, como una deshonra».

«Hay padres que nos dicen cosas sobre sus hijos en edad amateur, confesiones anónimas, peticiones de que investiguemos a este o al otro», afirma Victoria Ley, también de la AEPSAD, «pero no es fácil saber cuáles de esas filtraciones son interesadas y cuáles no». Parece haber un consenso en que la figura del arrepentido merece más cuidado, pero no lo hay a la hora de definir qué se podría hacer para incentivar el arrepentimiento: un mejor trato de la prensa, un puesto de trabajo ajeno al deporte o dentro de él pero lejos del mundillo en cuestión y sus vicios; incentivos económicos, deportivos… Algunos piensan que lo mejor es que se les reinserte cuanto antes deportivamente o se reduzcan sus sanciones y otros piensan lo contrario, que un solo positivo ya debería conllevar la sanción de por vida.

Con todo, hay una duda: si el doping es tan peligroso, si tantas secuelas deja, ¿cómo es posible que nadie se niegue a doparse y denuncie esa actividad? En la AEPSAD lo tienen claro: «No pueden, hay una ley de silencio impuesta y no pueden salirse de ella». Jesús Muñoz Guerra es incluso más concreto: «Está el caso de José Luis Rubiera, que no ha dado positivo nunca pero estaba en el US Postal que según la USADA seguía un plan de dopaje sistemático y masivo. Bueno, pues Rubiera es médico [en realidad, Rubiera es ingeniero técnico industrial, pero desde luego su formación no parece la de un ignorante, NdR], sabe perfectamente los riesgos que corre con una sustancia y con otra, pero no ha dicho nada en público al respecto. La única que nos ha reconocido que sí, que se dopó, y no ha puesto pega alguna, es Virginia Berasategui, la triatleta vasca que dio positivo por EPO el año pasado. Le han llovido palos por todos lados: la prensa, los compañeros… Si se hubiera callado y hubiera dicho que era todo una persecución se habría retirado por todo lo alto».

Cabe matizar que era la segunda vez que Berasategui daba positivo y que en la primera, en 2005, no se mostró tan colaboradora.

¿A la fuerza ahorcan?

Lance Armstrong. Foto Everett Collection Cordon Press.

Lance Armstrong. Foto: Everett Collection / Cordon Press.

Si, al menos en España, está claro que no se puede contar con la figura del arrepentido y las investigaciones de la Guardia Civil —la más reciente, el 10 de enero de 2014, acabó con la detención de cuarenta traficantes y la incautación de 380.000 dosis dopantes— son muy fecundas a la hora de pillar a los «camellos» como dice Ezquerro, pero muy poco productivas a la hora de descubrir a quién iban dirigidas esas dosis —y 380.000 dan para mucho—, habrá que confiar en el análisis retrospectivo de muestras almacenadas, lo que sirvió por ejemplo para descubrir que Lance Armstrong había utilizado EPO en todas las etapas en las que fue testado durante el Tour de 1999 o para reconocer quince años después el uso generalizado de esta sustancia en el Tour de 1998 por parte de al menos una veintena de corredores, entre ellos Laurent Jalabert, Marco Pantani, Abraham Olano, Erik Zabel o Mario Cipollini.

La continua propagación de sustancias nuevas hace que los métodos de detección puedan ir hasta con varios años de retraso. Volvamos al ejemplo de la famosa eritropoyetina: ahora sabemos que ya a finales de los ochenta se utilizaba con cierta frecuencia y que en los noventa, al menos en ciclismo, atletismo y fútbol, era casi el pan nuestro de cada día. Sin embargo, la sustancia fue indetectable hasta el año 2000 y lo único que se hizo para evitar abusos fue introducir a finales de los noventa un límite del 50 % en el valor del hematocrito, indicativo por sí mismo de un probable uso de EPO. La introducción de ese límite tuvo consecuencias perversas: por un lado dio la impresión de que si no llegabas al 50 % y demostrabas así que tu salud no estaba en riesgo, no te habías dopado, reforzando el adagio del mundo del deporte: «Si no hay positivo, no hay dopaje». Por otro lado, los corredores eran simplemente retirados de la competición durante un cierto tiempo sin una acusación concreta, solo por razones estéticas disfrazadas de sanitarias, reforzando una sensación de falso castigo.

Recientemente, se ha sabido que los laboratorios de Colonia y Moscú están reanalizando muestras de 2012 y que los positivos se cuentan por centenares. Cuando salió la noticia se especuló mucho con que esas pruebas podrían estar centradas en los Juegos Olímpicos de Londres y que se llevarían por delante a varios grandes nombres. Eso mismo quiere pensar todavía José Andrés Ezquerro, que sigue el tema con innegable curiosidad, a la espera de que el listado sea definitivo y que el COI tome cartas en el asunto. Todo lo contrario opina Carlos Arribas, para quien los positivos que se están descubriendo demuestran un «dopaje de segunda clase», poco más que combinados de esteroides propios de países sin suficientes medios para un dopaje eficaz.

En cuanto a las nuevas drogas que se están utilizando, todos coinciden en que la citada y cancerígena GW1516 lleva demasiado tiempo en el mercado y sin ningún control médico, así como el AICAr, una sustancia endógena que actúa sobre el ARN y que engaña al músculo haciéndole pensar que se está ejercitando, ideal para especialidades en las que no hay tiempo material para entrenar como es debido o cuando una lesión te impide hacerlo de forma constante. «Mucho ruido y pocas nueces», viene a decir Arribas, que cree que se está hablando demasiado de esas nuevas sustancias como si fueran revolucionarias pero no mejoran lo que había antes.

Arribas, precisamente, es de los que creen que la cosa está mejor ahora que antes. Desde luego, peor que en los noventa no va a estar. Antoine Vayer, periodista francés, lleva examinando desde hace más de treinta años el rendimiento de los ciclistas en las ascensiones de las grandes vueltas calculando la energía que desarrollan en watios por kilo, una fórmula que es la base de la programación física del doctor Michele Ferrari, la mano derecha de Lance Armstrong y de medio pelotón en los últimos veinte años. Según los números de Vayer, publicados en su revista La Preuve par 21 el resultado más irregular, calificado de «propio de un mutante», fue el del Tour de 1995, que ganó Miguel Induráin por delante de Alex Zülle y Bjarne Riis, hombre que, hemos sabido después, era apodado «Mr. 60 %» por estar habituado a correr con el hematocrito por encima de ese nivel, costumbre que compartía con Marco Pantani.

No parece por tanto, según los expertos, que los análisis retroactivos de Colonia y Moscú —la historia del laboratorio de Moscú es al menos tan rocambolesca como la del doctor Virú— vayan a cambiar en algo la historia reciente del deporte. Si ahora hay menos doping o no, no lo sabemos, lo que parece claro es que hay menos positivos. «Nada cambiará hasta que alguien que ha quedado segundo, diga: oiga, que el primero iba hasta arriba y yo me merecía ganar», dice Ezquerro, quien convive con el pelotón en las grandes vueltas y asegura que las sonrisas pícaras y los comentarios del tipo: «Cómo va fulanito, parece extraterrestre» son habituales, pero siempre con la prudencia de no acusar directamente.

Porque acusar, queda claro, resulta caro. Más caro que las consecuencias que tu cuerpo pueda padecer dentro de, ¿cuánto?, ¿veinte, treinta, cuarenta años? El interés por pillar a los tramposos, su propia consideración de tramposos, parece estar ahora mismo en un segundo plano. Con que no se destrocen la vida con sustancias improbables parece suficiente. El control de los médicos sigue siendo total. Jesús Muñoz Guerra, de la AEPSAD, pone el acento en el gran fraude: «Si un mismo médico lleva a cuatro o cinco deportistas y les cobra diferente, ¿quiere decir que lo que les da es diferente?, ¿que, en igualdad de condiciones, el que decide quién gana es él?». No queda ahí la cosa: Guerra insinúa que el propio médico es el que te puede tender una trampa y hacerte dar positivo cambiando una dosis o una sustancia por cualquier tipo de desencuentro personal o deportivo, de ahí la incredulidad de cada deportista cuando le pillan en un control si nunca le habían pillado antes.

La legislación ya no es la de antes y de algo han tenido que servir los tres intentos infructuosos de Madrid por albergar unos Juegos Olímpicos: con la ley en la mano, el dopaje en España no solo es fraude deportivo sino que es delito y se ha de perseguir penalmente tanto al traficante como al médico como al deportista. ¿Se persigue de verdad o nos limitamos a controlarlo como se controla el tráfico de cocaína? Esa es la gran pregunta que se hace el aficionado y, como habrán visto, es muy compleja. Tan compleja como la de Petrini, que ahí sigue, flotando en el aire.

Kostis Fokas

“A man is already halfway in love with any woman who listens to...

kjerstihegna: help, help I’m drowning in the sea where I found...









kjerstihegna:

help, help I’m drowning 
in the sea where I found you 
the kerosene in your skin 
the chemistry that I’m bound to 

Pavel Samokhvalov

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