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El Tea Party: instrucciones de uso

Foto: UPI /Landov /Cordon Press

Foto: UPI /Landov /Cordon Press

¿Qué es el Tea Party? ¿Quién mueve los hilos del Tea Party? Todos hemos oído hablar de él. En muy poco tiempo ha adquirido una considerable influencia en la política norteamericana, pero no es una organización estructurada, no es un partido político y aunque a veces parezca lo contrario, no tiene un líder visible en la política o en la prensa. No existe una institución única que pueda arrogarse el título de ser el «auténtico» Tea Party. A veces parece tan etéreo que resulta difícil precisar dónde empieza y dónde termina. Y sin embargo, pese a todas estas impresiones, el Tea Party es algo muy concreto, muy real.

A los defensores y admiradores del Tea Party —en España hay unos cuantos, por lo menos en los medios de comunicación— les gusta pensar que se trata de un movimiento de origen popular y de hecho esa es la versión más o menos oficial sobre su nacimiento, la versión que encontrarán en muchos artículos escritos al respecto o incluso en la Wikipedia, donde se lo tilda de movimiento «antielitista». Esa versión oficial nos cuenta que con la llegada al poder de Barack Obama hubo un cierto número de ciudadanos de a pie que comenzaron a oponerse a las subidas de impuestos, o más concretamente a las políticas sociales que requieren de esos impuestos para funcionar. Esa oleada de protestas habría sido espontánea. La propia expresión «Tea Party» tiene unas claras connotaciones populares, ya que hace oportuna referencia a un importante episodio en el origen de la independencia estadounidense. En 1773, un puñado de bostonianos —disfrazados de indios— asaltaron un barco británico que transportaba té importado británico y lanzaron el cargamento de las bodegas al mar como protesta por los impuestos con los que Londres cargaba ese producto, impuestos que iban contra la voluntad de las colonias americanas y que eran considerados un signo de opresión. Aquello provocó una espiral bélica que terminaría con la declaración de independencia de los Estados Unidos. Así pues, el nombre Tea Party (que puede significar «Partido del Té» o incluso en términos más militares, «Comando del Té») viene a recordarnos que oponerse a unos impuestos excesivos sería parte inherente de la naturaleza intrínseca de la nación estadounidense desde el momento mismo de su nacimiento.

Como se ve, esta versión del origen puramente popular del moderno Tea Party suena casi romántica y de hecho presenta aspectos más que dudosos. Pero profundicemos en ella. Dicho origen popular puede rastrearse hasta el año 2009: muchas fuentes señalan a la blogger y activista conservadora Keli Carender como la persona que organizó la protesta que podemos considerar como manifestación inaugural del Tea Party: poco antes de que Obama pretendiese aprobar la «ley de recuperación» del 2009, Carender organizó un acto al que llamó —y nos tememos que esto va a sonar involuntariamente hilarante— la Porkulus Protest. Curiosamente, la imagen de Carender era completamente opuesta al estereotipo de simpatizante del sector duro del Partido Republicano. Keli era joven, de aspecto desenfadado y moderno (piercings incluidos), licenciada y además habitante de un barrio característico del melting pot, el mestizaje estadounidense. Como bien dice el artículo enlazado del New York Times, era justo la clase de persona joven a la que cualquiera podría confundir con una votante de Obama. Ese aspecto hipster de la supuesta detonadora del movimiento Tea Party podría ser casual, aunque a efectos de imagen resultó particularmente oportuno. Ella siempre afirma que salió a protestar de manera completamente espontánea, aunque no falta quien la acusa de haber sido la marioneta de determinados poderes por entonces todavía ocultos. Pero en realidad resulta indiferente para quién o para qué pudiese haber trabajado Carender. Es más, si la citamos aquí es meramente como curiosidad. Es un personaje anecdótico. Solamente figura en esta historia por haber sido la primera supuesta tea partier activa, por lo cual aparecerá en la Wikipedia y suponemos que en algún que otro documental.

Sarah Palin, rostro más visible del Tea Party en el Partido Republicano. (Foto: Splash News)

Sarah Palin, rostro más visible del Tea Party en el Partido Republicano. Foto: Splash News / Cordon Press.

Si seguimos dando por buena la hipótesis del origen popular del Tea Party, hay varias cosas que llaman la atención. Por un lado, que tratándose de un movimiento de origen popular se haya extendido tan rápidamente sin la presencia de líderes carismáticos emergidos desde abajo. Los rostros que podemos asociar con el Tea Party no son precisamente los de anónimos ciudadanos reconvertidos en líderes. Más bien al revés: llama la atención la presteza con que determinados políticos y periodistas se asociaron a un movimiento teóricamente nacido en las mismas calles, aireando el ideario e incluso participando en actos relacionados con el Tea Party. Porque sobre el caldo de cultivo de un cúmulo de protestas populares aparentemente inconexas emergió una constelación de figuras reconocibles: determinados políticos del ala derecha del Partido Republicano y determinados periodistas (que al menos en los casos más destacados trabajan para la emisora televisiva Fox News).

La primera explicación que podría plantearse es la de que dichos políticos y periodistas se dejaron identificar con el ideario del Tea Party con el fin de utilizar el movimiento para sus propios fines y ambiciones. Pero sorprende mucho que ninguno de ellos haya pretendido hacerse con el liderazgo efectivo para concentrar en su propia persona el aparato del movimiento. Ni siquiera Sarah Palin, en su momento candidata a la vicepresidencia de los Estados Unidos y la política más notoria en subirse al carro del Tea Party, ha ejercido como líder del movimiento, excepto a nivel mediático y de influencia dentro de su partido. Ella misma ha negado que pueda ser considerada una líder del Tea Party y eso que ha trabajado muy duramente por extender sus principios, incluso dejando caer que el Partido Republicano en pleno debía adoptar el ideario del Tea Party o desaparecer. Pero la verdad es que no es ella quien dicta esos principios. Como no lo hacen Ron Paul ni otros políticos de renombre. Tampoco lo hacen periodistas como Sean Hannity, por citar un ejemplo célebre e influyente. Si existe un liderazgo ideológico detrás del Tea Party, repetimos, no es ejercido ni por políticos ni por periodistas. Además cabe añadir que no todo el mundo en el Partido Republicano se siente cómodo con el Tea Party, que despierta recelos en el sector más moderado de la derecha. Tampoco la emisora Fox News, que ha ejercido básicamente como vocero oficial del movimiento, parece haber sido la principal impulsora de lo que —como ellos mismos insisten— es oficialmente un movimiento de origen popular.

El Tea Party lucha principalmente contra los excesivos impuestos que conlleva la existencia de un gobierno central fuerte. Ahora bien, ¿qué son impuestos «excesivos»? El Tea Party se opone al Estado social de bienestar, defendiendo un gobierno lo más reducido posible, unos impuestos lo más bajos posibles, así como un mercado libre con la menor cantidad posible de regulaciones y legislación. Esta sería la única característica ideológica inamovible que mencionan las diferentes definiciones del Tea Party que puedan ustedes rastrear: el «libertarismo» económico. Sobra decir que en Estados Unidos el término libertarian equivaldría a lo que en España llamamos un «liberal». En cambio, el término estadounidense liberal significa algo parecido a «progresista» en España. Para no liar el asunto  y especialmente teniendo en cuenta que enlazamos algunos textos en inglés, usaremos exclusivamente los términos estadounidenses. Así pues, en el presente texto un libertario es el partidario de la mayor libertad económica posible, mientras que un liberal es alguien de tendencias más socialdemócratas, más a la izquierda por así decir.

El libertarismo económico, decimos, es lo que define al Tea Party en la teoría. En la práctica, sin embargo, ese libertarismo aparece casi invariablemente asociado a la ideología conservadora. En realidad ambos idearios —el libertario y el conservador— no son necesariamente interdependientes. La ideología conservadora tiene más que ver con lo que en Europa podemos identificar como derecha tradicional: deseo de conservar viejas costumbres y valores morales generalmente basados en la tradición cristiana, defensa de ese orden moral por sobre la extensión de determinadas libertades civiles individuales y defensa de la familia tradicional, así como nacionalismo-patriotismo, etc. Pero, repetimos, sobre el papel no existe un necesario nexo de unión entre libertarismo económico y conservadurismo. Es más: desde algunos ámbitos del propio movimiento Tea Party hay quien se ha preocupado de recordarlo, aunque generalmente sin demasiado éxito. A algunos tea partiers les gusta pensar que su movimiento se limita a cuestionar la ordenación político-económica del Estado, pero en la realidad el Tea Party es también un movimiento ultraconservador. Casi todos los personajes conocidos a los que se ha asociado con el Tea Party son ultraconservadores. Casi todas las asociaciones y grupos que se definen como tea partiers defienden una ideología ultraconservadora y en casi todas sus manifestaciones públicas aparece el mensaje ultraconservador de una u otra forma. Así pues, aunque es un movimiento que se define a sí mismo como meramente político-económico, ha terminado siendo el principal escaparate del conservadurismo en los Estados Unidos. El motivo puede parecernos obvio porque hemos interiorizado la asociación entre libertarismo económico y el sector más duro del Partido Republicano. También en España sucede a veces que ambos tipos de ideas aparezcan entremezclados, en determinados sectores del Partido Popular por ejemplo, o en medios de la derecha.

El que el Tea Party muestre —pese al empeño de sus defensores en afirmar lo contrario— un sesgo conservador bastante homogéneo, hizo barruntar por primera vez la posibilidad de que el Tea Party no fuese un movimiento de origen popular. Y pese a las apariencias, tampoco quedaba claro que sus hilos fuesen movidos desde el Partido Republicano o desde un medio conservador como Fox News. Más bien al revés: en muchas ocasiones parecía que fuesen algunos políticos republicanos y algunos periodistas quienes trabajaban para el difuso Tea Party, no a la inversa. Así pues, ¿quién estaba detrás del movimiento? Para responder a esa pregunta se empezaron a seguir las huellas usando los dos únicos rastros materiales de lo que por otra parte aparecía como un movimiento inconcreto. Estos rastros materiales eran su homogéneo ideario y los medios económicos.

Los principales difusores del ideario teabagger han sido, como decíamos, políticos y periodistas. Sin Sarah Palin o Fox News, ni usted ni yo —ni probablemente muchos estadounidenses— hubiesen tenido noticia o hubiesen mostrado interés por el Tea Party. Pero estos personajes coincidían en transmitir un cuerpo ideológico común que en ningún caso era producto de sus respectivos pensamientos individuales, o hubiesen aparecido mayores divergencias. Ninguno de ellos era un ideólogo y sus discursos parecían responder a, como dicen por allí, una agenda preconcebida.

Protestas contra la posible compra del periódico Los Angeles Times por Koch Industries. El diario, curiosamente, era muy crítico con los hermanos Koch. Finalmente la adquisición no se llevó a cabo cuando los Koch afirmaron que el periódico era "poco rentable". (Foto:  Xinhua /Landov / Cordon Press)

Protestas contra la posible compra del periódico Los Angeles Times por Koch Industries. El diario, curiosamente, era muy crítico con los hermanos Koch. Finalmente la adquisición no se llevó a cabo y los Koch afirmaron que se absteníano porque el periódico era poco rentable. Foto: Xinhua /Landov / Cordon Press.

Quienes escribían el texto de la agenda, quienes componían ese cuerpo ideológico, eran determinados think tanks de la derecha estadounidense. Esto es, fundaciones dedicadas a la producción de material ideológico que servía para nutrir el discurso de emisoras como Fox News y de determinadas figuras destacadas del republicanismo. Los think tanks, para funcionar, necesitan un amplio rango de recursos. Se trata de reunir a determinados pensadores, pagarles —y bien— para que reflexionen y escriban sobre los mil y un modos de justificar, argumentar y racionalizar determinadas posturas ideológicas, y después procurar que todo ese material tenga salida y obtenga repercusión en toda la sociedad estadounidense. No es una tarea asequible. Se necesita mucho dinero. Y los think tanks que fabrican y sostienen el entramado ideológico del Tea Party están financiados por empresarios multimillonarios.

La sociedad estadounidense —o quien quiso enterarse— no tardó demasiado en saber que los principales impulsores y sostenedores del Tea Party eran los hermanos Charles Koch y David H. Koch, propietarios de Koch Industries, un conglomerado de empresas petrolíferas, energéticas, agropecuarias, de materias primas, etc., que es una de las cincuenta empresas que más facturan en todo el mundo y que aparece listada en el segundo lugar de la lista de mayores compañías privadas estadounidenses que confecciona la revista Forbes. Esto es, hablamos de un gigante económico. O como decía con sorna un diario británico: «la mayor empresa de la que usted jamás ha escuchado hablar».

Los hermanos Koch se convirtieron en los malvados visibles de esta historia porque, al contrario que otros multimillonarios que a veces expresan ideas progresistas en público mientras sostienen a entramados ultraconservadores (léase Rupert Murdoch, por ejemplo), no se esconden. La familia Koch ha sido tradicionalmente derechista y no se molestan en disimularlo. El padre de ambos, Fred Koch, fue uno de los fundadores de la John Birch Society, un think tank conservador que nació como organización anticomunista (pese a que Koch Industries se enriqueció en parte vendiendo combustible a la Unión Soviética de Stalin, por cierto). Fred Koch, por si necesitan ustedes algún otro dato, fue admirador de Benito Mussolini y detractor del movimiento por los Derechos Civiles que encabezaba Martin Luther King. También se hizo notar por ser uno de los magnates más activos en el margen derecho del espectro político.

Pues bien: los hermanos Koch han continuado la labor de su padre no solamente en lo industrial, sino también en lo ideológico. En 1980 David Koch se presentó como candidato a la vicepresidencia de los Estados Unidos con el Partido Libertario. Aquel partido no se andaba por las ramas y abogaba por la eliminación de una larga lista de lo que consideraban males incompatibles con la libertad. Lista que incluía los impuestos, la Seguridad Social, las regulaciones laborales sobre salarios mínimos, el FBI, la CIA, la SEC (principal agencia reguladora del mercado financiero) y los reguladores energéticos. Igualmente abogaba por la eliminación de cualquier restricción legal a la venta y posesión de armas. También, en un inesperado giro anarco-libertario, incluía en su programa cosas como la legalización de las drogas recreativas y la prostitución, algo que en principio chocaba con la bien conocida tradición ultraconservadora de la familia Koch. El cabeza de lista en aquella campaña fue Ed Clark, un abogado que como candidato independiente había obtenido el nada despreciable porcentaje del 5,5 % de los votos en las elecciones a gobernador de California de 1978.

Dejando a un lado aquella pintoresca aventura electoral de David Koch, los dos hermanos crearon Americans for Prosperity (antes llamada Citizens for a Sound Economy, «Ciudadanos por una economía sensata»), una fundación que directamente forma parte de Koch Industries y cuyo objetivo es la defensa de los valores libertarios. En la práctica, AFP ejerce como el órgano político de los Koch, organizando protestas similares a aquellas con las que comenzó el movimiento Tea Party, en las que suele verse a ciudadanos de aspecto común (en ocasiones, para qué engañarnos, demasiado estudiadamente común) protestando contra los excesos y derroches de la administración. AFP utiliza los enormes recursos que le inyecta Koch Industries para influir en asuntos candentes a nivel local, estatal o incluso nacional. El papel de AFP ha sido controvertido porque —pese a lo que sostiene su ideario oficial— no solamente promueven el libertarismo económico, sino también una agenda ultraconservadora que en ocasiones ha llegado a estar rayana con la extrema derecha. Por ejemplo, el poco disimulado intento de recrear una segregación socioeconómica de facto en el sistema escolar mediante el procedimiento de comprar y apoyar a candidatos en las elecciones de consejos escolares estatales. Y cuando decimos segregación socioecónomica, queremos decir racial. AFP, o Koch Industries, ha mostrado mucho interés en influir sobre la marcha de colegios y universidades, generalmente ofreciendo dinero a cambio de tener influencia sobre su programa ideológico.

David Koch, uno de los hombres que manejan los hilos en los EE. UU., durante una gala en el teatro neoyorquino que gracias a una donación lleva su nombre. (Foto: BFA/SIPAUSA/SIPA / Cordon Press)

David Koch, para muchos el hombre que mueve los hilos en el Tea Party, durante una gala en el teatro neoyorquino que lleva su nombre. Foto: BFA/SIPAUSA/SIPA / Cordon Press.

Pero estábamos hablando de think tanks y los hermanos Koch también invierten parte de su inmensa fortuna subvencionando la creación de una masa crítica de material ideológico. Por ejemplo inyectan grandes cantidades de dinero en el Cato Institute, un importante think tank de la derecha económica cuyo antiguo presidente, por cierto, se marchó no sin antes calificar la llegada de los Koch poco menos que como una invasión. Los dos hermanos también sostienen económicamente a fundaciones como Heritage, Reason o el Mercatus Center, todos ellos importantes generadores de ideología libertaria y conservadora. El material producido por estas fundaciones ha alimentado el discurso de políticos republicanos asociados al Tea Party, y sobre todo ha sido citado infinidad de veces en numerosísimos programas de Fox News. De hecho, muchos opinadores profesionales aparecidos en dicha cadena de televisión han estado a sueldo de alguno de esos think tanks financiados por los Koch.

No termina ahí la estrecha relación entre Koch Industries y el Tea Party. Una de las principales instituciones asociadas a ese movimiento sin órgano nuclear oficial es la llamada Tea Party Patriots, que ofrece un soporte más o menos centralizado para las diferentes iniciativas libertarias que puedan surgir a lo largo del país. Pues bien, Tea Party Patriots recibe ayudas multimillonarias de una fundación llamada Freedom Partners, cuyo consejo directivo está formado mayoritariamente por empleados de Koch Industries. Además de financiar el mayor caudal de ideología libertaria de los Estados Unidos, caudal cuya fluencia es francamente admirable, los Koch suelen reunirse en relativo secreto con congresistas, senadores y jueces conservadores. Decimos en relativo secreto porque el alcance de estas actividades parapolíticas es tan enorme que difícilmente podrían ocultarlas aunque quisieran; no resulta sencillo disimular que dos de los principales magnates de la nación (y del mundo) están en constante trato extraoficial con numerosos titulares de cargos públicos.

Como decimos, los Koch son los grandes protagonistas de la historia, pero aunque otros multimillonarios no son tan lanzados, el Tea Party es en esencia un mecanismo que está ayudando el desembarco del 1 % más rico de la población estadounidense en el sistema político por vía alternativa, parasitando el sistema democrático y electoral para sus propios intereses. Eso sí, las acusaciones de que multimillonarios como los Koch se inmiscuyen ilegítimamente en la política nacional a golpe de talonario facilitan una curiosa actitud victimista en esos mismos potentados. Uno de los principales abogados de los Koch, Ted Olson —que además es un personaje muy conocido en las fontanerías de Washington— los defendía casi lacrimógenamente en un artículo publicado por (cómo no) el Wall Street Journal. Pese a las bien remuneradas protestas de Olson, a nadie se le escapa cuál es el papel de los dos hermanos en la política estadounidense. Es algo que, excepto sus abogados, no niegan ni siquiera desde la propia derecha mediática. En una publicación tan poco sospechosa de izquierdismo progresista como la revista Forbes podemos encontrar artículos tan reveladores como hilarantes, como aquel en donde se mencionaba a los Koch como padres del monstruo Tea Party, pero además se los acusaba de ser unos «irresponsables» por (atención) no haber elegido bien a los candidatos que compraban… lo cual podría haber resultado en que, sin querer, hubiesen llenado Washington de progres camuflados bajo la piel de falsos teabaggers, entre los que podía haberse colado, cuidado, ¡un abortista! Como lo leen.

Desde el 2010 ya nadie parece tener reparos en hablar abiertamente de lo que estaba convirtiéndose en un secreto a voces: que el Tea Party, con toda su aureola difusa y desestructurada, con todo ese supuesto origen popular, es básicamente un invento corporativo. Pero por otra parte pensará usted que no resulta extraño que unos multimillonarios como los Koch aboguen por la eliminación de competencias estatales y el Estado del bienestar: menos Estado y menos servicios sociales significa menos impuestos, y menos impuestos significan más beneficios para las corporaciones, menos reparto de la riqueza por vía fiscal. Tampoco es la primera vez, ni nos tememos será la última, en que grandes empresas financien think tanks y partidos para sus propios fines. Esto no es nada sorprendente.

Varias estrellas de la cadena Fox News se han destacado en la defensa del ideario del Tea Party. En la imagen, el presentador Sean Hannity. (Foto: INFphoto.com/Cordon Press)

Varias estrellas de la cadena Fox News se han destacado en la defensa del ideario del Tea Party. En la imagen, el presentador Sean Hannity. Foto: INFphoto.com/Cordon Press.

Lo realmente curioso es que el ideario del Tea Party sea defendido con entusiasmo por muchas personas que estarían entre las más perjudicadas desde el momento en que dicho ideario se aplicase estrictamente. Es decir: muchos votantes y simpatizantes del ala derecha del Partido Republicano son ciudadanos de clase media o trabajadora, con pocos recursos y propensos a la vulnerabilidad social por diversos motivos. Evidentemente, el Partido Republicano no es un partido al que voten solamente los ricos, de lo contrario jamás hubiese ganado unas elecciones (el paralelismo con el electorado del Partido Popular en España podría servirnos para ilustrarlo). Pero hay más: en cualquier estudio sociológico sobre la afiliación política y el seguimiento a medios de comunicación, podrá usted ver que un sector de votantes republicanos son fieles espectadores de Fox News. El grueso de la audiencia de dicho canal, principal vehículo de las ideas del Tea Party, está compuesto de personas de cierta edad —mayores de cincuenta—, recursos económicos modestos y formación académica limitada. Dicho de otro modo: muchos espectadores de Fox News son personas de nivel socioeconómico medio-bajo que apoyan el ideario teabagger pese a que, paradójicamente, estarían entre las más perjudicadas por ese mismo ideario. Además, está el hecho de que muchos votantes de la derecha, especialmente los de extracción social más modesta, no ven con muy buenos ojos a las grandes corporaciones y sin embargo votarían un ideario impulsado por una de las grandes corporaciones de América. Esto por un lado explica en empeño del Tea Party en presentarse como un movimiento popular opuesto a las élites, cuando en realidad ha sido financiado e impulsado por esas mismas élites. Y también explica que haya conseguido que muchos ciudadanos antielitistas defiendan un ideario confeccionado al mejor servicio de un puñado de multimillonarios.

En el núcleo mismo de estas paradojas estaría aquella asociación de la que hablábamos entre libertarismo económico y conservadurismo. Nos preguntábamos por qué motivo ambos aparecían invariablemente unidos. Y la biografía de los derechistas Koch no basta para explicarlo, ya que sería lógico que en un movimiento amplio y difuso como el Tea Party hubiesen emergido espontáneamente corrientes libertarias en lo económico pero menos conservadoras. El propio Partido Libertario de David Koch abogó por la legalización de drogas y prostitución en 1980, recordemos. Y sin embargo, el actual Tea Party es incluso más conservador que en sus inicios. Porque el mensaje del Tea Party es machacón al respecto: el libertarismo no es solamente una opción para la prosperidad económica, sino la esencia misma del americanismo, de los valores tradicionales de la nación desde su misma fundación y por tanto la esencia del buen americano. El Estado social equivale a socialismo (y consciente o inconscientemente socialismo puede equivaler a comunismo, o en todo caso a antiamericanismo). Así, los viejos y tradicionales valores del buen americano —el WASP, blanco, anglosajón y protestante— pasan por la oposición a un gobierno fuerte que gaste alegremente el dinero que los ciudadanos ganan con su esfuerzo. Naturalmente, en pleno siglo XXI el mensaje se ha extendido a republicanos que no son WASP, ya que muchos de ellos no son blancos, ni de origen anglosajón ni protestantes. Pero básicamente subsiste la idea de que el buen americano ha de ser conservador, patriota (esto es, antisocialista) y preferiblemente cristiano. Visto de este modo, también resulta más fácil explicar que muchos ciudadanos defensores del Tea Party, y por tanto defensores de la reducción o eliminación del gasto social, no muestren tanto ímpetu a la hora de denunciar el enorme gasto militar estadounidense. La defensa del país ante sus enemigos exteriores forma parte esencial del conservadurismo estadounidense (no siempre fue así, pero las cosas han cambiado desde principios del siglo XX). De este modo, el conservadurismo es la salsa con la que muchos modestos simpatizantes del sector duro del republicanismo tragarían la píldora de la reducción del Estado de bienestar, una reducción que podría perjudicarles a ellos mismos. No son pocas voces las que acusan al Tea Party y a Fox News de estar empleando esta estrategia. Habrán notado, por cierto, que hemos nombrado varias veces a Fox News y su importante papel como órgano fáctico del Tea Party, pero que no hemos entrado en ello con demasiada profundidad. Pero es tal la riqueza de anécdotas y personajes relacionados con aquella emisora de noticias, que bien merece un artículo aparte. Dejaremos a Fox News para el próximo episodio.

El Tea Party sería la herramienta de determinadas corporaciones para influir en la derecha política, para intentar apoderarse del timón del Partido Republicano —dentro del cual, no lo olvidemos, ha habido resistencias— y especialmente para transmitir al votante de derechas el mensaje de que el Estado social de bienestar es contraproducente e incluso «antiamericano». Han conseguido que muchos ciudadanos conservadores se sientan perfectamente cómodos con un libertarismo económico extremo, cuando perfectamente podrían haber seguido siendo conservadores y de derechas pero a la vez partidarios de un modelo social de Estado del bienestar. En todo caso, ya lo sabe: usted podría quizá ser partidario del Tea Party si comulga con aquella frase de Milton Friedman: «si dejamos al gobierno a cargo del desierto del Sahara, en cinco años habría escasez de arena». La otra alternativa, claro, es la de preguntarse por qué el 1 % de los beduinos se ha quedado con la mayor parte de la arena, y qué no harán para evitar que el resto la reclame de vuelta.

Manifestación ultraconservadora en Washington (Foto:  UPI /Landov /Cordon Press)

Foto: UPI /Landov /Cordon Press.

Tres novelas sucias

Sí, tres novelas sucias: violentas, bruscas, íntimas, salvajes. Tres mujeres expuestas a la brutalidad de un padre, un párroco y un granjero —el hombre. Tres jóvenes sin filtros ni velos, en plena exhibición. Porque la voz de Del color de la leche pertenece a una adolescente, la pequeña de tres hermanas, albina y coja, a la que su padre desprecia por no ser tan eficiente en el trabajo como las demás. La de La niña que amaba las cerillas, a una cría que se tiene por niño, que habla de sí misma en masculino, porque así lo hacía su padre, que acaba de morir y les ha dejado a ella y a su hermano el universo entero por cuidar. Y la de The burial, a una mujer joven huérfana que, después de ser una artista circense, acaba en la cárcel y, al salir, en manos de un hombre violento y bebedor que la maltratará. Son tres personajes femeninos con los que Nell Leyshon, Gaétan Soucy y Courtney Collins —respectivamente— no tienen compasión, no se andan con rodeos: las tienen contra las cuerdas, indefensas.

Lo que hace sucias a estas tres novelas es el estilo descarnado con el que están escritas: no hay tregua para el lector. Quizá The burial acaba compadeciéndose de nosotros y se amabiliza, pero en Del color de la leche y La niña que amaba las cerillas, no —hay una conmoción durante toda su lectura, sin bajar la guardia, sin mostrarnos la bondad.

Del color de la leche, o la ingenuidad

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Imagen: Sexto Piso.

Mary vive con su familia en una granja. Es albina, es coja. Tiene un padre bruto, fuerte, que habría querido tres varones, pero no, tiene tres hijas. Y la pequeña, además, diferente. La novela está escrita por la misma protagonista, que tiene un estilo de lo más peculiar. No me refiero a que esté en minúsculas, ni mucho menos, sino a su tono, a su modo de contarlo todo —al raso. Mary vive así, sumergida en el miedo hasta el punto de normalizarlo y convertirlo en su modus vivendi. El único cómplice con el que cuenta es el abuelo, igual de inútil que ella, en una silla de ruedas. Por lo demás, Mary solo hace que contagiarnos de su encierro, de cómo se vive así, en la brutalidad. Lo que hace que esta novela sea tan especial no es tanto la historia que nos cuenta, que también, sino la voz de Mary, que con su ingenuidad y sus repeticiones, como si hablara un niño o un anciano, te va sujetando.

Cuando la mujer del párroco muere, la niña con el pelo del color de la leche sueña con volver a su casa, pero hay otros planes para ella: quedarse con él, quedarse a solas con su dueño, con el hombre que le paga a su padre una mensualidad para que trabaje con él —trabajos para una albina, para una coja, para una mujer. El trabajo de aceptar el destino, que es de lo que va la suciedad, estas tres novelas.

La niña que amaba las cerillas, o la ignorancia

«Mi hermano y yo tuvimos que hacernos cargo del Universo, pues una mañana sin avisar, poco antes del alba, papá entregó su espíritu». Así es como empieza esta historia y así es como sigue, con un padre muerto, con dos hermanos que se tienen que hacer cargo de un universo del que no saben absolutamente nada. La mayor curiosidad es que el personaje femenino habla de sí misma en masculino, y su padre también se dirige a ella como si fuera un chico. No es hasta más adelante, cuando la niña tiene contacto con el exterior, que se advierte el horror, las condiciones en las que han vivido desde siempre.

Imagen: Akal.

Probablemente, de las tres, esta sea la más sucia, porque no evita los detalles escabrosos. El secreto de Mary y de esta niña es precisamente la lupa con la que miran el mundo, que está completamente limpia, sin prejuicios ni manchas —así puede hablar de cómo lanza su propia sangre, la de cada mes (aunque no lo entienda, aunque no le expliquen que es una mujer menstruando), a su hermano. Cualquier otro personaje habría sido mucho más sutil, pero esta niña vive de espaldas a ese universo del que ahora se tiene que ocupar.

Hasta la muerte del padre, ellos eran dos hermanos que habían nacido de la naturaleza, sin que hubiera ninguna madre. Lo han creído hasta el punto de que no se lo cuestionan, porque el padre los tiene encerrados y no hay comparación posible con otras vidas. Viven ahogados, pero sin ser conscientes del aire, porque nunca lo han respirado. En el sótano hay un gran misterio que nos cuesta comprender, porque no jugamos con las reglas del mundo que conocemos. No sabemos cómo adaptarnos a la situación, porque no tenemos las herramientas, no tenemos los códigos. La niña que amaba las cerillas es una historia horripilante contada sin tapujos, sin ayudas —no hay eufemismos, pero sí matices.

La vida fuera del mundo que el padre construyó para ellos no es más sencilla, viniendo de un mundo descuidado, sin piel. Para ellos no es tan sencillo comprender las maneras que nosotros, los lectores, sí manejamos. El pueblo, cuando se entera de que el padre ha muerto, intenta devolver la luz a los hermanos, pero no están dispuestos a salir del horror, de donde han nacido.

The burial, o lo salvaje

Imagen: Allen & Unwin.

Jessie vive con Fitz, su marido. No es un marido que haya elegido: es el que la ha sacado de la cárcel y le ha dado un trabajo. Está embarazada de siete meses, pero no va a ser madre. En cuanto ha tenido ocasión, ha matado al hombre con el que vive, un hombre violento, bebedor, déspota. No duda en que esa es la única salida que le queda para convertirse en una mujer libre. El precio que paga es demasiado alto, porque va a sacrificar a su hija: el mismo día que nace, antes de tiempo, la entierra. No todos los días son un buen día para nacer, y la niña que relata la historia es precisamente la criatura que está bajo tierra: de ahí el título —el entierro.

El argumento de la historia es descorazonador, pero no hay rastro de debilidad, porque Jessie es una mujer salvaje, un animal desbocado. Después de quedarse huérfana y de ser una artista en el circo como amazona, cae en los brazos de Fitz. Se dedica, junto a Jack Brown, su compañero aborigen, a robar ganado y volverlo a vender. Una exconvicta y un negro no podrían nunca delatar a un hombre blanco, y de ahí la lealtad que le guardan al patrón —un ser despiadado. La situación parece insostenible, pero de pronto la novela se convierte en una historia con mucha acción. Aunque empieza íntimamente con el nacimiento y el entierro de la niña, la segunda mitad de la historia es mucho más ágil, porque Jessie, para escapar de sí misma y del asesinato que acaba de cometer, se ve expuesta a la naturaleza, a la montaña y los bosques, sin más seguridad que su propia intuición. Por el camino se irá encontrando sedienta, asustada, dolorida, exhausta. Mientras, por otra parte, varias vidas se van cruzando hasta dar con la misma, con la de Jessie, que intenta seguir adelante, salvarse.

No pretende ser una biografía, pero Courtney Collins se ha apoyado para su primera novela en la vida de Jessie Hickman, una bandolera con ciertas similitudes. Mató a su tercer marido y huyó, como el personaje, convirtiéndose en una heroína extraña, fuerte, sobrenatural. Incluso llegan a pensar que se trata de magia negra, porque no creen capaz de tanto a una mujer como ella. Un ser casi mitológico, pero real, al que defienden o criminalizan, según. Jessie Hickman también fue una estrella del circo, también era cuatrera y también tuvo que escapar de su casa para no ser juzgada. Temida, con leyendas a su espalda, ambas Jessie huyen de lo que no se puede huir —de una misma.

La fealdad literaria

Estas tres novelas, ambiciosas y con mucha calidad, no son afables, no son buenas lecturas. La fealdad literaria está ahí, ocupando un pequeño hueco en la mesa de novedades, inmóvil, de una quietud desoladora. Las novelas de Nell Leyshon, Gaétan Soucy y Courtney Collins sobrecogen y no dejan un buen recuerdo. De una primera persona devastadora y cruel, nacen pequeñas criaturas como estos tres personajes femeninos que, a pesar de todo, la bestialidad, lo bárbaro, son entrañables. Su vulnerabilidad nos desarma y las convierte en nuestras protegidas, a pesar de que como lectores podamos hacer más bien poco, excepto seguir con ellas —guardianes.

Estoy hablando de tres novelas que no entretienen, que no abren caminos en la literatura, que no se convierten en grandes clásicos de la historia, pero que conmueven profundamente. Mary, la niña de las cerillas y Jessie no tienen protección y no saben cómo buscarla. No tienen referentes de la bondad, no tienen humanidad porque no la han recibido. Están salvajes, sucias. Son violentas, bruscas. No tienen un lugar al que volver, un refugio, y por eso avanzan, avanzan, avanzan. Pero al otro lado no les aguarda nada mejor —salvo más suciedad, más fealdad.

Fotografía de portada: Horia Varlan (CC).

Fórmula 1, 2014: una emocionante farsa absurda

Fotografía: Varlen (CC).

Hubo un tiempo en el que uno se estremecía al pasar un Fórmula 1 por delante de él. Un consistente trueno se gestaba fuera del alcance de nuestra vista, para crecer en decibelios hasta convertirse en un monstruoso estruendo que hacía temer por la integridad de los propios tímpanos al acercarse. Era sencillamente imposible no temblar la primera vez en que un F1 destruía la estabilidad del aire a solo unos metros.

Esto es impensable hoy día, cuando hasta el sonido de un zángano resulta más intimidante que el inocente carraspeo del 1.6 que montan los monoplazas.

El V10 de tres litros es, en mi opinión, el motor más terrorífico que haya gestado la F1. Capaz de generar 1000 caballos de potencia y con una velocidad punta que podía llegar a los 375 kilómetros por hora (recordemos que esta velocidad se da en el contexto de un vehículo que genera una resistencia aerodinámica muy superior a la de un autobús), su bramido se oía a kilómetros de distancia, y el estruendo que hacía al reducir marchas decelerando hacia una curva es el sonido más sobrecogedor que servidor haya escuchado.

Hay quien prefiere el gruñido grave de los clásicos, un sonido portentoso, sin duda, y que nos retrotrae a un pretérito de motores pesados y menores revoluciones; pura fuerza. Pero es el gruñido de un herbívoro, de un búfalo, pongamos por caso, frente al grito asesino de un felino mayor producido por el V10 3.0. En todo caso es difícil encontrar a algún demente que prefiera el chillido molesto de los V8 2.4 que veníamos padeciendo desde 2006, y desde luego va a costar mucho localizar a quien le guste el inocuo sonido del presente V6 1.6 turbo, un murmullo mecánico comparado con los imponentes sonidos con que la Fórmula 1 tanto nos ha emocionado a lo largo de los años.

Las nuevas normas han encontrado críticos de todos los colores, incluido Bernie Ecclestone, el expresidente de la Formula One Management, que presentó su dimisión al ser acusado de sobornar al banquero alemán Gerhard Gribkowsky para pactar la venta de las participaciones que BayernLB, su banco, tenía en la Fórmula 1. Mientras espera su juicio fechado en el 24 de abril, del cual es de esperar que salga garboso, Bernie ha aprovechado para calificar el nuevo reglamento de «farsa totalmente absurda», reprochando el giro ecológico que ha querido tomar el deporte. Una tendencia, dicho sea de paso, que empezó bajo su presidencia, si bien entonces no mostró ser tan reacio en modo alguno.

La decidida apuesta de la organización por una Fórmula 1 más inocua y descafeinada no se detiene en los motores de utilitario; se le suma a esto un consumo de gasolina limitado a los cien kilos de combustible, en lo que ya viene siendo la habitual quimera de la F1 moderna de querer pintarse de verde ecológico, un despropósito monstruoso cuando el consumo de combustible en carrera es una minucia comparado con el consumo que conlleva el desplazamiento continuo de todo el material necesario para desempeñar un Gran Premio de una punta a otra del mundo. Mientras en carrera contemplamos el dudoso espectáculo ofrecido por los mejores pilotos del planeta teniendo que conducir lejos del límite, obligados a gestionar los recursos de su coche, los orondos hooligans que hacen las veces de camioneros que mueven el circo hacia todos los puntos cardinales pueden pisar el acelerador sin temor a represalias de la FIA. Otro dato interesante: solo para iluminar el Gran Premio nocturno de Singapur se gastan muchos más recursos no renovables que combustible para los monoplazas en toda una temporada de competición. Eso por no mencionar que los detractores de la Fórmula 1 no van a dejar de serlo por tan ínfimos cambios, y que los que quieran ver en la competición el principal causante del agujero en la capa de ozono, van a seguir haciendo lo mismo independientemente de los absurdos cambios en el reglamento que se impongan por querer hacer de una carrera de coches un evento ecologista.

Morros para quitar el sueño: el CT05 de Caterham, uno de cuyos pilotos, Marcus Ericsson, dijo que «la gente lo ama o lo odia». Si alguien conoce a alguna persona que ame semejante adefesio, por favor remítannoslo. Fotografía: CaterhamF1 (CC).

Sí es positivamente interesante el uso del ERS (Energy Recovery System), la conjunción resultante del KERS (Kinetic Energy Recovery System, traducido como «freno regenerativo» en castellano) que ya veníamos conociendo —un sistema que almacena la energía cinética liberada por el coche en las frenadas para luego transformarla en potencia adicional mediante un motor eléctrico, y que será enormemente mejorado este año— y un segundo motor eléctrico que a su vez almacenará energía generada por el turbo que en condiciones normales se desperdiciaría. Su uso en Fórmula 1 debería suponer en los años venideros una exitosa aplicación en los coches de andar por casa, los del mundo real al que pertenecemos, y que deberían verse beneficiados de esta interesante forma de energía por ahora mayormente utilizada en la competición. Toyota y BMW ya han implementado la tecnología en algunos de sus modelos. Esto sí es un paso a favor de un mundo más verde, y no una restricción de motor y consumo de combustible tan testimonial como ridícula.

Como toda nueva incorporación tecnológica —como pasó con el KERS sin ir más lejos—, la forma en que los equipos lidien con el rendimiento de la misma y su fiabilidad será uno de los puntos calientes, especialmente al inicio de la temporada, y va a suponer una gran ventaja para los equipos con un precoz buen uso del ERS frente a los que forcejeen con el nuevo sistema de recuperación de energía.

Si bien se puede explicar con relativa facilidad y sin retroceder mucho en el tiempo que hubo un momento en el que los monoplazas F1 sonaban tremendamente bien, sí hace falta ahondar más para llegar a un pasado en el que los monoplazas tenían un aspecto formidable. Hay que retroceder décadas y décadas hasta encontrar un Fórmula 1 genuinamente bonito. Porque, seamos sinceros, exceptuando a los enfermos que encontramos belleza en las formas del McLaren MP4/15 o en las del Brabham 1976, lo cierto es que la aerodinámica arrebató pronto la estética a los monoplazas para alterar su imagen hasta un punto difícilmente identificable con el de un vehículo para el transporte de personas. Hace falta remontarse a las dos primeras décadas de la competición para encontrar coches verdaderamente bellos, apetecibles incluso a los ojos de los que no tenemos la percepción distorsionada por apéndices aerodinámicos y tomas de aire grotescas.

Este año la fealdad va a dar un paso adelante (más arriba, la imagen del Caterham sirve de abrupto adelanto). Las escuderías presentan diseños incluso más esperpénticos que los del año pasado, para ajustarse así a los nuevos requisitos del reglamento. El morro, la parte más prominente y que más miradas atrae, cuenta este año con varios espantosos ejemplos al nivel de algunos de los diseños más feos y extravagantes de la historia. Ferrari por ejemplo ha engendrado lo que ya se conoce entre la prensa como «morro de oso hormiguero». Porque sí, eso es lo que parece.

La nueva propuesta de Ferrari, el F14T. Fotografía: f1photos.org (CC)

La espantosa forma del morro es una de las consecuencias derivadas de una serie de cambios en el reglamento respectivo a las limitaciones espaciales del vehículo, que afectan además a los alerones trasero y delantero y al difusor, esa intrincada pieza de ingeniería que tantas alegrías y penas ha causado desde que en Brawn GP revolucionaran el uso de la misma para convertirla en la pieza que más diferencias ha marcado en los últimos años en el funcionamiento aerodinámico del monoplaza.

El sistema de puntuación también ha sido alterado. Si bien la recompensa por posición sigue siendo la misma (25-18-15-12-10-8-6-4-2-1), la polémica está en la decisión de hacer que la última carrera del año puntúe doble, una forma un tanto desesperada de buscar que la emoción dure hasta la última carrera, algo que de todos modos no hubiera ayudado al espectáculo el pasado año, cuando Sebastian Vettel ganó el Mundial de pilotos ya en India, sacándole muy cómodamente medio minuto al segundo en esa carrera —Nico Rosberg— para coronarse campeón a pesar de quedar aún más de tres carreras por disputar, Fernando Alonso absolutamente incapaz de seguirle el ritmo al Red Bull del alemán, pese a pilotar al mejor nivel de su carrera. El monopolio del joven alemán recuerda al de otro alemán, Michael Schumacher, que inició en el 2000 una era de dominio, poderío y franco hastío en la que el poder de atracción del deporte se resintió demasiado. Una temporada decidida demasiado pronto, como las de mayor dominancia ferrarista en los 2000 o la pasada temporada sin irnos más lejos, se cobra siempre su precio en espectadores: cincuenta millones menos en 2013 que en 2012, por cifrar.

Vettel celebrando otra victoria, aguanten los bostezos. Soplan vientos de cambio; si ha habido últimamente un año en el que puedan y deban cambiar las tornas, es este. Fotografía: marcjohn.de (CC).

Otro de los cambios que entrarán en funcionamiento en 2014 será el aumento del peso mínimo de los coches, que pasa de los 642 a 690 kilos, lo cual aumentará el tiempo por vuelta en algo más de un segundo. También cambian los compuestos de los neumáticos, que serán ahora (adivinen) más lentos, alrededor de un segundo adicional. Estos dos datos los arrojó Jenson Button en una entrevista en la que también pronosticó que los coches de la GP2 (esa categoría con un presupuesto ínfimo comparado con el de la F1) se acercarán mucho al tiempo por vuelta de los nuevos monoplazas de la categoría reina, un monárquico y grandilocuente término cuyo significado va desvirtuándose con el paso del tiempo gracias a la incesante adición de restricciones en el desarrollo de los vehículos.

Pero no hay mal que por bien no venga: todos estos cambios reglamentarios deberían traducirse en un aumento de la competitividad. Los primeros tests del año indican que las escuderías montando motores Mercedes (siendo la escudería con el mismo nombre además de McLaren, Force India y Williams) van a tener una ventaja en cuanto a la unidad de potencia respecto a sus competidores. El motor Renault Energy F1 montado por Red Bull parece ser el menos fiable y el más lento, con lo que con un poco de suerte no veremos otro paseo militar de der Seb este año. En cuanto al Ferrari montado por la escudería homónima, además de Sauber y Marussia, parece estar a medio camino entre la alegría de unos y la decepción de otros. Los primeros tests de la escudería italiana arrojan resultados muy positivos, aunque varias voces, entre ellas la de Ecclestone, ponen en entredicho la legitimidad de sus tiempos.

Es en Ferrari, sin embargo, donde encontramos uno de los grandes alicientes de esta temporada: el enfrentamiento entre Fernando Alonso y Kimi Räikkönen. Que nadie se deje engañar por los amables intercambios de piropos y las declaraciones en tono positivo. El primer rival de todo piloto es su compañero de equipo, esto ha sido así siempre y de tener que ser dos pilotos los que antepongan el colegueo a la rivalidad, desde luego no serán estos dos. Será muy interesante ver a dos campeones del mundo frente a frente, siendo dos de los pilotos con más talento natural de la parrilla, ya bien entrados en la treintena y por lo tanto con el fin de sus carreras al alcance de la vista y una percepción de la competición más madura, compitiendo con el mismo coche, unidos pero enfrentados.

Felipe Massa abandona Ferrari para hacer sitio al finlandés. Su carrera en Ferrari ha sido, generalizando, decepcionante. Aunque en 2008 estuvo a punto de ganar el campeonato gracias a contar con el mejor coche, para perderlo todo en el último momento frente a Lewis Hamilton, ha sido el segundo piloto más evidente de la parrilla desde que llegara a Ferrari de la mano de su representante Nicolas Todt, hijo del entonces director de la Scuderia, Jean Todt. Mientras un porcentaje del salario de Massa fuera a parar a chez Todt, su carrera en Ferrari estaba asegurada. Sin el padre en escena, la salida del brasileño era solo cuestión de tiempo, dada la evidencia de su bajo rendimiento. Recala en Williams junto al ilusionante Valtteri Bottas, y será interesante ver quién sale vencedor en este enfrentamiento entre un veterano que parece ir a menos y un joven que parece ir a más.

El joven y prometedor Kevin Magnussen debuta en otro histórico británico, McLaren, en un buen momento, siendo este un año en el que hay más presión sobre los ingenieros que sobre los pilotos. Se sentará en el coche que deja libre Sergio Pérez, que llegó a la escudería británica proclamando que su objetivo era el campeonato del mundo para, menos de un año más tarde, salir por la puerta de atrás no sin antes soltar unas cuantas lindezas mordiendo la mano que le daba de comer. Su actuación en 2013 fue con diferencia la más decepcionante de todos los pilotos. Magnussen debería hacerlo mejor que Pérez y que su propio padre, también, cuya carrera en Fórmula 1 a finales de los noventa nos dejó a todos tan fríos como el invierno danés.

Mónaco preparándose para su Gran Premio el año pasado. Fuente: djandyw.com (CC).

Pérez ha tenido la suerte de ir a parar a Force India, una escudería que año tras año se mantiene a un muy buen nivel, sin pelear con los favoritos pero sin nada que indique que no pueda hacerlo próximamente. Su compañero será el rápido y fiable Nico Hulkenberg, que vuelve a Force India tras un año en Sauber en el que es difícil saber qué buscaba el joven alemán. Es un piloto de categoría, que merece un puesto en un equipo de primer rango, y al que quizá la escudería asiática con sede en Silverstone pueda proporcionar este año un coche a su nivel.

El segundo de Vettel (porque sí, va a ser su segundo) será Daniel Ricciardo, cuya sólida actuación en 2013 con Toro Rosso le ha servido para ganar un ascenso al primer equipo. Es un piloto seguro y firme, bueno en clasificación pero sin atisbos de genialidad, que es lo que Red Bull quiere para acompañar a su número uno. Desde luego, parece una muy atinada elección y es la justa recompensa al trabajo del australiano de italiano nombre. Abandona Red Bull otro australiano. El siempre desafortunado Mark Webber finaliza así su carrera en la Fórmula 1, en lo que ha sido una trayectoria que jamás ha dado los frutos que su calidad como piloto y como persona merecían. Entró por la puerta grande, logrando un quinto puesto en el Gran Premio de Australia de 2002 con un miserable Minardi. Junto al también australiano dueño de la escudería, Paul Stoddart, protagonizaron una orgía de champán y risas en el podio, frente a la exultante afición, en una preciosa estampa que parecía ser el presagio de una exitosa y afortunada carrera. No fue así. En su última temporada en la competición, las fricciones con Vettel llegaron a un punto insoportable, abriendo la puerta para su salida del equipo. Perdedor en competición pero vencedor moral, Webber se va tras once años con menos momentos dulces que amargos.

No hay cambios, ni falta que hacen, en el dúo de Mercedes formado por Lewis Hamilton y Nico Rosberg. Aún jóvenes pero con mucha experiencia a sus espaldas, los dos pilotos son un seguro de vida que además han demostrado ser buenos compañeros de equipo. Junto al dúo de campeones en Ferrari, la pareja de pilotos más fuerte.

El agresivo venezolano Pastor Maldonado llega a Lotus para acompañar al asimismo belicoso Romain Grosjean, cuyo rendimiento mejoró ostensiblemente en 2013. De ser un piloto a tener en cuenta por su afición a los accidentes ha pasado a ser tenido en cuenta por su velocidad. Sin duda, el piloto con mayor progresión el año pasado. No se puede decir lo mismo de Maldonado, muy inconsistente y cuyos destellos de velocidad se encuentran aislados en un mar de vulgaridad. Sí va a ser sin duda divertido ver a ambos en Lotus, una escudería definitivamente distinta al resto, que aporta frescura y humor, y al parecer apuesta por los pilotos kamikazes antes que por el conservadurismo. Los mecánicos de Lotus van a hartarse de hacer horas extras.

Es esta, en definitiva, una temporada estimulante, como todas en las que hay multitud de cambios en el reglamento. Tras varios años de dominio aplastante de Vettel, de la mano del Red Bull dirigido por Christian Horner y trazado por el genio de Adrian Newey, deberíamos volver a disfrutar de una competición abierta y sana, con muy interesantes rivalidades entre compañeros de equipo, incorporaciones técnicas importantes y una lista de pilotos con una calidad equiparable a las mejores de la historia.

La fealdad de los coches y el deprimente sonido de los motores nos lo dificultarán, pero este 2014 deberíamos poder disfrutar de nuevo viendo Fórmula 1.

Robin Frijns probando el Caterham en Jerez. Fuente: CaterhamF1 (CC).

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Somos 175 mil millones de humanos “equivalentes”

Los animales consumimos alimentos como fuente de materia y también como fuente de energía, a diferencia de las plantas y otros organismos fotosintéticos cuya fuente de energía es la radiación electromagnética solar (estos organismos utilizan en casi todos los casos las frecuencias visibles excepto la verde; de ahí el color verde de las hojas). Al respecto, hace ya algún tiempo que en muchos envases de alimentos destinados al consumo humano viene indicado el aporte energético:

100 gramos de este alimento proporcionan 133 kilocalorías, o lo que es lo mismo 558 kilojulios.
100 gramos de este alimento proporcionan 133 kilocalorías, o lo que es lo mismo 558 kilojulios.

Como seres vivos que somos, valga la redundancia, necesitamos un aporte energético continuo para fabricar y reponer nuestras estructuras y para llevar a cabo nuestras actividades, como mantener una temperatura constante, movernos, digerir los alimentos, filtrar la orina… y otras menos evidentes para el no iniciado como muchas rutas del metabolismo celular.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) recomienda un aporte calórico de 2000 a 2500 kcal/día para un varón adulto y de 1500 a 2000 kcal/día para las mujeres. Se me ocurre, con estos datos, y considerando que no todos los seres humanos son adultos, que podríamos decir que un humano promedio consume 1800 kcal/día (no voy a entrar en que, por desgracia, muchos seres humanos tienen graves problemas para conseguir su dosis de nutrientes).

Me vais a permitir que cambie la unidad de caloría a Julio (J), la unidad de energía en el Sistema Internacional, para unificar con lo que os cuento más tarde. Como 1 cal = 4,1869 J la cosa va a quedar tal que así:

Consumo energético diario de un humano promedio: 7540 kJ

Con este dato es sencillo calcular la cantidad de energía que obtiene la humanidad a partir de su consumo de alimentos en un año. Basta con multiplicarlo por los 365 días que tiene el año y por los aproximadamente 7000 millones de seres humanos que poblamos este nuestro planeta. Resultado:

El consumo energético “biológico” de la humanidad es de 2 · 1019 Julios al año.

Se trata de una cantidad muy grande, claro; es que 7000 millones es mucha gente. Si toda esa energía se liberara de golpe, equivaldría a la explosión de unas tres millones de bombas como las lanzadas en la Segunda Guerra Mundial sobre Hiroshima o Nagasaki.

Somos muchos, pero lo somos precisamente porque vamos más allá de lo meramente biológico: antes del Neolítico, antes de la gran revolución que supuso el desarrollo de la tecnología conocida como agricultura, la población humana rondaba los diez millones de individuos. No podían ser muchos más en un mundo donde los únicos alimentos disponibles eran los que se podían recolectar o cazar. Precisamente la tecnología, así en general, es la que nos ha conducido a esta superpoblación.

Fijaos en que en el cálculo de arriba he remarcado lo de consumo “biológico”, el consumo energético obtenido a partir de la ingesta de alimentos, exactamente el mismo tipo de consumo que tienen los demás animales. Los ciervos, pongamos por caso. Pero la especie humana es diferente: el consumo energético de los ciervos consiste exclusivamente en su consumo biológico mientras que la nuestra es una especie que trasciende lo biológico, somos una especie con una dimensión “suprabiológica”, si me permitís el palabro. Como parte de nuestra naturaleza hemos ido desarrollando tecnologías progresivamente más complejas y, con ello, los requerimientos energéticos para su funcionamiento han ido creciendo. Pensad en medios de transporte, minería, industria, comunicaciones, mantenimiento de ciudades, viviendas, infraestructuras de ocio…

La energía que obtenemos de la naturaleza para transformarla hacia formas más cómodas de utilizar se conoce como energía primaria. El viento o el petróleo son ejemplos de energía primaria. Cuando la transformamos (electricidad, gasolina) hablamos de energía secundaria.

Evidentemente, el funcionamiento de toda nuestra tecnología requiere una gran cantidad de energía. En 2012, el consumo mundial de energía primaria superó los 12 000 millones de toneladas equivalentes de petróleo. Esta curiosa unidad, la tonelada equivalente de petróleo, es la energía liberada por la combustión de una tonelada de petróleo, unos 4,2 · 1010  J. Unos sencillos cálculos et voilà:

El consumo energético “tecnológico” de la humanidad es de 5 · 1020 Julios al año.

Comparado con el biológico, calculado más arriba, resulta que el consumo tecnológico es ¡25 veces mayor! Dicho de otra manera: cada uno de nosotros, como promedio (porque no todos consumimos igual, no todos estampamos la misma huella ecológica) consumimos 25 veces más energía que la que nos zampamos para subsistir. De otra manera más: la energía que nos proporcionan los alimentos, la que utilizamos como un animal más, es el 4% del total. En definitiva: si toda la energía que extraemos del planeta la obtuviéramos en forma de alimentos, podrían comer con ellos 175 mil millones de seres humanos. Me saco de la chistera al ser humano “equivalente” y afirmo, con perdón:

Somos 175 mil millones de seres humanos “equivalentes”.

¿No os parece que nos podríamos calificar como una plaga de las gordas? ¿Queda claro que las actividades humanas tienen necesariamente un efecto muy intenso sobre la salud del planeta? Pues eso.

La entrada Somos 175 mil millones de humanos “equivalentes” aparece primero en Naukas.

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http://vimeo.com/52656500


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