
Foto: UPI /Landov /Cordon Press
¿Qué es el Tea Party? ¿Quién mueve los hilos del Tea Party? Todos hemos oído hablar de él. En muy poco tiempo ha adquirido una considerable influencia en la política norteamericana, pero no es una organización estructurada, no es un partido político y aunque a veces parezca lo contrario, no tiene un líder visible en la política o en la prensa. No existe una institución única que pueda arrogarse el título de ser el «auténtico» Tea Party. A veces parece tan etéreo que resulta difícil precisar dónde empieza y dónde termina. Y sin embargo, pese a todas estas impresiones, el Tea Party es algo muy concreto, muy real.
A los defensores y admiradores del Tea Party —en España hay unos cuantos, por lo menos en los medios de comunicación— les gusta pensar que se trata de un movimiento de origen popular y de hecho esa es la versión más o menos oficial sobre su nacimiento, la versión que encontrarán en muchos artículos escritos al respecto o incluso en la Wikipedia, donde se lo tilda de movimiento «antielitista». Esa versión oficial nos cuenta que con la llegada al poder de Barack Obama hubo un cierto número de ciudadanos de a pie que comenzaron a oponerse a las subidas de impuestos, o más concretamente a las políticas sociales que requieren de esos impuestos para funcionar. Esa oleada de protestas habría sido espontánea. La propia expresión «Tea Party» tiene unas claras connotaciones populares, ya que hace oportuna referencia a un importante episodio en el origen de la independencia estadounidense. En 1773, un puñado de bostonianos —disfrazados de indios— asaltaron un barco británico que transportaba té importado británico y lanzaron el cargamento de las bodegas al mar como protesta por los impuestos con los que Londres cargaba ese producto, impuestos que iban contra la voluntad de las colonias americanas y que eran considerados un signo de opresión. Aquello provocó una espiral bélica que terminaría con la declaración de independencia de los Estados Unidos. Así pues, el nombre Tea Party (que puede significar «Partido del Té» o incluso en términos más militares, «Comando del Té») viene a recordarnos que oponerse a unos impuestos excesivos sería parte inherente de la naturaleza intrínseca de la nación estadounidense desde el momento mismo de su nacimiento.
Como se ve, esta versión del origen puramente popular del moderno Tea Party suena casi romántica y de hecho presenta aspectos más que dudosos. Pero profundicemos en ella. Dicho origen popular puede rastrearse hasta el año 2009: muchas fuentes señalan a la blogger y activista conservadora Keli Carender como la persona que organizó la protesta que podemos considerar como manifestación inaugural del Tea Party: poco antes de que Obama pretendiese aprobar la «ley de recuperación» del 2009, Carender organizó un acto al que llamó —y nos tememos que esto va a sonar involuntariamente hilarante— la Porkulus Protest. Curiosamente, la imagen de Carender era completamente opuesta al estereotipo de simpatizante del sector duro del Partido Republicano. Keli era joven, de aspecto desenfadado y moderno (piercings incluidos), licenciada y además habitante de un barrio característico del melting pot, el mestizaje estadounidense. Como bien dice el artículo enlazado del New York Times, era justo la clase de persona joven a la que cualquiera podría confundir con una votante de Obama. Ese aspecto hipster de la supuesta detonadora del movimiento Tea Party podría ser casual, aunque a efectos de imagen resultó particularmente oportuno. Ella siempre afirma que salió a protestar de manera completamente espontánea, aunque no falta quien la acusa de haber sido la marioneta de determinados poderes por entonces todavía ocultos. Pero en realidad resulta indiferente para quién o para qué pudiese haber trabajado Carender. Es más, si la citamos aquí es meramente como curiosidad. Es un personaje anecdótico. Solamente figura en esta historia por haber sido la primera supuesta tea partier activa, por lo cual aparecerá en la Wikipedia y suponemos que en algún que otro documental.

Sarah Palin, rostro más visible del Tea Party en el Partido Republicano. Foto: Splash News / Cordon Press.
Si seguimos dando por buena la hipótesis del origen popular del Tea Party, hay varias cosas que llaman la atención. Por un lado, que tratándose de un movimiento de origen popular se haya extendido tan rápidamente sin la presencia de líderes carismáticos emergidos desde abajo. Los rostros que podemos asociar con el Tea Party no son precisamente los de anónimos ciudadanos reconvertidos en líderes. Más bien al revés: llama la atención la presteza con que determinados políticos y periodistas se asociaron a un movimiento teóricamente nacido en las mismas calles, aireando el ideario e incluso participando en actos relacionados con el Tea Party. Porque sobre el caldo de cultivo de un cúmulo de protestas populares aparentemente inconexas emergió una constelación de figuras reconocibles: determinados políticos del ala derecha del Partido Republicano y determinados periodistas (que al menos en los casos más destacados trabajan para la emisora televisiva Fox News).
La primera explicación que podría plantearse es la de que dichos políticos y periodistas se dejaron identificar con el ideario del Tea Party con el fin de utilizar el movimiento para sus propios fines y ambiciones. Pero sorprende mucho que ninguno de ellos haya pretendido hacerse con el liderazgo efectivo para concentrar en su propia persona el aparato del movimiento. Ni siquiera Sarah Palin, en su momento candidata a la vicepresidencia de los Estados Unidos y la política más notoria en subirse al carro del Tea Party, ha ejercido como líder del movimiento, excepto a nivel mediático y de influencia dentro de su partido. Ella misma ha negado que pueda ser considerada una líder del Tea Party y eso que ha trabajado muy duramente por extender sus principios, incluso dejando caer que el Partido Republicano en pleno debía adoptar el ideario del Tea Party o desaparecer. Pero la verdad es que no es ella quien dicta esos principios. Como no lo hacen Ron Paul ni otros políticos de renombre. Tampoco lo hacen periodistas como Sean Hannity, por citar un ejemplo célebre e influyente. Si existe un liderazgo ideológico detrás del Tea Party, repetimos, no es ejercido ni por políticos ni por periodistas. Además cabe añadir que no todo el mundo en el Partido Republicano se siente cómodo con el Tea Party, que despierta recelos en el sector más moderado de la derecha. Tampoco la emisora Fox News, que ha ejercido básicamente como vocero oficial del movimiento, parece haber sido la principal impulsora de lo que —como ellos mismos insisten— es oficialmente un movimiento de origen popular.
El Tea Party lucha principalmente contra los excesivos impuestos que conlleva la existencia de un gobierno central fuerte. Ahora bien, ¿qué son impuestos «excesivos»? El Tea Party se opone al Estado social de bienestar, defendiendo un gobierno lo más reducido posible, unos impuestos lo más bajos posibles, así como un mercado libre con la menor cantidad posible de regulaciones y legislación. Esta sería la única característica ideológica inamovible que mencionan las diferentes definiciones del Tea Party que puedan ustedes rastrear: el «libertarismo» económico. Sobra decir que en Estados Unidos el término libertarian equivaldría a lo que en España llamamos un «liberal». En cambio, el término estadounidense liberal significa algo parecido a «progresista» en España. Para no liar el asunto y especialmente teniendo en cuenta que enlazamos algunos textos en inglés, usaremos exclusivamente los términos estadounidenses. Así pues, en el presente texto un libertario es el partidario de la mayor libertad económica posible, mientras que un liberal es alguien de tendencias más socialdemócratas, más a la izquierda por así decir.
El libertarismo económico, decimos, es lo que define al Tea Party en la teoría. En la práctica, sin embargo, ese libertarismo aparece casi invariablemente asociado a la ideología conservadora. En realidad ambos idearios —el libertario y el conservador— no son necesariamente interdependientes. La ideología conservadora tiene más que ver con lo que en Europa podemos identificar como derecha tradicional: deseo de conservar viejas costumbres y valores morales generalmente basados en la tradición cristiana, defensa de ese orden moral por sobre la extensión de determinadas libertades civiles individuales y defensa de la familia tradicional, así como nacionalismo-patriotismo, etc. Pero, repetimos, sobre el papel no existe un necesario nexo de unión entre libertarismo económico y conservadurismo. Es más: desde algunos ámbitos del propio movimiento Tea Party hay quien se ha preocupado de recordarlo, aunque generalmente sin demasiado éxito. A algunos tea partiers les gusta pensar que su movimiento se limita a cuestionar la ordenación político-económica del Estado, pero en la realidad el Tea Party es también un movimiento ultraconservador. Casi todos los personajes conocidos a los que se ha asociado con el Tea Party son ultraconservadores. Casi todas las asociaciones y grupos que se definen como tea partiers defienden una ideología ultraconservadora y en casi todas sus manifestaciones públicas aparece el mensaje ultraconservador de una u otra forma. Así pues, aunque es un movimiento que se define a sí mismo como meramente político-económico, ha terminado siendo el principal escaparate del conservadurismo en los Estados Unidos. El motivo puede parecernos obvio porque hemos interiorizado la asociación entre libertarismo económico y el sector más duro del Partido Republicano. También en España sucede a veces que ambos tipos de ideas aparezcan entremezclados, en determinados sectores del Partido Popular por ejemplo, o en medios de la derecha.
El que el Tea Party muestre —pese al empeño de sus defensores en afirmar lo contrario— un sesgo conservador bastante homogéneo, hizo barruntar por primera vez la posibilidad de que el Tea Party no fuese un movimiento de origen popular. Y pese a las apariencias, tampoco quedaba claro que sus hilos fuesen movidos desde el Partido Republicano o desde un medio conservador como Fox News. Más bien al revés: en muchas ocasiones parecía que fuesen algunos políticos republicanos y algunos periodistas quienes trabajaban para el difuso Tea Party, no a la inversa. Así pues, ¿quién estaba detrás del movimiento? Para responder a esa pregunta se empezaron a seguir las huellas usando los dos únicos rastros materiales de lo que por otra parte aparecía como un movimiento inconcreto. Estos rastros materiales eran su homogéneo ideario y los medios económicos.
Los principales difusores del ideario teabagger han sido, como decíamos, políticos y periodistas. Sin Sarah Palin o Fox News, ni usted ni yo —ni probablemente muchos estadounidenses— hubiesen tenido noticia o hubiesen mostrado interés por el Tea Party. Pero estos personajes coincidían en transmitir un cuerpo ideológico común que en ningún caso era producto de sus respectivos pensamientos individuales, o hubiesen aparecido mayores divergencias. Ninguno de ellos era un ideólogo y sus discursos parecían responder a, como dicen por allí, una agenda preconcebida.

Protestas contra la posible compra del periódico Los Angeles Times por Koch Industries. El diario, curiosamente, era muy crítico con los hermanos Koch. Finalmente la adquisición no se llevó a cabo y los Koch afirmaron que se absteníano porque el periódico era poco rentable. Foto: Xinhua /Landov / Cordon Press.
Quienes escribían el texto de la agenda, quienes componían ese cuerpo ideológico, eran determinados think tanks de la derecha estadounidense. Esto es, fundaciones dedicadas a la producción de material ideológico que servía para nutrir el discurso de emisoras como Fox News y de determinadas figuras destacadas del republicanismo. Los think tanks, para funcionar, necesitan un amplio rango de recursos. Se trata de reunir a determinados pensadores, pagarles —y bien— para que reflexionen y escriban sobre los mil y un modos de justificar, argumentar y racionalizar determinadas posturas ideológicas, y después procurar que todo ese material tenga salida y obtenga repercusión en toda la sociedad estadounidense. No es una tarea asequible. Se necesita mucho dinero. Y los think tanks que fabrican y sostienen el entramado ideológico del Tea Party están financiados por empresarios multimillonarios.
La sociedad estadounidense —o quien quiso enterarse— no tardó demasiado en saber que los principales impulsores y sostenedores del Tea Party eran los hermanos Charles Koch y David H. Koch, propietarios de Koch Industries, un conglomerado de empresas petrolíferas, energéticas, agropecuarias, de materias primas, etc., que es una de las cincuenta empresas que más facturan en todo el mundo y que aparece listada en el segundo lugar de la lista de mayores compañías privadas estadounidenses que confecciona la revista Forbes. Esto es, hablamos de un gigante económico. O como decía con sorna un diario británico: «la mayor empresa de la que usted jamás ha escuchado hablar».
Los hermanos Koch se convirtieron en los malvados visibles de esta historia porque, al contrario que otros multimillonarios que a veces expresan ideas progresistas en público mientras sostienen a entramados ultraconservadores (léase Rupert Murdoch, por ejemplo), no se esconden. La familia Koch ha sido tradicionalmente derechista y no se molestan en disimularlo. El padre de ambos, Fred Koch, fue uno de los fundadores de la John Birch Society, un think tank conservador que nació como organización anticomunista (pese a que Koch Industries se enriqueció en parte vendiendo combustible a la Unión Soviética de Stalin, por cierto). Fred Koch, por si necesitan ustedes algún otro dato, fue admirador de Benito Mussolini y detractor del movimiento por los Derechos Civiles que encabezaba Martin Luther King. También se hizo notar por ser uno de los magnates más activos en el margen derecho del espectro político.
Pues bien: los hermanos Koch han continuado la labor de su padre no solamente en lo industrial, sino también en lo ideológico. En 1980 David Koch se presentó como candidato a la vicepresidencia de los Estados Unidos con el Partido Libertario. Aquel partido no se andaba por las ramas y abogaba por la eliminación de una larga lista de lo que consideraban males incompatibles con la libertad. Lista que incluía los impuestos, la Seguridad Social, las regulaciones laborales sobre salarios mínimos, el FBI, la CIA, la SEC (principal agencia reguladora del mercado financiero) y los reguladores energéticos. Igualmente abogaba por la eliminación de cualquier restricción legal a la venta y posesión de armas. También, en un inesperado giro anarco-libertario, incluía en su programa cosas como la legalización de las drogas recreativas y la prostitución, algo que en principio chocaba con la bien conocida tradición ultraconservadora de la familia Koch. El cabeza de lista en aquella campaña fue Ed Clark, un abogado que como candidato independiente había obtenido el nada despreciable porcentaje del 5,5 % de los votos en las elecciones a gobernador de California de 1978.
Dejando a un lado aquella pintoresca aventura electoral de David Koch, los dos hermanos crearon Americans for Prosperity (antes llamada Citizens for a Sound Economy, «Ciudadanos por una economía sensata»), una fundación que directamente forma parte de Koch Industries y cuyo objetivo es la defensa de los valores libertarios. En la práctica, AFP ejerce como el órgano político de los Koch, organizando protestas similares a aquellas con las que comenzó el movimiento Tea Party, en las que suele verse a ciudadanos de aspecto común (en ocasiones, para qué engañarnos, demasiado estudiadamente común) protestando contra los excesos y derroches de la administración. AFP utiliza los enormes recursos que le inyecta Koch Industries para influir en asuntos candentes a nivel local, estatal o incluso nacional. El papel de AFP ha sido controvertido porque —pese a lo que sostiene su ideario oficial— no solamente promueven el libertarismo económico, sino también una agenda ultraconservadora que en ocasiones ha llegado a estar rayana con la extrema derecha. Por ejemplo, el poco disimulado intento de recrear una segregación socioeconómica de facto en el sistema escolar mediante el procedimiento de comprar y apoyar a candidatos en las elecciones de consejos escolares estatales. Y cuando decimos segregación socioecónomica, queremos decir racial. AFP, o Koch Industries, ha mostrado mucho interés en influir sobre la marcha de colegios y universidades, generalmente ofreciendo dinero a cambio de tener influencia sobre su programa ideológico.

David Koch, para muchos el hombre que mueve los hilos en el Tea Party, durante una gala en el teatro neoyorquino que lleva su nombre. Foto: BFA/SIPAUSA/SIPA / Cordon Press.
Pero estábamos hablando de think tanks y los hermanos Koch también invierten parte de su inmensa fortuna subvencionando la creación de una masa crítica de material ideológico. Por ejemplo inyectan grandes cantidades de dinero en el Cato Institute, un importante think tank de la derecha económica cuyo antiguo presidente, por cierto, se marchó no sin antes calificar la llegada de los Koch poco menos que como una invasión. Los dos hermanos también sostienen económicamente a fundaciones como Heritage, Reason o el Mercatus Center, todos ellos importantes generadores de ideología libertaria y conservadora. El material producido por estas fundaciones ha alimentado el discurso de políticos republicanos asociados al Tea Party, y sobre todo ha sido citado infinidad de veces en numerosísimos programas de Fox News. De hecho, muchos opinadores profesionales aparecidos en dicha cadena de televisión han estado a sueldo de alguno de esos think tanks financiados por los Koch.
No termina ahí la estrecha relación entre Koch Industries y el Tea Party. Una de las principales instituciones asociadas a ese movimiento sin órgano nuclear oficial es la llamada Tea Party Patriots, que ofrece un soporte más o menos centralizado para las diferentes iniciativas libertarias que puedan surgir a lo largo del país. Pues bien, Tea Party Patriots recibe ayudas multimillonarias de una fundación llamada Freedom Partners, cuyo consejo directivo está formado mayoritariamente por empleados de Koch Industries. Además de financiar el mayor caudal de ideología libertaria de los Estados Unidos, caudal cuya fluencia es francamente admirable, los Koch suelen reunirse en relativo secreto con congresistas, senadores y jueces conservadores. Decimos en relativo secreto porque el alcance de estas actividades parapolíticas es tan enorme que difícilmente podrían ocultarlas aunque quisieran; no resulta sencillo disimular que dos de los principales magnates de la nación (y del mundo) están en constante trato extraoficial con numerosos titulares de cargos públicos.
Como decimos, los Koch son los grandes protagonistas de la historia, pero aunque otros multimillonarios no son tan lanzados, el Tea Party es en esencia un mecanismo que está ayudando el desembarco del 1 % más rico de la población estadounidense en el sistema político por vía alternativa, parasitando el sistema democrático y electoral para sus propios intereses. Eso sí, las acusaciones de que multimillonarios como los Koch se inmiscuyen ilegítimamente en la política nacional a golpe de talonario facilitan una curiosa actitud victimista en esos mismos potentados. Uno de los principales abogados de los Koch, Ted Olson —que además es un personaje muy conocido en las fontanerías de Washington— los defendía casi lacrimógenamente en un artículo publicado por (cómo no) el Wall Street Journal. Pese a las bien remuneradas protestas de Olson, a nadie se le escapa cuál es el papel de los dos hermanos en la política estadounidense. Es algo que, excepto sus abogados, no niegan ni siquiera desde la propia derecha mediática. En una publicación tan poco sospechosa de izquierdismo progresista como la revista Forbes podemos encontrar artículos tan reveladores como hilarantes, como aquel en donde se mencionaba a los Koch como padres del monstruo Tea Party, pero además se los acusaba de ser unos «irresponsables» por (atención) no haber elegido bien a los candidatos que compraban… lo cual podría haber resultado en que, sin querer, hubiesen llenado Washington de progres camuflados bajo la piel de falsos teabaggers, entre los que podía haberse colado, cuidado, ¡un abortista! Como lo leen.
Desde el 2010 ya nadie parece tener reparos en hablar abiertamente de lo que estaba convirtiéndose en un secreto a voces: que el Tea Party, con toda su aureola difusa y desestructurada, con todo ese supuesto origen popular, es básicamente un invento corporativo. Pero por otra parte pensará usted que no resulta extraño que unos multimillonarios como los Koch aboguen por la eliminación de competencias estatales y el Estado del bienestar: menos Estado y menos servicios sociales significa menos impuestos, y menos impuestos significan más beneficios para las corporaciones, menos reparto de la riqueza por vía fiscal. Tampoco es la primera vez, ni nos tememos será la última, en que grandes empresas financien think tanks y partidos para sus propios fines. Esto no es nada sorprendente.

Varias estrellas de la cadena Fox News se han destacado en la defensa del ideario del Tea Party. En la imagen, el presentador Sean Hannity. Foto: INFphoto.com/Cordon Press.
Lo realmente curioso es que el ideario del Tea Party sea defendido con entusiasmo por muchas personas que estarían entre las más perjudicadas desde el momento en que dicho ideario se aplicase estrictamente. Es decir: muchos votantes y simpatizantes del ala derecha del Partido Republicano son ciudadanos de clase media o trabajadora, con pocos recursos y propensos a la vulnerabilidad social por diversos motivos. Evidentemente, el Partido Republicano no es un partido al que voten solamente los ricos, de lo contrario jamás hubiese ganado unas elecciones (el paralelismo con el electorado del Partido Popular en España podría servirnos para ilustrarlo). Pero hay más: en cualquier estudio sociológico sobre la afiliación política y el seguimiento a medios de comunicación, podrá usted ver que un sector de votantes republicanos son fieles espectadores de Fox News. El grueso de la audiencia de dicho canal, principal vehículo de las ideas del Tea Party, está compuesto de personas de cierta edad —mayores de cincuenta—, recursos económicos modestos y formación académica limitada. Dicho de otro modo: muchos espectadores de Fox News son personas de nivel socioeconómico medio-bajo que apoyan el ideario teabagger pese a que, paradójicamente, estarían entre las más perjudicadas por ese mismo ideario. Además, está el hecho de que muchos votantes de la derecha, especialmente los de extracción social más modesta, no ven con muy buenos ojos a las grandes corporaciones y sin embargo votarían un ideario impulsado por una de las grandes corporaciones de América. Esto por un lado explica en empeño del Tea Party en presentarse como un movimiento popular opuesto a las élites, cuando en realidad ha sido financiado e impulsado por esas mismas élites. Y también explica que haya conseguido que muchos ciudadanos antielitistas defiendan un ideario confeccionado al mejor servicio de un puñado de multimillonarios.
En el núcleo mismo de estas paradojas estaría aquella asociación de la que hablábamos entre libertarismo económico y conservadurismo. Nos preguntábamos por qué motivo ambos aparecían invariablemente unidos. Y la biografía de los derechistas Koch no basta para explicarlo, ya que sería lógico que en un movimiento amplio y difuso como el Tea Party hubiesen emergido espontáneamente corrientes libertarias en lo económico pero menos conservadoras. El propio Partido Libertario de David Koch abogó por la legalización de drogas y prostitución en 1980, recordemos. Y sin embargo, el actual Tea Party es incluso más conservador que en sus inicios. Porque el mensaje del Tea Party es machacón al respecto: el libertarismo no es solamente una opción para la prosperidad económica, sino la esencia misma del americanismo, de los valores tradicionales de la nación desde su misma fundación y por tanto la esencia del buen americano. El Estado social equivale a socialismo (y consciente o inconscientemente socialismo puede equivaler a comunismo, o en todo caso a antiamericanismo). Así, los viejos y tradicionales valores del buen americano —el WASP, blanco, anglosajón y protestante— pasan por la oposición a un gobierno fuerte que gaste alegremente el dinero que los ciudadanos ganan con su esfuerzo. Naturalmente, en pleno siglo XXI el mensaje se ha extendido a republicanos que no son WASP, ya que muchos de ellos no son blancos, ni de origen anglosajón ni protestantes. Pero básicamente subsiste la idea de que el buen americano ha de ser conservador, patriota (esto es, antisocialista) y preferiblemente cristiano. Visto de este modo, también resulta más fácil explicar que muchos ciudadanos defensores del Tea Party, y por tanto defensores de la reducción o eliminación del gasto social, no muestren tanto ímpetu a la hora de denunciar el enorme gasto militar estadounidense. La defensa del país ante sus enemigos exteriores forma parte esencial del conservadurismo estadounidense (no siempre fue así, pero las cosas han cambiado desde principios del siglo XX). De este modo, el conservadurismo es la salsa con la que muchos modestos simpatizantes del sector duro del republicanismo tragarían la píldora de la reducción del Estado de bienestar, una reducción que podría perjudicarles a ellos mismos. No son pocas voces las que acusan al Tea Party y a Fox News de estar empleando esta estrategia. Habrán notado, por cierto, que hemos nombrado varias veces a Fox News y su importante papel como órgano fáctico del Tea Party, pero que no hemos entrado en ello con demasiada profundidad. Pero es tal la riqueza de anécdotas y personajes relacionados con aquella emisora de noticias, que bien merece un artículo aparte. Dejaremos a Fox News para el próximo episodio.
El Tea Party sería la herramienta de determinadas corporaciones para influir en la derecha política, para intentar apoderarse del timón del Partido Republicano —dentro del cual, no lo olvidemos, ha habido resistencias— y especialmente para transmitir al votante de derechas el mensaje de que el Estado social de bienestar es contraproducente e incluso «antiamericano». Han conseguido que muchos ciudadanos conservadores se sientan perfectamente cómodos con un libertarismo económico extremo, cuando perfectamente podrían haber seguido siendo conservadores y de derechas pero a la vez partidarios de un modelo social de Estado del bienestar. En todo caso, ya lo sabe: usted podría quizá ser partidario del Tea Party si comulga con aquella frase de Milton Friedman: «si dejamos al gobierno a cargo del desierto del Sahara, en cinco años habría escasez de arena». La otra alternativa, claro, es la de preguntarse por qué el 1 % de los beduinos se ha quedado con la mayor parte de la arena, y qué no harán para evitar que el resto la reclame de vuelta.

Foto: UPI /Landov /Cordon Press.










































