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¿Qué hace que un piloto de Fórmula 1 sea bueno o malo?

alonso

Fotografía: Picture Alliance / HOCH ZWEI / Cordon Press.

¿Qué hace que un piloto sea bueno o malo? ¿Qué requisitos conlleva ser tildado de genio al volante? ¿Es el mejor el que más carreras gana? ¿Por qué hay tipos rapidísimos que nunca vencen? Estas preguntas son motivo de agitadas y volcánicas disputas en las que cada cual tira de un lado de la soga que arrime cualquier dato real y tangible hasta su piloto favorito, aunque pocos aplican un criterio uniforme para juzgarlos y suelen mirar poco más allá de los resultados. 

A un piloto «especial» se le ve venir desde crío. Empiezan muy pronto, en el karting suelen arrasar, ganan o quedan entre los primeros en cada categoría a la que ascienden, se adaptan rápido, suelen ser veloces en pistas que desconocen, tienden a hablar poco, trabajar mucho, comunicarse muy bien dentro de sus escuderías, y mirar poco hacia las distracciones ajenas a la competición. No es una pauta permanente pero suelen atender a este perfil. 

El periodista británico Peter Windsor, toda una institución en las pistas, divide muy acertadamente a los pilotos en tres tipos: los que nacen, los que se hacen y los que nacen y además se hacen.

En el primer grupo hay muy pocos y son como elegidos bíblicos, tipos únicos a los que el dios de la velocidad tocó en la frente nada más nacer. Son los punkis de las prisas, funcionan a golpe de corazonada, y tienden a poseer una personalidad única. Dos buenos ejemplos, muy parejos en lo personal: James Hunt y Kimi Raikkonen. No caracterizados por un interés desbordante en su profesión y reconocidos vividores… que se suben en el coche y dejan a todos con la boca a abierta. Son diferentes a todos y cada vez hay menos. 

En el segundo tipo, los esforzados del asfalto, son aquellos que siendo buenos, con el tiempo suelen mejorar a base de trabajo, nunca paran. Un ejemplo podría ser Marc Gené. No siempre fue un dominador en las categorías en las que participó y llegó a una Fórmula 1 en la que no tuvo nunca herramientas para demostrar si valía o no, pero una década de trabajo como test-driver en Ferrari hacen que sus observaciones nunca se discutan. Del valor de su tarea saben mucho en Williams, un equipo histórico en el que un sábado por la mañana le sacaron de la cama para que sustituyera a un titular lesionado, se hizo el asiento, se clasificó, y acabó quinto cuando llevaba años sin disputar carreras. Mató el gusanillo en Le Mans y su triunfo en 2009 certificó su nivel de pilotaje. 

En el tercer grupo están los verdaderos campeones, a los que están condenados a pertenecer los que quieran alcanzar la gloria en una categoría cada vez más y más profesionalizada. Ayrton Senna fue el primero en implicarse de manera insistente en la técnica y la preparación física exhaustiva. Mientras sus compañeros de parrilla intentaban beneficiarse a las mujeres de los patrocinadores, el brasileño sometía a extenuantes jornadas de trabajo a sus mecánicos hasta bien entrada la noche. Michael Schumacher era un tarado de la preparación física que hacía llevar un gimnasio móvil a las pistas. Alonso es otro que si no fuera piloto probablemente sería olímpico en cualquiera de las especialidades que practica y entre las que tiene especial querencia al ciclismo. El asturiano ha adquirido la costumbre de irse al caluroso Dubai para castigarse el lomo a bordo de su ultraligera Colnago Ferrari CF8. 

Muchos consideran a Senna como el mejor de todos los tiempos, pero su trágica desaparición truncó su carrera y por lo tanto la suma de sus triunfos quedó congelada en el tiempo. Consiguió tres mundiales, uno menos que su contemporáneo Prost, con cuatro. Schumacher acumuló siete, Vettel logró cuatro a la edad más temprana, récord de precocidad que arrebató a Alonso, y que a su vez este quitó a Emerson Fittipaldi. Dificil de cuantificar. Por todo ello no es justo comparar a pilotos que compitieron en diferentes épocas porque sus circunstancias, entorno, enemigos, coches y normativa eran distintas, pero los profesores Reiner Eichenberger y David Stadelmann, de la Universidad suiza de Freiburg, lo hicieron. Estos economistas se atrevieron a desarrollar un sesudo estudio en 2009 en el que introdujeron parámetros como las condiciones meteorológicas, los abandonos por cuestiones mecánicas, o la calidad de sus monoplazas… El resultado fue revelador: el mejor piloto de todos los tiempos, o al menos hasta el año 2009, fue Juan Manuel Fangio. El Chueco ganó más del 40 % de las carreras en las que participó y dejó atrás a Jim Clark y Michael Schumacher, ilustres visitantes de ese académico pódium. 

Es una constante en la historia de la categoría que toda generación supera a la anterior. Senna pudo con Prost, cuando Ayrton se marchó ya llegaba dando zancadas Schumacher, al heptacampeón lo derrotó Alonso, y a Alonso lo batió Vettel. Seguramente el que derribe la superfortaleza al volante del germano ya esté en la parrilla. Puede que sea Nico Hulkenberg, Daniel Ricciardo o Checo Pérez… pero está emboscado.

Sin dato numérico alguno en mano, hay cuatro elementos que sirven para juzgar a una futura estrella: cómo queda ante su compañero de equipo, si avanza en carrera, cómo se maneja con el asfalto mojado y cómo lo hace en Mónaco. 

En la guerra contra el tiempo la primera batalla es contra tu mejor amigo, y tu compañero de equipo se convierte de manera contractual en tu mejor enemigo (al peor lo tienes el primero en la tabla). En igualdad mecánica la diferencia lógica entre ambos debe rondar una horquilla de entre dos-cuatro décimas. Menos de eso indica igualdad, más, que o uno es un crack o el otro no merece ese coche. 

Los pilotos han de adelantar en la pista y no solo por las prestaciones de sus vehículos o por estrategia sino por destreza, capacidad de asumir ciertos riesgos o agresividad. Hay muchos que estos últimos elementos los manejan mal a pesar de ser rápidos. Les suele ir mejor en carrera de resistencia, tipo Le Mans, porque rara vez pelean a cara de perro en una curva sino que se dedican a mantener un ritmo que sea superior. 

El agua es un juez cruel, pero determinante a la hora de discriminar a los buenos de los mejores, a los buenos de los verdaderamente grandes. Un tipo que va bien en agua, va bien en donde sea. Si alguien puede ir al límite por los charcos, es que en seco adelanta su coche con una mano atada a la espalda. 

El principado de Alberto Grimaldi es una pista endiablada. Pequeña como ninguna, resbaladiza, ratonera, incómoda y donde los coches saltan, se retuercen y rozan las paredes; es un lugar para virtuosos del volante. Cuanto más arriesgas, más rápido vas. Con un error en cualquier otro sitio tienes altas probabilidades de continuar en carrera. En Mónaco equivale a estrellarte y abandonar… en el mejor de los casos. Los puntos deberían valer el doble. 

A estas cuatro condiciones se pueden sumar como elementos de valor de un piloto otros detalles como la comprensión de la carrera y su estrategia, la utilización de los neumáticos, la técnica, la colaboración en el desarrollo, la comunicación con los ingenieros, y su capacidad de análisis. 

Los mejores pilotos casi siempre salen de la mitad de la tabla, de manera algo inesperada, y en formaciones a las que hacen reverdecer. Alonso dio un color que no tenía a Renault, Schumacher a Benetton, o Vettel a Red Bull cuando apenas eran una versión de un mediocre equipo Jaguar, todos crecieron juntos. Los verdaderamente grandes, hacen grande también a su entorno, así que no es que se ganen su sueldo, sino que además son una inversión sumamente rentable. A más puntos recolectados sobre el asfalto, mayores premios en metálico recaban sus contratistas.

Existe una extraña fuerza que empuja a poco más de una veintena de jóvenes en todo el planeta a querer poner en riesgo sus vidas a velocidades que los radares de tráfico no pueden ni registrar. Esa misma fuerza es la que los obliga a querer superar al resto, y para ello a prepararse en cualquier campo en los que puedan estar por encima de todos los demás. Es algo que los beduinos dubaitíes nunca podrán comprender al igual que no encuentran sentido alguno cuando ven pasar a Alonso por las carreteras que atraviesan su desierto subido en su bici roja. Eso solo lo entienden el asturiano y sus compañeros; dentro de sus cabezas tiene todo el sentido del mundo. 

 

 

¿Qué mente criminal es todo un ejemplo a seguir?

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Los malvados en la pantalla a menudo dan la sensación de ser más libres, de poder satisfacer sus deseos sin trabas éticas o legales y de ser, en definitiva, una compañía más amena que los buenos. Al menos mientras no te interpongas en su camino. Quizá si los tomáramos como ejemplo nos irían mejor las cosas, seguro que cada uno de ellos tiene alguna enseñanza que aportarnos. Así que hemos convocado a nuestros expertos en villanos para elaborar una lista en la que no sobra ninguno, aunque puede ser ampliada e invitamos para ello a los lectores a que incluyan los suyos. Y a que voten, claro, para que podamos determinar cuál es el malo más bueno.

Lex Luthor, de Superman

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En un mundo en el que la gente se define como dinamizador rural, personal shopper o community manager, alguien que se describe como «La mayor mente criminal del siglo XX» merece nuestro respeto. Eso es una tarjeta de presentación. La lucha de Lex Luthor contra Superman es la confrontación del ingenio ante la fuerza bruta, del mérito y el esfuerzo frente a los dones recibidos de nacimiento, del ser humano contra el invasor alienígena. Naturalmente nos quedamos con el que fue interpretado por Gene Hackman, uno de los más grandes actores que ha dado Hollywood.

Regina/La Reina Malvada, de Érase una vez

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Frente al aspecto de mosquita muerta de Blancanieves, una chica que parece entender los chistes un minuto más tarde que el resto, Regina demuestra tener sangre en las venas dándole así un poco de vida a la localidad de Storybrooke. Con ese gesto perenne de «pero qué mala soy» conspira y malmete todo lo que puede, demostrando estar a la altura de los cargos que ostenta, el de alcaldesa y el de reina malvada. Solo le falta ser  presidenta de la CAM, condesa de Bornos y Grande de España. Siempre da la impresión de que todo le sale según lo planeado, o al menos es la cara que le gusta poner. Serena y contenida, es además muy elegante en el vestir, no como la otra, que va por los bosques como una desarrapada.

Gus Fring, de Breaking Bad

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Aunque en España el término «emprendedor» es casi indistinguible de «abrir un bar», en realidad alude a la creación de cualquier empresa que genere riqueza, empleo y prosperidad para el conjunto de la sociedad. Que es ni más ni menos lo que Gus lleva a cabo, un negocio diversificado entre la hostelería y la química recreativa. Nuestro protagonista es un hombre hecho a sí mismo que además contribuye con generosas donaciones al departamento de narcóticos, siempre preocupado por el bienestar de la comunidad, queriendo devolver a la sociedad lo que esta le ha dado. Mírenle, qué porte, qué elegancia, qué saber estar, nunca se le oirá una palabra más alta que otra. Incluso cuando tiene que provocarse el vómito ante un retrete para no morir envenenado se lo toma con parsimonia, extendiendo antes una toalla en el suelo para no ensuciarse el pantalón. Lamentablemente al final vemos cómo termina perdiendo la cabeza, o parte de ella, pero merece ser recordado en sus mejores momentos.

Hans Landa, de Malditos Bastardos

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Sin duda el papel de este oficial de las SS destinado en Francia es lo mejor de la película. Junto a Mélanie Laurent, claro, que es mirarla y quedarse uno aturdido. Exquisitamente educado, Hans goza además de un notable sentido del humor, sabe idiomas y como buen alemán se toma muy en serio su trabajo. Es tenaz pero no fanático y quienes hemos leído ¿Quién se ha llevado mi queso? conocemos la importancia de la flexibilidad y de la capacidad de adaptación que todo trabajador debe tener. De manera que si el contexto requiere de uno ser Standartenführer pues a ello hasta que el viento cambie de dirección.

Hannibal Lecter, de El silencio de los corderos

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Una de las películas que marcarían los años noventa. Dejó la impronta del psicópata de hablar pausado, culto, refinado, tan extremadamente inteligente como cruel. Desde entonces todos los malvados del cine policíaco se ven en la obligación de dejar algún enigma en el escenario del crimen que requiera para interpretarlo a un exégeta de la Biblia, un antropólogo de la Sorbona y un matemático-ajedrecista. De él aprendimos que si te quedas mirando a alguien fijamente en silencio le darás la impresión de estar leyéndole el pensamiento y diseccionando su infancia, aunque en realidad estés intentando recordar cómo se llamaba.

Al Swearengen, de Deadwood

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Parecía llamado a ejercer de gran villano en la serie. Su fuerte carácter, falta de escrúpulos y obsesión por controlar hasta la mayor nimiedad que acontece en Deadwood dan a entender que actúa movido por el lucro y el beneficio personal, a costa de emborrachar pioneros, traficar con drogas, prostituir mujeres y llevarse una mordida de cualquier negocio legal o ilegal que se cierre en su territorio. Un proto capo mafioso de rotundo bigote, majestuosas patillas y elegante calzoncillo de cuerpo entero. Poco a poco, y frente a la obtusa actitud de los «buenos», su inteligencia nos conquistó. No se puede sino admirar esos larguísimos monólogos casi shakespereanos dirigiéndose a la cabeza de un indio muerto, con los que mediante unas retorcidas líneas de pensamiento imposibles de seguir por sus empleados adivinaba los planes de sus rivales y llegaba a la mejor solución para solucionar un problema. Todo encaminado no solo a su beneficio, sino a la protección del pueblo. Porque nadie es perfecto, claro, y mostraba una ambigüedad moral que tendía hacia el bien: el rudo cariño que trataba de ocultar por la prostituta Trixie o Jewel, la barrendera coja; la misercordiosa eutanasia  al reverendo Smith o su disposición a normalizar el entendimiento interracial. Y se convirtió en la única defensa frente a la verdadera bestia del mal, George Hearst. Será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta.

Angela Channing, de Falcon Crest

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Una de las series que más dio que hablar en los ochenta y que como ocurre a menudo el título que le pusieron en Latinoamérica resulta más expresivo: Viñas de odio. Angela Channing era su gran protagonista, una viticultora tremendamente ambiciosa y maquiavélica que nos enseñó que para triunfar en los negocios no hay que tener piedad y que tenía un criado llamado Chu-Lí, que es un nombre muy gracioso. A lo largo de doscientos veintisiete episodios sus sinuosas tramas incluyeron amoríos, crímenes, traiciones, nazis, tesoros escondidos, infidelidades y, en fin, otras muchas cosas que ya no recordamos. Pero sí que se nos quedó marcada la sonrisa perversa de esta señora, como activada por alguna clase de engranaje mecánico interno.

Harry Lime, en El tercer hombre

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Ya hemos hablado en otras ocasiones de qué hace de El tercer hombre un clásico del cine, ahora es el momento de centrarnos en ese personaje interpretado por Orson Welles que centra la trama. Un traficante del mercado negro en la Viena de posguerra, que finge su muerte y que suelta un memorable monólogo que hace del cinismo todo un arte. No es un simple villano más recreándose en su maldad entre carcajadas, cuando lo escuchamos sabemos que eso que dice no es moralmente correcto, pero…

Darth Vader, de La guerra de las galaxias

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Un hombre con las ideas claras. Su aspecto es decididamente inhumano: una máscara inexpresiva con la mirada de plástico perdida en el vacío, respiración mecánica… y sin embargo sus ambiciones son tan puramente humanas que difícilmente podríamos confundirlo con un robot. Quiere gobernar, quiere poner orden, quiere transformar la galaxia en un lugar unido, cohesionado y fuerte. Quiere extender unos valores. No soporta la incompetencia, ni la dejadez, ni la deslealtad. Las cosas tienen que hacerse bien, y tienen que hacerse a tiempo. Además sabe cuándo debe obedecer en vez de mandar. Y, aunque ellos le rechacen, quiere gobernar junto a sus hijos: cree en la familia, en los lazos de sangre, en la dinastía. Es realmente la clase de hombre que puede sacar un imperio adelante. Y en fin, para ello ha de hacer estallar algún planeta de vez en cuando… pero porque los rebeldes se empeñan en no considerar los aspectos positivos de su gestión. ¿Qué otra manera puede haber de controlar el caos de miles de planetas donde cada cual tira para su terruño? En cierto modo, Darth Vader es nuestro padre, el padre de todos, el que nos recuerda que la vida no se compone solamente de bonitos sueños sino también de feas pero ineludibles obligaciones.

El señor Burns, de Los Simpson

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El señor Burns mezcla como nadie modernidad y tradición, energía nuclear y valores decimonónicos. De él podemos aprender el valor de la ambición, del ahorro y del trabajo duro (de tus empleados, se entiende), cosas que le han llevado a ser el hombre más rico y poderoso de Springfield. Aunque en ocasiones se le nota algo necesitado de cariño, en general podríamos decir que es feliz, miren si no esa radiante sonrisa que muestra.

Amélie Poulain, de Amélie

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Amélie es una mujer de aspecto de angelical, pero su costumbre de saltarse todas las normas sanitarias metiendo la mano en comida de venta al público, secuestrar enanos de jardín, vandalizar la vía pública con pintadas ñoñas, inmiscuirse en la vida del prójimo y, sobre todo, ese empeño en supurar dulzura hasta garrapiñar las hemorroides del espectador incauto que no tuvo la fortuna de caer dormido en el minuto cinco de metraje la convierten en el enviado del mal de cara más amable que el mundo ha visto. Por si esto fuera poco es de origen francés, cosa que ya debiera despertar cierto recelo en el español de bien. Pese a todo esto, el hecho de que se haya convertido en modelo a seguir u objeto de pasión de la comunidad hipster indica que algo admirable ha de tener aunque nos cueste captarlo.

El Joker, de Batman

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El Joker interpretado por Jack Nicholson y el de Heath Ledger tienen una cosa en común: son mucho más interesantes que su antagonista. Porque Batman es un personaje bastante sieso, y el hecho de que haya sido considerado por algunos como una especie de héroe anarcocapitalista hace que caiga aún peor. Por el contrario ambos Joker son divertidos, extravagantes y anhelan sembrar el caos y, si pueden, destruir el mundo, así que es difícil no sentir cierta simpatía por ellos.

Alex, de La naranja mecánica

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El duodécimo peor villano de todos los tiempos según el American Film Institute, y no es para menos. Alex viola, asesina y practica la ultraviolencia en general, como si la violencia a secas no fuese suficiente. Y si es con Beethoven de fondo, mejor. Eso sí: esta creación de Anthony Burgess acabará pasando por la cárcel y reciclándose en un ciudadano decente. O, al menos, nadie podrá decir que no lo intentó.

Tony, de Los Soprano

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Seremos pesados, pero comprendan que en una lista así no podía faltar. Ciertamente no es el colmo de la elegancia, su familia y el negocio no paran de darle disgustos y tiene sus achaques de salud, pero a pesar de todo no parece irle mal. Hambre desde luego no pasa: se trata sin duda del personaje de ficción al que más hemos visto comer. También bebe a menudo, se droga cuando la ocasión lo merece y desde luego su vida sexual es muy intensa y variada. Se ve que ser un sociópata con más empatía por los animales que por las personas no es obstáculo para medrar en sociedad, más bien al contrario. Mencionando a Tony podemos dar también por aludido a don Vito, con el que resulta comparable en algunos aspectos, aunque sin duda el último es mucho más elegante y un excelente ejemplo a seguir también en su manera de afrontar los negocios.

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2014-02-13 08:37:00

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