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Cita en Samarra: tres cuentos y una novela

Julio Cortázar (DP)

Julio Cortázar (DP)

Son las diez y media de la mañana y es sábado, un sábado lluvioso, otoñal, muy desapacible. Sobre la mesa, a la espera de ser abierto, un libro: Clases de literatura, de Julio Cortázar. Recostado en el sofá, leo en este momento los últimos párrafos de una novela de John O´Hara titulada Cita en Samarra. Termino el libro, doy el último sorbo al café y cojo la antología oral del argentino. La casa está en silencio. Abro el libro al azar: página setenta y tres. Restallan unas comillas como si quisieran saltar del folio, frases sueltas que corresponden al cuentito de origen persa «Cita en Samarcanda», que Cortázar reconstruyó a su aire para los alumnos de la Universidad de Berkeley en 1980. Aquel día se habló de la fatalidad como tema en el cuento fantástico.

El relato, ya reproducido en esta misma revista, dice así:

Había en Bagdad un mercader que envió a su criado al mercado a comprar provisiones, y al rato el criado regresó pálido y tembloroso y dijo: señor, cuando estaba en la plaza del mercado una mujer me hizo muecas entre la multitud y cuando me volví pude ver que era la Muerte. Me miró y me hizo un gesto de amenaza; por eso quiero que me prestes tu caballo para irme de la ciudad y escapar a mi sino. Me iré para Samarra y allí la Muerte no me encontrará. El mercader le prestó su caballo y el sirviente montó en él y le clavó las espuelas en los flancos huyendo a todo galope. Después el mercader se fue para la plaza y vio entre la muchedumbre a la Muerte, a quien le preguntó: ¿Por qué amenazaste a mi criado cuando lo viste esta mañana? No fue un gesto de amenaza, le contestó, sino un impulso de sorpresa. Me asombró verlo aquí en Bagdad, porque tengo una cita con él esta noche en Samarra.

Seguí leyendo y me encontré con otra cita sobre una inquietante narración de un tal W. F. Harvey, escritor inglés de quien nunca había oído hablar. El cuento, titulado «Calor de agosto», tiene un argumento fascinante. Escrito en primera persona, el narrador nos sitúa en un día de muchísimo calor. Se siente cansado, «perturbado» y con la mente nublada, así que se pone a dibujar con desidia, como quien dibuja cuadritos trenzados en los márgenes de las libretas, un poco para olvidarse de todo, de ese calor que lo asfixia y le impide realizar cualquier tarea mínimamente reglada. Va dibujando y al cabo de unos minutos asiste pasmado a lo que ha salido de su lápiz: se distingue a un tribunal justo en el momento en que el juez lee una sentencia de muerte y se ve también, en primer término, al acusado, descrito como un hombre viejo, calvo y con gafas. El protagonista se queda un rato mirando el dibujo y después se lo mete al bolsillo y sale a pasear. De pronto, mientras camina, ve a un hombre idéntico al del dibujo. Está en el jardín de su casa, inclinado sobre una lápida en la que parece estar grabando una inscripción. Se acerca y lee en la lápida su nombre, el día de su nacimiento y el de su muerte, que coincide con la fecha de ese día. Muy nervioso, habla con el lapidario. Este le dice que no se preocupe, que la lápida no es auténtica, que la está preparando para una exposición de lápidas que se va a inaugurar próximamente en el pueblo y que él mismo ha inventado el nombre y las fechas. El protagonista entonces le muestra el dibujo, ante el cual el lapidario reacciona con una mezcla de miedo y sorpresa, como si la situación le sobrepasase. Entonces se le ocurre una idea: si los dos se encierran en una habitación hasta la medianoche, cuidándose de que no les pase nada, la maldición pasará, se esfumará y ellos podrán ver la luz de un nuevo día. Pasan el rato, cada uno en sus tareas: el narrador escribiendo el cuento que leemos y el lapidario afilando su cincel. Al final, la narración se detiene minutos antes de la medianoche y se nos escamotea de ese modo la doble fatalidad, la muerte del protagonista y la condena posterior a su asesino, de la que, acorde con el destino descrito en un sencillo dibujito, nunca escapará. El final de este cuento, que como siempre en el género, ha de ser exacto, efectivo, cierra el lazo perfectamente y da la sensación de obra redonda, sellada por el broche definitivo de la muerte.

A John O´Hara, en su novela de 1933, no le importó, por la misma razón, darnos el final en el título, como tampoco debería importar si la muerte es de este o de aquel modo. Es fácil saber en las primeras páginas quién va a morir, quién tendrá su inevitable cita en Samarra y por qué, si bien el desenlace se nos representa con caras distintas a medida que leemos y nos vamos metiendo en la terrible historia de autodestrucción de Julian English, siempre bajo su confuso faro moral, como zarandeados por su oscilante carácter de alcohólico en perenne diástole borrachera-resaca, borrachera-resaca. Por momentos pensamos que la muerte es uno u otro personaje, quizá ese par de coches que se cruzan y de los que apenas obtenemos descripción, o ese whisky gigante, inaprehensible que Julian se fabrica intentando batir un récord absurdo en una de sus peores noches.

Pero son solo señales. Hasta entonces, hasta esa navidad de 1930, la del primer año después del crack del 29, Julian English había sido un joven y exitoso empresario de la alta sociedad de Gibbsville, una ciudad resplandeciente de bailes y fiestas que el autor, empeñado aquí en ajustar cuentas con su pasado, conocía muy bien, pues se trata de la representación literaria de su Pottsville natal. La novela le salió a O´Hara de las entrañas: tenía veintiocho años y para entonces ya le habían despedido de al menos ocho periódicos distintos, estaba divorciado y subsistía a base de colaboraciones esporádicas cada vez más escasas. Fue Dorothy Parker quien lo animó a escribir una novela sobre la encopetada burguesía de Pottsville: temía quizás que el talento de O´Hara, que algún que otro jefe había podido apreciar en sus artículos (un compañero suyo de The New Yorker, de donde también lo despidieron, dijo que este «había entregado artículos extraordinarios, atrevidos, escritos con rigor y gracia» y que por alguna incomprensible razón todos sus jefes se los iban rechazando, hasta que un día no le permitieron entregar ninguno más), se fuera desvaneciendo, quedando en nada.

El propio O´Hara aludió en alguna ocasión al «argumento superficial» del libro, una declaración que ni mucho menos quiere ser modesta, pues él sabía muy bien que de superficial, como mucho, tan solo la superficie. Cita en Samarra empieza siendo la historia de un juerguista que se debate, en plena resaca, entre recomponer la vajilla rota o volver a lanzarla al suelo, entre arreglar los destrozos de una noche de la que solo es capaz de recuperar fogonazos de luces y sombras, adoptando la patética pose de un hombre falsamente arrepentido, o ceder y emborracharse otra vez esa misma mañana, volver a naufragar en whisky bien temprano. La duda no es demasiado duradera, si bien tiene sus momentos: Julian finalmente se decanta por el caos y su proceso de autodestrucción se narra a partir de entonces con suma precisión, «con un ritmo casi increíble», en palabras de la propia Dorothy Parker.

Solo dos escritores aparecen citados en el libro: Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway. Y podríamos decir que John O´Hara es una aleación insuperable de ambos, una mezcla de diálogos directos, elipsis perfectas y nebulosas artificiales, hueras. Es un Fitzgerald sin ornamentos, un Hemingway con algo más de palabrería:

De regreso a casa, no hizo otra cosa en Gibbsville que jugar al bridge en los clubes femeninos por la tarde y en los clubes mixtos por la noche, hacer un curso de taquigrafía y mecanografía en la escuela de comercio de Gibbsville; extraer unas vagas nociones del invierno neoyorquino; asistir al almuerzo y al torneo femenino de golf de los martes; recaudar fondos los días señalados; hacer de chófer de su madre, que era incapaz de aprender a conducir un coche con motor de combustión. Mantuvo su peso por debajo de los cincuenta kilos. Se cortó el pelo. Bebió un poco más de lo socialmente recomendable y se volvió ligeramente mal hablada. Llegó a reconocerse a sí misma como la más atractiva de las chicas de la Lantenengo Street. Aunque no era tan solicitada en los bailes como las muchachas que continuaban en la facultad, seguía siendo bastante popular; los universitarios bailaban con ella y también lo hacía todos los hombres de hasta cuarenta años, y unos pocos de más de cuarenta. Nunca tuvo que hacer como si prefiriera quedarse sentada tomando una copa a estar en la pista de baile. Sus amigas la apreciaban sin llamarla «buena chica» y sin confiarle a sus maridos o prometidos. En realidad se fiaban de ella, pero no de sus hombres.

John O'Hara. Foto: Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos (DP)

John O’Hara. Foto: Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos (DP)

John O´Hara era irlandés y católico y ya desde el apellido que le cae a su desgraciado protagonista están claras las intenciones del autor, al menos en parte: la tensión entre católicos y protestantes, esa convivencia cautelosa que se da entre las gentes civilizadas y de fuera del Ulster, con gestos fraternales en público y chistes de mal gusto en privado, será diseccionada por O´Hara, a quien —dicen— un día un protestante desairó muy feamente. Por lo menos sabemos que los padres de su exmujer nunca aceptaron a un irlandés en la familia y que pudo ser esta, junto al alcohol, la principal causa de su divorcio. Así pues, no es de extrañar que el camino hacia la autodestrucción de English comience en una fiesta en que este, borracho perdido, le arroja una bebida a la «estúpida cara irlandesa» de Harry Reilly, quien le había prestado dinero tiempo atrás, en un gesto más o menos altruista.

O´Hara decide hacer un pacto con su protagonista: tenemos que aguantarnos durante los tres días siguientes, durante estas trescientas y pico páginas, pero ni tú me gustas ni yo te gustaría a ti, así que déjame que te llame English, que te presente como un ser débil, cobarde y orgulloso, incapaz de comportarse como un hombre cuando bebe y a cambio te proporcionaré el beneficio de la duda, haré ver, en lectura rápida, que lo que te destruye es la sociedad de Gibbsville, sus correosas tradiciones, su regio escaparate de muñecas y muñecos parlantes. Pero lo cierto es que English es un personaje absolutamente patético, como lo es su padre, una especie de Mengele de la medicina local.

La muerte es como una presencia palpitante y está representada en muy distintos rincones de este libro áspero, lleno de aristas: un médico al que se le mueren en los brazos los pacientes recién trepanados, ese coche en cuya ventanilla asoma una cara irreconocible, el ruido de un motor que no se apaga nunca, las ventanas de los vecinos, siempre al tanto de lo que ocurre en las calles… Hay una tensión evidente, un cable que cruza el libro de un lado a otro y que se va tensando más y más a medida que English se hunde en el fango; pero, según yo lo veo, esto no compone sino un juego que el autor se permite entre lo que considera un ridículo baile de máscaras: Gibbsville es, sobre todo, un lugar lleno de gente absurda, melodramática, de hipócritas que chismorrean, de parejas destruidas que aparentan poseer una dignidad ya perdida. A O´Hara todo esto le da mucha risa y de ahí que haya momentos, sobre todo cuando nos cuenta la vida de los protagonistas, su vida anterior, sus antecedentes familiares, en que parece que estamos ante un libro humorístico, en ocasiones deliberadamente sarcástico. Es maravilloso.

Corren paralelamente otras historias que sirven de figuritas colgantes en este cable del que venimos hablando, personajes que tensan la historia y que van directos a un destino inevitable, camino de la única cita segura que tienen concertada con antelación y de cuyo desenlace cambiará, como mucho, la postura del cadáver tendido sobre el piso del cuarto. De estos es inolvidable Al Grecco, matón de la mafia y superviviente profesional, cuyos actos parecen tener siempre una siniestra correspondencia con lo que va ocurriendo. Es el destino actuando de un modo perpetuo, la cita en Samarra, la fatalidad que describía Cortázar en el texto citado antes.

En esas clases de 1980, por cierto, tan solo cuatro años antes de su muerte, Cortázar habla también de otras obras que contenían, a su juicio, idéntica noción de fatalidad. Habla de la famosísima novela de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, cuyo mecanismo es muy parecido al de Cita en Samarra: nuestros actos —en cierto modo parecidos los de Gray a los de English— nos llevan en volandas hacia un destino inevitable. Y habla también de otra obra suya, un cuento fantástico, un poco borgiano, llamado «El héroe de las Cícladas».

Lo explicaré, que hay tiempo. El relato va de tres arqueólogos —una pareja francesa y un argentino que tras un viaje a Grecia traen, con la intención de hacer contrabando en el mercado negro, una estatuilla de mármol del período de las Cícladas. Pero mientras unos, los franceses, aprecian el hallazgo a nivel estético e incluso práctico, el argentino, en giro típicamente cortazariano, siente una especie de agitación cuando mira la estatua, una conexión con la obra de arte que se va manifestando poco a poco, de un modo muy sutil. Somoza, que así se llama el arqueólogo argentino, cree ver en la estatuilla todo su pasado latente, la fuerza de una civilización entera ya extinguida y fantasea en voz alta, y así se lo dice a sus amigos, con derribar las fronteras del tiempo y establecer, a base de un ritual de concentración, contacto directo con la estatua y su época, con todos los dioses del Olimpo griego y poder así recuperar todo aquel mundo maravilloso, regido por divinidades. Los dos franceses se burlan educadamente de él, pero mientras tanto se ha ido produciendo otra circunstancia, también típicamente cortazariana: el latinoamericano de los sueños se está enamorando poco a poco de Thèrése, la arqueóloga francesa, y Morand, su novio, se pregunta si todas esas historias de aventurero soñador y loco no serán una táctica para robarle a la chica. Así pues, el clima se va enrareciendo y volviéndose incómodo y el trío de arqueólogos deja de verse y la estatua queda en manos de Somoza, quien ya sí podrá dedicar sus horas muertas a intentar viajar telepáticamente a Grecia. Su relación con la pareja queda en suspenso. Pasan unos cuantos años y un día Morand recibe una llamada de Somoza, quien le dice que vaya con urgencia a su casa, pues ha de hablar con él con urgencia. Antes de salir de casa, Morand se siente impulsado a decirle a Thèrése que, si no ha regresado en dos horas, vaya a buscarlo al taller del argentino. Al llegar, Somoza le dice que lleva ya tiempo estableciendo conexiones con la estatuilla y que ha logrado, de un modo que no puede explicar con palabras, traspasar las fronteras y volver a Grecia, en donde de vez en cuando se entiende con dioses y quizás con algún filósofo egregio. Morand no se lo cree, claro, y piensa que a esas alturas, lejos de ensayar un simple juego de seducción, su colega argentino ha perdido la cabeza. Somoza da extrañas explicaciones y alude a los cinco mil años de caminos equivocados que ha tenido que desandar para recuperar la civilización perdida. A continuación, da comienzo el ritual, una extraña mezcla de rito satánico y prédica en lenguas muertas durante el cual Morand intenta ver el modo de llamar a un doctor para que se lleve a Somoza a un psiquiátrico. Pasan los minutos y Morand, muy incómodo ya, dice que quiere beber algo y Somoza le contesta, señalando a una mesa: «El whisky está ahí. Yo no beberé, tengo que ayunar antes del sacrificio». El ritual va aumentando de intensidad hasta que por último Somoza, ya desnudo bajo la luz de un reflector y con un hacha en la mano, se lanza sobre Morand. Este entonces trata de desembarazarse de él y cuando ve cerca el hachazo definitivo, consigue por fin arrebatarle el arma y clavárselo en medio de la frente. El final es aterrador: el racionalista Morand se ve atrapado en el embrujo del ídolo de las Cícladas, como una suerte de castigo por no haber creído en él, en su conexión de siglos, y lo último que hace es esperar, tras la puerta, a la siguiente víctima de su sacrificio, en este caso su mujer.

Cortázar adoraba este tipo de relatos fantásticos, tanto «Calor de agosto», como el Retrato de Dorian Gray o el suyo propio, «El ídolo de las Cícladas», y se nota además que habla con la satisfacción de quien sabe, en secreto, que al menos en este apartado ha superado a algunos de sus maestros, como Poe o el propio Wilde. Son cuentos que lo fían todo a ese giro final, pues de otro modo entrarían en los pantanosos terrenos de la novela, casi siempre abierta de algún modo, demasiado gruesa, si uno no está dotado del talento preciso, como para dedicarse toda a la súbita caída en desgracia de un hombre en proceso de descomposición. Y puede parecer por eso que la fatalidad remata mejor el relato corto, precisamente porque es capaz de darnos ese cárnico desenlace enseguida. Pero qué va: hubo el siglo pasado un escritor americano, periodista y dipsómano de origen irlandés que demostró, con su primera novela, que no hay excusa ni género en compartimento que valga si un hombre sabe exactamente lo que está escribiendo y se empeña, además, en escribirlo bien.

La Segunda Guerra Mundial paso a paso en cien películas

Masacre, ven y mira.

Masacre, ven y mira.

Como en la parábola india sobre tres ciegos que no alcanzan a entender qué es un elefante dado que uno ha tocado su colmillo, otro su trompa y otro una pata, tenemos a nuestro alcance infinidad de películas que han abordado uno u otro aspecto de la Segunda Guerra Mundial, pero sin una visión general. De manera que si unimos la línea de puntos entre un centenar de ellas, ordenando en el tiempo y lugar los hechos que muestran, tal vez logremos una comprensión global del acontecimiento más catastrófico y decisivo que ha afrontado la humanidad. Eso es lo que intentaremos a continuación, seleccionando aquellas que sean mejores, más fieles a la realidad —o menos, y por qué— o bien simplemente contengan algún detalle de interés. Es una buena forma de aprovechar la extraordinaria capacidad que tiene el cine de expandir nuestra comprensión de la realidad, nuestro círculo moral. Personas cuya suerte nos era indiferente pasan a ser protagonistas ante nuestros ojos y, por tanto, su desgracia deja de ser un frío dato estadístico. Ahora ya sí nos importan, una vez les hemos puesto cara y voz, y aquellas circunstancias por las que pasaron podemos revivirlas… o al menos tener una intuición aproximada.

En una terraza alemana a comienzos de los años treinta un miembro de las Juventudes Hitlerianas entona la canción Tomorrow belongs to me, logrando enardecer a todos aquellos que le escuchan, que se ponen en pie y se unen a él en coro contagiados por su entusiasmo. Esta magnífica escena corresponde a la película Cabaret, un clásico del cine que retrata la República de Weimar como un periodo de crisis económica y política, también de una gran creatividad artística, pero marcado fatalmente por el ascenso del nazismo. En esa capacidad de seducción de las masas tuvo una gran importancia la escenificación de sus actos públicos, una elaborada liturgia que puede verse en la película documental de Leni Riefenstahl El triunfo de la voluntad, como por ejemplo en este momento. Una vez Hitler es nombrado canciller en enero de 1933, comienza un proceso de ingeniería social para adaptar todos los aspectos de la vida en Alemania al ideario nacionalsocialista. Lo que incluye la quema y prohibición de determinados libros, como puede verse en La ladrona de libros, la prohibición de música, arte y modas consideradas decadentes o extranjeras, como muestra Rebeldes del swing o la intervención en el sistema educativo para formar a los jóvenes en el ideario nazi, creando para ello nuevas instituciones educativas bajo control de las SS y destinadas a forjar la que debía ser la nueva élite de la sociedad. Eran las llamadas Napolas, cuyo funcionamiento vemos la película llamada precisamente Napola, bastante recomendable.

Pero serían dos medidas, tomadas por el nuevo gobierno a mediados de los años treinta, las que tendrían mayores consecuencias en el futuro inmediato de Europa: la aprobación de las leyes raciales de Nuremberg y el rearme. La primera daría lugar a la persecución de los judíos, un asunto sobre el que luego volveremos y que se muestra en Europa, Europa, una adaptación al cine de la autobiografía de Salomón Perel, un judío alemán que se hizo pasar por ario para sobrevivir, llegando a trabajar de intérprete para la Wehrmacht y a ingresar en una de las mencionadas escuelas nazis. Respecto al rearme, realizado vulnerando cada vez más explícitamente las prohibiciones del Tratado de Versalles, tenía como finalidad servir a la política de expansión imperialista que acabaría desatando la guerra. Tras la incorporación de Sarre llegaría en 1938 la anexión de Austria. Es en ese tiempo y lugar donde se ubica la trama de Sonrisas y lágrimas, basada en la vida de María von Trapp, que huiría del país con el barón y sus siete cantarines hijos tras el Anschluss. Unos meses más tarde se produce la invasión de Checoslovaquia. Fritz Lang mostraría la resistencia en este país en una película rodada en plena guerra, Los verdugos también mueren, que gira en torno al asesinato del máximo representante del Reich en este país, Reinhard Heydrich, quien fue también director de la Gestapo y segundo de las SS. Su muerte y la despiadada represalia posterior, que incluyó la aniquilación de un pueblo entero, Lidice, es un suceso que se expone en la película de título homónimo al de dicha localidad. Pero la invasión alemana de Checoslovaquia no fue sin embargo motivo suficiente para iniciar la guerra. Las potencias aliadas seguían una política de apaciguamiento con Hitler, entre otros motivos porque dentro de sus países había una parte de la población que simpatizaba con él. Un ejemplo de ello lo vemos en Lo que queda del día, en la que Anthony Hopkins interpreta al mayordomo de un aristócrata inglés que quiere evitar el enfrentamiento con Alemania. Las ideas sobre la democracia que imperaban en ciertos sectores a lo largo de toda Europa quedan bien señaladas en esta escena.

Comienza la guerra

De nada sirvieron las concesiones. El 1 de septiembre de 1939 Alemania invade Polonia, lo que supone la inmediata declaración de guerra por Francia y el Reino Unido. El día 3 el rey Jorge VI pronunció de la mejor manera que fue capaz el discurso más importante de su vida, como refleja en su escena final El discurso del rey. Para compararlo podemos oír aquí una grabación real de dicho momento. Mientras tanto Polonia era repartida entre alemanes y soviéticos, que en la primavera del siguiente año ejecutarían una implacable purga en su parte mediante la policía política NKVD, que tendría su culminación en la masacre del bosque de Katyn, donde mataron a unas veintiún mil personas y que nos muestra el film llamado precisamente Katyn. En el sector alemán las cosas fueron aún peor, dado que el diez por ciento de los polacos eran judíos, mientras que en la capital, Varsovia, hasta una tercera parte de sus habitantes lo eran. Allí los ocupantes nazis crearon un gueto para encerrarlos y dejarlos morir de hambre y enfermedades, cuando no directamente ejecutados. El pianista recoge las memorias de Władysław Szpilman, que logró sobrevivir escondido en la parte aria de la ciudad tras haber pasado una temporada en el gueto, donde contribuyó a la formación de una resistencia. La película Rebelión en Polonia, con Donald Sutherland, se centra en esa insurgencia, que terminaría siendo exterminada por el ejército alemán. En ese contexto se sitúa también Ser o no ser de Ernst Lubitsch, considerada por muchos una de las mejores comedias hechas nunca. No fueron los judíos los únicos perseguidos en Polonia, Y los violines dejaron de sonar nos presenta a otras víctimas menos conocidas del Holocausto, mediante la historia de un grupo de gitanos que huyen de sus perseguidores nazis.

Mientras Polonia iba siendo arrasada para integrarse al «espacio vital alemán», la Wehrmacht continuó con una fulminante gira europea de conquista que incluyó a Dinamarca —cuya resistencia tras la ocupación vemos en Flame y Citróny Noruega en abril, Bélgica y Holanda en mayo en este caso la película nacional sobre su resistencia es El libro negro y Francia entre mayo y junio. Los restos de las tropas aliadas, más de trescientos mil soldados británicos y franceses, acabaron en la localidad costera de Dunkerque. Desde donde fueron trasladados a Gran Bretaña antes de que el ejército nazi se les viniera encima. Esto podemos verlo en la muy recomendable Expiación. París por su parte fue declarada ciudad abierta para evitar una carnicería, y en ese lapso de tiempo les dio tiempo a Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca a mantener un apasionado romance que recordarían el resto de sus vidas a falta de algo mejor, que el deber es el deber. Respecto a la «Résistance» se han hecho innumerables películas al respecto, quizá en más de un caso como una forma de salvar la cara del orgullo francés. Pero en cualquier caso no se puede negar que hay algunas magníficas, tanto en torno a ella como a la deportación de judíos. Un condenado a muerte se ha escapado, dirigida por Robert Bresson, es un buen ejemplo, basada en las memorias de André Devigny, que logró fugarse de la prisión de Fort Montluc antes de que lo fusilaran los nazis por sus actividades subversivas, así como El ejército de las sombras, de Jean-Pierre Melville. Top Secret es otra pequeña joya, aunque en este caso hay que advertir a quienes aún no la conozcan de que su fidelidad a los hechos históricos es un tanto dudosa, al igual que sucede con Malditos bastardos. Por su parte, Adiós muchachos de Louis Malle es todo un clásico del cine, sobre un niño judío oculto en un internado católico. Absolutamente recomendable.

Una vez ocupada la Europa continental el siguiente paso debía ser ir contra Gran Bretaña. Para ello debía conquistarse su espacio aéreo y aislarla cortando sus vías marítimas de suministro. Lo primero fue lo que se conoció como «La Batalla de Inglaterra», narrada en la película del mismo nombre. Para la segunda Alemania se empleó a fondo en la guerra submarina, que fue bautizada como «La Batalla del Atlántico». Un buen ejemplo lo tenemos en la genial El submarino, de Wolfgang Petersen. Aunque en los primeros años el número de toneladas hundidas fue considerable y llegó a suponer una gran preocupación para las autoridades británicas, al igual que con la guerra aérea la ventaja acabó cambiando de lado gracias a los avances tecnológicos. Influyó también la captura de la máquina Enigma, con la que se enviaban mensajes encriptados a los submarinos alemanes. Episodio que se retrata dejando mucha vía libre a la imaginación en U-571, donde resultan ser los americanos y no los ingleses los responsables de tal logro. Por lo demás es una película bastante entretenida. El equipo de matemáticos que contribuyeron a descifrar dicho código también cuenta con su adaptación al cine, llamada precisamente Enigma.

De manera que Gran Bretaña se convirtió con todo ello en el primer obstáculo serio que se encontró Hitler en un continente en el que aquellos países que no habían sido invadidos eran o bien neutrales o aliados suyos. Como era por ejemplo el caso de Rumanía, cuyo dictador Ion Antonescu prestó su ayuda al Tercer Reich tanto con el envío de tropas como en la deportación de judíos. Una película ambientada en este país, no muy conocida aunque muy apreciable es La Hora 25, protagonizada por Anthony Quinn, que muestra a un individuo, un humilde campesino, arrastrado de un lado a otro por eventos históricos que ni siquiera alcanza a comprender. Todos somos, de una forma u otra, como él. Así que, dado que la situación en Europa estaba controlada, el 22 de junio de 1941 da comienzo al mayor despliegue militar de la historia para invadir la Unión Soviética.

El film ruso Masacre, ven y mira muestra la extraordinaria brutalidad del Frente Oriental, en el que las tropas alemanas avanzaron muy rápido a costa de dejar tras de sí a un gran número de partisanos, cuya labor de resistencia hacía que los soldados alemanes considerasen ser destinados a Francia como unas «vacaciones» (esa es literalmente la expresión que usaban). Resistencia, protagonizada por Daniel Craig, ubica su acción en los bosques de Bielorrusia y permite hacerse una idea de la situación. La gran cantidad de población judía que encontraban a su paso era exterminada en grandes matanzas por comandos de las SS llamados Einsatzgruppen, tal como ya había ocurrido en Polonia. Sin embargo no lograban alcanzar el ritmo deseado y, para acelerar el proceso, en la mente de los dirigentes del Reich comenzó a plantearse la llamada «solución final». El anteriormente mencionado Reinhard Heydrich, unos meses antes de ser asesinado por la resistencia checa, convocó la Conferencia de Wannsee en diciembre de 1941, que debido a un imprevisto finalmente tuvo que aplazarse para el 20 de enero. En el interesante telefilm rodado para la HBO La solución final, Heydrich es interpretado por Kenneth Branagh y lo vemos presidiendo la reunión en la que se decidió el destino de los judíos europeos. Mientras los más tibios, como Wilhelm Stuckart (coautor de las mencionadas Leyes de Nuremberg) aquí interpretado por Colin Firth, abogaban por esterilizarlos, la opción acordada por todos finalmente fue su exterminio en campos de concentración emplenado para ello las cámaras de gas. Un sistema que ya habían utilizado previamente en discapacitados y que había demostrado ser muy eficaz… hasta que el programa fue interrumpido por un ingeniero del Instituto de Higiene de las SS llamado Kurt Gerstein. Al enterarse posteriormente de que se hacía los mismo con los judíos, apeló sin éxito a la Iglesia católica para volver a detenerlos, tal como se muestra en Amén, de Costa-Gavras.

El Amon Göth real a la izquierda y el interpretado por Ralph Fiennes a la derecha.

El Amon Göth real a la izquierda y el interpretado por Ralph Fiennes a la derecha.

De todas las películas que han abordado el Holocausto y los campos de concentración, sin duda la que más hondo ha calado en la memoria colectiva es La lista de Schindler. Como sabemos se basa en la historia real de Oskar Schindler, que salvó la vida de unas mil doscientas personas al contratarlas para su fábrica, negociando para ello con el comandante del campo de Plaszow-Cracovia Amon Göth, que tal como vemos en la película acostumbraba a disparar al azar con un rifle de francotirador a los prisioneros. Pero hay otras dignas de mención, como La Zona Gris, en torno a los prisioneros que trabajaban al servicio de los guardias, llamados sonderkommandos (les recomiendo esta entrevista al respecto), o Los falsificadores, prisioneros que se dedicaban a falsificar moneda inglesa para introducirla masivamente en el país y hundir su economía. Y en lo que casi podría considerarse un subgénero están las películas de prisioneros de guerra, que naturalmente intentarán fugarse. La principal es evidentemente La gran evasión, con Steve McQueen, aunque Traidor en el infierno, dirigida por Billy Wilder, le sigue de cerca. Una antigua serie británica, titulada La fuga de Colditz, también nos trae buenos recuerdos. Se basó en las memorias de Pat Reid, un oficial británico que estuvo preso en dicho castillo y que contabilizó treinta y una fugas, la de él mismo entre ellas. Y por último hay otras como Evasión o victoria —remotamente inspirada en un hecho falseado en su día por la propaganda soviética— que cuenta con la explosiva combinación de Sylvester Stallone y Pelé y en la que solo echamos en falta aliens.

Pero mientras todo esto ocurría en Europa, otros lugares tampoco eran remansos de paz. Antes mencionábamos que la conferencia convocada por Heydrich para decidir la Solución Final fue aplazada debido a un imprevisto. Pues bien, ese imprevisto fue el bombardeo de Pearl Harbor.

Ciudad de vida y muerte.

Ciudad de vida y muerte.

La guerra en el Pacífico

El imperio japonés llevaba ya unos años expandiéndonse, como en la conquista de Manchuria en 1931, pero la situación en Asia se tornó especialmente dramática a partir de 1937. La invasión de China provocó una de las mayores matanzas de la historia: en total la guerra se llevó la vida de unos diez millones de chinos, aunque algunas estimaciones son aún mayores. Uno de los episodios más sangrientos fue la llamada «masacre de Nankín», llevada al cine en 2009 en la película Ciudad de vida y muerte. Pero la voracidad de Japón no parecía tener límites y la presencia de Estados Unidos en el Pacífico suponía un obstáculo contra el que muchos temían que acabase embistiendo. Algunos, como el contraalmirante Kelly Turner, incluso alertaban de un posible ataque por sorpresa a una de sus bases, Pearl Harbor. Por si esto fuera poco en 1940 se aliaron con los enemigos aún no declarados de Estados Unidos, concretamente un edicto imperial explicaba que se adoptó la decisión de «aliarse con Alemania e Italia, naciones que comparten nuestras mismas buenas intenciones». El 7 de diciembre de 1941 finalmente se produjo el ataque. Una circunstancia que ha dado lugar posteriormente a grandes filmes como Tora! Tora! Tora! y De aquí a la eternidad. También a otros como Pearl Harbor. Rodada con muchos medios y con la ambición de contar una gran historia llena de épica y heroísmo, podría haber llegado a ser una gran película si hubiera contado con otro guión, otros actores y otro director. Otra historia, ambientada en Shanghái justo en los días previos al ataque, es El imperio del sol, otra fantástica obra de Spielberg en la que además podemos ver al polimórfico Christian Bale, esta vez interpretando a un niño.

Tras el ataque, la población de origen japonés en Estados Unidos fue encerrada en campos de concentración para evitar sabotajes e infiltración (algo que sin embargo no ocurrió con la mucho más numerosa de raíces alemanas e italianas), algo que vemos en Bienvenido al paraíso. Pero de todas las que podamos nombrar, seguramente la película con la que asociamos la guerra en Asia y el Pacífico es El puente sobre el Rio Kwai. El puente existió realmente en Tailandia y fue construido por prisioneros de guerra, hasta que resultó destruido en un bombardeo aliado en 1945. Otra con bastantes elementos en común es Feliz Navidad Mr. Lawrence, sobre la difícil relación entre los prisioneros y sus guardianes japoneses. También tenemos la muy recomendable Comando en el Mar de la China, con Michael Caine. Objetivo Birmania, sobre unos soldados americanos lanzados en paracaídas en plena selva para destruir una estación de radio japonesa, es considerada un clásico aunque no ha envejecido demasiado bien. El Motin del Caine, con Humphrey Bogart, que está ambientada en esta época y lugar aunque no describe ninguna batalla o acontecimiento en concreto. La batalla de Midway, por su parte, está protagonizada por Charlton Heston y narra un momento crucial de la guerra, un ataque japonés que pudo ser repelido gracias a la labor de la inteligencia militar, que pudo captar y descifrar mensajes en torno a esa operación. Pese al interés del episodio histórico que aborda la película en sí lo cierto es que no es demasiado buena. Comparte además con otras muchas películas bélicas de los años cincuenta y sesenta errores en el aspecto militar, dado que conseguir los modelos exactos de tanques, barcos y aviones era en ocasiones muy dificultoso y se pasaba por alto confiando en el que el público no se daría cuenta. En las producciones más recientes eso es menos frecuente, en parte debido a la infografía… aunque a cambio suponga contemplar escenas propias de un videojuego de los años noventa, como en el segundo episodio de Hermanos de sangre (aunque luego volveremos con esta, por otra parte, excelente serie).

Una bastante original en su planteamiento es Infierno en el Pacífico, sobre un soldado americano (Lee Marvin) y otro japonés (Toshiro Mifune) que se quedan atrapados en una isla y se van haciendo perrerías mutuamente. Aunque no esté basada en un hecho concreto, sí que aborda un asunto fascinante: el de los soldados japoneses que, al quedar incomunicados en plena selva o en alguna isla, siguieron creyendo durante muchos años que la guerra continuaba. El último murió recientemente, tras haberse entregado a las autoridades nada menos que en 1974. Por último, hay que destacar en los últimos años la recuperación del género con films como Banderas de nuestros Padres, Cartas desde Iwo Jima, la soporífera La delgada línea roja y la aceptable serie The Pacific.

El día más largo.

El día más largo.

Declive y final de la guerra

Mientras tanto en Europa el ataque a las ciudades alemanas por bombarderos angloamericanos, como en Memphis Belle, estaba causando un daño devastador a la población civil y desde el Frente Oriental solo llegaban disgustos. Tras la fallida toma de Moscú a finales de 1941, el gran desastre que torcería definitivamente la suerte del Tercer Reich llegaría el invierno siguiente en la ciudad de Stalingrado. Hay una estupenda película alemana de título homónimo que retrata esta batalla en la que murieron cerca de dos millones de personas y otra mucho más reciente, de nacionalidad rusa, un tanto desconcertante al estar rodada con una estética moderna tipo Matrix y 300 que no encaja bien en todo esto. Parece que de un momento a otro vaya a salir un decepticon a darle su merecido a los nazis. Mucho más interesante resulta Enemigo a las puertas, que narra las proezas del francotirador Vasili Záitsev, aunque el duelo con su equivalente alemán entra ya en el terreno de la ficción, según afirma el historiador Antony Beevor. Ambientada en 1943, con unas tropas invasoras ya en retirada y cuya convivencia en las trincheras se basa en el sencillo principio moral de «eructos sí, pedos no», La cruz de hierro es una de las mejores películas bélicas que se hayan rodado, por algo su director es Sam Peckinpah.

En otros frentes la situación era también de retirada. La invasión de Grecia en 1941 había perjudicado las posiciones británicas en el norte de África, que intentarían recuperar mediante la campaña del Dodecaneso (que inspiraría Los cañones de Navarone) y enfrentándose en el desierto al Afrika Korps del general Erwin Rommel, en una serie de batallas mostradas en Rommel, el zorro del desierto. Una vez derrotado el ejército alemán en el norte de África, el siguiente paso sería invadir desde allí Sicilia. Una operación que estaría al mando del general Patton. El biopic que lleva por título su apellido ha sido considerado por el Congreso de Estados Unidos como «culturalmente importante». Una vez fue liberada Sicilia la derrota de Italia parecía segura, de manera que el 25 de julio de 1943 Mussolini es arrestado por orden del rey Víctor Manuel, que designa a un gobierno favorable a los Aliados. La reacción inmediata del Tercer Reich es ocupar Italia. Es en ese contexto en el que se sitúa la excelente El secreto de Santa Victoria, protagonizada por Anthony Quinn. Un pueblo italiano dedicado al vino es ocupado por los alemanes, que pretenden llevarse todas sus reservas de vino, hábilmente escondidas unos días antes de su llegada. La historia se inspira en los innumerables actos de expolio que cometieron los nazis en los territorios que ocuparon, llevándose tantos las obras de arte (sobre cuyo rescate trata The Monuments Men) como botellas de vino y champán, especialmente en Francia. La conquista palmo a palmo de dicho territorio italiano ahora alemán resultó ardua y es el escenario donde se ubica parte de la historia de El paciente inglés. Finalmente las tropas aliadas pudieron llegar a Roma, que se declaró ciudad abierta quedando así libre de combates, lo que daría título una de las grandes películas que Rossellini dedicaría a la guerra y posguerra en Europa, Roma: ciudad abierta.

Stalin mientras tanto pedía a los angloamericanos que abrieran un segundo frente europeo, quienes además estaban interesados en ganar posiciones allí para evitar que el avance ruso acabase barriendo Europa. Por la experiencia ganada en África e Italia ya se sentían preparados para una operación de esa magnitud y se barajaron diferentes lugares para un gran desembarco, entre ellos España. Hitler se sentía muy confiado por el llamado Muro Atlántico, la línea defensiva que había construido a lo largo de la costa francesa y no quería ni oír hablar de cualquier comparación con la Línea Maginot. Además puso al frente de ella a alguien de su plena confianza que ya hemos mencionado anteriormente, Rommel.

De manera que tras una larga preparación y una habilidosa operación de engaño finalmente el 6 de junio de 1944 desembarcaría la primera oleada de un total de tres millones de soldados. Una batalla que hemos visto muy bien contada en Salvar al soldado Ryan, Hermanos de sangre y El día más largo. Naturalmente siempre pueden sacarse objeciones a todo, pero merece más la pena destacar la cantidad de pequeños detalles que se cumplen en tales recreaciones. Los soldados rezando y vomitando momentos antes de entrar en combate, siendo acribillados según se abrían las puertas de las lanchas de desembarco, ahogándose por el peso de su equipo, quedándose paralizados de terror detrás de algún obstáculo de acero, la desorientación de los paracaidistas al caer en el lugar equivocado, la contraseña de «rayo/trueno» cuando se encontraban entre ellos, la negativa a hacer prisioneros… Sobre todos estos detalles el libro de Antony Beevor El Día D es muy minucioso y gustará a quienes estén interesados en este tema.

Poco más de un mes después del desembarco, el 20 de julio de 1944 tendrá lugar un atentado fallido contra Hitler, como parte de una conspiración realizada por su entorno y que fue narrada en la película Valkiria, en la que Tom Cruise interpretaba a Claus von Stauffenberg. Hubo otros actos de resistencia dentro de Alemania contra el régimen, como este que contamos aquí —del que podría hacerse una buena película, por cierto o el de la organización La Rosa Blanca, que podemos ver en Sophie Scholl: los últimos días y cuyos miembros acabarían en la guillotina (spoiler).

Pero nos habíamos quedado en Normandía. Tras ganar esa posición el siguiente paso era avanzar en dirección a París (aunque inicialmente no eran esos los planes, sino ir directamente a Berlín), que fue liberada el 25 de agosto. Las tropas alemanas recibieron la orden de Hitler de destruirla antes de retirarse, una orden que no llegó a cumplirse y que da pie al título ¿Arde París?, en la que se muestra la labor de la resistencia y la llegada de las tropas liberadoras el 25 de agosto. En ese contexto de avance a través de Francia es donde tiene lugar la historia de Los violentos de Kelly, con un comando que pretende robar el oro guardado en un banco. Sencillamente imprescindible. El avance debía continuar y en septiembre tuvo lugar la Operación Market Garden en Holanda, por la que se debían controlar varios puentes en Holanda y que tuvo un saldo bastante negativo para los Aliados. Un puente lejano retrata el episodio y a pesar de su rutilante plantel de estrellas (están todos los actores que pintaban algo en 1977) no ha envejecido bien y vista hoy en día es un tanto decepcionante. A continuación tuvo lugar, ya en diciembre del 44 y enero del siguiente año, una contraofensiva alemana que acabó en fracaso, llamada «La batalla de las Ardenas», que también cuenta con una película del mismo nombre. En abril de 1945 los ejércitos aliados están en terreno alemán, un país ya exhausto tras seis años de guerra y donde ya solo quedan ancianos y niños para ser llamados a filas. En esa premisa y teniendo como referencia un hecho real se basa El puente de Bernhard Wicki, un film de la RFA de 1959 muy apreciable. Es de otro estilo diferente al de las mencionadas hasta ahora, merece la pena.

Alemania, año cero.

Alemania, año cero.

Para finales de abril y comienzos de mayo Berlín ya está sitiado por las tropas soviéticas, entregadas a cobrarse «fuego por fuego, sangre por sangre, muerte por muerte», y dejando a su paso a cientos de miles de mujeres alemanas violadas repetidamente tal como vemos en Una mujer en Berlín, una película muy dura e interesante, basada en un libro autobiográfico que publicó bajo anonimato una superviviente berlinesa. Mientras tanto Hitler vivía sus últimos momentos aislado en su búnker, realizando movimientos de tropas imaginarias hasta que finalmente se pegó un tiro. Hablamos, naturalmente de la formidable El hundimiento. Finalmente la guerra se declaró terminada a las 2:41 de la mañana del 7 de mayo de 1945, con la rendición incondicional de Alemania. Pero aún quedaba la posguerra.

Con la noticia de la muerte del Führer comienza Lore, la odisea de una adolescente que viaja con sus hermanos pequeños por un país en ruinas y con cadáveres desperdigados por los suelos. Los ocupantes obligan a los ciudadanos alemanes a contemplar imágenes del Holocausto, que las consideran montajes o que simplemente menosprecian. Como dice la protagonista: «tuve que mirar judíos muertos durante horas, solo para conseguir pan duro». Muy recomendable, aunque es desoladora y amarga como pocas. Alemania, año cero, de Rossellini, trata también sobre la supervivencia de un niño en el Berlín de la posguerra. Mientras que El tercer hombre muestra la Viena posterior a la guerra, con sus ruinas y su mercado negro. Un aspecto poco conocido y poco tratado por el cine ha sido el de los millones de personas que fueron reubicadas en el nuevo ordenamiento de población y de fronteras que tuvo lugar a finales de los años cuarenta o que tuvieron que regresar a sus hogares, si es que aún los tenían. El escritor Primo Levi narró su viaje desde que fue liberado en el campo de concentración de Auschwitz hasta Italia en un libro titulado La tregua, que también vio su adaptación al cine, mientras que Cornelius Rost narró en Hasta donde los pies me lleven su largo regreso desde el gulag siberiano del que se escapó en 1947 hasta Alemania, aunque hay dudas en torno a la autenticidad de su relato. La película tiene su interés, en cualquier caso. Una historia con elementos comunes a la de Sławomir Rawicz, un polaco que también logró escapar del gulag en el que fue encerrado tras la invasión de Polonia y que Peter Weir llevó al cine: Camino a la libertad. Finalmente otro aspecto de la posguerra en Alemania fue el de juzgar a los culpables, un proceso reflejado en títulos como Vencedores o vencidos, Los juicios de Nuremberg y El lector.

En Japón, una vez derrotado, también hubo un proceso similar, con la acusación de diversos miembros del Gobierno y finalmente la exoneración de toda culpa del emperador Hirohito. Aunque en este caso más que por una cuestión de inocencia, lo que primó fue el dotar de estabilidad y continuidad al nuevo orden. Todo esto lo podemos ver en la reciente Emperador, que tiene cierto interés, aunque está lastrada por una historia de amor metida con calzador —para hacerla más digerible a cierto público, suponemos— y por algunos detalles no muy exactos sobre el papel de MacArthur.

Pero no quisiera terminar sin aludir a otras manifestaciones del cine en torno a la guerra y el nazismo algo menos dramáticas, que no todo en la vida va a ser sufrir. Un tema de especulación recurrente es el de cómo habría sido el mundo si el Tercer Reich hubiera ganado la guerra. Patria, con Rugter Hauer, nos muestra esa distopía. Por otra parte, dada la querencia de los dirigentes nazis por las pseudociencias, la mitología y el esoterismo, podríamos decir que Indiana Jones y el arca perdida e Indiana Jones y la última cruzada si bien no tienen un excesivo rigor histórico… al menos están basadas en hechos reales. Al fin y al cabo Heinrich Himmler quiso hacerse con el Santo Grial, que creía que se mantenía escondido en el monasterio de Montserrat, donde acudió en persona el 23 de octubre de 1940. Y el mismísimo Hitler exclamó, en cierta ocasión que ojeaba un libro ilustrado sobre España:

¡Montserrat! La mera palabra hace que reviva la leyenda. Tiene su origen en el encuentro hostil entre los moros y los elementos romano-germánicos. Un país encantador. Uno bien se puede imaginar allí el castillo del Santo Grial.

Y ya puestos, hay otras que tampoco podemos dejar de mencionar. Está por ejemplo Los surfistas nazis deben morir, de la que sospechamos que lo único bueno de ella es su título. Y también tenemos Iron Sky, que parte de una interesante premisa: los nazis han vivido desde final de la guerra en la cara oculta de la Luna, desde donde volverán para atacarnos montados en ovnis. Mientras que en Nazis en el centro de la Tierra vemos a Mengele y sus secuaces ocultos bajo la Antártida. Hay que decir que es absolutamente espantosa. De ese tipo de películas tan lamentables que si se ven con amigos y en estado de ebriedad pasan a resultar divertidas. Pero esta en concreto requiere beber muchísimo. Y a ser posible fumar algo también. Una que en comparación resulta bastante mejor es Zombis nazis, claro que mezclando esos dos elementos necesariamente ha de salir algo bueno. Y sin embargo, existe una combinación aún mejor, créanme. No hablaremos de ella por tratarse de un videojuego, pero existe. Se trata de… nazis y dinosaurios ¿Cabe imaginar algo mejor?

Unfinished business: los libros que nunca terminamos

Fotografía: Philippe Halsman / Cordon Press.

Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído.

Con esta cita Borges da comienzo a «Un lector», poema que incluye Elogio de la sombra (su quinto libro de versos), publicado en 1969. Aunque se negase a decirlo expresamente, Borges contaba con miles de motivos por los que alardear de la multitud de páginas salidas de su puño y letra; pero también es cierto que su voraz hábito lector —junto con su inagotable conocimiento literario— colocaba sus propios escritos, al menos cuantitativamente, en clara posición de inferioridad. De esta manera, la frase de Borges no entraña ninguna práctica de falsa humildad sino que ante todo parece ser producto de la lógica más rotunda. El escritor argentino, sin embargo, no hizo referencia a aquellas páginas que, habiendo podido leer, nunca leímos: es decir, los libros que nunca llegamos a terminar.

Las razones de este fenómeno por lo general suelen ser muy variadas, yendo desde el agotamiento intelectual o el olvido hasta el odio hacia el mismísimo autor; o, sencillamente, debido a mera pereza o indiferencia. No conviene, eso sí, que olvidemos la razón más decisiva de todas las que pueden darse, a saber, el hecho de que algunos libros son un soberano coñazo. Esto último es importante que nos atrevamos a decirlo bien alto —y a pleno pulmón, si es necesario— porque no hay nada de malo en admitirlo.

En resumidas cuentas, hablo de aquellos libros que, tras ser abandonados a medio camino, pasan a mejor vida: a partir de entonces, desaparecen de nuestra rutina automáticamente y comienzan a hacerse hueco en una especie de limbo indefinido, perpetuamente pendientes, con la incertidumbre de si algún día volverán o no a ser leídos. Bien es cierto que el acto de abandonarlos es capaz de dejarnos con mal sabor de boca o con un resquicio de culpa; a veces puede, incluso, que nos hagan pensar que no somos dignos de ellos. Esta última actitud es cuando menos desacertada, pero la situación parece en ocasiones inevitable al enfrentarnos a clásicos reconocidos que se supone tenemos que, no ya leer, sino adorar a la fuerza. ¿Que no te acabaste el Ulises de Joyce? Lo siento de veras, pero no eres quién para hablar de literatura moderna (¡y no digamos de la modernista!). ¿En serio no llegaste al séptimo volumen de En busca del tiempo perdido? Vergüenza debería darte.

Con esa lucidez innata que tanto le caracterizaba, Joan Didion destacó, en su primera colección de ensayos, que a casi todos aquellos que escriben les golpea de vez en cuando la sospecha de que no hay nadie escuchando ahí fuera; yendo más allá, están también los que escuchan un poco y se niegan a escuchar en su totalidad, rompiendo todo vínculo que les ligase con el libro en cuestión como si de un coitus interruptus literario se tratase. Estos son los verdaderos rebeldes, para bien o para mal, y lo peor que pueden hacer tras semejante acto es sentir vergüenza o culpa alguna. Tampoco se trata de arremeter contra clásicos o contra el canon occidental de manera arbitraria o frívola, pero el hecho de tener el criterio y la libertad suficientes como para saber cuándo parar —al margen de que se trate de un libro que esté en la lista de Libros Importantes— es en sí un gesto valiente y, muchas veces, digno de elogio.

Está claro que el no terminar un libro no siempre responde a una decisión consciente o premeditada del todo. Lo que sí es evidente es que, independientemente de cómo procedamos, la sensación final casi siempre suele ser de alivio. A fin de cuentas, todo se reduce a quitarse un peso de encima: no hay peor sensación que la de vernos obligados a leer un libro de cabo a rabo en contra de nuestra voluntad. Así las cosas, yo el lector me tomo la libertad de dejar de leer este tocho infumable de William Gaddis y lo sustituyo —así, porque puedo y me da la gana— con lo último de Stephen King o Paul Auster, que como mínimo sé que me mantendrá entretenido. No hay peor literatura que la que aburre, por muy bien escrita que esté.

Volviendo a Borges, a mí —como a cualquier otro lector razonable, y aunque de ellas no trate el presente artículo— también me enorgullecen las páginas que he leído. Por el contrario, las páginas que no he leído no son motivo de orgullo necesariamente, ni tienen por qué serlo, lo cual no implica que hayan de ser motivo de deshonra: simplemente están ahí, en potencia de ser leídas, relegadas a meras anécdotas como potencia sin realizar, pero potencia al fin y al cabo.

A continuación, con la seguridad de que muchos de ustedes tuvieron una experiencia parecida y a la espera de sus propias aportaciones, siguen algunos libros destacados que, por motivos varios, no logré acabar. En cualquier caso, me parece oportuno destacar lo que hace no mucho dijo Nick Hornby:

All the books we own, both read and unread, are the fullest expression of self we have at our disposal.

En línea con el planteamiento de Borges, preferiría que se me juzgase por aquellos libros que sí logré terminar antes que por los que dejé inacabados. Y por cierto: si usted, querido lector, no consigue llegar al final del presente artículo, le prometo que nunca se lo echaré en cara.

1Q84 – Haruki Murakami

Aviso a navegantes: mentiría si dijese que no me gusta Murakami, pero sinceramente no creo que sea un escritor fantástico, tal y como se suele decir. ¿Que si es un buen escritor? Desde luego. ¿Que si sus novelas entretienen y enganchan? No cabe duda, aunque creo que sus relatos cortos son más efectivos aún (Sauce ciego, mujer dormida me pareció brillante). Ahora bien, siempre que oigo a alguien corear su nombre no puedo evitar pensar que está ligeramente sobrevalorado, por no hablar del rechazo instintivo que siento cada vez que leo acerca de su posible y supuestamente merecida candidatura al Nobel de Literatura.

Más atónito me dejó, si cabe, la excesiva atención que recibió 1Q84, su trabajo más ambicioso al menos en términos de longitud— hasta la fecha, compuesto por tres largos volúmenes en los que Murakami da rienda suelta a sus habituales preocupaciones e inquietudes, todo ello rodeado, para variar, de una atmósfera turbadora, a veces surrealista, y con innumerables referencias musicales de por medio. En este caso terminé la primera parte, leí algo de la segunda, lo dejé y, acto seguido, me olvidé: el supuesto misterio que envuelve a Aomame y Tengo, los dos protagonistas, no podía intrigarme menos, y la prosa me pareció mundana, básica (algo tuvo que ver su traducción al español, que parece haber sido hecha deprisa y corriendo; no tanto así con sus traducciones al inglés). Hasta la fecha, es de lo peor que he leído del escritor nipón (Crónica del pájaro que da la vuelta al mundo sigue siendo mi preferido), y una de las razones por las que sigue sorprendiéndome todo ese estruendo existente en torno a su figura. De alguna manera y espero que esto no suene tan mal como puede sonar, es lo que tiene ser uno de los pocos escritores japoneses con enorme éxito internacional.

Almas muertas – Nikolai Gogol

La fama de plomizos que tienen los escritores rusos del siglo XIX siempre les ha perseguido como la peste bubónica, muchas veces sin justificación verdadera, durante largo tiempo después de muertos. Si de mí dependiese, no me fiaría de alguien que no disfrute como un crío al leer Crimen y castigo, por ejemplo, o los maravillosos cuentos de Chéjov. Pero antes que Dostoyevski, Tolstoi o Bulgakov, ahí estuvo nuestro querido Gogol (nacido en Ucrania y de por sí crítico con la mentalidad y cultura rusas, por si acaso) para dar la razón a aquellos críticos incapaces de tragarse los pesimistas monólogos y grises paisajes tan característicos de los rusos, con los que estos se dedicaban a a llenar tomos inhumanos como si su vida les fuera en ello.

La alegría que experimenté al leer algunos de sus relatos cortos, como el célebre cuento «La nariz», destacó durante mi fugaz lectura de Almas muertas por su ausencia. En definitiva, tras las treinta y pico páginas que leí acabé tan cansado que ni una buena botella de Smirnoff pudo solucionar mi (gracias a Dios) breve trauma; querido Chíchikov, el viaje lo vas a tener que hacer tú solito porque yo no pienso acompañarte, así que ahí te quedas.

El arco iris de gravedad – Thomas Pynchon

Por supuesto que las más de setecientas páginas de esta novela, ganadora del National Book Award for Fiction en 1974 y clave de la literatura posmoderna, por sí solas logran intimidar al más audaz. Pero no es una mera cuestión de tamaño sin ir más lejos, disfruté enormemente con 2666, muy a pesar de su extenuante cuarta parte—; en este caso, lo intenté de buena gana la primera vez y fui incapaz de pasar más allá de la página sesenta y pico, harto del stream of consciousness, del componente técnico-científico (reconozco que soy un palurdo para estas cosas) y, en general, de la intrincada, insufrible densidad de todo. Unos años más tarde volví a probar suerte, de nuevo sin fortuna: en parte debido al recuerdo de las sensaciones que me produjo mi primer intento, esta segunda vez ni siquiera conseguí llegar a la página cuarenta.

A día de hoy, La subasta del lote 49 es el único libro de Pynchon que he acabado (no por casualidad, se trata de su novela más corta, con apenas ciento cincuenta páginas), y también me costó lo suyo. La literatura el acto de leer en sí— no tiene por qué ser un camino de rosas ni mucho menos, pero de ahí a que se asimile a un incesante calvario, por mucha genialidad que pueda haber aquí y allá, hay un gran trecho. Pynchon, todos sabemos que para muchos eres un misterio por descubrir, pero cada vez que lo intento me quitas todas las ganas.

Big Sur – Jack Kerouac

Big Sur fue la penúltima novela de Kerouac, publicada siete años antes de su temprana muerte en 1969, y su ingrediente de decepción es casi inevitable: a fin de cuentas, cuenta el deterioro físico y mental del autor, bajo el álter ego de Jack Duluoz, que cogió y se fue a Bixby Canyon a estar solo y sentar la cabeza. La aventura se ha acabado, y de algún modo piensas: ojalá hubiese estado en la carretera toda su vida. Si algo se mantiene intacto es su prosa, que no ha cambiado nada (para bien o para mal; «That’s not writing, it’s typing», como diría Capote). Al revés, su estilo free-form se mantiene en plena efervescencia, sin jaula que logre mantenerlo quieto. Pero, ¿debería usted leer este libro? Citando al mismo Kerouac, «I don’t know, I don’t care, and it doesn’t make any difference».

Contrastado con su obra y época anterior dinámica, vibrante y llena de vida— Big Sur parece incluso impropio de alguien como Kerouac, hasta el punto de que su persona, su sello de siempre, es difícilmente reconocible en sus páginas. Por supuesto que hay mucho de psicológico, incluso de inexplicable, en estas valoraciones: quizá si lo hubiera escrito otro autor habría sido capaz de leerlo sin dificultades, pero tratándose de Kerouac todo se asimila a un monumental anticlímax que a mí, personalmente, me impidió seguir más allá de los primeros capítulos. Sencillamente no pude, aunque al mismo tiempo una cosa sí que me quedó clara: los héroes también envejecen.

Las correcciones – Jonathan Franzen

Con un ansia de ser candidata al título de The Great American Novel™ apenas disimulable, Las correcciones, que cuenta la historia de la familia Lambert (cuya decadencia, como era de esperar, no tarda en arremeter contra ellos sin piedad), fue uno de los grandes éxitos de la década pasada. Llegué a la página quinientas, pero no me molesté en seguir; quitando mi interés por ver si la crítica estaba en lo correcto (¡ja!) o no, realmente no veía motivos para ello. La novela comienza de manera prometedora y Franzen lanza frases espléndidas con la habilidad de un prestidigitador literario, mientras que sus personajes están muy bien desarrollados. Pero, pero… Pero.

Pero es que no hay mucho más, algo falla, y sí, estoy seguro de que lo entiendo: no es más que una sátira/comentario social sobre el american way of life, inmisericorde y con retintín a raudales. El problema es que lo que Franzen pretende (esto es, narrar el inevitable derrumbamiento de una familia) ya se ha hecho antes y mejor: ahí están Los Buddenbrook, Al este del Edén, Cien años de soledad, etc. como testigos privilegiados de ello. Poco de innovador hay aquí, aparte de la propensión que tiene Franzen de contarlo todo hasta el más mínimo detalle, tendencia que acaba por cansar hasta al más manso. En resumen, la historia en sí me produjo más cansancio que intriga; hasta tal punto acabé renegando de la novela, de hecho, que a día de hoy he sido incapaz de interesarme por cualquier otro de sus libros (como Libertad, que ha acaparado multitud de elogios), por mucho que se le considere como uno de los mejores autores americanos contemporáneos.

Moby Dick – Herman Melville

Llamadme hereje. Hace unos años —no importa cuánto hace exactamente— emprendí la ardua tarea de leer este imponente gigante, con interés y suspicacia a partes iguales. Empecé adorando el libro, bajo el presentimiento, eso sí, de que tarde o temprano acabaría derrotado por las peripecias y desventuras del capitán Ahab y compañía. Efectivamente, así fue. El problema llega, como todos saben, una vez que Melville comienza a comentar y desmenuzar laboriosamente todo lo relacionado con las ballenas a lo largo de capítulos enteros, como si de una master class de biología marina se tratase; llegados a este punto, tras leer todo lo habido y por haber en cuanto a sus aletas, esqueleto e incluso como producto alimenticio, al lector no le queda otra que perder interés por la narrativa, aun con cierta pesadumbre, y acabando, cómo no, hasta el gorro de las dichosas ballenas.

Moby Dick quizá sea el máximo exponente de la famosa definición de Mark Twain de lo que constituye un clásico: «a book which people praise and don’t read». Y es una pena, porque el libro, aparte de sorprendentemente moderno, es una delicia; ahora bien, una delicia a la que probablemente le sobren unas doscientas páginas.Vencido por la desgana, acabé rendido y, con cierta pena, tuve que bajarme del barco y dejar tal abrumadora experiencia. He de reconocer, en todo caso, que de tiempo en tiempo me vuelven las ganas de, por fin, conquistar a la ballena. Pero dudo que ese día llegue pronto.

La broma infinita – David Foster Wallace

Oh, David: eras tan sumamente inteligente que a la mayoría de nosotros mortales nos cuesta todo un mundo seguirte. Leerte es como ver al chico más inteligente de clase rebatir punto por punto todo lo que ha dicho el profesor, mientras los demás alumnos, entre el asombro y la más absoluta ignorancia, siguen sin entender nada. Tal era su inteligencia que muchas veces tenían que explicarla. En su introducción al libro escrita en 2006, dos años antes de la temprana muerte de Foster Wallace, Dave Eggers, amigo y admirador suyo, hacía el siguiente comentario revelador al respecto de lo que ha de ser la literatura:

In recent years, there have been a few literary dustups —how insane is it that such a thing exists in a world at war?— about readability in contemporary fiction. In essence, there are some people who feel that fiction should be easy to read, that it’s a popular medium that should communicate on a somewhat conversational wavelength. On the other hand, there are those who feel that fiction can be challenging, generally and thematically, and even on a sentence-by-sentence basis —that it’s okay if a person needs to work a bit while reading, for the rewards can be that much greater when one’s mind has been exercised and thus (presumably) expanded.

La broma infinita es todo menos fácilmente legible: aparte de estar repleto de notas a pie de página (algunas de las cuales incluyen, a su vez, subnotas, asteriscos, etc.) el libro es un coloso inabarcable, complejo, técnico y minuciosamente detallado, cuya magnitud fuerza al lector a llevar a cabo inesperadas acrobacias mentales, lo quiera o no. Para los que pretendan leerlo tarde o temprano, les aconsejo antes echarle un vistazo a esta guía imprescindible acerca de cómo plantarle cara. Sin duda, Foster Wallace estaba muy por delante de la mayoría, y eso hace que a muchos de nosotros nos juegue una mala pasada.

Pese a que la novela me tenía intrigado y atrapado en su peculiar mundo, mi falta de paciencia terminó por sacar lo peor de mí: ahí sigue aguardándome en la estantería, con actitud desafiante y marcada por cuantiosos post-its, como si a modo de insulto me dijera: «Pablo, te he ganado». De todos modos, me quedo con la tranquilidad de saber que aún puedo leer gran parte de la obra adicional (y menos extensa) de Foster Wallace, como sus relatos cortos o ensayos, con historias de esas que te cambian la vida («El neón de siempre») o discursos tan emocionantes como el denominado «This is water». En definitiva, La broma infinita no deja de ser uno de esos libros que, o lo lees en el momento propicio —con tiempo de sobra y sin preocupaciones terrenales—, o acabas sepultado, irremediablemente, por el temible peso de sus más de cuatrocientas ochenta mil palabras.

La rebelión de Atlas – Ayn Rand

Que Ayn Rand tenía ideas interesantes es innegable, pero su extremismo debido en parte a la epifanía que le supuso llegar a los Estados Unidos desde la Rusia comunista, junto con sus dudosas cualidades como escritora, hacen de La rebelión de Atlas un panfleto exacerbado y machacón a más no poder: un panfleto mediante el que Rand pretende convencernos de las virtudes del objetivismo y demás miserias filosóficas suyas, idóneas, quizá, para embaucar a un adolescente impresionable o falto de formación, pero incapaces de hechizar a alguien con un mínimo de criterio, no ya literario, sino en general. Ah, y todo ello a lo largo de más de mil cien páginas en letra pequeña. De ahí la cínica (aunque en parte certera) cita del cómico John Rogers:

There are two novels that can change a bookish fourteen-year old’s life: The Lord of the Rings and Atlas Shrugged. One is a childish fantasy that often engenders a lifelong obsession with its unbelievable heroes, leading to an emotionally stunted, socially crippled adulthood, unable to deal with the real world. The other, of course, involves orcs.

Todo esto se debe en parte a que su filosofía, cuyo mensaje Rand transmite con la sutileza de un martillo galponero, ya ha calado sobradamente en las primeras cincuenta páginas: esto es, una mezcla de exacerbado capitalismo y del Nietzsche más rancio (negación de la caridad, creencia en el Übermensch —estilo americano, eso sí—, etc.), que ha dado lugar a una preocupante legión de seguidores fanáticos, capitaneados por su sucesor Leonard Peikoff. Para hacerse una idea del nivel de fanatismo, echen un vistazo si no a la tremebunda página de Facebook dedicada al libro. Para los interesados, El manantial quizá sea el libro perfecto con el que empezar —y acabar— con la autora rusa. Pero, si lo único que les intriga es conocer el pensamiento radical de Rand, con leer su entrada en Wikipedia les basta; realmente no tiene mucho más.

La náusea – Jean Paul Sartre

Teniendo en cuenta su reputación e influencia, lo que más me sorprendió de La náusea fue lo llamativamente mediocre que es; claro que es imposible obviar la repercusión que tuvo en su día (recordemos, se publicó en 1938), pero en la actualidad no tiene más interés que el diario de cualquier adolescente desasosegado. No es tanto una novela como un pesado tratado filosófico con la forma de aquella: si algo deja en claro Sartre aquí es que, al contrario de Camus, no era buen novelista y, por otra parte, que su cansino existencialismo no era suficiente para mantener en pie una supuesta novela con personajes planos (querido Antoine, si es que no tienes personalidad alguna) y una narrativa sin sorpresas.

A su vez, la parte de ensayo parece metida con calzador, de manera torpe e inexperta; en resumidas cuentas, todo avanza pesada y lentamente, carente de ritmo o intriga de ningún tipo. En último término, que fuera la primera novela de Sartre es algo evidente a juzgar por su cargante contenido y, al final, su discurso filosófico acaba dando lugar a más bostezos que preguntas.

Todas las almas – Javier Marías

Tras fracasar estrepitosamente en mi intento de leer Los enamoramientos, tiempo después tomé la decisión de entregarme —esta vez en cuerpo y alma— a una de las novelas más elogiadas de toda la obra de Marías. Con la humilde certeza de que el equivocado era yo, pensé que, esta vez al fin, de verdad disfrutaría con el autor; no en vano se trata de uno de nuestros mejores escritores vivos, o al menos eso dicen, y esta es una de sus novelas más reconocidas. Pero no, fue como tropezar dos veces con la misma piedra y, consecuentemente, llegué a la misma conclusión de antes: Marías, no puedo contigo.

Así, no pude evitar sentir una mórbida satisfacción al comprobar cómo todos y cada uno de mis temores resultaban ciertos. De nuevo, el estilo de Marías se me antojó farragoso, asépticamente académico, ocultando con frecuencia todo interés puramente narrativo que pudiese tener la novela (más bien nulo, por otra parte), y con personajes que no son más que pretextos para transmitir sus tediosas paranoias mentales. Hace tiempo leí a alguien decir que Javier Marías es escritor porque vende libros, no porque sepa escribir, afirmación con la que —pese a su toque insolente— estoy totalmente de acuerdo (polémicas aparte, no hay más escritor que el que logra ser leído). La novela no parece sino ser una excusa barata para que el autor nos deje algo muy claro: chicos, he tenido la fortuna de estar dos años en Oxford y vosotros no. Se lee más como una guía turística (muy bonito y adornado todo, claro está) antes que como una novela propiamente dicha y, tratándose de un libro que se rinde ante todo lo británico, la ausencia de ingenio resulta más que preocupante. Si les interesa, aquí mismo pueden ver un minucioso análisis literario, no exento de cierto resentimiento, de por qué Marías no es un buen escritor. En todo caso, el libro de Marías es casi insoportable: leyéndolo me sentí como si me forzase a mano armada a presenciar un desagradable e inoportuno masaje de ego, página tras página y sin fin aparente.

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Otros de los muchos libros que no pude terminar:

Las aventuras de Augie MarchSaul Bellow

El barón rampante Italo Calvino

La breve y maravillosa vida de Oscar Wao Junot Díaz

Los detectives salvajes Roberto Bolaño

Ensayo sobre la cegueraJosé Saramago

La letra escarlataNathaniel Hawthorne

Nocilla DreamAgustín Fernández Mallo

El primer hombreAlbert Camus

Todos los fuegos el fuegoJulio Cortázar

Viaje al fin de la nocheLouis-Ferdinand Céline

Yo, Claudio Robert Graves

Las treinta mejores películas sobre el sentido

Una escena de La gran belleza. Imagen: Wanda Visión.

Es probable que si han pagado ustedes la entrada para ver La gran belleza en un cine pertenezcan a uno de estos dos grupos: el de los que roncaban a pierna suelta y con toda la potencia de la que eran capaces sus pulmones o el de los que se pasaron las dos horas y media de la película con la piel de gallina. Y es que si una película ha marcado durante los últimos años la frontera entre seres humanos y mostrencos con la sensibilidad de un cactus cholla esa es La gran belleza. Por supuesto, no tengo ningún argumento racional para defender tal afirmación: estas cosas se pillan o no se pillan y no tiene mucho sentido intentar convencer a nadie de lo contrario. Mi consejo, eso sí, es mantenerse alejado de todo aquel que diga haberse aburrido como una ostra durante el pase de la película. Es mala gente, no tengan ni la más mínima duda. Empezará hirviendo a su gato por placer, continuará leyéndose un libro de Paulo Coelho y acabará riéndose a mandíbula batiente mientras suena el Alina de Arvo Pärt.

Lo interesante de La gran belleza es precisamente lo que NO es. No es una película religiosa. No es una película cristiana. No es una película metafísica. Y no es una película filosófica. Es todo eso al mismo tiempo. La gran belleza es, en definitiva, una película sobre el sentido. No sobre el sentido de la vida. Sobre el sentido. Que no es exactamente lo mismo.

Así que la siguiente no es una lista de películas estrictamente religiosas, cristianas, metafísicas o filosóficas, aunque todas ellas lo sean en cierta medida. Es una lista de películas sobre el sentido. Y por eso han quedado fuera de la selección elecciones obvias como La pasión de Juana de Arco (Carl Dreyer), Diario de un cura rural (Robert Bresson), El evangelio según San Mateo (Pier Paolo Pasolini), Matrix (Andy y Lana Wachowski), El séptimo sello (Ingmar Bergman) o Pi (Darren Aronofsky), entre muchas otras. No cabían todas y la lista la hago yo.

30. Olvídate de mí (Michel Gondry, 2004).

30

Resulta raro leer en las críticas de cine el término «romántico» acompañado del sustantivo «comedia». Tanto hemos banalizado el amor, quizá el sentimiento más trágico, desesperado y absoluto jamás inventado por el hombre moderno, que ya no somos capaces de soportar su visión si no es acompañado de unos cuantos chistes de mariquitas, putas y cojos. Pero el amor contemporáneo, ese amor torpe, infantiloide y egoísta nada tiene que ver con el amor de los siglos XVII, XVIII y XIX. Que era un amor tiránico y atormentado pero aun así inocente y esperanzador. ¿Lo pillan? ¡Es la definición exacta de la fe! Pero no desesperen. Aunque parezca mentira, se han cantado canciones de amor que no avergüenzan el alma. Por ejemplo Ne me quitte pas, de Jacques Brel, que a fin de cuentas es la historia de un calzonazos. Así que hacerse, se puede. En el terreno cinematográfico, ni Cuando Harry encontró a Sally, ni Casablanca, ni Annie Hall. La película romántica por excelencia es Olvídate de mí. Inevitabilidad, arrebato, rutina, despecho, memoria y vuelta a empezar. En el punto exacto en el que lo dejaste e, idealmente, con la misma persona: amor verdadero.

29. Fresas salvajes (Ingmar Bergman, 1957).

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Veinteañeros, ni os molestéis: nadie que no haya cumplido como mínimo los cuarenta va a entender ni siquiera los títulos de crédito de esta película. Que, a fin de cuentas, habla del tiempo perdido durante la juventud y de la amargura que comporta esa pérdida una vez llegada la vejez. Paradójicamente, es una película optimista. Pero eso tampoco se entiende antes de llegar a los cuarenta (los adolescentes suelen confundir el optimismo con las expectativas).

28. Sacrificio (Andrei Tarkovski, 1986).

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Otras dos películas de Tarkovski podrían aparecer en esta lista (Stalker y Solaris) pero la escogida es Sacrificio por su bizarra mezcla de surrealismo y misticismo. En realidad, el título español malinterpreta el mensaje de la película. Porque lo que Alexander, el protagonista de Sacrificio, lleva a cabo para evitar el exterminio de la humanidad no es un sacrificio sino una ofrenda. Que por algo es el título original de la película en sueco (Offret). Aunque puestos a enmendar la plana, lo de Alexander no es tanto una ofrenda como una renuncia. A su familia, su casa y su vida. Acérquense con cautela porque si alguna vez se ha filmado una película densa e impenetrable hasta decir basta esa es sin duda alguna Sacrificio.

27. Up (Pete Docter, 2009).

27

Rondaba yo hace una semana por la FNAC de Barcelona cuando un grupo de chavales que debían rondar los quince o dieciséis años se acercó vacilón a la sección de cine de autor. El primero de ellos leyó el rótulo en voz alta, se lo pensó un segundo y dijo: «Esto es…». Las opciones en mi cabeza para el final de la frase, teniendo en cuenta la edad del zagal y el hecho de que hubiera varias chicas en el grupo, eran varias: «…un puto coñazo», «…una puta mierda», «…un puto horror». Pero el chaval remató «…cine». Y añadió: «Esto es cine y el resto son películas». Por poco le doy un abrazo. El caso es que los primeros quince minutos de Up son cine y el resto solo una (excelente) película. Que ya es mucho. Porque ese cuarto de hora inicial que cuenta la historia de amor del sobrio Carl y de la aventurera Ellie, la pérdida de su hijo, la muerte de ella y la posterior decisión de él, a sus setenta y ocho años y decenas de corbatas más tarde, de arrancar por primera vez en su vida los pies del suelo y echar a volar son los más conmovedores que un servidor ha visto en mucho tiempo. Harían bien en ver Up con ojos de adulto porque la lección que encierra merece la pena.

26. Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (Kim Ki-duk, 2003).

26

Solo un hotentote con la sensibilidad de un canto rodado podría confundir esta preciosa fábula budista sobre la culpa, la redención y el eterno ciclo de la vida con un curso de autoayuda para adictos a las espiritualidades orientales. Pero de todo tiene que haber en la viña del señor: uvas, pámpanos y agraz.

25. Shutter Island (Martin Scorsese, 2010).

25

Scorsese, perro viejo, plantea en Shutter Island el reverso oscuro de la cuestión neurálgica de Matrix. Dada la posibilidad de elección, ¿quién no optaría por el mentiroso consuelo de la locura frente a una realidad atroz?

24. Una historia verdadera (David Lynch, 1999).

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Bienvenidos a la película más malinterpretada de los últimos veinte años. «La menos lynchiana de todas las películas de David Lynch», decían muchos. Pues no: la más lynchiana y cruel de todas ellas. ¿Es Una historia verdadera una tierna fábula protagonizada por un abuelo entrañable que, tras avistar el final de sus días, decide recorrer centenares de kilómetros a bordo de una segadora para reconciliarse con su hermano? Pues no. Una historia verdadera es el retrato de un hombre malvado atormentado por la culpa, un alcohólico violento que destrozó a su familia y provocó su desbandada, que causó el incendio en el que uno de sus nietos fue abrasado (una constante en el cine de Lynch) y que más tarde logró que los servicios sociales arrebataran de las manos de su hija al resto de sus nietos. Un hombre que niega su pasado y que explica su historia, convenientemente mutilada de detalles claros, concretos e inculpatorios, a todos aquellos desconocidos con los que se encuentra. Y de ahí la ironía del título.

23. La carretera (John Hillcoat, 2009).

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La carretera tiene varios niveles de lectura pero el que me interesa por lo que respecta a este artículo es el siguiente: aun en un mundo atroz abandonado a su suerte por dios es posible encontrar minúsculos destellos de bondad. Quién les iba a decir que fuera posible hacer una lectura medianamente optimista de ese pozo de cenizas físicas y morales que es La carretera, ¿cierto?

22. Conan el bárbaro (John Milius, 1982).

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A estas alturas de la vida a nadie le va a pillar por sorpresa conocer que Conan el bárbaro bebe del código ético samurái (el bushido) y del concepto del Übermensch nietzschiano. Solo diré, para que se entienda de dónde vienen los tiros, que el personaje interpretado por John Goodman en El Gran Lebowski es una parodia, bastante fiel a la realidad por cierto, de John Milius, guionista de Harry el Sucio y Apocalypse Now y director de Amanecer Rojo, probablemente la película más filosóficamente derechista de la historia del cine. Pero por si acaso alguien ha vivido en la inopia durante los últimos treinta años, ahí va la noticia bomba: Conan el bárbaro bebe del código ético samurái (el bushido) y del concepto del Übermensch nietzschiano. Obviamente, ni el bushido ni el Übermensch de Nietzsche tienen excesivo sentido para el hombre occidental del siglo XXI, pero si anda usted buscando el sentido de la vida en espacios intelectuales, digamos, peculiares, Conan el bárbaro es su película.

21. El topo (Alejandro Jodorowsky, 1970).

21

Andarle buscando el sentido a una película abiertamente surrealista es en cierta manera como aprender a nadar por YouTube: una subversión del concepto original. Pero puestos a divagar, digamos que El topo es la historia de un Jesucristo pagano a la búsqueda del sentido de su vida. El mejunje de cristianismo, filosofía oriental y otros desvaríos macarrónicos es de órdago. Pero, más de cuarenta años después de su rodaje, El topo sigue siendo considerada una de las grandes películas de culto de la historia del cine, así que algo debe de tener el agua cuando la bendicen.

20. Umshini Wam (Harmony Korine, 2011).

Difícil saber si el corto Umshini Wam, que por cierto es el nombre de una canción de protesta zulú, es una tomadura de pelo o algo bastante más complejo. Pongamos una historia de amor bizarro a cargo de una pareja de dementes (Ninja y Yolandi de Die Antwoord) abandonados por Dios a su suerte y cuya filosofía vital se resume en «si eres lo suficientemente vieja como para tener la regla y procrear eres lo suficientemente vieja como para reventarle los dientes al prójimo con un ladrillo mientras duerme». Si acaso, échenle un ojo y decidan ustedes mismos.

19. Picnic en Hanging Rock (Peter Weir, 1979).

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En realidad la muy atmosférica Picnic en Hanging Rock no es tanto una película sobre el sentido sino sobre el misterio. Su peculiaridad es que ese misterio, como suele ocurrir en la vida real, queda sin resolver al final de la película. Lo cual, por cierto, provocó cabreos sin precedentes entre la audiencia de la época y dio pie a su aura de película de culto. Si buscan mensaje en Picnic encontrarán algo muy parecido a esto: no hay sentido, solo misterio.

18. Waking Life (Richard Linklater, 2001).

18

La pretenciosa, en el buen sentido de la palabra, Waking Life es el equivalente de El mundo de Sofía para la generación de los nacidos durante la década de los ochenta. Aunque, en realidad, la película de Linklater está más bien a medio camino de la filosofía y el psicoanálisis. A disfrutar en una sesión doble de cine de animación con pretensiones metafísicas junto a la también muy onírica Paprika, de Satoshi Kon.

17. El club de la lucha (David Fincher, 1999).

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La versión nihilista de La gran belleza. ¿O es que pensaban que El club de la lucha habla de otra cosa que no sea del sentido? Eso sí: el de La gran belleza es el camino de la cruz (la esperanza) y el de El club de la lucha el de la espada (el nihilismo). Lo que por cierto emparenta esta película con la siguiente de la lista…

16. La misión (Roland Joffé, 1986).

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El mensaje de La misión está resumido en ese plano final en el que un grupo de niños indígenas que han sobrevivido a la masacre de su pueblo carga un instrumento musical en una canoa. Dicho de otra manera: algo queda. Pero por el camino hasta ese final Joffé ha reflexionado sobre la culpa y la redención a través de la historia de dos personajes basados en el misionario peruano Antonio Ruiz de Montoya (1585-1652) y que optan por dos caminos distintos, el de la violencia y el de la fe, para la consecución del mismo fin. Y es que ya lo dijo el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo: la pólvora contra los infieles es incienso para el Señor.

15. Rompiendo las olas (Lars von Trier, 1996).

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Ninguna de las ideas legadas por el cristianismo supera en belleza a la del sacrificio por amor. Que, por cierto, y por aclarar dudas, nada tiene que ver con el martirio, la abnegación y la tortura (ideas heredadas de ese tenebrismo católico al que tanto y tan eficazmente aportamos los españoles en su momento). Por resumir: Rompiendo las olas es a los melodramas de Douglas Sirk, la filosofía de Søren Kierkegaard y la filmografía de Dreyer lo que Mark Millar a Los 4 Fantásticos de Stan Lee y Jack Kirby: un más rápido, más alto y más fuerte a cargo del alumno aventajado de la clase.

14. Blade Runner (Ridley Scott, 1982).

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No es Blade Runner el primer nombre que viene a la cabeza cuando se piensa en películas religiosas. Pero los simbolismos abundan. Especialmente en el personaje de Roy Batty, ese ángel caído que tras rebelarse contra sus creadores osa cometer el crimen supremo: el deicidio. Su búsqueda de la fecha de su muerte (el conocimiento prohibido) no es más que una metáfora de la rebelión del hombre contra la arbitrariedad de Dios. Al final de su huida, y tras adquirir consciencia de la imposibilidad de escapar del destino programado para él, Batty muestra la compasión de la que carecen sus perseguidores humanos. Blade Runner, en definitiva, se pregunta qué es lo que nos hace humanos. Y se responde: la empatía… y la memoria.

13. De latir mi corazón se ha parado (Jacques Audiard, 2005).

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Si se fijan con atención en las películas de esta lista encontrarán un rasgo común a todas ellas. Es la dualidad. El bien y el mal, el escepticismo y la fe, lo atroz y lo sublime, la violencia y la mansedumbre, la naturaleza y la civilización… En De latir mi corazón se ha parado esa dualidad se encarna en las manos del protagonista, que tan pronto sirven para tocar el piano con exquisita sensibilidad como para partirle el alma a un moroso. En palabras de Lupe de la Vallina, que es quien me sugirió este título para la lista, De latir mi corazón se ha parado es «aconfesional y muy sutil, además de una gran película. Trata de la búsqueda del sentido a través de la belleza». No encontrarán mejor definición.

12. La vida de Brian (Terry Jones, 1979).

12

Incluir La vida de Brian en esta lista es el equivalente de ponerse a tocar la zambomba en medio de un concierto de Le Mystère des Voix Bulgares. Pero no incluirla sería hacerse trampas al solitario. A fin de cuentas, ¿hay algo más nihilista que el humor?

11. Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975).

11

El Dersu Uzala real era un cazador de la tribu china hezhen que profesaba el animismo y que se relacionaba con la naturaleza de su entorno en un hipotético plano de igualdad. Y, de hecho, en la película de Kurosawa puede verse a Dersu llamar «personas» a las plantas, los animales e incluso al fuego, al que ordena callar cuando crepita con fuerza. Quizá la principal diferencia de la película con el libro del explorador ruso Vladimir Arseniev de 1923 en el que se basa es que Kurosawa pone el acento en el contraste entre civilización y naturaleza hasta el punto de que hace responsable a la primera, en forma de un rifle de mira telescópica, de la muerte de Dersu. Y es que de buenas intenciones está el infierno empedrado. La metáfora es poderosa, pero van a tener que ver la película para entender el mensaje completo.

10. American Beauty (Sam Mendes, 1999).

10

Si resumo la película en una sola frase me va a salir un preocupante ramalazo a escritor de libros de autoayuda, pero ahí va y que sea lo que dios quiera: afortunado aquel que ha desistido de perseguir sus sueños porque ha sido capaz de encontrar la belleza en todo lo que le rodea. Hala, ya lo he dicho.

9. Hasta el fin del mundo (Wim Wenders, 1991).

9

Supongo que la elección obvia para esta lista habría sido El cielo sobre Berlín, pero el mensaje de Hasta el fin del mundo, una película criminalmente infravalorada desde el mismo día de su estreno, me convence mucho más: a ese futuro en el que la sobredosis de estímulos visuales se ha convertido en la norma estamos llegando mucho más rápido de lo que nuestra endeble naturaleza humana puede asimilar.

8. Adiós muchachos (Louis Malle, 1987).

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Aquí no digo nada excesivamente original, pero Adiós muchachos es la película que debería analizarse en todas las escuelas de cine para incrustar en la mollera de los estudiantes la diferencia entre ñoñez y sensibilidad. Como la mayoría de las películas de esta lista, Adiós muchachos habla de un mundo en el que los viejos valores, en este caso los de la fidelidad o la solidaridad, aún no habían muerto. Es decir de un mundo que jamás ha existido. Pero como bien explica Albert de Paco en este (imprescindible) artículo, lo que importa no es tanto el hecho de que ese utópico mundo con valores haya existido o no en algún momento de nuestro pasado, sino el horizonte moral que suponían esos valores. Y eso sí es algo sobre lo que merece la pena reflexionar.

7. Arizona Dream (Emir Kusturica, 1993).

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Me voy a limitar a traducir unas declaraciones de Emir Kusturica sobre su película porque lo explican todo mucho mejor de lo que podría hacerlo yo: «Está película trata de un hombre joven que deambula por el infierno existente entre dos mujeres de vida trágica. Quizá esta película es mi visión de la civilización occidental. Surge de la filosofía que he desarrollado después de treinta y cinco años viviendo en este planeta. Yo creo que los seres humanos pertenecen a la naturaleza, no a la civilización. Veo a los seres humanos como peces que cruzan una gran ciudad. El pez no entiende nada de la gran ciudad, simplemente flota a su través».

6. Gattaca (Andrew Niccol, 1997).

6

En una lista como esta habría sido obligatorio incluir alguna película arquetípicamente uplifting, una de esas palabras sin traducción sencilla al español (sería una mezcla de edificante, optimista, inspirador y estimulante). Por cierto: que uplifting no tenga traducción directa ya dice mucho de nuestra filosofía vital, ¿no es cierto? En cualquier caso, la película uplifting por excelencia es Qué bello es vivir. Pero incluirla aquí habría sido comodón. Una manera como otra cualquiera de remolonear en esa zona de confort por la que suelen moverse los periodistas perezosos. Así que en su lugar he escogido Gattaca, el Qué bello es vivir de la década de los noventa. ¿Su tema? La batalla contra el determinismo biológico. ¿Y qué tiene eso de uplifting? Pues muy fácil: la idea de que esa batalla puede (y debe) ser ganada.

5. El día de la marmota (Harold Ramis, 1993).

5

La versión amable, que no diluida, de las películas de Tarkovski, Bergman y Dreyer. ¿Exagerado? Ni de lejos. Mencionen otra película que incluya las ideas de que 1) a vivir se aprende, la de que 2) ni el hedonismo ni el nihilismo ni el cinismo justifican nuestra existencia, y la de que 3) solo mediante la renuncia a la batalla contra nuestras circunstancias se puede avanzar por el camino del conocimiento. De uno mismo y de los demás. Y de ahí a la empatía, la sabiduría ¡e incluso la felicidad! Si alguna vez desean recomendarle a alguien una película humanista en el sentido más profundo del término, escojan El día de la marmota.

4. 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968).

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«Moralmente pretenciosa e intelectualmente oscura». Así definió el historiador estadounidense Arthur M. Schlesinger Jr. 2001: Una odisea del espacio tras su estreno. Se le olvidó lo de provocadora: difícil pensar en otra película en la que se defienda tan explícitamente la idea de que el motor del progreso y la vía de acceso a estados evolutivos superiores no es otro que la inteligencia… aplicada a la violencia.

3. La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013).

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«Fauna humana grotesca». «Seres perdidos en sus propias mentiras y vidas impostadas». «Excentricidad superficial». «Frívola existencia». Esto se ha escrito en los medios de este país sobre La gran belleza. Pues sí y no, caballeros: grotescos y perdidos y ridículos y superficiales… pero también bellos. Y fascinantes y entrañables. Pero sobre todo humanos. Que de eso va La gran belleza. Lo que, por cierto, emparenta de un modo bizarro a Sorrentino con Eric Rohmer e incluso con Sofia Coppola. Directores para los que la superficialidad más banal e intrascendente es una de las dos caras de la moneda de la belleza. La otra es, por supuesto, la búsqueda de Dios. Que ambas caras, la del sentido y la de la cháchara, son no solo compatibles sino también complementarias es la lección de Jep Gambardella. A fin de cuentas, ¿qué sería de la trascendencia sin la intranscendencia? Y si no se entiende esto es que no se ha entendido La gran belleza. Lástima: igual no estaban ustedes destinados a la sensibilidad.

2. La palabra (Carl Theodor Dreyer, 1955).

2

Incluida en la lista de las cuarenta y cinco mejores películas de la historia del cine según el Vaticano (en la lista también figura, agárrense que vienen curvas, 2001: Una odisea del espacio), la confrontación entre fe formal, fe verdadera y razón científica de la que habla La palabra puede parecer caduca a los ojos del espectador moderno, ese cuyas preocupaciones cotidianas andan tan lejos de las ideas de Søren Kierkegaard como de los agujeros negros de la galaxia Andrómeda. Se estarán perdiendo ustedes una de las grandes películas metafísicas de la historia del cine si caen en ese error.

1. El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011).

Inabarcable y oceánica, ninguna otra película ha reflexionado de una forma más exquisita sobre la verdadera naturaleza de ese dios cristiano dual encarnado en una madre tierna, compasiva y de extraterrenal belleza, pero también en un padre autoritario, feroz e inclemente, aunque justo en su aparente arbitrariedad. Y quizá esa reflexión, la de El árbol de la vida, sea más estética que filosófica, pero si han leído esta lista con atención ya habrán advertido que la belleza es uno de los posibles caminos hacia la divinidad, si no el principal. Mención aparte para esos sublimes quince minutos en los que Malick muestra la creación del universo (y de la vida) a los sones del Lacrimosa de Zbigniew Preisner y mientras una voz le pregunta al vacío «¿qué somos para ti?». Y, por supuesto, para la escena del dinosaurio agonizante: el nacimiento de la piedad, la compasión y la moralidad. De la capacidad de elección entre el bien y el mal. El momento en el que un ser vivo se proyecta más allá de los confines de sus instintos primarios y muestra, por primera vez en la historia del universo, amor por un semejante. La huella de dios.

Diego Pablo Simeone: «O me sigues, o no me sigues; el liderazgo no se puede explicar»

Cholo Simeone para Jot Down 0

Diego Pablo Simeone (Buenos Aires, Argentina, 1970) mira directamente a los ojos cuando habla. Es rápido de pensamientos y se enroca cuando la conversación no le conviene, aunque soltarla, la suelta. Ha convertido al Atlético de Madrid, un equipo que estaba medio grogui cuando él aterrizó, en un rival temible, y está luchando por la liga y la Champions en su tercera temporada en el banquillo rojiblanco con un presupuesto muy inferior al de sus contendientes. El «cholismo» es una religión, pregunten a un feligrés si tienen a alguno cerca. «El liderazgo se tiene o no se tiene, yo no lo impongo. O me seguís, o no me seguís. Es así de sencillo», afirma. Parece de ese tipo de persona que como amigo debe de ser un tesoro y al que jamás querrías como enemigo. Es un trotamundos del fútbol: de Buenos Aires a Pisa, Sevilla, Madrid, Milán, Roma, vuelta a Madrid, regreso a Argentina y ahora de nuevo en Madrid, donde su gran pena es no vivir con sus tres hijos. Gracias a «las moderneces de las computadoras» suele cenar con ellos. En Buenos Aires le dejan un hueco en la mesa, colocan el ordenador y Simeone, desde su casa en la capital de España, les habla como si no hubiera distancia. «La vida no es lineal», asegura. Él, tampoco.

¿Se imaginaba de niño siendo otra cosa que no fuera futbolista? Ya sabe, ¿recuerda jugar a ser policía, maestro, médico o bombero?

La verdad es que no. Solo jugaba a ser futbolista. De chico volvía del colegio y la mayor ilusión era irme a la plaza para jugar al fútbol, la calle en el medio y los árboles eran la portería. Siempre tuve la ilusión de ser futbolista y a los ocho años ya me fui al Estrella de Oro, después a Vélez en el año 79, donde jugué en las categorías infantiles. Recuerdo perfectamente las botas que llevaba de niño, por ejemplo, los botines «futbolsito» que eran unas botitas con ruedas blancas en los costados y los tacos medios raros para la época. Pelota, pelota, pelota, pelota. Esa fue mi niñez.

¿No se entretenía con otra cosa? 

Mira lo que te voy a contar para que veas hasta dónde llegaba. De pequeño me regalaron los «rastis», un juego de construcción. Y había soldados e indios, pero yo no jugaba a los soldados contra los indios. Iba a la verdulería con mi madre y se ataban las verduras con una cinta celeste y blanca y como soy hincha de Racing y sus colores son celeste y blanco armaba a los indios con las cintas y me montaba un partido. Mis padres me regalaban un fuerte para jugar y yo lo armaba como un partido de fútbol de indios contra soldados.

Al dedicarse al fútbol desde tan pequeño ¿Siente que se perdió algo más tarde en su adolescencia?

No. Es cierto que me fui alejando de lo que hacían los demás. Por ejemplo, el viaje de fin de curso en séptimo curso no lo hice porque tenía que competir y el resto de mi clase sí. No fue el único que me perdí. El sábado cuando mis amigos salían yo no porque me preparaba para el partido del domingo. Y no salía de verdad, me preparaba para lo que me gustaba y por eso no tuve nunca la sensación de estar haciendo ningún esfuerzo. Al contrario, lo hacía con la tranquilidad y la alegría de esperar que llegara el día del partido. Yo me quería matar cuando llovía el sábado por la noche, porque entonces al día siguiente se suspendía el partido porque el campo se embarraba y no se podía jugar. Siempre he pensado en el fútbol.

Uno de sus primeros referentes fue la selección argentina del 78, cuando tenía ocho años. Ha llegado a decir que de Pasarella le gustaban hasta los andares.

Sí. Y me fijaba en todo, en las caras de los jugadores, cada detalle. Siempre fui muy observador para todo en la vida. La mejor manera de aprender es mirar y escuchar. Mi familia siempre me enseñó a escuchar. Y sí, me gustaba mucho Pasarella porque me gustó y admiré siempre a la gente con personalidad. Cuando uno habla de líderes… El líder se ve también hasta en cómo camina, se ve cuando se mueve. Esas imágenes en el 78 de Pasarella de capitán, saliendo del túnel, con los papelitos cayendo. Y veías las caras de los chicos y eran hombres, con veinticinco años eran hombres. Me gustaba observar esos gestos.

Cholo Simeone para Jot Down 1

¿Quién es la persona que más ha influido en usted?

Mi padre ha influido como padre y en la vida como guía. He aprendido de muchos, de mi madre, mis hermanas. Hoy aprendo de mis hijos. Uno aprende hasta el día que se muere, al menos eso es lo que yo busco. 

Sus tres hijos son futbolistas. ¿Cómo lo vive? ¿Es de esos padres de futbolista pesados que les dan indicaciones todo el rato?

No, no. No intento nunca mejorarles futbolísticamente. Yo pienso en ellos como mis hijos, soy su educador. Cometeré errores como todos los padres del mundo, pero intento inculcarles principios de vida: El respeto, la educación, el compromiso con la gente, la fidelidad. Y eso no se negocia, al menos en nuestra familia. Intentamos marcarles el camino. 

Su hijo mayor, Giovanni, con diecinueve años, ya juega en el primer equipo de River como delantero. Se habla incluso de un posible salto a Europa. ¿Usted se imagina entrenando a un hijo y siendo objetivo?

Sí. Totalmente. Como entrenador no tengo compromisos con nadie, ni con mi hijo siquiera. No tendría ninguna duda. Seguramente, eso sí, me tocaría pelear con alguno de la familia [risas], pero bueno, el fútbol es ganar y si tienes compromisos obligados con alguien estás cerca de perder.

Por primera vez en su vida está lejos de sus hijos, que viven en Argentina con su mujer. ¿Cómo lo hace para sentirse cerca de ellos?

Lo que nos puede acercar ahora es la calidad del tiempo compartido, ahora que por primera vez no vivimos todos juntos. Cuando ellos están conmigo aquí es una cosa extraordinaria, que antes no lo sentíamos así porque estábamos todo el tiempo. Intento compensar eso, la falta de tiempo, con la calidad. Quiero que me sientan partícipe, cercano, porque al final uno puede estar mucho tiempo con alguien y no ser cercano porque no preguntas, no te ocupas, y sin embargo no vivir en el mismo país y que el otro sienta que estás todo el tiempo. Y en eso estamos.

Tengo entendido que incluso «cena» con ellos. ¿Me lo quiere contar?

Sí, gracias al ordenador. El Facetime y esas cosas modernas que nos permiten estar más cerca. Ponemos el ordenador en la mesa, ellos en Argentina y yo en Madrid y hablamos mientras cenamos, como si estuviéramos juntos, pero no es una cosa matemática. A veces lo hacemos por la tarde, o en la madrugada. En cuanto me dicen que quieren hablar conmigo estoy. Hablamos continuamente, antes de los partidos les llamo, y antes de ir al colegio, y por la noche antes de ir a dormir… No estás, porque la realidad es que no estás, pero creo que en su interior saben que el papá está feliz y que en algún punto les estás marcando que todo lo lineal es muy difícil, que hay momentos y que hay que vivirlos tal y como te los presenta la vida.

Antes de que diera el salto a Europa para jugar en el Pisa usted recordaba los domingos como el «día más feliz de la semana porque comía pizza y veía a Maradona en el Nápoles». ¿Qué recuerdos tiene de esa época?

El domingo en Argentina por la noche cuando pasan los resúmenes de los partidos es lo más lindo que hay, comerte una pizza y ver los partidos. Los domingos además empezaban relindos porque en el año 88 o por ahí pasaba que con el cambio de hora a las tres de la tarde jugaba Maradona en el Nápoles y en Argentina era por la mañana. Obviamente enamorado del Diego por su juego, por su pasión, por todo lo que transmitía, aquella era la mejor manera de empezar un domingo previo a que yo después jugaba. Y te ilusionabas, soñabas con algún día poder ser tú el que jugabas en Italia.

Cholo Simeone para Jot Down 2

Da la sensación de que algo absorbió de Maradona, de aquellas gestas, en un equipo menor, pero que con mucha casta y pelea llegó a hacer campeón al Nápoles. ¿Es así?

Nunca busqué copiar. El que busca copiar se equivoca. Uno tiene que ser absolutamente espontáneo y la mejor manera de transmitir a otra persona tus sensaciones y lo que uno siente por este juego es siendo único. Yo aprendí mucho de diferentes generaciones, de diferentes camadas, me tocó estar con la del 86 en el 90 y yo era muy chico, aprendí de hombres que tenían otras posibilidades, otras herramientas, que no eran ni mejores ni peores que los Messi de hoy, pero tenían una diferente manera de ver la vida porque se criaron de manera distinta. Después me fui adaptando a los cambios que hubo, de Verón, de Almeida, pero sí tengo mucho de aquellos tipos que con dificultades consiguieron muchas cosas.

Cuando le hacen la oferta para jugar en Europa, en el Pisa, le dan solo cuarenta minutos para pensárselo. ¿Qué se le pasó por la cabeza?

Yo estaba jugando en Vélez, tenía diecinueve años y me llamaron de la oficina del representante y me dicen «hay una posibilidad para jugar en el Pisa pero tienes que decidirte en cuarenta minutos». Me dejaron solo. Mi agente en Italia, mis padres fuera de vacaciones en Mar de Plata. No había móviles entonces, ¿eh? Había que resolver, con diecinueve años de los de entonces, no de los de ahora. Recuerdo quedarme mirando los cuadros de los jugadores de fútbol en la oficina y… el fútbol es mi pasión. Apareció una oportunidad y había que aprovecharla. No dudé mucho. Primero dije que sí y luego localicé a mis padres. Y ya me puse luego a mirar quiénes eran los jugadores del Pisa. Había dos daneses y yo estaba convencido que uno de ellos, Larsson, era Elkjaer Larsen, el 9 de Dinamarca y resulta que no, que era un lateral [risas]. Y a los tres días me fui a vivir a Italia.

Y en lo único que se equivocó fue en el vestuario…

Sí. No tenía yo ningún amigo en Europa que me avisara y también que me informé de la plantilla y bien poco de lo demás, así que llegué de invierno, con la «polera» de cuello alto y cuando bajé del avión me quería morir del calor que hacía.

Siguiendo con el vestuario, ¿es cierto que en Italia le miran a uno de arriba a abajo? Desde la ropa de calle hasta cómo se calza las botas.

Italia es especial. Es el país de la moda y se refleja en cualquier lugar. En los vestuarios también pasaba. Yo venía de Argentina que no se le daba tanta importancia a cómo llegabas vestido al vestuario, pero me fui adaptando. Uno siempre se adapta a los lugares en los que vive. La personalidad la forjas con la edad y después ya eliges, pero primero te adaptas.

Ha tenido grandes entrenadores, y de muy diferente personalidad. ¿De quién ha aprendido más o cree que le ha influido más?

Uno siempre dice que aprende de los entrenadores buenos que ha tenido, pero yo he aprendido mucho también de los malos que tuve porque ya sé qué es lo que no hay que hacer o cómo no comportarse. No es que quiera quedar bien con todos, es que saqué lo mejor de cada uno. Como todo en la vida, del entrenador que te agarra de joven, cuando uno está más esponja, absorbes más. Bilardo me marcó en mis inicios, pero después he crecido con Erikson, con Mancini, con Luis Aragonés, con Bielsa, Basile… No quiero decir uno porque no sería justo.

Cholo Simeone para Jot Down 3

De la etapa que pasó en el Sevilla, su primer club en España en el que coincide con Suker, con Maradona, entrenado por Bilardo y por Luis Aragonés. ¿Qué balance hace?

Fue muy buena, muy buena. Teníamos un equipo muy sólido y fuerte y en el segundo año la presencia de Luis Aragonés mejoró mi capacidad goleadora de mediocampista y me dio la oportunidad de poder llegar al Atlético. 

Daba la sensación de que Maradona absorbía la energía del equipo, si él estaba mal, la plantilla no carburaba ¿No pasó así en el Sevilla y en el Mundial del 94?

Yo no lo vivi así, yo creo que el equipo se acomodó muy bien cuando estuvo Diego, sobre todo en Sevilla. Le sacamos mucho partido arriba, evidentemente, si hubiésemos tenido al Maradona de veinticinco años hubiese sido mucho mejor. Hicimos una gran temporada. Y en el Mundial, increíblemente, todos hablan de lo que nos pasó a partir de la caída de Diego, pero el mejor partido que jugó Argentina en ese Mundial fue contra Rumanía, cuando nos quedamos fuera ¡Ese fue el mejor de todos! La figura del partido fue el arquero rumano, Stelea. La presencia de Diego es verdad que nos generaba una confianza importantísima. Jugando él en dos partidos lo hicimos muy bien, muy ofensivos, con Balbo, Caniggia, Maradona y Batistuta. Con casi cuatro delanteros y Redondo en el medio. El tercer partido contra Bulgaria perdimos y nos mandan a jugar enseguida contra Rumanía, pero aun así fue bueno. Al quedar fuera, se recuerda a partir del resultado, pero…

Llegamos ya al Atlético, y eso que estuvo a punto de fichar por el Real Madrid…

Hubo una posibilidad sí, porque llegaba Artur Jorge y me quería a mí, pero el Madrid eligió a Valdano y Valdano eligió a Redondo. Yo digo que las cosas en la vida pasan por algo y evidentemente lo mejor que me pudo pasar es el Atlético.

¿Fue amor a primera vista lo del Atlético?

No. El recibimiento que me dio la gente nada más llegar, cómo me trató, fue más de lo que yo le di en el primer año. Me lesioné el hombro, estuve fuera dos meses y el equipo tampoco estaba en su mejor momento, nos salvamos a última hora en Sevilla, pero la afición siempre tuvo conmigo un afecto enorme. Debe ser que los del Atlético están preparados para ver gente con entrega y eso nunca me faltó. Después el talento, la técnica, podía tener mejores o peores domingos, pero la afición lee muy rápidamente a los jugadores que se entregan. Lo vemos ahora otra vez.

¿Y con Madrid? ¿Qué tiene Madrid? Porque usted ha vivido en grandes ciudades y sin embargo siente Madrid como su casa.

Madrid me acerca a Buenos Aires. El porqué no lo sé. Me encuentro en mi lugar, de forma natural. Me fui a Milán, viví en Roma que es una ciudad extraordinaria, y cuando volví es como si nunca me hubiese ido. A mí me sorprendía por ejemplo que cuando estaba en Roma, o en algún otro lugar del mundo, y me encontraba con algún español siempre me decían: «Ahí va Simeone el del Atleti». Me hacía ruido esa forma de identificarme con un lugar.

Sus compañeros, cuando era jugador, siempre le recuerdan mandando, organizando. El entrenador estaba siempre latente en usted. A los diez años incluso un profesor ya le puso de director de orquesta en el colegio, ¿no es así?

El otro día charlando con mi hermana y viendo fotos de niños le comentaba justo eso. ¡Qué genio el tipo que me puso de director de orquesta! Se llamaba Bruno, Bruno Amasino. Era el profesor de música, un tipo aparte con mucha personalidad, un genio tocando el piano, tengo un gran recuerdo de él. Y el hombre me eligió para hacer de director de orquesta y había chicos más grandes que yo. La verdad que no sé por qué me eligió…

El carácter, ¿no? Ya le vería algo.

No tengo ninguna duda. Le gustaba mucho el fútbol al profesor, era hincha de un club que se llama Ferrocarril Oeste. Me eligió. Y bueno, fui siempre capitán de joven en mis equipos, capitán en la selección juvenil, en la selección a los veinticuatro años. A mí nunca me gustó imponer el liderazgo, es algo que no se puede imponer. El liderazgo lo tienes o no lo tienes y en realidad te lo aceptan y te lo dan tus colegas y compañeros, ya sea en un equipo de fútbol, en el colegio, en la empresa o en un restaurante. Posiblemente siempre me gustó empujar, nunca me callé. Siempre busqué pelear contra el que sea, el poder o los humildes.

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Cuando llega al Atlético como entrenador se hizo cargo de un equipo deprimido y en cinco meses ya estaban ganando un título. ¿Qué les dijo? ¿Recuerda su primera charla con la plantilla?

Sí. Nos juntamos en el vestuario y les dije que conocía el lugar y lo que necesitaba la gente y que lo único que no era negociable era el esfuerzo. Y ya después de eso, del esfuerzo, por la calidad técnica del equipo estaba convencido de que íbamos a salir, les dije que yo había pasado por ese momento y que al año siguiente salimos campeones. Un año peleábamos el descenso y al siguiente conseguimos el doblete. Y después de la charla cuando salí al campo y la gente me aplaudía también les dije: «Miren a todos ellos, que en algún momento también me insultaron». El fútbol es esto.

¿Y cómo se convence a una plantilla?

Eso no se puede explicar. Yo tengo una energía y vos podés tomarla o no tomarla, seguirme o no, pero no se puede explicar lo que hace un líder. O me sigues, o no me sigues. Yo no comparto que uno en el trabajo es de una manera y en la vida de otra. Vos sos de la misma manera siempre. Si eres falso, lo eres con tu familia y en el trabajo. Si eres «ventajero», oportunista como lo dicen ustedes, en algún momento le vas a querer sacar ventaja a alguien que te rodea. La gente siempre es la misma, así que tienes que transportar cómo eres en tu vida al trabajo y ser natural. Porque lo más difícil que tenemos es ser simples en la vida cotidiana. Natural, natural. Obviamente que hay momentos en los que hay que marcar el rumbo, como con tus hijos. Uno no habla siempre igual con sus hijos, y con tus amigos en algún momento te peleas y si no les dices las cosas a la cara se alejan y les vas perdiendo. Pues en el fútbol es igual. Si a un jugador no le dices una cosa se va alejando y lo terminas perdiendo.

Arda Turan llegó a decirle «te voy a dar mi corazón». Y eso que no hablan el mismo idioma. ¿Eso sí que lo puede explicar?

Arda es un chico especial, tiene un corazón enorme. No habla español, yo creo que nos entendemos por piel, por mirada. Hay gente con la que a veces no es necesario hablar, la miras y hay algo que te conecta. Si no, no existiría el amor a primera vista.

¿En su relación con los jugadores es una mezcla entre autoridad y seducción?

Es convencerles de dónde está el rumbo. Autoridad no.

Llegó a decir que algún jugador llegaría a odiarle, pero que le haría mejor. ¿Cree que tiene en la plantilla algún futbolista que le odie?

Si lo hay no me lo va a decir. Posiblemente lo haya. Nunca les vas a tener a todos contentos. Hay un refrán que dice que si el 49% de la gente te sigue, date por satisfecho. Cuarenta y nueve, eh, ni siquiera el cincuenta. El problema con un jugador es cuando no le hablas, cuando dejas de darle la atención que crees que necesita para que te sirva para el equipo. Ahí es cuando ya no hay vuelta atrás, ese jugador tiene que salir del club.

Le cito: «Prefiero jugar bien que jugar lindo», «la posesión del balón no me interesa, es un cuento». ¿Qué significa para usted jugar bien exactamente?

Pues ayer escuché a Xabi Alonso que decía que tener la pelota por tenerla no tiene ningún sentido, la pelota hay que tenerla para ser concreto. ¿No lo leíste? ¡Extraordinario! Si lo dice Xabi Alonso ¿cómo no lo voy a decir yo? Que inventaron en España el juego tan bonito este…

¿A usted le gustaba el Barça de Pep Guardiola?

Sí. Claro que me gustaba. Es el sueño de un entrenador hecho realidad porque aparte lo gestó él. La gran virtud de Guardiola fue haberlo armado para que se produjera.

¿El Atlético podría jugar así?

No.

¿Por qué?

Porque no somos el Barcelona. La construcción de las bases es diferente. El Atlético siempre tendrá más extranjeros que gente de la casa. El Atlético además es un histórico equipo agresivo, intenso, con compromiso, pasión, contragolpeador y fuerte defensivamente.

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¿Tiene la sensación de luchar contra una idea única de que el fútbol bonito es solo de una manera y lo demás es feo?

No. Eso es un juego mediático que sirve para vender. Hay un juego, que es el juego del fútbol y después el fútbol es muy amplio. Se gana de diferentes maneras y cada uno elige la suya. El Barça y la selección española nos llevaron a ir detrás de una idea que es hermosa, claro, pero para correr rápido hay que tener un auto bueno. Si tienes un auto menos bueno tendrás que buscar la manera de pincharle la goma al otro y correr lo más cerca de él que puedas.

Coincidió con Ronaldo en el Inter y usted afirmó: «Él sale al campo a divertirse. Le envidio, pero no lo comparto».

¡Ronaldo es como Kiko! Antes de salir a la cancha en el túnel hacía chistes. Cada uno encuentra la concentración de diferente manera, cada uno es distinto. Estos futbolistas vivían como son ellos, relajados, tranquilos, un chiste, una broma. A mí me gustaba estar encerrado en el partido, soy así, sigo siéndolo.

Con la Lazio en su etapa de jugador lograron ganar un Scudetto a un equipo poderoso como la Juve en el último momento. ¿Cree que puede repetirse la historia ahora como técnico del Atlético, con el Madrid y el Barça?

En la historia de la Lazio solo había ganado dos torneos, ganar ese en el tiempo que la Juve era tan poderosa… Puntos suspensivos, mejor me callo. Pero para todo, para acá también, pero bueno…

¿Qué pasa aquí?

Naaada. Acá está todo muy bien, todo perfecto. [Sonríe]

Eso que acaba de hacer de morderse la lengua, ¿por qué no dice lo que piensa de verdad?

Porque no tiene sentido, no arreglaré nada. Y como no tiene sentido lo único que vale es si vas ganando veintiuno hacer el treinta y uno.

¿Siente de verdad que de algún modo está establecido, que conviene, que Madrid o Barça sean campeones?

Hay una realidad mediática. Madrid y Barcelona son más importantes y todo sirve para que aparte de la jerarquía que tiene su institución y de la grandeza que tienen sus jugadores, a todos les sirva eso. A ustedes los periodistas, a todos.

Después del último empate en el Vicente Calderón ante el Real Madrid salió en rueda de prensa y dijo que hay gente a la que le incomoda que el Atlético esté arriba. ¿A quién se refería?

A la gente que después salió a contar cosas mías.

No sé quién me dice.

Paso.

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¿Qué relación tiene usted con la prensa deportiva?

Lo más prudente es tratar para dentro todo y para fuera nada, pero cada vez es más difícil porque todos tienen amigos, todos tienen celulares, todos mandan mensajes, pero siempre digo que a mayor privacidad en el vestuario hay mejor grupo, y a mejor grupo mejor equipo. Mi relación con la prensa siempre es buena porque no escucho ni leo.

¿Y nadie le cuenta? Porque esos suelen ser los peores.

Me cuentan las cosas importantes, pero si tú hablas mal de mí te contestaré con una sonrisa porque no lo sé. Si perdemos es lógico que nos critiquen, pero si hablan mal por conveniencia prefiero no leerlo.

¿Y cuando otros entrenadores dicen algo del Atlético negativo? Le pongo un ejemplo. Tras el último derbi Ancelotti declaró que su equipo había rozado la violencia.

Es una apreciación de un grandísimo entrenador al cual respeto muchísimo.

Vamos, que no me va a decir nada. Probemos de otra forma ¿Le parece a usted su Atlético violento?

No. Es un equipo intenso.

¿Cuánto tiempo al día le dedica al Atlético?

El fútbol son veinticuatro horas. Voy al cine y mientras está la película viene una idea y en cuanto salgo tengo que coger el teléfono y llamar. O estoy cenando con gente y de repente se me va la cabeza en «uy, si mañana este no juega, habrá que avisar al otro». Así vivo yo el fútbol.

Una curiosidad. ¿En serio se fija usted en los horóscopos de los jugadores que quiere fichar?

Sí. Porque las características, las personalidades son parecidas. ¿Vos de qué signo eres?

Yo Géminis.

Se te ve, así agresiva… Cambiante. Intensa.

Vaya.

Las características de la gente según su horóscopo son similares y prestamos atención para ver cómo le podemos sacar lo mejor.

¿Y hay un signo mejor que otro para ser jugador de fútbol?

Me gustan los valientes.

Vamos, que tampoco me lo quiere contar. Sigamos. Según usted hay dos jugadores perfectos, aunque ahora mismo no sepamos su signo zodiacal, en su posición: Baresi y Busquets. ¿Por qué?

Baresi porque entendía todo con una simpleza enorme. Con su jerarquía no tenía ningún temor de solucionar. El equipo jugaba al ritmo que él quería. Y Busquets porque lo lee todo. Jugadores como Busquets o Xabi Alonso en la mitad del campo que tienen la capacidad de leer todo el partido son una solución para los equipos. No es por casualidad que el regreso de Xabi Alonso significara que el Madrid encontró el famoso equilibrio que el míster buscaba. Pero el equilibrio es Xabi Alonso, no son los demás.

¿Y arriba quién es su delantero perfecto?

Los que tengo yo, Costa, Villa.

Tiene contrato hasta el 2017, tanto tiempo es algo rarísimo. ¿Cree que lo cumplirá?

Yo siempre me voy antes de que me echen y siempre pienso que me pueden echar mañana.

Hombre, ahora no tiene ninguna pinta.

Nunca se sabe, el fútbol es muy cambiante, pero lo valoro como intentar seguir una línea. El club lo está mostrando no solo con mi contrato tan largo sino con la continuidad de los Godín, los Miranda, los Filipe, los Gabi, los Costa, los Juanfran.

A la famosa pregunta de «¿Por qué somos del Atlético?», si llega un marciano y tuviera que explicárselo, ¿qué le diría?

Que tendría que haber venido a la final de la Copa del Rey con el Madrid y ahí lo hubiera entendido enseguida.

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Fotografía: Guadalupe de la Vallina

Insomnia: terror, maldad y sexo con escarabajos

La colección que llegó para condenarnos

Me gusta la literatura de terror. Y no me refiero a terrores figurados, como los que se deben sentir a la hora de asomarse a las páginas escritas por cualquier sesudo autor alemán, sino a la auténtica sensación de pavor que nos proporcionan monstruos y apariciones, paisajes hostiles y pactos con el diablo. El horror cósmico, el vudú, las civilizaciones perdidas; las brujas y hadas con mala leche y hasta nuestros buenos amigos los zombis, que ya prácticamente han alcanzado la consideración de animal de compañía. Todos juntos o por separado constituyen un apartado de la literatura que tiene muy difícil hacerse un hueco en las estanterías de aquellos que aspiran a elevarse a un plano superior de intelectualidad, a pesar de que ciertos nombres honorables como Poe, Hawthorne, Henry James o Maupassant —un autor francés siempre proporciona un toque de distinción hayan escrito sus mejores páginas cuando se han enfangado las manos con torbellinos gigantes, aquelarres en los que no falta un lascivo ejemplar de macho cabrío, casas encantadas a cargo de niñeras de una imaginación desbordante (o no…) y fantasmas de todo tipo y condición (1). Aun así, parece que siempre sea obligado proporcionar una explicación sobre la afición al terror, así que daré una contestación por anticipado a la consabida pregunta para que, por favor, no la vuelvan a formular nunca más porque ¿acaso les preguntamos nosotros con asombro por qué les gusta tanto aburrirse leyendo sobre la decadencia del modo de vida americano?—. Allá va: me gusta pasar miedo porque me hace sentir vivo. Ya. Casi diría que no hay más. También es cierto que el miedo ayuda a conocernos mejor; cada uno tiene sus fobias particulares, y ahondando en ellas puede sacar conclusiones valiosas (2), pero esta aportación socrática bien pudiera estar incluida en la anterior. Parece paradójico, pero ese estrecho contacto con la muerte que se da en la literatura de terror me hace apreciar la vida de un modo único. Quienes deseen una explicación más convincente pueden echar mano de los estupendos ensayos Danza macabra, de Stephen King y El horror sobrenatural en la literatura, de H.P. Lovecraft. El primero es, junto a Mientras escribo, el mejor libro de su autor, y solo por eso no deberían perdérselo. Y si quieren rematar sus ansias de erudición macabra con la obra de un renombrado intelectual, un opúsculo que aborda el tema de la muerte como elemento fundamental de la aventura es La aventura africana, de Fernando Savater.

En estos tiempos en los que el medio parece importar muy poco, se agradece la publicación de una cuidada colección dedicada a la literatura contemporánea de terror como la que acaba de lanzar Valdemar bajo el título de Insomnia. El aficionado al terror, a la manera de los adictos a las drogas duras o blandas, ya ha tenido que bucear entre cientos de ediciones infectas, sucias en un sentido literal y adulteradas como para no merecerse un descanso y poder acudir a esta colección con la tranquilidad con la que se llama al camello de confianza. Papel ahuesado de ochenta gramos, pliegos de treinta y dos páginas cosidas con hilo, cubierta de cartoné al cromo, sobrecubierta de plastificado mate antirrayable… Hay que ser un estoico sin corazón, sin ni siquiera un corazón negro, para sostener que el soporte no importa a la hora de leer un libro.

La guardia de Jonás y El hijo de la bestia. Imagen: Ed. Valdemar.

Dos libros han inaugurado la colección, y las razones de este doble lanzamiento resultan obvias tras leer los dos títulos. La guardia de Jonás, de Jack Cady, es un relato marino de fantasmas que sigue la estela del mejor Henry James. No resulta terrorífico, porque no es ese su objetivo, sino que todo es ambiguo, todo es tenue, sutil, sombrío, con los contornos indefinidos. Una historia narrada en un estilo muy poético que no solamente se queda en la superficie de las palabras, sino que ahonda en los personajes de un modo que habría envidiado el mismísimo Joseph Conrad. Es una maravilla literaria, y como tal el mejor exponente de la injusticia que se comete encasillando este tipo de literatura como un asunto para tarados y acomplejados; pero por ese mismo motivo podría asegurar que se venderá poco. Es una pena, porque es una de las mejores novelas que he leído en los últimos diez años.

El hijo de la bestia, una colección de relatos del escocés Graham Masterton, proporciona un contraste sensacional con el libro de Cady. Pocas veces encontramos en las páginas de un libro lo que nos promete la promoción y sufrir desencantos resulta ser un atractivo más para el yonqui de la lectura, eso también es verdad y este es el caso de Masterton. Si han oído que sus relatos son extremos, hagan caso. La carga sexual es potentísima, y el efecto demoledor. Descubrirán filias que no sabían tener, y que aflorarán en forma de erecciones inesperadas u otras manifestaciones no menos conspicuas. Apartarán la mirada de las páginas que estén leyendo, cerrando los ojos, apretando los dientes hasta que les salten los empastes y, en más de una ocasión, llevándose la mano a la entrepierna en un gesto que unas veces resulta ser defensivo y otras busca un efecto analgésico. Soltarán carcajadas motivadas por escenas que les harán dudar sobre su integridad moral. Experimentarán dolor, placer, compasión, repugnancia y el aliento de la muerte. Se sentirán vivos, vivos y coleando como un escarabajo que se arrastra eufórico a través de la uretra de cualquier afortunado epicúreo. Y una vez que terminen la lectura, vivirán gozosos como un davidiano a punto de inmolarse. Ahora díganme, sin imposturas, qué más le pueden pedir a la literatura.

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(1) Un descenso al Maelström, que bajo mi humilde punto de vista es su mejor relato, aunque puede ser debido a una especial debilidad por los cuentos escandinavos; El joven Goodman Brown y la inagotable Otra vuelta de tuerca. Otro relato de fantasmas menos conocido escrito por James, y también soberbio, es El rincón feliz.

 (2) Por ejemplo, Un descenso al Maelström nos muestra cómo un relato sirve para escarbar en las parafilias de cada uno; en mi caso la predilección por él tiene mucho que ver con un verano en Estocolmo y unos látigos de cuero. En fin.

Ruanda, los cien días de la barbarie

En la iglesia de Nyamata fueron asesinadas dos mil quinientas personas. La ropa de las víctimas se conserva como tributo.

Llovía, claro. El horror cuida siempre los detalles. Dos mil quinientas personas eran conducidas a pie hacia un descampado por milicianos armados y bebidos. Una de las figuras de aquella espesa procesión era Benuste Karasira. Iba con su mujer y cuatro hijos pequeños. Arrastraba sus pies en el mismo silencio desharrapado que el resto de condenados. Todos ellos llevaban tres días encerrados en una escuela técnica de Kigali, la capital de Ruanda. Allí habían llegado tras esquivar los puestos de control que el Gobierno había instalado por las calles para identificar y asesinar a los vecinos tutsis. Cuando Benuste alcanzó la escuela, se creyó a salvo: los cascos azules de la ONU estaban allí. «Al día siguiente se fueron. ¿Cómo pudieron? ¿Cómo pudieron dejarnos ahí?». No es una pregunta retórica, Benuste espera con la mirada fija una respuesta que no llega. «Los milicianos hutus nos dijeron entonces que nos iban a trasladar a un lugar seguro, que no debíamos temer nada». «¿Les creíste?». Benuste sonríe, una sonrisa curtida, la mueca de un hombre de sesenta años que perdió un brazo y a casi toda su familia en una matanza a bocajarro. «No. Claro que no les creí. Fue esa mentira la que me hizo comprender que íbamos a morir». Habla pausado en el sillón de su casa, donde las tupidas cortinas no dejan entrar la fuerte luz del sol. Fuera las gallinas picotean perezosas por el calor. A su lado hay una mesa sencilla de madera llena de libros y revistas. La manga de su camisa cubre el muñón del brazo. «Dicen que éramos dos mil quinientos, te digo que allí estábamos más de ocho mil personas. Hombro contra hombro, caminando en silencio bajo la lluvia». Los milicianos les llevaron a un descampado. «Un oficial se subió a un lugar y nos dijo: “A lo mejor alguno de vosotros es hutu. Por favor, si aquí hay algún hutu que nos enseñe el carné y se irá”. Algunos se levantaron y caminaron hacia el oficial, comprobaron la tarjeta y les preguntaron: “¿Por qué estabas con estas cucarachas? ¿Por qué un hombre estaba con cucarachas?”. Recuerdo esa pregunta y yo me vi ahí, al otro lado. Esperando a morir». Minutos después, con la lluvia cayendo igual de ajena que cualquier otro día, los milicianos se situaron enfrente de la muchedumbre y apuntaron sus rifles y metralletas contra la masa compacta de tutsis. En realidad, eso fue todo. Todo lo que alcanza a describirse con palabras. Si acaso cabe imaginar el silencio de esos segundos previos a abrir fuego. O los ojos de quienes esperaban. Cabe imaginar los dedos en los expectantes gatillos goteando lluvia. Pero poco más. «Yo estaba allí, pero entonces en ningún momento pensé que tendría que contar esa historia. Para mí, describir cómo fue el ataque, qué ocurrió exactamente con detalles, es sencillamente imposible. El pánico que sentí fue tan enorme que no me permitió ni siquiera observar, ver lo que estaba ocurriendo. Recuerdo los gritos, el ruido de los disparos. “¡Dónde está mi hijo!”. Recuerdo cuerpos cayendo, gente chocando entre sí y un dolor ardiente en el brazo mientras agarraba a uno de mis hijos. Todo el mundo entró en pánico. Ponte en mi lugar. En realidad puedes describir el ataque como quieras. Trata de imaginar el escenario y describe ese ataque. Yo no puedo ayudarte».

Los hutus y los tutsis

Benuste, su mujer y uno de sus hijos son supervivientes del genocidio de Ruanda, uno de los capítulos más oscuros de cuantos recuerda el siglo XX y que este año conmemora su vigésimo aniversario. En un plazo de cien días entre abril y julio de 1994, ochocientas mil personas fueron asesinadas en el llamado país de las mil colinas. Trescientos treinta asesinatos cada hora. Cinco cada minuto. La mayoría de ellos a golpe de machete.

No pocos antropólogos sostienen que la humanidad —literalmente— echó a andar en Ruanda. Los twas —pigmeos cazadores— eran los habitantes originarios de esta región. Enseguida se les unieron diversos vecinos. Dos de ellos arraigaron: los hutus, un pueblo bantú proveniente de lo que hoy es la República Democrática del Congo; y los tutsis, un pueblo nilótico llegado de Etiopía. Lo explica muy bien el antropólogo ruandés Canisius Niyonsaba en su libro Orígenes de la ideología hutu-tutsi en la tradición de los Grandes Lagos y sus indicios de superación. Los hutus eran agricultores y los tutsis, ganaderos. Étnicamente se fusionaron durante los miles de años que convivieron: se dieron matrimonios mixtos, compartieron lengua, cultura y tradiciones. Hasta los rasgos físicos quedaron reducidos a un estereotipo: se supone que los hutus son más oscuros, de rasgos más rudos y con la nariz chata, mientras que los tutsis son más esbeltos, de tez más clara y con la nariz afilada. La realidad es que la mayoría son indistinguibles para el visitante.

La diferenciación entre ambos pueblos, pues, quedó definida únicamente como social. En tanto ganaderos, los tutsis tenían el poder económico, de modo que, a pesar de ser solo el 14%, tomaron el control del territorio y se erigieron como la clase dominante. Los hutus, agricultores, se conformaron como una casta inferior siendo el 85% de la población. (Los twas —1%— quedaron marginados desde el primer momento). Sin embargo, un hutu que adquiriera vacas podía convertirse en tutsi y viceversa. Además, no en todo el territorio las diferencias eran las mismas. En Burundi y en Uganda, donde la población también se divide en hutus y tutsis, ambos pueblos tuvieron su particular desarrollo. La distinción antes del colonialismo era, pues, permeable. Y en el caso de Ruanda, era pacífica. Así lo recoge al menos la tradición oral ruandesa, que insiste hasta la saciedad en que los problemas violentos entre ambas facciones llegaron con el hombre blanco. Los memoriales del genocidio que pueblan hoy en día el país lo repiten como un mantra.

En 1897 los exploradores alemanes pasearon por primera vez su blanca tez por Ruanda. Actualmente existen infinidad de pueblos y aldeas ruandesas en donde los vecinos —especialmente los niños— contemplan con los ojos desencajados al inusual y pálido visitante. Cabe imaginar la reacción de las tribus del siglo XIX cuando los europeos llamaron a su puerta. Pocos años después de la llegada alemana, la Liga de Naciones concedió el control del territorio a los belgas. Para administrarlo, el Gobierno del rey Leopoldo II decidió aliarse con la élite tutsi y en 1933 dotaron a la población de un documento de identidad en el que se especificaba si se era hutu, tutsi o twa. Por primera vez la diferencia entre ruandeses se tornó racial.

En la Ruanda actual, oficialmente, ya no existen hutus ni tutsis. Las identidades están prohibidas por ley y hasta resulta grosero preguntar por ello. En público es como un tabú. Sin embargo, la realidad de la calle —siempre por delante— muestra que cada ruandés tiene muy claro lo que es y a qué segmento pertenece. Las identidades hutu y tutsi siguen perfectamente definidas y delimitadas. Y aunque conviven y viven mezclados en pueblos y barrios, entre ellos se diferencian, si no es por el físico sí por el vestir o el puesto de trabajo. Mezclados, pero no revueltos.

«Que levanten la mano los tutsis»

«¿Si somos diferentes y somos más, qué hacemos sometidos?». Más o menos esa era la pregunta que planteaba El Manifiesto, un pequeño libro redactado en 1957 por un grupo de intelectuales hutus que tomó conciencia de la raza impuesta. Los belgas debieron oler lo que se aproximaba y decidieron convocar elecciones en 1959 para terminar con el dominio de las familias tutsis. Pero la tensión hacía tiempo que había pasado por encima de su control. El detonante fue la paliza que Dominique Mbonyumutwa, un activista hutu de la provincia de Gitarama, recibió el 1 de noviembre de 1959 a manos (y palos) de un grupo de tutsis. La revolución estalló. Mareas de hutus se echaron a la calle y quemaron cuanto hogar tutsi encontraron a su paso. Miles de familias tutsis fueron asesinadas y más de doscientos mil huyeron a la vecina Uganda. (Aviso: no olviden a este numeroso grupo de refugiados porque pronto cobrarán vital importancia en este relato). Finalmente, los partidos hutus tomaron el control de Ruanda y en 1962 declararon la independencia del país. Nacía un Estado. Y lo hacía con dos naciones enfrentadas bajo el brazo.

RWANDA.KIGALI

En los primeros años de vida Ruanda vivió sometida a una guerra civil de facto. Los tutsis exiliados cruzaban con frecuencia la frontera en guerrillas mal armadas para intentar recuperar el control. Por cada incursión, el Gobierno hutu respondía con matanzas sobre civiles tutsis, acusados de cómplices. Entre medias, el Gobierno aprobaba leyes cada vez más restrictivas contra los tutsis, los apartaba de la escuela, universidad, ejército o cualquier otro puesto o lugar de responsabilidad o formación. La población tutsi vivía completamente marginada y reprimida. Bealta Kabagwira, vecina de Kigali y también superviviente del genocidio, recuerda aquellos años. «En el colegio a los que éramos tutsis nos sentaban en la última fila. La profesora, cuando nos pedía algo, nos decía: “tú, tusti”, en cambio a los niños hutus les llamaba por su nombre. Cada mañana, llegaba a clase y nos decía: que levanten la mano los tutsis».

En 1973 el general hutu Juvénal Habyarimana dio un golpe de Estado y estableció una dictadura militar que perduraría hasta el genocidio. Paradójicamente, la toma de poder de Habyarimana abrió en Ruanda un período de estabilidad. Aunque siguió marginada a todos los niveles, la población tutsi no sufrió más ataques masivos e incluso Ruanda estabilizó relativamente su economía y su maltrecha diplomacia. Habyarimana se reveló como un tipo con la mente más abierta de lo que cabía suponerle y con los años fue ofreciendo concesiones a los tutsis. Una deriva que no gustó a su entorno. En la década de los ochenta las medidas aperturistas del presidente —entre ellas permitir el acceso a la política a partidos tutsis o proponer un diálogo para estudiar el retorno de los refugiados— provocaron que el ala radical de su Gobierno se organizara. Encabezados por su propia mujer, Madame Agahte, se formó alrededor de Habyrimana un círculo de poder, una suerte de lobby, llamado la akazu, que podría traducirse del kinyarwanda (idioma autóctono ruandés) como «la casita». La akazu sería, en pocos años, la encargada de preparar y ejecutar el genocidio.

«Son los del 59, que vuelven»

Joseph Buhigiro, vecino tutsi de la provincia de Nyamata de sesenta y cinco años, estaba bebiendo cerveza de plátano en un bar (beber cerveza es la actividad por excelencia en Ruanda), cuando un conocido le dijo: «Tus familiares han entrado y vienen a matarnos». Otro tipo que andaba por ahí añadió: «Son los del 59, que vuelven». A Joseph aquel comentario le ha quedado grabado casi tanto como el espanto al que sobreviviría posteriormente. «Hasta ese momento, al menos en mi pueblo, todos bebíamos juntos y en paz. Pero esa frase me quedó grabada, todo cambió desde ese momento».

Los vecinos de Joseph le estaban informando de que los tutsis exiliados en 1959 habían vuelto a atacar. Esta vez, sin embargo, no eran un grupúsculo de tipos mal armados. Los refugiados y sus hijos habían guardado silencio durante tres décadas alistados en el ejército ugandés. De la noche a la mañana, sin que nadie lo esperase, desertaron en nombre de una guerrilla llamada Frente Patriótico Ruandés (FPR). Entrenados, organizados y disciplinados, los tutsis volvieron a poner sus pies en Ruanda para, según su anuncio, «acabar con la tiranía y restaurar la paz». Estalló la guerra civil.

Con toda seguridad el FPR se hubiera plantado en Kigali en una semana y con ello se hubiera evitado el genocidio. Pero el primer día se toparon con un obstáculo no previsto: el ejército francés. Preocupados por mantener la francofonía de la Ruanda hutu (excolonia belga), François Mitterrand ordenó hacer frente a los guerrilleros del FPR, provenientes de la anglófona Uganda, para evitar perder el control del territorio. El segundo día de combates los soldados galos abatieron a Fred Rwigyema, cabecilla de los rebeldes, y recluyeron al invasor en las selvas de Virunga, al norte del país. El FPR se atrincheró en los montes reclutando efectivos y esperando una oportunidad. Un joven Paul Kagame tomó entonces el control.

«Exterminemos a esas cucarachas»

Un hombre aparece tumbado en un diván con cara angustiada. A su lado, sentado, un médico toma notas. El hombre le dice: «¡Estoy enfermo doctor!», a lo que el psiquiatra le responde, «¿Qué le ocurre?». Y el paciente confiesa: «¡Los tutsis! ¡Los tutsis!». La escena de este hombre enfermo de tutsis es una viñeta publicada por el periódico Kangura durante la guerra. Kangura, que podría traducirse como «Despiértalos», fue uno de los instrumentos de la cruel propaganda que el Gobierno tuvo a su disposición durante el conflicto y que alentó —y casi mentalizó— a la población para llevar a cabo un genocidio contra los tutsis. Al frente de Kangura estaba Hassan Ngeze —miembro de la akazu— quien redactó los «Diez Mandamientos Hutus». Publicados como un editorial, estos diez mandamientos fueron la base de la ideología que desembocaría en el genocidio. El primer mandamiento decía: «Todo hutu debe saber que una mujer tutsi, sea quien sea, sirve a los intereses de su grupo étnico tutsi. Por ello, consideraremos como un traidor a cualquier hutu que se case con una mujer tutsi, sea amigo de una mujer tutsi o dé empleo a una mujer tutsi». El resto de mandamientos van en la misma y previsible línea.

Kangura fue la punta de lanza de la campaña de odio hacia los tutsis que se basaba en la idea de que el FPR había regresado para asesinar a todos los hutus. El Gobierno llegó a publicar documentos falsos en los que se podían leer los supuestos planes de la guerrilla tutsi, que no eran otros, claro, que exterminar a la población hutu. Se inoculó en la ciudadanía la sensación del callejón sin salida: o ellos, o nosotros. En realidad se estaba poniendo sobre la mesa un miedo atávico, un temor que verdaderamente nunca se había ido. El terror de una población sometida y que solo había gozado de unas décadas de poder. El histórico opresor regresaba a por ellos. Para no pocos estudiosos de la historia ruandesa el genocidio fue la virulenta e impredecible reacción del niño aterrorizado que se revuelve contra lo que le da pavor.

El clima de miedo radicalizó al Gobierno, que pasó a denominarse Poder Hutu, e hizo que la akazu tomase el control de forma definitiva desde la sombra. La primera medida que se decretó fue la creación de unas milicias civiles para defenderse del ataque del FPR. Fueron denominadas Interahamwe, que puede traducirse como «los que luchan juntos», un término que, a día de hoy, todavía asalta las pesadillas de miles de ruandeses. Los chicos de las Interahamwe eran el mal personificado. Jóvenes armados con machetes sin causa ni futuro, adoctrinados en el odio y empapados en alcohol y anfetaminas. «Recuerdo que las Interahamwe cantaban: “¡Os vamos a exterminar, os vamos a exterminar!”. Me los crucé a veces por la calle cantando eso y armados hasta los dientes…», rememora Benuste, el superviviente que abre este relato. Las armas, por cierto, no crecían de la tierra.

«Francia nos las dio. Llegaban cargamentos de machetes y rifles». Toma la palabra Straton Sinzabakwira, de cincuenta y dos años. Cumple condena en la cárcel de Nyanza, en cuyo patio concede la entrevista. Lleva un pijama rosa, de camisa de manga corta y pantalones cortos, el uniforme de presidiario en Ruanda. Straton es lo que en Ruanda se conoce como un genocidaire, el término en francés. Cumple veinticuatro años de pena por organizar el asesinato de seis mil tutsis en el municipio de Nyamubunga, del que era alcalde. «Soy testigo. Vi como llegaban cajas con armas. Lo vi en Kungo, cerca de Muzanze y también vi armas de los franceses en Ku Giti». Straton afirma que las tropas francesas armaron a las Interahamwe y también ayudaron en su entrenamiento. No será lo último que explique Straton sobre el papel de Francia durante el genocidio.

Las Interahamwe comenzaron a protagonizar desfiles con un toque cutre de totalitarismo. Lucían llamativas camisas y cantaban consignas contra los tutsis. Los políticos remataban los actos con discursos inflamables. Los más recordados son los de Léon Mugesera, uno de los líderes de la akazu, que en sus intervenciones recordaba siempre que hutus y tutsis eran dos etnias diferentes y llamaba sin miramientos al exterminio.

El otro medio por donde se extendió el odio fueron las ondas de la Radio Télévision Libre des Milles Collines (RTLM), la radiotelevisión del Gobierno. Dirigida por Féliciene Kabuga, la RTML tuvo mucho más alcance que Kangura, ya que es raro el ruandés que no esté pegado a una radio. Las ondas de la propaganda hutu llegaron a todos los rincones del país. Ruanda se sumió en la paranoia. Los hutus acusaban a los tutsis de ser cómplices del FPR, células coordinadas entre ellas. Es verdad que algunas familias tutsis ayudaban económicamente a los rebeldes y que muchas otras enviaban a sus hijos a enrolarse, pero la gran mayoría no estaba al tanto de las operaciones de los chicos de Kagame. Cualquier gesto era malinterpretado. Evariste lo recuerda con un detalle. «Una familia tutsi de mi pueblo cavó un pozo para el agua y los vecinos les acusaron de que era para enterrar hutus. Cualquier cosa que unos u otros hacían era sospechosa».

El miedo también se alimentaba de las noticias que traían los hutus que huían del norte, donde el FPR avanzaba, y que hablaban de asesinatos, abusos y tropelías de los rebeldes de Kagame. Las represalias se convirtieron en un arma de guerra. Por cada ataque del FPR en el que lograba ganar terreno, respuesta del Gobierno contra civiles. Así murieron miles de personas durante esos tres primeros años de guerra (1990-1993). El FPR atacaba en una punta del país y en la otra eran asesinados cientos de vecinos tutsis como represalia, probablemente sin saber siquiera por qué les estaban atacando. Matar tutsis se convirtió en una práctica como cualquier otra, en una actividad que mantenía unido al pueblo contra el enemigo. «Los políticos llegaban a la plaza del pueblo, daban un mitin, los vecinos les señalaban las casas de tutsis y los milicianos los asesinaban», rememora Straton. Podría decirse que estaban llevando a cabo un gran entrenamiento.

La paz es una farsa

«El que piense que la guerra ha terminado como resultado de los Acuerdos de Arusha, se engaña a sí mismo». Es una de las líneas del editorial de Kangura firmado por Hassan Ngeze al día siguiente del acuerdo de paz. El FPR, contra pronóstico, logró sentar a la mesa de negociaciones al Gobierno del Poder Hutu. Habyariamana, consciente de la superioridad militar de los hombres de Kagame, concedió lo que las milicias tutsis deseaban: una negociación política que les permitiera avanzar y frenara las matanzas a civiles. El 4 de agosto de 1993, en la ciudad de Arusha, Tanzania, ambos bandos firmaron un acuerdo.

«¿Cómo decís vosotros? ¿Una farsa? Pues eso, ese acuerdo de paz fue una farsa». Evariste es el nombre ficticio de un hutu que habla español. Los hutus que se salen del discurso oficial del actual Gobierno ruandés no pueden dar la cara. Su vida y la de sus familias correrían peligro. «Los acuerdos sirvieron para que el FPR ganara terreno. Se acordó que el FPR enviara a doscientos representantes al Parlamento y Kagame envió a doscientos soldados. Habyarimana les dejó entrar hasta la cocina», comenta Evariste con risa burlona, como mofándose de la torpeza del presidente.

De aquella negociación también salió la decisión de enviar una fuerza de paz de la ONU, la Misión de Asistencia de Naciones Unidas para Ruanda (UNAMIR), que se instaló en suelo ruandés en octubre de 1993. Al mando estaba el general canadiense Roméo Dallaire, a la postre testigo crucial de la pasividad de la comunidad internacional cuando estalló el genocidio. Dallaire —que terminó la misión en tratamiento psiquiátrico— empezó a pie cambiado: le dieron cuatrocientos cascos azules en lugar de los dos mil quinientos prometidos y una orden expresa de no poder usar la fuerza.

Solo tres meses después de su llegada, el general Dallaire tomó conciencia —y evidencia— de lo que estaba a punto de suceder. Y se lo advirtió a la ONU mediante un fax. Un fax a la vista de cualquiera que tenga interés en leerlo, un fax mil veces reproducido en la Ruanda actual y que luce, vergonzante, en los memoriales del genocidio de todo el país.

El fax fue enviado, con firma del propio general, el 11 de enero de 1994 con el encabezamiento de «Solicitud de protección para confidente». Dallaire explica en el fax que había logrado la colaboración de un confidente que trabajaba en las esferas más altas de las Interahamwe, entrenando a los milicianos y planeando estrategias de ataque. El confidente, según detalla Dallaire en el fax, aseguraba que cuarenta comandos de milicianos hutus estaban listos y organizados para llevar un ataque a gran escala en Kigali. Describe que desde la llegada de UNAMIR se ha ordenado a las Interahamwe que hagan un censo de todos los tutsis de Kigali. El confidente, reza el fax, sospecha que la intención es exterminarlos. Detalla que tienen capacidad para asesinar a mil tutsis en veinte minutos. Continúa: el confidente afirma que el presidente Habyarimana no tiene control sobre lo que está sucediendo, mucho menos sobre las milicias. Dallaire explicaría más adelante que también informó a Naciones Unidas de la constante llegada al país de armas financiadas por Francia y cientos de contenedores con machetes provenientes de China.

La respuesta a Dallaire no tardó. El mismo día llegó un fax de vuelta desde Nueva York firmado por el entonces jefe de la misión de paz en Ruanda, Kofi Annan: «Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la UNAMIR». La ONU rehusó intervenir en ese momento a pesar de que, en Ruanda, casi todo el mundo presagiaba lo que se venía encima. «Claro que sabía lo que iba a ocurrir», dice Straton desde la cárcel. «Todos sabíamos lo que iba a ocurrir. También la ONU y Francia. Todo estaba preparado y nadie hizo nada».

El horror

«Recuerdo de esa noche algo especial, pude adivinar que algo iba mal. Lo presentí. Esa noche oí muchas más bombas y disparos, todo el tiempo y por todos lados. Tuve un mal presentimiento. A la mañana siguiente lo confirmé. Estaba con mi mujer al lado de la radio y escuchamos que el avión del presidente había sido derribado, que lo habían asesinado. Ella me miró y me dijo: «Vamos a morir».

Benuste, el superviviente que abre este relato, recuerda con detalle la madrugada del 6 de abril de 1994, la madrugada que se desplomó sobre los tutsis. El avión de Habyariamana fue derribado por un cohete cuando estaba a punto de aterrizar en Kigali. Regresaba de Arusha y los restos de la nave cayeron en el jardín de su propia casa, hoy convertida en un museo en el que se pueden contemplar los restos del fuselaje como si hubieran caído ayer. Es otro debate vivo en Ruanda: ¿quién derribó aquel avión? El FPR sostiene que fue la akazu quien asesinó a Habyarimana para propiciar el genocidio. A Evariste, nuestro confidente hutu, le da la risa. «Pretenden que os creáis que derribamos el avión de nuestro presidente. Aquel avión lo destruyó el FPR».

Cuerpos embalsamados en el memorial de Murambi. Veintisiete mil personas fueron asesinadas en este lugar.

Horas después del ataque, Kigali y el resto de ciudades y pueblos ruandeses fueron tomados por las Interahamwe, que instalaron puestos de control en los caminos y carreteras, conocidos en Ruanda con el término en inglés, road-blocks. «Yo vi cómo montaban una trinchera en mi calle. Veía desde mi ventana cómo llegaban los milicianos. Mi mujer no dejaba de repetir que íbamos a morir. Yo también lo pensaba», rememora Benuste. Los tutsis estaban solos. Había llegado la hora de aplicar la solución final. Ya no bastaba con ganar la guerra, ni siquiera con expulsar al enemigo como hacía treinta años. Era necesario terminar de una vez y para siempre con el problema tutsi. El horror se hizo con Ruanda.

Para las Interahamwe la cacería no fue excesivamente complicada. Tenían listas con todos los nombres de los tutsis, esos censos sobre los que el confidente de Dallaire advirtió y que la ONU prefirió ignorar. Los milicianos, casi siempre sobreexcitados de alcohol y anfetaminas, montaban road blocks, pedían en ellos la tarjeta de identidad (la de los belgas) y quien era tutsi era apartado a la cuneta y asesinado a machetazos. A veces, cansados de tanto machetazo, empujaban a los tutsis a un lado, sobre un montón de cuerpos y los mataban al cabo de unas horas. Las cunetas de todo el país se llenaron de cadáveres, entre los que a veces se hallaban vivos haciéndose los muertos, o muertos en vida, inmóviles de terror entre los cadáveres, o simplemente agonizando, en un punto que ya daba igual ser un cuerpo vivo o muerto. Era tanta la sangre, tantos los cadáveres amontonados por todos lados, que era imposible asegurarse de que todo el mundo estuviera muerto. En pocas horas, Ruanda era un desenfreno de violencia rara vez visto en la historia moderna.

Los tutsis que lograban esquivar los road blocks se refugiaban en lugares que ya habían acogido a sus padres y abuelos en otras matanzas. Las iglesias se convirtieron en destinos prioritarios donde miles de personas se encerraban con la esperanza de que no se violara lo más sagrado. Las propias milicias, para evitar que nadie escapara, animaban a los tutsis a refugiarse en estos sitios con la promesa de que estarían a salvo. No era cierto, claro. Aquellas iglesias se convirtieron en mataderos humanos que posteriormente han abandonado su función religiosa y han sido convertidas en memoriales que pueden ser visitados por los viajeros. Ruanda ha tomado como modelo los museos del holocausto judío y conserva hasta el mínimo detalle de la tragedia para que el visitante comprenda la dimensión de lo sucedido: huesos, calaveras, ropas, efectos personales, armas, agujeros de bala, restos de sangre… Sin embargo todo carece de organización, ya que la mayoría de estos memoriales están sin terminar aún. Las ropas se agolpan sobre los bancos llenas de tierra y polvo, las pertenencias de las víctimas están amontonadas al alcance de cualquiera, no hay una sola vitrina; si alguien quisiese, podría coger lo que se le antojara. Hasta los huesos y calaveras están expuestos como buenamente se ha podido, sin espacio suficiente. A veces da la sensación de que se ha entrado un rato después de la matanza.

En la modesta iglesia de Ntarama, al sur de Kigali, se refugiaron cinco mil tutsis. Fue la propia policía la que indicó a los vecinos que allí estarían seguros. A los pocos días, los muchachos de las Interahamwe, acompañados de soldados, políticos locales, vecinos y de la propia policía atacaron la iglesia con granadas y pistolas. Después accedieron a su interior y remataron con machetes y martillos a los que estaban vivos. A algunas mujeres las separaron, las llevaron a una capilla en la parte trasera de la iglesia y las violaron innumerables veces. Esta capilla es hoy parte del memorial. En uno de sus extremos hay un palo apoyado de cualquier forma contra la pared, un palo de unos dos metros que pasa desapercibido, sin letrero o explicación alguna. El guía lo agarra con rostro serio, lo golpea contra el suelo a modo bastón y añade: «Con este palo violaron y empalaron a unas veinte mujeres aquí». Luego lo vuelve a apoyar en la pared. El horror se supera a sí mismo con la mancha oscura que luce en la misma pared y a la que el guía se refiere a continuación: «Este es el punto donde mataron a los niños golpeándolos contra el muro, por eso quedó la marca».

Jospeh Buhigirio, el hombre al que sus vecinos en el bar le dijeron «tus familiares han vuelto», se refugió con su familia en la iglesia de Nyamata, no lejos de la anterior. «Creíamos que estaríamos seguros. De hecho, el alcalde vino y nos dijo que no nos moviéramos de allí, que estaríamos a salvo. Cada vez llegaba más y más tutsis y los alrededores de la iglesia también se llenaron. El jardín, el patio de la iglesia y las casas. En total éramos unas diez mil personas. Ese mismo día el cura huyó».

El 14 de abril llegaron las Interahamwe. Con ellas estaba el alcalde y la policía. Un miliciano depositó una granada en la puerta de la iglesia y la voló. Dentro, dos mil quinientas personas se apilaban con pánico entre los bancos. «La puerta salió por el aire. Yo no tenía ninguna esperanza. Asumí en ese momento que iba a morir, lo acepté. Empezaron a matar, a matar, a matar…». Joseph reitera el verbo intentando transmitir la cantidad de asesinatos que se precipitaron en minutos. El énfasis se puede aplicar a lo que era Ruanda aquellos días. «Primero dispararon contra todos, contra la gente que gritaba y se desplomaba. También lanzaban granadas. Yo me metí debajo de un banco. Veía cuerpos cayendo por todas partes, también los de mis hijos, y empecé a notar que algo me mojaba. Me fijé que estaba tumbado sobre sangre, la sangre subía a una velocidad increíble y llegó a levantar un palmo. Tuve que subir la cabeza para respirar. Los cuerpos empezaron a caerme encima. Quedé completamente cubierto de cuerpos, oía los gritos, los disparos, cómo lloraba todo el mundo… y ahí ya no sentí nada más. Ahí me convertí en una piedra. No sentía nada, solo estaba inmóvil, cubierto de cuerpos y completamente cubierto de sangre. La verdad es que no había diferencia entre mi cuerpo y el de los muertos». Eso fue, probablemente, lo que salvó a Joseph.

«Cuando el ruido de los disparos y lloros desapareció, los milicianos comenzaron a caminar sobre los cuerpos, iban dando machetazos a todos, a todos los cuerpos, rematándolos. Yo oía gemidos, algunos lloros, pero sobre todo recuerdo el ruido de los golpes, de los machetazos. Yo tenía tantos cuerpos encima que no me golpearon, yo creo que ni siquiera me vieron». Joseph permaneció inmóvil durante horas, en una suerte de shock que salvó su vida. Después salió, tras comprobar que toda su familia estaba muerta, y caminó, cubierto de sangre ajena, hasta la frontera con Burundi, a pocos kilómetros de allí. La cruzó a través del bosque y se salvó.

Aunque en ese momento Joseph no se dio cuenta, otra persona estaba viva dentro de aquella iglesia tras el ataque. Era Euginie Nyirakimuzanye, que entonces tenía veintisiete años. Euginie se refugió en la iglesia con cuatro de sus siete hijos. Como Joseph, sobrevivió a los disparos quedándose inmóvil bajo los cuerpos inertes. En este caso, bajo los cuerpos inertes de sus hijos. «Estuve casi dos semanas dentro de la iglesia después del ataque. No quería moverme, no podía. Solo el olor de los cadáveres me hizo salir». El aspecto de Euginie al abandonar la iglesia —tanto mental como físico— hizo que los vecinos hutus que la vieron la dieran por muerta. «Yo escuchaba, “déjala, ya está muerta”». Euginie logró alcanzar una casa donde estaban escondidos su marido y sus otros tres hijos. La crueldad se cebó con ella. «Al día siguiente llegaron las Interahamwe y mataron a mis hijos y a mi marido con machetes». Euginie recibió un machetazo en la cabeza pero sobrevivió. Hoy, vive marcada por un profundo trauma que cobra forma con una imponente cicatriz en su frente. La verdadera herida, sin embargo, es la de haber perdido a toda su familia y se refleja en dolores crónicos y la negativa a salir de su casa desde aquel episodio.

Euginie Nyirakimuzanye. Superviviente de la iglesia de Nyamata. Recibió un machetazo en la cabeza.

Matar por inercia

Durante los cien días que duró el genocidio se estima que 1,7 millones de hutus participaron, en mayor o menor medida, en la masacre. Fue el Gobierno y las Interhamawe quienes organizaron y llevaron a cabo las matanzas, pero contaron con apoyo. Los políticos locales, gobernadores, alcaldes y concejales, fueron adoctrinados en la matanza y organizaron las listas y los asesinatos en sus provincias y pueblos. Muchos de ellos no se resistieron a participar. La policía también mató. Por debajo de todos ellos, los vecinos hutus.

Edison Zigirikamiro tiene sesenta y ocho años. Es un campesino hutu de las montañas de Bisesero, al oeste del país, muy cerca del lago Kivu. «Al día siguiente de la caída del avión del presidente fui a ver a mi cuñado, que era tutsi, pero cuando llegué a su casa ya no estaba. Al regresar me encontré un grupo de milicianos. Los vi matando vecinos, disparaban contra los vecinos tutsis, gente que yo conocía de siempre. Un miliciano se me acercó y me preguntó qué hacía mirando, por qué no estaba matando. Yo le dije: “Lo siento, pero yo no puedo matar a nadie”. Y me dijo, “entonces te mataremos nosotros”. Me tuve que unir a aquel grupo. Recorrimos mi propio pueblo buscando a un chico tutsi que se había escapado y que yo conocía. Los que iban más rápido lo alcanzaron y lo mataron. Yo no di ningún machetazo, pero soy responsable por formar parte de aquella persecución. Si lo hubiera encontrado yo, lo hubiera tenido que matar».

Edison representa —o podría representar, imposible saber si cuenta toda la verdad— el perfil de vecino hutu que se vio obligado a matar. Casi todos los implicados en la matanza afirmaron lo mismo en los juicios posteriores: fueron obligados. La obligación no era siempre directa. Muchos vecinos hutus explicaron que tuvieron que matar para pasar desapercibidos, para ser «normales». Era tal la ola de violencia en Ruanda que quien no estuviera matando pasaba a ser sospechoso. Se dieron casos de hutus que, mientras refugiaban a tutsis en su casa, mataban a otros en la calle para no llamar la atención. Este era el panorama. Las milicias y el Gobierno lograron un clima por el que matar era obligatorio, era la única salida a una situación extrema. La idea de que matar podría traer consecuencias se diluyó y dejó paso a la certeza de que no matar sí tenía consecuencias. De este modo muchísimos vecinos mataban: profesores mataban alumnos, médicos mataban pacientes, clientes mataban dependientes, vecinos a vecinos, hombres a niños, mujeres a mujeres… Se construyó la idea de que matar a un tutsi era salvar la vida de un hutu. El miedo a morir empujó a miles de hutus a ayudar. Impulsados por el pánico, no dudaban ante la disyuntiva: ellos o nosotros.

Hubo, por supuesto, muchos otros vecinos que no participaron e incluso muchos de ellos ayudaron a los tutsis con refugio o alimentos. En definitiva, se jugaron la vida por los que se suponían que eran sus enemigos. Y es que, a pesar de que el paisaje parece ahora definido entre buenos y malos, la realidad es que en aquella Ruanda los extremistas eran minoría. Con poder, claro, pero minoría. «Solo unos pocos locos se creían aquella propaganda. Nadie consideraba a los tutsis cucarachas. Cuando escuchábamos esas cosas por la radio no las tomábamos a broma, nos reíamos. Pero la situación al final se volvió tan tensa que mucha gente se vio arrastrada», explica Evariste, nuestro confidente hutu, quien da otra clave: «A muchos hutus les decían que, si ayudaban, se quedaban con las propiedades de las víctimas. En aquella Ruanda con un 80% de población con hambre, puedes imaginar el efecto de tal oferta».

En lo que respecta a los genocidas, el Gobierno estima que hubo unos ciento treinta mil, de los que ciento veinte mil fueron arrestados después de la guerra y, de ellos, cuarenta mil continúan en la cárcel a día de hoy. Solo dos mil trescientos eran mujeres. En Ruanda se considera genocida a todo aquel que mató directamente a alguien u organizó una matanza. Israel Duginzigimana es uno de ellos. Cumple veintiún años por participar en el asesinato de un grupo de trescientos tutsis cuando era concejal del ayuntamiento de Nyabisindu. También viste pijama rosa. Su rostro es serio, rudo. Israel hace de guía por la prisión, nos muestra sus abarrotados patios, su irrespirable saturación y lo hace sin la presencia de un solo guardia. Él parece el jefe del lugar. «De mi municipio solo salieron vivos seis tutsis. Yo ayudé a los milicianos con las matanzas. En una de ellas, rodeamos a un grupo de trescientos vecinos. Yo conocía a casi todos. Disparamos contra ellos. Yo disparé y lancé una granada que mató a un hombre que conocía». «Mi mujer me preguntaba por qué estaba ayudando, por qué mataba. Yo le decía que cumplía órdenes, que no me quedaba otra salida. Hoy me doy cuenta de que estaba equivocado y me arrepiento cada día. Pido perdón. Pido perdón a las familias».

«Actos de genocidio»

El genocidio de Ruanda duró cien días. En esos cien días, según las estimaciones más optimistas, fueron asesinadas ochocientas mil personas, casi todas ellas tutsis.

Por si fuera poco, no se trató de un exterminio sistemático. No fue un genocidio militarizado, «ordenado», como pudo ser el holocausto judío. No se trata de niveles de horror, de comparar qué fue peor, porque a tales profundidades de deshumanización son análisis vacíos. Pero es necesario subrayar la extrema suciedad, la intolerable crueldad de lo sucedido en Ruanda.

El doctor Bizoza Rutakayile es psiquiatra y director del centro psiquiátrico de Ndera Neoro, donde nos recibe. Trata casos de traumas en supervivientes y en los relatos de sus pacientes escucha hasta dónde se aventuró la crueldad en el genocidio ruandés. «Tengo dos casos extremos. Uno es de un chico que fue obligado a beberse la sangre de su madre y a comerse sus órganos sexuales antes de que la mataran. Otra paciente, una mujer que sigue con una depresión grave, fue obligada a comerse a uno de sus hijos a cambio de la vida de los demás». Los milicianos también llevaban a cabo macabros juegos. En el pueblo de Evariste colocaron a los vecinos tutsis en fila y les pusieron pimienta en la nariz. «Al que estornudaba —rememora Evariste—, le degollaban». La crueldad era tal, que algunos tutsis ofrecían dinero por ser asesinados de un disparo. Querían evitar las torturas, ser mutilados o ser quemados vivos dentro de sus casas, prácticas todas ellas muy extendidas entre las Interahamwe, como recuerda Israel: «Tal vez lo peor que vi fue cómo quemaban a las familias dentro de sus casas. No les dejaban salir y al que se escapaba, lo mataban a machetazos». Las mujeres, casi siempre, eran violadas antes de ser asesinadas. Las que lo sufrían por parte de un hombre infectado con VIH, eran indultadas, algo que se cobró un nuevo genocidio en la siguiente década, esta vez lento y silencioso.

En realidad, cuesta creer que cosas así puedan pasar. Pero pasaron. No hace tanto. No tan lejos.

Israel Duginzigimana. Genocida encarcelado desde hace 17 años. Disparó y lanzó una granada contra un grupo de 300 tutsis.

El mundo, mientras tanto, intentaba no mirar. Una resolución aprobada por la ONU en 1948 obligaba —y obliga— a su Consejo de Seguridad a intervenir en donde se esté cometiendo un genocidio. Pero Estados Unidos no quería enviar una nueva fuerza de paz a Ruanda, escaldado por lo ocurrido dos años antes en Somalia, donde un helicóptero Black Hawk fue derribado y diecinueve soldados americanos murieron. Para conseguir escaquearse, el ejecutivo de Bill Clinton esquivó el término genocidio durante más de dos meses. Cada rueda de prensa o intervención desde la Casa Blanca que se refería a Ruanda se llevaba a cabo con el término «actos de genocidio». El 28 de abril, en plena matanza, un periodista le preguntó a la portavoz del Departamento de Estado, Christine Shelley, por qué no podían decir que estaba teniendo lugar un genocidio en Ruanda. Shelley respondió: «Porque, bueno, hay una razón para la selección de la palabras que hemos hecho, y yo he hecho… tal vez lo he hecho… yo no soy abogado. No enfoco esto desde el punto de vista legal, internacional o erudito. Intentamos, lo mejor que podemos, reflejar con precisión una descripción al abordar esta cuestión. Es… la cuestión está ahí. Está claro que la gente está enterada y ha estado mirándola». Aquella rueda de prensa de rodeos y malabares conceptuales duró unos diez minutos, tiempo en el que, de media, cincuenta tutsis fueron asesinados. Era un reloj de arena en el que cada vaguedad en Washington equivalía a una decena de muertes en Kigali.

Desesperado, el general Dallaire solicitó a la ONU el envío de más tropas, asegurando que con tan solo cinco mil hombres garantizaba detener la masacre en una semana. Desde un punto de vista militar nadie puso en duda el juicio de Dallaire, sin embargo aquello no era un asunto militar, era una cuestión política. Dallaire volvió a chocar contra un muro. En lugar del envío de tropas, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, impulsado en esta decisión por Estados Unidos, redujo el número de soldados de dos mil quinientos a dosciento cincuenta. Un grupúsculo que, desde ese momento, tuvo que limitarse a hacer todo lo posible por mantenerse con vida. Ese mismo día Cruz Roja envió una nota de prensa en la que ya estimaba en cien mil los muertos.

Antílopes

Los primeros ataques en la aldea de Jean fueron esporádicos. Algunos milicianos pobremente armados se acercaban, pero eran repelidos con piedras. Al cabo de cuatro días, llegaron las Interahamwe. Jean, que entonces tenía once años, los vio aparecer desde su casa. «Llegaron en todoterrenos que levantaban una polvareda, gritando. Se reían. Salimos corriendo en dirección al bosque. Todos los vecinos salieron despavoridos corriendo de sus casas. Yo corrí con todas mis energías. Conmigo iban mi primo, que era de mi edad, y mis padres». Aquella fue la primera de las muchas carreras que le esperaban a las pequeñas piernas de Jean.

Jean Rwilangura —hoy el presidente de una asociación de supervivientes— se refugió en el bosque de Kayumba donde estuvo semanas corriendo por su vida. Representa el otro tipo de matanzas que tuvieron lugar en Ruanda. En esta ocasión no se reunía a los tutsis en iglesias, se les perseguía por bosques o pantanos como si de un coto de caza se tratase. Así lo retrata el periodista francés Jean Hatzfeld en su libro La estrategia de los antílopes. Eso es en lo que se convirtieron aquellos tutsis: presas que estuvieron semanas esquivando a sus cazadores.

«Cuando llegué al bosque, donde estaban casi todos los vecinos tutsis, no encontraba a nadie de mi familia», prosigue Jean. «Una señora se me acercó al cabo de unas horas y me dijo que habían matado a mi madre. Yo le dije que no, no le creía. Así que volví corriendo otra vez por el camino que había hecho. Me encontré un montón de cuerpos, iba mirando todos, hasta que vi el de mi madre. Entonces empecé a llorar y volví al bosque sin poder parar de llorar, pero esta vez no fui corriendo, fui caminando».

Durante las siguientes dos semanas mi vida se basaba en correr. Corría todos los días, cada vez que llegaban las milicias. A veces me notaba bien y corría muy deprisa. Otras me costaba más y alguna vez algún miliciano llegó a estar muy cerca de mí. Aprendí a correr por las partes más frondosas del bosque, aprovechando mi tamaño pequeño, y también aprendí que si corría en zigzag me dejaban de perseguir antes. Todo descalzo, claro. El resto del tiempo intentaba no moverme, aprendes a ahorrar energía. Me ponía en un sitio alto y si venían de un lado, corría hacia el otro. Si venían del otro, corría hacia el contrario.

Las milicias acudían cada día, incansables, a la cacería. Llegaban por la mañana, rastreaban el bosque, mataban todo lo que podían y se iban al oscurecer. «Solía estar en grupo, de cuatro o cinco personas, pero el grupo era cada vez distinto. Cada vez que echábamos a correr nos perdíamos. A algunos los cogían y otros nos volvíamos a reunir. O acababas en otro grupo. Nos contábamos cómo habíamos escapado o nos enseñábamos las heridas. Algunas veces terminaba solo y no encontraba a nadie durante horas. Esos eran los peores momentos. Solía llorar y pasaba mucho miedo. Una vez llegué a pasar tres días solo».

Las historias de los niños supervivientes de Kayumba son inauditas. «Recuerdo un día que corría con un grupo de niños me tropecé y me partí el labio contra una piedra. También me hice una herida en la rodilla. Me levanté al momento y seguí corriendo con la sangre. De aquel grupo recuerdo que cogieron a casi todos y los mataron. Estaba todo el día corriendo, pero había días que no podía. No podía moverme, era incapaz de correr. ¡Es que tenía once años! Y esos días pasaba mucho miedo porque si me hubiesen llegado a atacar, no era capaz de huir».

Con el paso de las semanas los supervivientes en Kayumba eran menos. Jean fue de los pocos que fue rescatado de aquel bosque con vida. Le sacaron los soldados del FPR en junio, cuando la guerra comenzaba a decantarse a su favor. Solo entonces, con Ruanda sembrada de cadáveres, la ONU despertó.

La gran evasión

El 22 de junio, con el FPR cerca de ganar la guerra, la ONU aprobó la Operación Turquesa. La reacción llegó a regañadientes y tras un informe de Cruz Roja que elevaba los muertos a medio millón. La operación sería llevada a cabo por el ejército francés y consistiría en abrir un corredor humanitario para que la población hutu que ya comenzaba a huir pudiera salir del país. Pero el papel desempeñado hasta ese momento por Francia hizo que los hutus interpretaran la acción de otra forma. Los soldados de François Mitterrand aterrizaron en Kigali entre los vítores de la concurrencia hutu. El periodista del New Yorker, Philip Gourevitch, recoge en su imprescindible libro Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias, el testimonio de hutus que recuerdan aquel recibimiento. Había pancartas en las que se podía leer «bienvenidos hutus blancos» y en la RTLM los locutores bromeaban con las mujeres. «Ahora que se han muerto todas las chicas tutsis es vuestra oportunidad con los hombres blancos».

Poco duró la alegría en el bando hutu. El FPR aprovechó que la misión de los franceses era únicamente permitir la salida de refugiados y alcanzó Kigali en menos de un mes. El 13 de julio de 1994 los rebeldes se hicieron con la capital y la guerra terminó. Comenzó entonces el epílogo del horror. Primero con los desmanes y venganzas del FPR, algo que el actual Gobierno ruandés niega rotundamente pero que todo hutu en Ruanda ha vivido más o menos de cerca. Evariste no es una excepción. «Los soldados del FPR entraban en las aldeas que iban tomando y disparaban contra los vecinos hutus. Hubo miles de venganzas, miles de asesinatos contra civiles hutus. Si me preguntas, te digo que creo que murió tanta gente en esas represalias como en el genocidio». Pero ese es un dato que el actual Gobierno ruandés no admite. El gobierno de Kagame no reconoce el dolor de los hutus, algo que sigue clavado en el orgullo de su población.

La segunda parte del epílogo fue la huida de más de dos millones de refugiados hutus a campos de países vecinos, especialmente a los levantados de forma casi improvisada en la vecina República Democrática del Congo (entonces Zaire). En su huida, ocultos entre las mareas humanas, iban los genocidaires. El nuevo gobierno ruandés montó en cólera y acusó a Francia de escoltarles en su evasión. Straton, el genocida que organizó la matanza de seis mil tutsis, salió así del país. «Llevábamos armas y a los franceses les daba igual. ¡Pero cómo no les iba a dar igual si nos estaban protegiendo! ¡Nos escoltaron hasta el Congo!». Straton casi ríe en su énfasis, como incrédulo. Años después el FPR asaltará los campos congoleños en busca de los milicianos huidos provocando, según un informe de la ONU de 2010, un nuevo genocidio, esta vez en el otro sentido. La violencia en Ruanda parece un bucle sin fin.

El sonrojo del mundo

Cuentan que muchos tutsis, durante el genocidio, usaban el cielo como mapa. Desde sus refugios, en bosques, cuevas o pantanos, observaban el cielo y evitaban caminar por donde veían bandadas de buitres. Los buitres les marcaban las rutas prohibidas y les indicaban los caminos despejados. Los caminos sin muerte.

El paisaje que el FPR se encontró tras instaurar un nuevo Gobierno era desolador: ochocientos mil muertos, doscientas cincuenta mil mujeres violadas, cien mil niños huérfanos, pueblos enteros destruidos, cadáveres por todos lados devorados por los perros y riadas humanas de desplazados. Un escenario que, como declararía Paul Kagame días después, «el mundo había observado con las manos en los bolsillos». A día de hoy siguen apareciendo cuerpos en Ruanda. Del casi millón de muertos solo doscientos cincuenta mil han sido identificados. El muro del memorial de Kigali apenas contiene nombres, a la espera de que se complete la lista de víctimas.

El 25 de marzo de 1998 Bill Clinton pedía disculpas a los ruandeses en un discurso en Kigali. Dos meses después, el 7 de mayo, Kofi Annan, ya secretario general de la ONU, hizo lo propio en el parlamento de Kigali. «El mundo debe arrepentirse profundamente por este error. La tragedia de Ruanda fue la tragedia del mundo entero. Todos los que nos preocupamos por Ruanda, todos los que fuimos testigos del sufrimiento, deseamos fervientemente haber evitado el genocidio. Mirando ahora atrás, vemos las señales que entonces no reconocimos. Ahora sabemos que lo que hicimos no estuvo ni cerca de ser suficiente, suficiente para salvar Ruanda y suficiente para honrar los ideales de Naciones Unidas. Nunca negaremos que, en el momento que más lo necesitaba, el mundo falló al pueblo de Ruanda».

Fotografía: Alfons Rodríguez.

La estrella errante

matthew mcconaughey dallas buyers club

Matthew McConaughey en Dallas Buyers Club.

Se ha dado en el primer cuarto de 2014 una alineación de hypes con denominador común en la figura del actor Matthew McConaughey, referencia múltiple por haber conseguido un Óscar y protagonizar la serie del momento, True Detective, el sabor de la semana, como reza el dicho anglosajón. Hasta el periodista deportivo Santiago Segurola ha dejado reseña. Y es que cuando el F.C. Barcelona declina en la liga, Segurola tira hacia las páginas de cultura.

Por lo alfabético Matthew figura en la subcategoría de los actores con misma letra en el nombre y el apellido, como Kevin Kline, Keira Knightley o Victoria Vera. Tras haberle hecho un lifting a su carrera, el actor ha estado en las noticias por sobresalir en la vieja pero aún prestigiosa disciplina del cine así como en el escenario de las series que, dicen, han relevado al cine como producto entretenido de calidad. Entre ambos océanos yo destacaría además sus anuncios televisivos para una marca de perfumes. En particular aquel en el que se lanza a un diván para dejarse retratar por el sonido de decenas de flashes. En la época del selfie, Matthew, que no abre la boca en el comercial, parece decirle a la plebe narcisista que él no hace fotos. Se las hacen. Un estrellón.

«Quién es esa chica, señorita tan linda». Madonna, «Who’s that girl».

Lone Star o el que no era el nuevo Paul Newman.

Lone Star o el que no era el nuevo Paul Newman.

El fenómeno Matt podría calificarse de resurgir de una estrella si es que alguna vez este pudo haberse considerado como tal. El caché potencial lo tuvo allá cuando despuntó a mediados de los noventa. Entonces apareció por las revistas como un supuesto nuevo Paul Newman en virtud de su parecido físico con aquel. Si la belleza de Paul se representaba en tormentos, mirada y morritos, en MM sobresalía la sonrisa. Era entonces un vitalista, como Patrick Swayze.

La competencia dentro del star-system era feroz en esos noventa. Con Tom Cruise sosteniéndose en blockbusters a su variada medida, Mel Gibson y hasta Kevin Costner estaban siendo relevados por una generación que encontraba su hueco en diversos nichos. Brad Pitt, Keanu Reeves o Hugh Grant copaban papeles con directores de renombre. Daniel Day-Lewis monopolizaba el favor de la crítica. Denzel Washington encarnaba a los negros guays, Samuel L. Jackson a los negros macarras y Wesley Snipes hacía películas de aviones. Andy García y Antonio Banderas se repartían a los latinos. Y Johnny Depp brillaba en cintas de prestigio independiente y como muso de Tim Burton. Fue en una película de ese sello, el alternativo, la etiqueta por excelencia de esos noventa, donde surgió la figura de McConaughey, un apellido complicadísimo para uno de esos concursos americanos de deletrear palabras. La peli, estrenada en 1996, es Lone Star, de John Sayles. Un drama en escenario sureño y con paisajes desérticos. Un muerto, mexicanos, esqueletos entre la arena, alacranes, cactus, slide-guitar, requiebros del pasado y esas cosas. Matt hacía de secundario en un reparto capitalizado por Kris Kristofferson y un Chris Cooper que en su madurez se había consolidado como uno de los actores del momento tocando todos los palos. Viendo Lone Star me preguntaron: «¿Quién es el rubio ese que acompaña a Chris Cooper?».

«Clap for ‘em, clap for ‘em, clap for ‘em, hey / Everyday a star is born». Jay Z, «A Star is Born»

En materia de premios y consolidación de carrera en el santoral actoral los noventa suponen la década de Tom Hanks, que procedía de la comedia. De las tablas adquiridas en los ochenta le venía esa capacidad para cargar con todo el peso de una historia —de Forrest Gump (1994) a Naúfrago (2000), ambas de Robert Zemeckis— o el carisma para liderar a grupos heroicos en Apolo XIII (Ron Howard, 1995) y Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998). Una carrera hábil en la elección de películas con la plena actualidad del momento en lo social y lo moral. En 1993 se estrena Algo para recordar, una comedia romántica ubicada en la ciudad de moda de entonces, Seattle, a las órdenes de Nora Ephron y haciendo Hanks pareja con Meg Ryan. Y ese mismo año el espaldarazo de Philadelphia (Jonathan Demme), su primer Óscar por el papel de un afectado de sida que sería punta de lanza de la presencia gay en los guiones mainstream primero como sensibilización reivindicativa, después como normalización.

«Chained and shadowed to be left behind». Metallica «Metal Militia»

Después de Lone Star la sonrisa de Matt trazó un rumbo equívoco. Tuvo la mala fortuna de que la interesante idea de Ed TV (Ron Howard, 1999), el retrato premonitorio de la exageración de los realities televisivos, se estrenara tras los parabienes cosechados por El Show de Truman (Peter Weir, 1998), que trató exactamente lo mismo pero mejor y llegando antes a la parrilla. Un poco como lo de Valmont (Milos Forman, 1989) respecto a Las amistades peligrosas (Stephen Frears, 1988). Más que prefigurar la tele reality, el caso Truman contra EdTv anunció la contraprogramación, como cuando coinciden en las cadenas dos concursos de famosos tirándose a una piscina.

Antes Matt había conseguido un papel con Spielberg en el trabajo menos apreciado de Spielberg durante esos años, Amistad (1997). Y mientras salían más jóvenes al panteón del estrellato —ese Di Caprio en el bauprés del Titanic (James Cameron, 1997)— Matthew, un tipo que ante todo derrochaba jovialidad, vida sana y yernismo, fue acomodándose en la comedia romántica palomitera. Un simpático para películas simpáticas. Jamás tarantinizable. Guapo y musculoso, uno en la vida podría imaginarlo dando el tipo en cualquiera de los papeles que iba desplegando el infravalorado Pitt, o como el poeta yonqui que hiciera el propio Leo en Diario de un rebelde (Scott Kalvert, 1995). MM valía para trampear corazones pero con la condición de redimir pecados en un final de boda confitada. Se le pasó la tostada y en los años subsiguientes los grandes papeles fueron para otros como Jude Law y sobre todo Ewan MacGregor.

«Don’t you know that you are a shooting star / And all the world will love you just as long / As long as you are». Bad Company «Shooting Star»

Y así pasaron para él los dos miles: como en esa clase media y fortaleciendo el cuerpo en sintonía con esa faceta de ánimo y corpore sano. El surf como afición —un texano surfista, sí, como Patrick Swayze— y una complexión idónea para la aventura de postín. Rueda en 2005 Sahara (Breck Eisner) componiendo la que en mi opinión aún constituye la mejor interpretación de toda su carrera. Se consolida como modelo playboy en anuncios de colonia, con el blanco y negro de la dolce vita. Ah, la publicidad, donde las miserias son adelgazadas y la grasa del mundo se va con una gota de Fairy. Esta etapa tiene su colofón en Los fantasmas de mis exnovias (Mark Waters, 2009), variación del cuento de Navidad de Dickens con Jennifer Garner, Michael Douglas o Emma Stone en el reparto.

Con J Lo en The Wedding Planner, la mediocridad de los dosmiles.

Con J Lo en The Wedding Planner, la mediocridad de los dos miles.

La década acaba y tras quince años en la industria, Matt se mantiene en la pomada, aún protagonizando películas con perfil taquillero mas alejadas de cualquier pretensión de gloria festivalera. Vino y rosas sin premios. Es el final del antiguo McConaughey.

«I don’t sleep, I dream». R.E.M. «I don’t sleep I dream»

Veo el primer episodio de True Detective y la presencia de MM me distrae de la trama. Su personaje habla en dos tiempos diferentes. Es 1995, la época en la que el actor se asomó a las salas. Y es la actualidad.

En la actualidad, el tipo repasando los acontecimientos de ese 1995. En ambos frentes la cadencia de su discurso es ronca y misteriosa como cuando Brando recitaba el horror de espaldas.

Y es 1995 y el detective Matt va desprendiendo un recitado nihilista y a veces cierra la escena con una sentencia lapidaria. Una de ellas es que él no duerme sino que solo sueña.

Y es la actualidad y el personaje de Matthew encarga una sixpacker de cervezas marca Lone Star. Pero qué diablos. Lone Star. «Yo no actúo, solo soy», parece musitar cuando silencia. Quién mueve los hilos aquí.

«Hey there’s a side of me unknown, big deal / And say, should this unknown force be shown, big deal». Teenage Fanclub «Star Sign»

El papel de Matt en True Detective, la multirreferenciada historia que ocupa el trono caliente de las series por el que han ido desfilando Breaking Bad, Homeland o Mad Men, ha sido en estos meses el colofón de un cambio que arrancó en 2011. Empezó el actor desparramando carisma contenido como el abogado protagonista de El inocente (Brad Fuhrman, 2011); ofició de secundario en la comedia negra Bernie (Richard Linklater, 2012); y puso de manifiesto su nueva impronta con el protagonista Killer Joe (William Friedkin, 2012): Texas, un sicario, sangre y sexo en la economía de parafernalia del mejor indie americano. Se ha abierto una senda y por ella todo pasa deprisa deprisa como en el cine quinqui. Mud (Mike Nichols, también en 2012) lo ejemplifica en su cartel: un MM desgreñado y ya con las heridas vitales amargándole el gesto. Epopeya del fin de la inocencia, resitúa la carrera del actor hacia un personaje llamado Dallas, el dueño de un garito de chicas a las órdenes de Steven Soderbergh en Magic Mike. Es asimismo de 2012 y su tapete son la noche, el juego y los perdedores en un reverso sureño de la dolce vita. Y en The Paperboy (Zack Effron, 2012) McConaughey recupera la corbata para otra historia de talego y racismo, con un orgasmo femenino aullado de Nicole Kidman que evoca a cuando Meg Ryan fue Sally.

Matthew McConaughey en Magic Mike. En los contratos exige sombrero de ala ancha.

Matthew McConaughey en Magic Mike. En los contratos exige sombrero de ala ancha.

El extenuante recorrido cinematográfico del nuevo Matt culmina para este texto, instantánea en la cumbre, con la doble jugada, ya enjuto el rostro del actor, los pómulos remarcados cual Eusebio Poncela arrebatado, de Dallas Buyers Club (Jean-Marc Valleé, 2013, vayan al cine) —su papel de Óscar— y El lobo de Wall Street de Scorsese, mismo año.

«So I turned myself to face me / But I’ve never caught a glimpse / Of how the others must see the faker / I’m much too fast to take that test». David Bowie «Changes»

Por muy mal cartel que tenga entre los jueces, cualquier actor o actriz puede ganar un Óscar. Podría parecer impensable hace cinco años ver a MM ahí, pero ha pasado tantas veces. Difícilmente encontrarán críticas demasiado favorables al trabajo de Kim Basinger con anterioridad a su tan merecidamente premiado concurso en LA Confidential (Curtis Hanson, 1997). La consideraban mala actriz pero bello ejemplar.

Tampoco es novedoso el giro radical en la carrera de un actor. Ni un puntual cambio de registro. El show de Truman contó entre sus muchos logros el factor sorpresa de ser protagonizada por un histrión cómico, un Jim Carrey exitoso en encontrar su propio subgénero de muecas y remuecas que le valieron el apelativo de «nuevo Jerry Lewis». Y el propio Jerry Lewis mostró al mundo el lado oculto de la fama del payaso en El rey de la comedia (Martin Scorsese, 1982).

Que un actor seduzca en gran medida gracias a una caracterización que le hace irreconocible tampoco tiene mucho de novedoso. A destacar la fisonomía de Sean Penn en Carlito’s Way (Brian de Palma, 1993) o ya que tenemos al Óscar como motivo, lo que los maquilladores hicieron con Charlize Theron en Monster (Patty Jenkins, 2003). Todo muy tu-cara-me-suena, como la napia que le colocaron a Nicole Kidman para hacer de Virginia Woolf en Las Horas (Stephen Daldry, 2002) o esas cosas que hacía Eddie Murphy.

Y se pueden perder tropecientos kilos para un papel, como Christian Bale en El Maquinista (Brad Anderson, 2004). O ganarlos como el De Niro boxeador con vocación de rey de la comedia en Toro Salvaje (Scorsese, 1980).

Hemos asistido también a carreras que repuntan en el otoño del actor, tras lustros de ostracismo o digno segundo plano. Así, Anthony Hopkins, el otro grande en los noventa.

Nada de lo referido es especialmente singular. Pero es que lo de McConaughey, el fenómeno, tiene poco que ver. Es lo mismo para ser completamente distinto porque Bale, enriquecida su carrera, ha seguido siendo Bale y De Niro pecó, de hecho, de seguir siendo tan condenadamente De Niro. Meg Ryan, la maravillosa reina de la comedia romántica en los noventa dio un giro o paso similar: se adelgazó de glamour y empuñó ante la cámara el Fairy en lugar del Channel. La jugada salió rana.

«It’s hard for a star / Sweet sweet sweet wind / Burn off this skin». Belly «Star»

MacConaughey ya no es McConaughey. Si pudiese metamorfosear a voluntad entre su vieja y actual impronta, sería ideal para hacer un A pleno sol. Un Cómo ser Matthew M. Un Inseparables. Yo ya no puedo ver una película sin imaginar cómo la hubiese hecho MM. En el segundo capítulo de True Detective, de perfil a contraluz, en camiseta de tirantes frente a su taquilla de la comisaría, parece Paul Newman. Para cerrar el círculo.

Tras El show de Truman Jim Carrey prosiguió con su galería de histriónicos porculeros sin cerrar una cuota de personajes serios en la celebrada Olvídate de mí (Michel Gondry, 2004). Más interesante aún es el combo, la faceta mixta de comedia y sufrimiento en el mismo personaje: el homenaje a Andy Kaufman de Man on the Moon (Milos Forman, 1999) y la formidable Philip Morris, te quiero (Glenn Ficarra y John Requa, 2010). Con tanto cómico pasándose en los noventa al drama, Bill Murray encontró el terreno propicio para protagonizar la mejor película del género de esos años, Atrapado en el tiempo (Harold Ramis, 1993). Luego se le elogiaría cantidad por pasarse al drama indie de celofán —Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003)— y volver a la comedia, pero esta vez en clave posmoderna y guay, del tal Wes Anderson.

«And the masks, that the monsters wear / To feed, upon their prey». Portishead «Wandering Star»

Antes de tantos años pero ya colegas para siempre, Matt y Woody en EdTv.

Antes de tantos años pero ya colegas para siempre, Matt y Woody en EdTv.

Vuelvo a ver Ed TV, tantos años después y con el HD en lugar del VHS. Refleja cómo un actor asume el centro de la pantalla todo el tiempo. Como si el mismo rostro saliese en todas las películas, series e incluso los anuncios. En el reparto figuran Woody Harrelson, el acompañante de MM en True Detective, y la cómica Ellen Degeneres, presentadora de la gala de los Óscar que ha encumbrado a MM. La del selfie redicho. Hay tanta coincidencia con lo que ahora sucede que todo parece bien una alucinación o bien un guión que nos comemos con las patatas a la boulangère que hemos aprendido por alguno de los realities de Gordon Ramsay.

Y finalmente, cuando más atención hay en las teles y menos en los cines, McConaughey anuncia que deja las series, o al menos True Detective. Una declaración de intenciones o una declaración de amor. Una fidelidad a la vocación en la carrera. No es cierto que en las series se haga cine. Eso no es true cinema.

«I’ll count the stars tonight / And hope with all my might». The Wonders «All My Only Dreams»

Cuando Matthew McConaughey empezó a hacer películas el terreno de las series estaba capitalizado por Los Simpson y las sitcoms igual que en los pisos se imponía la moda del loft. Sobresalían Seinfield, Frasier y Friends como si se tratase del día de la letra F en un concurso de deletrear. La ficción de una hora era dominada por los expedientes X. Sensación de vivir había muerto de seria y Melrose Place de perfidia (no había al final un solo personaje que no fuese más malo que Falconetti). Su impronta persistía, no obstante. Por ejemplo en clave indie e hipodérmica a través de My So-Called Life, Esta es mi vida, donde debutaron Claire Danes y Jared Leto, que hacía de autista emo. Uno que no ha cambiado.

Leto ha acompañado a MM en el podio de los Óscar y le ha emulado en recoger el premio vestido de blanco. Pero él no es de Texas.

«And after our labours the stars will be neighbours». Prefab Sprout «Andromeda Heights»

Intento explorar los atributos del cambio de Matthew McConaughey fijándome en lo que pasó en Tom Hanks. Pero el Tom Hanks dramático era el mismo que el cómico, igual que el Robin Williams cómico parecía llorar cuando se reía.

Habíamos aprendido de la literatura que todo lírico floral puede abrigar dentro un Vernon Sullivan. Pero transmitirlo desde el movimiento, amigos. Yo no lo había visto. En esta actual apoteosis de la virtualidad, donde por fin la demarcación entre ficción y realidad va perdiendo el sentido que en realidad nunca tuvo —así, Her (Spike Jonze, 2013)— un hombre ha evolucionado en otro hombre. «Yo no actúo, solo soy».

Algún día los que os reís de mí me haréis la ola.

Algún día los que os reís de mí me haréis la ola.

El nuevo McConaughey aparece por mis ventanas, aporreándose el pecho con una euforia tan diametralmente diferente a la que exhibía antes. A ratos parece que su nueva sonrisa es una mueca del desencanto después de tantos años. En El lobo de Wall Street parece que han tenido que limitarle presencia porque un minuto más de exhibición —pum, pum, pum— y se come la película. A Bale, por citar un favorito reciente, lo ha barrido del mapa de los afectos cinéfilos. Su nuevo latido o su otro latido, una mueca que parece cruel. Una burla de todos los disfraces que han llevado y se seguirán poniendo sus camaradas de profesión. Como el superhéroe de La máscara de Carrey, pero sin ficción. Ralentizando el gesto y el habla, como el Neo de Matrix, aunque libre de efectos especiales. Hoy todo es Matt. Hasta repiten fuera de temporada el anuncio navideño de colonia en el que sale con una chica.

«¿Quién es esa rubia que sale al lado de Matthew McCounaghey?».

La democracia según Max Weber

Max Weber (DP)

Max Weber (DP)

¿Podemos escapar del control de los burócratas y tecnócratas en las sociedades complejas? ¿Se puede frenar de alguna manera la tendencia de los partidos a la oligarquía? ¿Vivimos en una partitocracia? Estas preguntas, que están de plena actualidad, fueron planteadas hace décadas por el conocido sociólogo alemán Max Weber (1864-1920). El autor de la obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo dedicó incontables páginas a reflexionar sobre estas preguntas y, en fin, sobre la esencia misma de la democracia.

Max Weber, al igual que Schumpeter, pensaba que la vida política dejaba poco margen para la participación directa. Su obra tiende a afirmar un concepto de la democracia como un medio para escoger a los encargados de adoptar las decisiones y fijar contrapesos para limitar sus excesos. En sus escritos reflexiona de modo recurrente las condiciones de la liber­tad individual en una época en la que muchos desarrollos sociales, económicos y políticos estaban minando la esencia misma de la cultura política liberal.

El nervio de la obra de Weber es cómo encontrar un equilibrio entre la fuerza y el derecho, el poder y la ley, el gobierno de expertos y la soberanía popular. La reflexión de Weber sobre estos problemas supuso una revisión fundamental de las doctrinas liberales. Además, también constituyó uno de los retos teóricos más coherentes y  convincentes para el marxismo, especialmente en el campo anglosajón. Esto explica por qué su pensamiento ha tenido una influencia capital en muchos pensadores y académicos que llegaron después, quienes, en gran medida, repitieron como un eco muchos de los postulados del sociólogo alemán.

Racionalización y desencanto

Que con frecuencia se haya opuesto Karl Marx a Max Weber no significa ni mucho menos una total divergencia entre ambos pensadores. Weber aceptaba bastante de lo que Marx dijo sobre la naturaleza del capitalismo aunque rechazara categóricamente las ideas políticas marxistas. Si el capita­lismo era en algunos aspectos un sistema socioeconómico problemático, especialmente en el equilibrio igualdad y libertad, existían a su juicio aún menos razones para recomendar el socialismo como solución.

Weber  aceptaba que las intensas luchas de cla­ses habían tenido lugar en varias fases de la historia. Aceptaba que la rela­ción entre capital y trabajo asalariado era de importan­cia para explicar las características del capitalismo in­dustrial. Sin embargo, Weber rechazó que el análisis del conflicto pueda reducirse al análisis de las cla­ses. Para él las clases constituyen tan solo un aspecto de la distribución de recursos y de la lucha por el poder. Lo que él denominaba «grupos de estatus», los partidos políticos y los estados-naciones los consideraba al menos igual de importantes. El fervor de la solidaridad grupal, comunidad étnica, el presti­gio del poder o el nacionalismo eran absolutamente vitales. Aunque el conflicto de clase es importante, para Weber no es el motor de la historia.

Además, también a diferencia de Marx, Weber veía el capitalismo industrial como un fenómeno distintivamente occidental en sus orígenes. De ahí que incorporase sus propios valores. Para el autor el rasgo occidental más importante del capitalismo es lo que denominaba la «ra­cionalidad», algo que iba más allá de la esfera económica.

Para Weber la racionalidad significaba la extensión de las actitudes de carácter técnico a más y más esferas de la vida. La especialización, la ciencia y la tecnología habían pasado a jugar un rol fundamental en la vida moderna, lo que tuvo la inevitable consecuencia del «desencanto». Ya no existen visiones del mundo de acuerdo porque las bases tradicionales de la sociedad se han debilitado. Como decía de manera cruda Weber, no existe una justifica­ción última, más allá de la elección del individuo, acerca de a «cuál de los dioses rivales deberíamos servir». Es responsabilidad de cada uno decidir qué valores es más conveniente defender. Es «el destino de una época que ha comido del árbol de la sabiduría».

En un mundo de valores contrapuestos, en la que ninguno puede considerarse objetivamente válido, ya no se puede sostener que la vida política se funde en una sola moral. En estas circunstancias, la política liberal solo puede de­fenderse, sostenía Weber, sobre la base de los procedimientos. Para él, esto implica enfatizar su importancia como mecanismo para promover la competencia entre los valores. La libertad de elec­ción en un mundo racionalizado. De ahí que la democracia fuera un componente vital de los arreglos instituciona­les necesarios para el manteni­miento de una cultura política liberal.

Weber pensaba que la racionalización iba ine­vitablemente acompañada de la extensión de la burocracia. Cuando Marx y Engels escribían sobre la burocracia, tenían en mente la administración pública. Pero We­ber aplicaba el concepto de forma mucho más extensa: el Estado, las empresas industriales, los sindicatos, los partidos políticos o las universidades. Estaba de acuerdo con Marx en que la burocracia no es demo­crática porque los burócratas no son responsables ante la población afectada por sus decisiones. Sin embargo, insistía en que el problema de la dominación burocrática es omnipresente; no existe ninguna forma de trascenderla salvo limitando su extensión. Después de todo, no hay modo de trascender el Estado.

El papel de la burocracia

La concepción de la organización burocrática como parásito de la sociedad es una postura que han expuesto Marx y muchos otros marxistas, especialmente Lenin. Pero para Weber las administraciones centralizadas eran ineludibles, en especial tras su consideración de la democracia directa como algo impracticable.

Weber no creía que la democracia directa fuera imposible pero sí que no podía funcionar en organizaciones tan extensas, numerosas y complejas como los estados contemporáneos. La democracia directa requiere la igualdad de todos los participantes y una comunidad relativamente homogénea. De ahí que ejemplos de esa forma de gobierno pudieran encontrarse entre las aristocracias de las ciuda­des-estado de la Italia medieval, entre ciertos municipios de los Es­tados Unidos o entre grupos profesionales muy selectos, por ejem­plo, los profesores universitarios (cof cof). Sin embargo, el tamaño, la com­plejidad y la total diversidad de las sociedades modernas hacían para el autor que la democracia directa sea inapropiada como modelo.

La complejidad de la sociedad, justamente, es lo que hace al Estado insustituible. En opinión de We­ber, Marx, Engels y Lenin mezclaban la naturaleza clasista del Estado (al servicio de la burguesía) con la cuestión de si una administración burocrática centralizada era necesaria de la organización política y social. Y Weber tenía claro que no había una forma plausible de que el ciudadano moderno cree administraciones no-burocráticas.

Conforme la vida económica y política se hace más compleja y diferenciada, la administración burocrática es cada vez más impres­cindible. Esto se relacionaba con los problemas de los sistemas económicos modernos y la sociedad de consumo. Es esencial para el desarrollo de las empresas un medio político y legalmente prede­cible; sin él, no pueden administrar con éxito sus asuntos y sus rela­ciones con los consumidores. La eficacia y estabilidad organizativa, que a largo plazo solo la burocracia puede garantizar, era (y es) ne­cesaria para la expansión del comercio y la industria.

Las masas todavía aceleraron más este proceso arrancado por presiones del capitalismo. La extensión de la ciudadanía llevó al incremento de las demandas al Estado, tanto de tipo cuantitativo como cualitativo. Los que acababan de adquirir el derecho al voto pedían más del Estado en áreas como la educación y la sanidad. Cuantas más demandas, más necesaria es una administración especializada y si bien el gobierno de los funcionarios no es inevitable, estos tienen un poder considerable en base a su infor­mación y acceso a los secretos. Un poder excesivamente dominante que puede colocar a los políticos en una situación de dependencia.

Una cuestión central para Weber eran las posibles formas de controlar el poder burocrático. Estaba convencido de que en ausencia de con­troles la organización pública caería presa de funcionarios o de poderosos intereses privados (entre otros, capita­listas organizados y grandes terratenientes). Más aún, en momen­tos de emergencia nacional, habría un liderazgo ineficaz: los buró­cratas, al contrario que los políticos en general, no pueden tomar una postura firme. No tienen la formación para la consideración de criterios políticos, técnicos o económicos.

De ahí que fuera tan crítico con el socialismo. Creía que la abolición del capitalis­mo privado significaría simplemente que la máxima dirección de las empresas nacionalizadas o socializadas se burocratizaría. La abolición del mercado supondría acabar con un contrapeso clave al Estado. Lejos de acabar con la dominación del capital, el socialismo la transformaría en una forma burocrática impermeable, que al final suprimiría toda expresión de los intereses en conflicto en nombre de una solida­ridad ficticia donde el estado burocrático gobernaría solo. Y si bien Weber argumentaba que el desarrollo capitalista fomenta el estado burocrático, creía que este mismo desarrollo, asociado al gobierno parlamentario y al sis­tema de partidos, proporcionaba el mejor obstáculo a la usurpación del poder del Estado por los funcionarios.

El Reichstag en 1889. Foto: Julius Braazt (DP)

El Reichstag en 1889. Foto: Julius Braazt (DP)

Parlamentarismo y democracia

Weber consideraba que el creciente protagonismo de las masas en la política no modificaba la realidad de la dominación de la minoría. De nuevo, en esto no era muy diferente de Schumpeter. Para él la acción política se rige siempre por el principio del pequeño número, esto es, el de la superior capacidad política de maniobra de los pequeños grupos dirigentes. Ahora bien, la llegada de las masas a la política pasaba a suponer un cambio en los métodos mediante los cuales esta era seleccionada.

La justificación weberiana de la democracia se basaba en que el papel de las masas adoptaba, gracias a la democracia, una forma ordenada de participación. Por más que la extensión del sufragio universal fuera inevitable, ello no significaba necesariamente que las masas asumieran el protagonismo. Weber, que en general tenía poca estima por el electorado, consideraba que este tenía pocas oportunidades signifi­cativas de participar en la vida institucional. En su famoso ensayo La política como vocación (lectura obligada para cualquier estudiante de Ciencias Políticas) hacía referencia a su carácter emocional, de ahí que fueran poco adecuadas para comprender o juzgar los asuntos pú­blicos.

Sin embargo, el fenómeno que Weber consideraba más importante para analizar el devenir político de las sociedades de su tiempo no era tanto la extensión del sufragio. Para él lo central era la creciente burocratización del aparato del estado y la progresiva oligarquización de las organizaciones políticas. Por tanto uno de los problemas fundamentales de la política moderna es cómo mantener la burocracia bajo control. Tal control solo era posible, en su opinión, mediante un parlamento fuerte. Sin él, la democracia estaría condenada a transformarse en un gobierno de funcionarios, como ejemplificaba la Alemania de su época.

El cese de Bismarck como canciller del Reich en 1890 había dejado el gobierno en manos de funcionarios. El Canciller de Hierro había acabado con todos sus rivales y posibles sustitutos, con lo que había creado un absoluto vacío en la dirección del Estado. A ello se unía la débil posición constitucional del parlamento. La constitución alemana establecía que el Reichstag no era el responsable de la elección del gobierno (como ocurría en las monarquías parlamentarias de su entorno). Sus poderes eran presupuestarios, esencialmente. Además, todo líder de partido que fuera designado para ocupar un ministerio tenía que renunciar a su puesto en el Reichstag, vaciando la cámara de las líneas partidistas. Si a eso se suma la tendencia a nombrar funcionarios para ocupar los puestos de ministros, el gobierno resultante era muy funcionarial, carente de responsabilidad política.

¿Cómo podía ser posible preservar el individualismo y la libertad frente a este poderoso ímpetu de la burocracia? Para Weber la única alternativa para evitar la dominación burocrática incontrolada era el desarrollo del parlamentarismo. La existencia de un parlamento fuerte no solo era necesaria para reclutar a los líderes políticos. Además, pensaba que era el lugar en el que los líderes contarían con los medios necesarios para su formación gracias al debate político.

Weber dio varias razones para justificar por qué el parlamento era vital. En primer lugar, el parlamento garantiza un grado de acceso al gobierno. Como foro para el debate de la política pú­blica, asegura una oportunidad para la expresión de las ideas e inte­reses rivales. Esto es capital si estamos en el tiempo del pluralismo de valores. Además, la discusión parla­mentaria y el requisito de la oratoria que para ser persuasivo hacía al parlamento un buen campo de pruebas. Los aspirantes debían ser capaces de movilizar la opinión y de ofrecer un programa político plausible.

El parlamento también proporciona un espacio para la negociación de posturas atrincheradas. Los representantes políticos pueden mostrar las alternati­vas políticas a los individuos o grupos con intereses contrapuestos. Dan así la oportunidad de buscar un compromiso, de avanzar hacia un término medio. Por lo tanto, los líderes en el parlamento podrían formular objetivos que respondan a las presiones cambiantes de la ciudadanía y que se correspondan con las estrategias para el éxito electoral y nacional. En suma, para Weber el parlamento es un meca­nismo esencial para preservar la competencia entre los valores.

La oligarquización de los partidos y el liderazgo

Sin embargo, pese a su fe en el parlamentarismo, Max Weber también se preocupó por la creciente oligarquización de los partidos políticos. La extensión del sufragio, con el consiguiente incremento del número de votantes, convertía la disputa por sus votos en una lucha encarnizada. De ahí partidos generasen organizaciones cada vez más complejas para atraerlos. Esta burocratización suponía la aplicación de férreas normas de cohesión interna que obligaban tanto a sus afiliados como diputados en el parlamento y minaban cualquier posibilidad de auténtico debate.

El desarrollo de los parti­dos políticos de masas (los comunistas, los socialdemócratas, los democristianos) minaba la concepción liberal clásica del parlamento como lugar donde la reflexión racional. Si bien for­malmente el parlamento era el único cuerpo con legitimidad para promulgar la ley y definir la política nacional, en la práctica la polí­tica de partidos predomina.

Con el fin de lograr influencia, esas fuerzas necesitan movilizar recursos, reclutar seguidores y tratar de ganar personas para su causa. Pero, al organizarse, pasan a depender de los que traba­jan de forma continuada en el nuevo aparato político: el político profesional. Esto a su juicio pervierte la naturaleza del parlamentarismo. Las máquinas de partido desechan la afiliación tradicional y se estable­cen como centros de lealtad. Crece la presión para defender la lí­nea del partido, incluso sobre los representantes electos. Como llegó a decir Weber, los repre­sentantes se vuelven por lo general unos borregos, votantes perfec­tamente disciplinados impermeables al buen juicio del debate.

Finalmente, el problema del liderazgo también marcó el pensamiento político de Weber. Sin embargo, a lo largo de sus escritos no siempre fue claro. Al principio sostuvo que el líder tenía que surgir necesariamente del parlamento. Solo un sistema parlamentario podía suministrar líderes políticos cualificados que se convirtieran luego en los cargos directivos de la administración del Estado. Por el contrario, más adelante en La forma futura del Estado alemán (1918), Weber argumentó que el presidente debía ser plebiscitario, elegido por la masa de la población puesto que «un presidente del Reich elegido por el parlamento sobre la base de determinadas constelaciones y coaliciones de partidos es un hombre políticamente muerto cuando tal constelación se disgregue».

Esta cita ilustra claramente la diferencia existente entre el líder poderoso, elegido con la participación de toda la población, y el parlamento, como lugar en que encuentran su expresión los intereses grupales. Weber, en su campaña en favor de que el presidente tuviera un mandato directo, llegó incluso a defender que este sistema, y no el parlamentario, constituía la verdadera democracia. Así, parece que Weber llegó a considerar la democracia como una reinterpretación antiautoritaria del liderazgo carismático. El señor legítimo es ahora jefe libremente elegido —y también depuesto por sus subordinados, y el carisma solo existe si es validado democráticamente en las elecciones.

Algunos comentarios finales

Weber logró condensar en su obra algunos dilemas que siguen siendo pertinentes hoy día. Es indudable  que vivimos en sociedades cada vez más plurales. También que la democracia tiene mucho de procedimiento para hacer que esos valores compitan libremente ahora que tenemos tantos dioses a los que podemos servir. Esto, en gran medida, es lo que justifica su constante preocupación por la expansión de las formas de gobierno burocráticas. En sociedades complejas, donde la ciudadanía espera mucho de sus poderes públicos y en España es el caso este no es un tema menor, siempre que entendamos la burocracia en un sentido amplio de la palabra.

Ahora que discutimos sobre el papel del Estado frente a instancias técnicas supranacionales, no deberían caer en saco roto las advertencias de Weber. Ni su inevitabilidad como forma de organización ni la necesidad de moderarla para evitar que sea captada por intereses de parte, especialmente visto que son irresponsables políticamente. ¿Cuáles son los límites de la técnica y la política? Son temas que todavía estamos discutiendo. De hecho, toda una rama de la ciencia política solo se dedica a estudiar las siempre complejas relaciones entre los burócratas y los cargos electos para cumplir un mandato.

Es cierto que Max Weber tenía un exceso de confianza en el papel que jugaba el parlamento en la vida política, y quizá demasiada alarma por la llegada de los nuevos partidos de masas. En cierta medida Weber estaba asistiendo a la muerte de la política liberal la de los notables y el nacimiento del mundo de las grandes ideologías. Una nueva política que en su Alemania natal tendría un efecto desgarrador. De ahí que probablemente su giro hacia la figura del líder carismático de carácter plebiscitario es una evolución tras el inevitable desencanto  de unos usos políticos que cada vez eran más lejanos a su tipo ideal; el de una política moderada y plural desde las instituciones parlamentarias.

Los hombres también tiemblan: quince miedos masculinos y cómo sobrellevarlos con dignidad

Una escena de Aterriza como puedas. Imagen: Paramount Pictures.

Los hombres también lloran, y la procesión va por dentro. Quizá les venga de nuevo lo que acabo de anunciar, pero que no confesemos nuestros dolores más íntimos ante un té con limón no significa que no nos duela. Que no verbalicemos la angustia no significa que ignoremos qué nos aqueja. Simplemente, tiramos adelante sin abrir la boca. Somos «the strong, silent type», que decía Tony Soprano. Como los hombres de 1914, los que regresaron del Somme y aplicaron una sólida tapa de alcantarillado sobre las mutilaciones espirituales y los horrores insondables, y continuaron acarreando el trauma en la joroba, levantando familias y sosteniendo casas y llorando sus pesadillas en secreto en el baño. Sólidos, caramba. Con corazas, leches. Soportando el desmorone interior, maldita sea. Tipos que no abandonan el bote cuando asoma la primera vía de agua. Fulanos que no moquean en un diván de psicoanalista cuando aflora la inaugural cicatriz paralizante en el alma.

Así, voy a romper una omertá milenaria y voy a cantarles aquí algunos de nuestros miedos más horripilantes, los terrores que nos mantienen insomnes durante las largas noches de invierno. Son mis miedos particulares, pero —a la vez— puesto que no soy más que un individuo corriente y moliente, lo más probable es que sean también los suyos. ¿Mi método? Embotellar la desazón, envasarla al vacío (sin autocompasión termina asfixiándose) y a seguir andando. A seguir viviendo, como caballeros victorianos, como siempre hemos hecho, contando chistes y palmeando espaldas y vaciando bares. Contándonos cosas los unos a los otros que nos recuerden lo que somos: hombres. Hombres hablando con otros hombres. Capeando el temporal y mañana será otro día y esta ronda la convido yo, cachis en la mar.

1) Sufrimiento infantil: He escogido quizá el peor momento posible para hablarles de este miedo, porque estoy visionando True detective, una serie donde se maltratan más niños que en las colonias de verano de un colegio de curas. Por lo común puedo enfrentarme a cualquier tipo de salvajada catódica sin pestañear (hombres envueltos en llamas, catástrofes naturales de proporciones bíblicas, noticiarios de Telecinco hablando de «los catalanes»), pero entra en escena un niño y me transformo en una temblorosa y sollozante masa de jalea. En True Detective no nos ahorran explicaciones gráficas: en el último capítulo vislumbrábamos de lejos un VHS snuff-pedófilo sustraído a un gang de abusadores paganos, y al cabo de un fotograma el agente Marty entraba a un hogar donde un adicto de crack había colocado al bebé en el microondas. Con el resultado ya experimentado en felinos. Oh, gracias a la vida, que me ha dado tanto. He llegado a la conclusión, así, de que mi padecimiento espectador se debe solo a la presencia querúbica de los inocentes gurruminos. Sustituyan las escenas con «niño» por escenas con «antidisturbios» o «banquero» y allí estoy, abriendo la siguiente cerveza y sacando las palomitas. Y es por toda la inocencia magullada. Es porque ellos no habían pedido vivir esa ponzoña. Hay gente que se busca la tortura rectal y los picahielos carcelarios en el bazo, pero un niño jamás merecerá algo así (exceptuando al abusón de la clase de mi hijo mayor; ese sí). Los niños confían en uno de forma implícita, y me parece una perrada devolverles todo el candor con malevolencia y putrefacción. El futuro está en los niños, como dicen las más vomitivas canciones melódicas. Quítenles de encima sus sucias manos, monos asquerosos.

2) Tráfico: Mi reacción a los automóviles es muy parecida a la que tendría un gentilhombre decimonónico replantado a traición en mitad de una rotonda urbana: pánico e histeria, seguidos de desesperados intentos de sortear las máquinas de hierro, regreso cobarde a la rotonda inicial, frustrante parálisis en el aparato motriz, amargos sollozos y súplicas finales de rescate en diligencia. Es fácil morir y ser matado por culpa de las cuatro ruedas y los motores de combustión. He estado ebrio tras el volante, así que sé lo fácil que es despistarte de la conducción y llevarte por delante un rebaño de cabras o una fila de parvulario. Llámenme Cioran, pero no suelo fiarme de la humanidad. Así, de forma sistemática. Por ello, cuando tengo que cruzar un paso de cebra con el semáforo verde (para peatones), hago igualmente que mis hijos miren y remiren cien mil veces a ambos lados por si se acerca algún vehículo, luego les obligo a tomar los sacramentos y rezar un rosario entero, y tras una última inspección exhaustiva logramos vadear la calzada con la presteza de tres yakuzas sobre un puente colgante de lianas deshilachadas.

3) Aerofobia: No, no: eso que dicen es aerofagia. Yo les hablo del miedo a volar. No se sonrojen: gente más digna y noble que nosotros se ha escagarruzado al subir la escalerilla del aeroplano. Gene Clark, el Dalai Lama y (ejem) Jennifer Anniston admitieron alguna vez estar aterrorizados por esa fruslería, la de elevarse por entre las nubes como un mito griego pasado de vueltas. A Clark incluso le echaron de The Byrds por esa tontuna, así que imaginen el pavor primordial del que era rehén. Para aquellos de nosotros a quienes lo de planear por la estratosfera en un pesado armazón de sólido acero nos da algo de canguelo, y lo de pensar que depende de un humano para elevarse no alivia en absoluto (un robot, un tejón o una patata me harían sentir bastante más seguro), volar puede ser uno de los peores bretes de la existencia. Lo peor es cuando alguien trata de calmarnos utilizando métodos de crueldad demente que incluso los jemeres rojos rechazarían por su debatible moralidad. Mi santa y anaranjada esposa, por ejemplo, cree que «tranquilo, si se estrella moriremos todos y no te enterarás de nada» es un bálsamo perfectamente adecuado para esa clase de terrores. Hace algunos años yo combatía dicha fobia hinchándome a Valiums, pero a la mañana siguiente me contaban lo que había sucedido (ya en mi destino) al combinar el poderoso tranquilizante con alcoholes de cataclísmica graduación, lo que había realizado sin pantalones encima de la mesa con el pepino de los Gin Tonics, y el asunto me acababa proporcionando más angustia fundamental que la breve planeadita en Boeing.

4) Morir indigente: Yo, que nada tengo… Parece un blues vetusto, pero lo cierto es que no poseo demasiados bultos físicos, nada valioso o vendible, y de entre los bienes que podríamos considerar conyugales muy pocos están a mi nombre. Hoy he revisado la hipoteca que mi mujer y yo sufrimos, y resulta que solo el veintidós por ciento de la casa es mío. Una cifra inquietantemente exacta (algún bastardo lo estuvo midiendo a conciencia) que me deja el retrete, el sector oriental del trastero y una baldosa del balcón de tender. Y no puedo vivir en ninguno de esos tres sitios; tendrían que obligarme unos cuantos SS con malas pulgas, como a Anna Frank. Tampoco tengo subsidio de jubilación y las cotizaciones antañonas de viejos empleos-basura prescribieron o fueron exprimidas hace eones. ¿Qué me deja eso? Una herrumbrosa Vespa de 1975 que pasa la ITV de pura chiripa (pero que poseo desde que tenía diecinueve años, con el consiguiente vínculo inquebrantable) y varios millares de libros y discos que preferiría morir —torturado rectalmente— antes que vender. O sea: que no tengo . Y eso me atemoriza, cuando me pongo a pensar en ello. Por fortuna, trato de pensar en ello lo menos posible, y a la vejez viruelas.

5) Guerra civil: Del mismo modo que el novelista Jonathan Ames heredó de sus abuelos judíos el miedo a resaltar entre la multitud (por temor a los cíclicos pogromos antisemitas eslavos), yo recibí por vía de mi abuela materna el sempiterno pavor a que vuelva «el general del sable», como le llamaba ella. Los que descendemos de los represaliados republicanos de la Guerra Civil Española hemos conservado en el ADN ese indeleble temor + desconfianza + repugnancia vis a vis las fuerzas armadas del Estado Español. Al menor desorden público y mínimo signo de desobediencia civil ya imaginamos sangrientos escenarios de represión fascista, bombardeos italianos sobre la población civil y fosas comunes en las afueras de los villorrios. Por supuesto, ese es un miedo que debemos vencer. Es nuestra obligación. Y si reaparece el viejo «general del sable», que decía mi abuela, esta vez sí le daremos para el pelo; como tuvimos que haber hecho en 1936.

6) Catástrofes naturales: Cuando acabé de leer ¡Todo importa!, de Ron Currie Jr, me pasaba el día escudriñando el cielo a la espera del colosal asteroide justiciero que barrería a la raza humana del planeta y me haría papilla instant contra el asfalto. Desconozco la cifra en cuanto a posibilidades matemáticas, pero no me digan que no resulta extraño que caigan aquí tan pocos pedruscos cósmicos, estando el universo sembrado de ellos. Cada mañana examino la bóveda celeste, temiendo que se avecine ya El Último Día, pero ese día no llega. Y sin embargo seguimos estando a la merced de los elementos, igual o más de lo que estábamos en el año mil. Como demostraron el Katrina o el tsunami de Chile, cuando la Tierra golpea no somos más que gomosos y frágiles muñecos basurillas en manos de un dios loco y cruel. Un pensamiento espeluznante que me permito barrer al fondo de mi polvorienta mente y dejarlo ahí almacenado, junto a la trigonometría de BUP, la métrica de la canción provenzal y los consejos de salud sexual que me dieron los salesianos: o sea, la bazofia inútil que jamás voy a utilizar.

7) Que fallezca la vieja silenciosa del piso de arriba y entren a vivir cuatro estudiantes farloperos amantes del techno gabber holandés: Un momento: es demasiado silenciosa. Nadie puede hacer tan poco ruido al desplazarse. Sin levitar, al menos. Eh: ¡Quizás está muerta ya! ¡Quizás su cuerpo sin vida se desplomó sobre la alfombra del salón hace un mes, y los estudiantes farloperos alumbran sus pipas de crack alrededor del fiambre en descomposición! ¡Mientras esperan el momento idóneo para poner algún maxi profano a 220 bpm y despertarme a los niños! ¡Vieja maldita, despojo ingrato, por qué no podías ser inmortal, como muchos otros ancianos! No bromeo. He visto cosas que jamás creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Pero también he visto un montón de longevos matrimonios en estado de intachable lozanía derrumbarse como catedrales de escombros por culpa de una escalera de vecinos chillones. He visto las mentes más brillantes de mi generación tornarse neuróticos amasijos de tics solo porque tenían en el Cuarto Primera a un loco que tocaba al piano eléctrico I just called to say I love you cada día a la hora de la siesta. Así que si tengo que prolongarle la vida por métodos artificiales a la afásica nonagenaria del piso de arriba, vive Dios que lo haré. Y cuando digo métodos artificiales lo que quiero decir es atarle un brazo al mío y simular que aún no ha espichado —estilo Este muerto está muy vivo— cada vez que reciba visita de los servicios sociales.

8) Los muertos: Los muertos vienen a visitarme a menudo. Y no quiero decir en formato ectoplásmico, como en un capítulo de Scooby Doo. Me refería a que todos los caídos y desaparecidos de mi vida reaparecen a la que pego un ojo, y triscan a sus anchas por los fértiles pastizales de mi onírico Yo. Eso puede ser irritante (no tengo por qué soportar las sandeces de un antiguo rival de 7ª de EGB, o los reproches de aquella vejada novia de mis años de bachiller), pero también emotivo y triste. Hace poco vino a verme en sueños Agustí, un amigo mío que unos meses atrás se había quitado la vida. En el sueño arrastraba la Vespa azul y plateada de su amigo Alfredo, como si se hubiese estropeado, y me decía «¡cómo voy a estar muerto, hombre!» delante del Dadá, un viejo bar de Viladecans a donde siempre íbamos. Y entonces los dos nos echábamos a reír aliviados. Me desperté con los ojos resecos de lágrimas evaporadas, y la sensación de que la muerte se me había colado por entre las costillas y me había tocado el alma. La raíz del alma, joder.

9) El pasado: El futuro me la trae al pairo de manera holgada (qué será, seraaaaaaaaá, como cantaba Doris Day) pero la idea del pasado me martiriza. La posibilidad de que vengan my chickens home to roost, que dicen los ingleses. O sea: que todos mis pecados y faltas pretéritas se materialicen de forma napálmica y arrasen mi vida actual como si fuese un poblado de My Lai. Que ninguno de mis crímenes prescriba, y el castigo llegue en el exacto momento en que expelo el suspiro de alivio final (que significa: todo salió bien, después de todo). Esa inmundicia me trae de cabeza, se lo juro. Pero a estas alturas ya deberían ser capaces de adivinar qué infalible método antipavores atávicos voy a poner en práctica. Ajá: ¡patadón y al desván! Después de todo, si no piensas en algo lo más probable es que jamás suceda, contrariamente a lo que nos demuestran la historia, el cálculo de probabilidades y el más instintivo sentido común.

10) El despido: Cuando empecé a trabajar para La Vanguardia el año 2003, esta paranoia cesante era tan regular y cíclica como las mareas, la fiebre del heno o la moda sixties.

—Creo que quieren echarme —le decía a mi mujer, nadando en sudor, abriendo la luz de la mesita de noche a las tres de la madrugada y zarandeándola con la otra mano—. Esta vez va en serio. Estoy acabado. No volveré a trabajar en esta ciudad.

Entonces llegaba el miércoles y aparecían mis artículos publicados a todo color y en lugar destacado, y me reía de mí mismo por aquel julepe absurdo, y casi olvidaba que había padecido esa aprensión despedidesca; hasta que volvían a pasar unos días, y se reanudaba la pavura irracional y el insomnio pertinaz. Más de diez años después, nada ha cambiado. Mis queridos jefes me aseguran que siempre tendré un plato en esa casa (me lo aseveran casi con esas palabras exactas) y yo me reconforto durante el lapso de tiempo más insignificante posible, y entonces vuelvo a torturarme con escenarios de destitución oficial y patada en el culo a las puertas del edificio Godó. Inconsolable.

11) La juventud: También llamada efebifobia o «miedo irracional a estar cerca, entre o en compañía de adolescentes». Yo creía que todo esto me importaba un bledo, hasta que el otro día me tocó entrevistar al joven escritor Ben Brooks para una audiencia de jacarandosos veinteañeros. Allí estaban, con sus carnes absurdamente tersas y sus sombreretes absurdos y sus miradas de curiosidad bovina: eran ellos. Los teenagers. «Tranquilo, tú también fuiste uno», me repetía entre dientes para apaciguar el desasosiego que me producían sus ojos, tan limpios como crueles. Pero entonces mi próstata reaccionaba con punzadas que significaban: «Sí, pero lo fuiste en 1985». Y allí regresaban los viejos pánicos, la patética afectación y risible pretensión de ser más joven de lo que uno es, pretensión que suele mutar velozmente en un delirante lenguaje corporal que anuncia que estás allí, tron, peñeando con la peña peñil. Con tus homies (de la Retirement Home). Así, el miedo que tengo no es tanto a los jóvenes, sino al monstruo en que me transformo cuando me veo cercado por ellos: una mezcla de Homer Simpson (en modo rap), el abuelo heroinómano de Little Miss Sunshine y un personaje follaalumnas de Philip Roth. O sea: un desastre en ciernes.

12) Blandura penil: Estoy convencido de que cuando amaneció el primer día de la batalla de las Termopilas, el rey Leónidas I de Esparta no pensaba en la carnicería que se avecinaba si los persas cruzaban el paso, sino cómo funcionaría su príapo aquella noche en la tienda de campaña, junto a su concubina habitual. ¿Sería capaz de mantener el estandarte en alto como era de costumbre? ¿Se alzaría su cucaña con la rigidez y tenacidad de los días de gloria? ¿Alcanzaría su músculo reproductor el deseado «impulso hidráulico» (como lo denomina Tim O’Brien)? Lo he colocado en el número 12, pero de ir por orden de importancia quizás el miedo cerval al derrumbe eréctil sea la preocupación #1 del hombre. Si aquello cae, si el satisfactorio anquilosamiento del órgano deviene capitulación sanguínea, si el recio cantimpalo amanece cervela al vapor, entonces todo está perdido, y la cornucopia de la abundancia se transformará en cenizas en nuestros labios. Nada merecerá la pena, si allí abajo no hay alegría y cosa güena.

13) Los enemigos: Es broma. No les temo a mis enemigos en absoluto. Como sabiamente recomienda Ricky Gervais, me he guardado bien de hacer enemigos en los campos auténticamente temibles de la experiencia humana: entre mis rivales no hay gangsters ucranianos, miembros de la Aryan Nation o bombas humanas yijadistas. Solo músicos resentidos, un par de flácidos periodistas de tendencias, medio crítico literario, dos o tres trolls pijamiles completamente inofensivos y alguna antigua suegra. No es el Ejército Rojo en plena Ofensiva Leópolis-Sandomierz, como pueden ver. De ellos, como mucho, recibo de vez en cuando un escueto hatemail infestado de faltas de ortografía que me recomienda «chupar pollas» o «follar más» o pone en mi conocimiento que no me entero «de nada». Puedo vivir con ello, así que no sufran por mí.

14) Ser un mal padre: Pero no pasa nada. Del mismo modo que solo los bobos se vanaglorian de su inteligencia, solo los buenos padres se preocupan de no serlo. Quiere decir que uno se preocupa por la responsabilidad encomendada, ¿entienden? Que no asume que educar es enchufarles delante de la Wii y irles arrojando engorde, como si se tratase de alimañas. La comezón en el bajovientre cada vez que sospechamos que hemos cometido una injusticia paternofilial es una llamada a la mejora de la especie, una invitación a la superación educativoafectiva y al incremento del amor. Es bueno sentirse mal de vez en cuando. It shows you care. Y la próxima vez lo harán mejor, se lo garantizo.

15) El sentido de la vida: Ser irrelevante, fútil, innecesario, no dejar la menor huella: esos son algunos de nuestros mayores miedos. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cómo decir la siguiente frase sin que la gente cante interiormente una canción de Siniestro Total? Cuando su vida llegaba a su fin, mi abuelo materno me decía, en el amargo tono Reginald Perrin que era su marca de fábrica, «no he fotut res a la vida» («no he hecho nada en la vida») y esa frase me desmantelaba las vísceras. Nunca supe qué contestar a aquello, porque todas las respuestas sonaban a ¡Qué bello es vivir! y mi abuelo —que sospechaba automáticamente del Homo Sapiens— no era mucho de esos melindres. Pero creo que el secreto de la felicidad y la dicha, el lugar donde se agazapa ese sentido vital, tiene que ver con encontrar tu llamada, aunque suene a mártir milenarista. Hallar tu vocación. Aquello para lo que sirves, el motivo por el que se te puso aquí, en este árido valle de lágrimas y apostasías. Los cínicos han conseguido que se identifique la búsqueda de posteridad como una fatua manifestación de petulancia, pero pretender inspirar a generaciones futuras de la misma forma en que esos artefactos –canciones, libros, actos– de hace cien (o mil) años nos inspiran a nosotros… Bien, no existe llamada más elevada que esa, que la de permanecer. Que tus acciones queden. Conseguir legar algo que nadie pueda borrar, que nadie pueda deshacer. Esa debe ser la meta definitiva, y no conseguirlo el peor de los terrores. Esa, y ser un hombre bueno. Todo lo demás es periferia.

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